De
monjita en monjita VIII (A pura pluma tras, la tempestad)
Arturo
Guerra
aguerra@arcol.org
…Así
que a Nápoles, 1749. Lo encontré en su casa escribiendo. A
pura pluma. Éste estaba peor que yo; yo al menos usaba la máquina
de escribir. Le pedí el permiso de entrevistarlo brevemente.
Dijo que sí. Le pregunté:
–
¿Cómo se puede creer en una institución donde hay corrupción y abuso
de poder?
–
Los hombres a veces ayudamos y otras veces estorbamos a Dios...
Pero, ¿por qué no mejor conoces la vida de Gregorio Barbarigo?
Murió cuando yo apenas andaba en mi primer año de vida.
Cada
vez los nombres se iban volviendo más raros. Por un momento dudé
si lo iba a encontrar en mi fiel santoral... Ahí estaba.
Barbarigo,
Gregorio. Entre 1656 y 1657, en la zona romana del Transtíber,
brotó una epidemia de peste bubónica que con gran rapidez comenzó a
cobrarse muchas víctimas. El papa pidió a un joven sacerdote,
Gregorio, que fuera a esa zona para ayudar a los apestados. En una
carta que escribió a su padre, no esconde su miedo de ir a mezclarse
con los enfermos: él, que venía de una familia senatorial, que
había sido secretario de un embajador, y magistrado... Sin
embargo, aceptó el encargo y se entregó con todas sus fuerzas.
Posteriormente, le nombraron obispo de Bérgamo y luego pasó a Padua.
Padua era una diócesis en decadencia y el nuevo obispo luchó por
reformarla. Fue muy tajante a la hora de cortar con abusos y
vicios arraigados en varios clérigos, monjes y monjas. Tanto que
hasta le hicieron varias rebeliones los canónigos y un párroco escribió
una sátira sobre él y la expuso en lugares públicos. Barbarigo
repartía muchas limosnas y era muy austero en sus costumbres.
…
Viajé
a Roma, 1657. Llegué después de la tempestad: la peste ya
estaba amainando. ¡Qué bueno que no llegué antes! Me topé
con Gregorio que venía de un sepelio masivo. Me presenté y le
solicité permiso para una entrevista breve. Accedió amablemente,
no sin antes sorprenderse de mi exótica indumentaria. Le expuse:
–
Señor Barbarigo, ¿por qué renunciar a la vida por una ideología como
es el caso de eso que ustedes los católicos llaman martirio? ¿No vale
más la vida que la adhesión a una idea?
–
Si piensas así lo mejor será que conozcas algo sobre Juan de Brébeuf.
Cuando yo tenía veinticuatro años, Juan murió mártir.
Le
di las gracias, me alejé y me senté a orillas del río Tíber. La
historia de Kolbe se estaba poniendo interesante...
Niepokalanów,
allá en Polonia, crecía y crecía. Las ampliaciones continuaban.
Era uno de los principios de Kolbe: “La Inmaculada, lógicamente,
correrá con los gastos de lo que desea”. Algunas cartas
Kolbe las firmaba así: “El medio-loco de María”.
En
Japón, los pulmones de Kolbe empeoraron. Los médicos le aconsejaban
internarse pero el franciscano decía que no tenía tiempo. Sus
planes eran ambiciosos. En una carta explicaba su proyecto: “La
letra impresa o trasmitida por las ondas de la radio, por la televisión
radiofónica, por el cine, etc. [...]. [...] en todas las naciones
del mundo tiene que surgir una Niepokalanów que permita a María actuar
por cualquier medio, incluidos los más modernos, obligándonos a poner
prioritariamente a Su servicio todo tipo de invento técnico”.
Era 1931...
Luego
saqué una vez más mi santoral. La investigación debía
continuar. Brébeuf, Juan de.
Misionero
jesuita francés. Junto a otros compañeros evangelizó en la zona
de los Grandes Lagos del continente americano. El esfuerzo de Juan
se centró en la tribu de los hurones. Los iroqueses, en 1640,
desataron una larga guerra entre las dos tribus. En 1649, Juan y
tres de sus compañeros fueron martirizados en tierras que después
llegarían a ser canadienses. Los iroqueses, al ver el valor que
los misioneros mostraban ante las torturas y la muerte, extraían el
corazón de algunos de ellos y se lo comían, en un intento por
apropiarse de la fuerza de aquellos misioneros… (Continuará).■
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