El
difícil arte de la negociación con los hijos: 17 consejos que conviene
tener presentes
Francisco
| Francisco@micumbre.com
Negociar
es el proceso de dialogar, comentar, discutir, polemizar, alegar o
rebatir para llegar a un acuerdo y resolver un conflicto, que satisfaga
a cada una de las partes. Tiene que ser un ejercicio de tolerancia y de
convivencia y es la mejor forma de resolver los conflictos entre padres
e hijos. A través de la negociación se acuerdan líneas de conducta y
se buscan ventajas individuales o colectivas. En el éxito de la
negociación influye mucho el convencimiento, la persuasión, la
argumentación, etc. En las negociaciones ambas partes tienen que estar
dispuestas a ceder. Negociar no es ganar, perder o ceder, tiene que
haber voluntad de ceder, dejando algo de lana en la alambrada, como les
ocurre a las ovejas que quieren pasarla.
La
negociación sobre la educación de los hijos, tiene que ser continua.
Es como estirar ambos de dos puntas de un hilo de seda, suavemente pero
con firmeza, intentado que no se rompa, o similar a mantener un pájaro
en la mano. Si se aprieta mucho se ahoga el pájaro, si se afloja la
mano, el pájaro se escapa. No se puede forzar tanto a los hijos que les
induzca a interrumpir las negociaciones. Si se interrumpen, ambos han
fracaso pues no han sabido estirar, sin romper. Pero hay muchas cosas en
educación, formación y vivencias familiares de los hijos, que no son
negociables, principalmente las verdades sobre la ley natural y
cualquier cosa que vaya en contra de la responsabilidad y autoridad
irrenunciable que tienen los padres, como ya hemos explicado en otros
artículos.
La
negociación requiere orden, paciencia y voluntad de llegar a acuerdos
en el conflicto. Es muy difícil terminar una negociación con la
sensación de que padres e hijos han ganado ambos. Nunca existe en las
negociaciones el ganar, ganar, ni tampoco debe haber vencedores ni
vencidos. Lo normal es que ambos tengan la sensación de que han
perdido. Los hijos suelen creer que han perdido, porque han tenido que
ceder en sus pretensiones. Es muy importante convencer a los hijos, que
lo que se ha acordado tiene ventajas, cara a la educación y convivencia
presente y futura, así se evitarán o disminuirán los conflictos
posteriores. Los padres y los hijos tienen que tener bien claro, que
nadie da nada a cambio de nada. La negociación tiene que soportarse en
el principio de que ambas partes, quieren llegar a acuerdos y cumplirlos
bajo las condiciones a los que han llegado.
Negociar
con inteligencia y con firmeza. Nadie mejor que los padres saben los
puntos fuertes y débiles de los hijos, para ponerlos en la mesa de la
negociación y manejarlos bien, en beneficio de ambos. La experiencia
demuestra que con los hijos bien educados, no suelen ser tan graves las
diferencias que les separan de los padres, relacionadas con los
comportamientos de los principales aspectos que puedan alterar el
desarrollo de los hijos y la convivencia familiar, presente y futura.
Aunque haya diferencias, siempre puede haber acercamientos de postura y
cesiones por ambas partes, para obtener una agradable convivencia.
Hablando se entiende la gente.
La
negociación inteligente tiene que terminar en acuerdos, donde ambas
partes pierdan o cedan algo. Los acuerdos donde ambos ganan son muy difíciles
de obtener. Perder en un acuerdo no debe significar que los padres, últimos
responsables de la educación de los hijos, hayan cedido en sus derechos
y obligaciones irrenunciables. Todas las cosas tienen un precio que
ofrecer y un precio que pagar, en comportamiento, actitud, resultados,
etc. Es cuestión de analizar bien, qué se quiere, cuándo y cómo se
quiere y ponerlo en la mesa de negociación.
Cuando
no hay voluntad de negociar, pues creen que tienen derechos adquiridos,
los padres tienen que ir poniendo incentivos y alicientes atractivos,
similares a los anzuelos de los pescadores, para que los hijos en
beneficio de ellos mismos, se interesen por esos señuelos o alicientes,
que les animen a estar más dispuestos a entrar en negociaciones.
Normalmente cuando los hijos tienen una posición beneficiosa en los
puntos anteriores, no quieren ni oír hablar de negociar algo, porque a
lo mejor pierden esa posición. Por eso es lo de ir poniendo los
anzuelos que les atraigan. Una buena forma de llevar las negociaciones,
es como se pescan las truchas, tirando y aflojando. Cuánto y cuándo es
cuestión de inteligencia y práctica. Hay que hacerles ver que no
tienen porque sorprenderse, cuando los padres les presenten algunas
condiciones, si quieren conseguir prebendas. Las cosas hay que ganarlas,
si se conceden sin ninguna prestación, al día siguiente querrán
volver a pedir más de lo mismo.
Negociar
es ley de vida. Desde que nacen los hijos y máxime desde que empiezan a
tener la edad del discernimiento, incluso inconscientemente, empiezan a
tirar de la cuerda contra los padres. Siempre hay que tener mucho
cuidado en no estirarla demasiado, para que no se rompa. Si se rompe
suele haber consecuencias irreversibles para ambos, sobre todo cuando
los hijos son adolescentes. En un extremo de la cuerda está lo que los
hijos quieren hacer y en el otro extremo está, lo que los padres creen
que los hijos tienen que hacer. Convivir sin estirar demasiado la cuerda
de seda, es una tarea difícil, pero no imposible.
