¿Derechos
para los monos?
Fernando Pascual
fpa@arcol.org
Resulta fácil tomarse
a broma propuestas que surgen, entre algunos grupos sociales y políticos
de los países desarrollados, a favor del reconocimiento y defensa de
algunos “derechos” para los grandes simios y similares (gorilas,
orangutanes, chimpancés, etcétera).
Si dejemos de lado las bromas y las paradojas jurídicas que nacerían
de aprobarse tales propuestas, nos daremos cuenta de que estamos ante un
tema sumamente serio: ¿existe una diferencia radical entre el hombre y
los animales?
Hay autores que responden con un rotundo “no”. Destaca, por su
fama, el nombre de Peter Singer, autor de obras como “Liberación
animal” y “Repensar la vida y la muerte”. Singer piensa que, después
de Darwin y de la teoría evolucionista, ya no sería posible distinguir
entre hombres y animales; o, por ahora, entre los hombres y aquellos mamíferos
que son más parecidos a nosotros y que muestran comportamientos muy
“desarrollados” y complejos.
El motivo de fondo de Singer y de quienes piensan como él es de
naturaleza metafísica y antropológica. Según estos autores, el
evolucionismo probaría que no existe un salto radical entre las
especies que viven en la Tierra. Especialmente, probaría que son falsas
todas las tradiciones filosóficas, culturales y religiosas que afirman
que hay algo especial en el hombre, que es un ser inmortal, que tiene un
alma o un espíritu que lo hace diferente (superior) respecto de los demás
animales del planeta.
En realidad, sólo el ser humano es capaz de preguntarse si tiene
o no tiene algo distinto de los animales, si es simple materia con
estructuras neuronales altamente complejas o si tiene un aliento divino
que lo distingue y lo hace profundamente diferente. El hecho de hacerse
tales preguntas, ¿no es ya una señal de que hay algo especial en el
hombre?
Los animales, en cambio, no se preguntan si son o no superiores al
hombre o a los otros animales. Como tampoco se preguntan si sea o no sea
justo matar a un cachorro de otra especie (o de la misma especie) para
comer el día de hoy, si merece la cárcel quien practica la violencia
doméstica o quien insulta por la calle a un famoso político o jefe de
manada.
El hecho de que el hombre se ponga preguntas de tanta importancia
muestra que hay algo especial en nuestra especie. Desde luego, si algún
día un chimpancé empieza a preguntarse si los hombres tienen o no los
mismos derechos y deberes que él tiene, entonces podríamos dialogar
con él para ver si también goza de alguna propiedad especial que lo
haga digno de respeto.
Mientras no ocurra lo anterior, parece claro que no tiene ningún
sentido hablar de “derechos de los monos” ni promover una tutela
especial de los grandes simios o de otros animales.
Lo que sí resulta importante es comprometernos seriamente en la
defensa de los derechos humanos para todos los miembros de nuestra
especie (desde la concepción hasta la muerte), y saber evidenciar los
fundamentos profundos de tales derechos. En este sentido, escuchar de
nuevo a la filosofía y a las religiones nos ofrecerá bastantes
elementos de reflexión sobre un tema tan importante, del que dependen
no sólo la ley y la organización social, sino todas las reglas éticas
que nos llevan a respetar y, sobre todo, a amar, a cada uno de los seres
humanos.■
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