El
buen ejemplo de los padres en la vida cotidiana es fundamental, para que
los hijos tengan credibilidad para empezar la negociación. No se puede
sugerir nada en la negociación que los hijos tengan que hacer, si eso
va en contra de las actitudes que están viendo en sus padres. Máxime
si es algo que los padres no hacen o no están dispuestos a hacer con el
ejemplo, ni mucho menos a cumplir las propuestas acordadas. Es muy difícil
negociar con los hijos, cuando hay una mutua pérdida de confianza entre
padres e hijos. Si se llega a esa situación, normalmente suele ser
porque no ha habido una buena educación de los padres y de los hijos,
en la práctica de las virtudes y valores humanos. Todos negociamos mal,
pero unos peor que otros. Sobre todo los que no se han preparado para la
negociación y se dejan llevar por arrebatos, prejuicios, violencias y
autoridad mal entendida.
Los
padres tienen que ir por delante en la educación de los hijos,
previendo lo que los hijos les van a pedir, o qué es lo que los hijos
van a querer hacer o van a necesitar. Los comportamientos, buenos o
malos, no llegan de repente. Se van gestando a lo largo de la niñez,
juventud y adolescencia. Es obligación irrenunciable de los padres, el
estar al tanto de todas las actitudes de los hijos, para en su caso
poder negociar a tiempo, las modificaciones de conducta que empiezan a
salirse de lo permitido. Es muy difícil para los padres proponer una
negociación partiendo de cero, si no ha habido educación y advertencia
previa de los temas. Es un choque mental para los hijos, que los padres
pretendan que dejen de hacer algo, si siempre les habrían consentido
hacerlo, nunca les habían pedido que no lo hicieran, o no les habían
enseñado a no hacerlo.
Negociar
el futuro de los hijos con mucho adelanto, para intentar conseguir
marcar objetivos realistas de cosas previsibles, incluso proponiendo
alicientes para realizar los objetivos y que no haya desviaciones que
los anulen. Si los padres tienen visión del futuro, preverán las
situaciones más probables y se podrán adelantar a los acontecimientos,
con una buena negociación, aunque algunas veces tendrán que negociar
conductas pasadas.
Dar
opciones a los hijos es contraproducente en la mayoría de los casos, a
no ser que todavía sean muy pequeños y no tengan definido el
discernimiento en su capacidad de elegir, fuera de sus impulsos. Pues
casi siempre es la alternativa que dan los padres a sus hijos, cuyo fin
les supone a los hijos ganar, ganar y siempre ganar. Algunos padres
prefieren darles opciones, a tenerles que imponer una buena educación,
ya que educar y negociar conlleva un esfuerzo, que algunos no están
dispuestos a realizar.
La
moda hoy en determinadas culturas, es tender a educar a los hijos con
las técnicas de darles opciones. Eso suele tener el problema de que
esas opciones son tan similares, que los hijos no tienen que hacer
esfuerzos ni sacrificios, para hacer su propia voluntad. Pero esas
culturas entienden, que si no se da todo lo que quieren los hijos y en
el momento que lo quieren, sufrirán en su autoestima y de mayores,
tendrán traumas mentales o frustraciones, por no haber conseguido todo
lo que querían. Así les va a algunas sociedades, que están llenas de
niños y jóvenes consentidos desde la cuna y no educados en las
virtudes y valores humanos. Puede ser una buena actitud, dar opciones a
los hijos pequeños, para que aprendan a diferenciar lo que les ofrecen
los padres, pero siempre que no sea, para que el hijo se salga con la
suya y les dejen tranquilos.
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Conceptos a tener en cuenta en las negociaciones
1.
Antes
de la negociación,
es muy importante tener una buena información, de lo que los hijos
quieren y lo que están dispuestos a ceder para conseguirlo. También
los padres tienen que definir previamente, que es lo que quieren obtener
y a cambio de qué. Esto deben reflejarlo por escrito, para que ningún
punto se olvide en la negociación a lo que están dispuestos a llegar,
del guión de temas que pongan sobre la mesa. Las negociaciones
importantes requieren imprescindiblemente una buena preparación.
2.
Objetivos,
plazos y prioridades.
Es imprescindible prepararse bien y ordenadamente antes de las
negociaciones, para tener certeza de los objetivos, prioridades, plazos
y condiciones máximas y mínimas a los que se quiere llegar, sin perder
el enfoque principal. Los padres tienen que encontrar un punto medio, al
saber distinguir entre lo importante, lo esencial, lo negociable y lo no
negociable. No se puede educar de acuerdo con la ley del péndulo, que
va desde el autoritarismo, a la flexibilidad total. Se debe empezar por
los asuntos más fáciles de conseguir, los menos complicados y los más
frecuentes. Los resultados, a medida que se van obteniendo, aunque sean
en fase parcial, motivarán a los padres y a los hijos a seguir
intentando llegar a acuerdos.
3.
Cuando
los hijos son pequeños,
en vez de negociar, emplee principalmente la persuasión y el
convencimiento, para conseguir que hagan lo que tienen que hacer.
Mientras no tengan bien definida la edad del discernimiento, para
conocer la equivalencia de las cosas, no se debe empezar a negociar,
pues sería obrar con ventaja de adultos.
4.
Se
puede empezar a negociar con
los hijos cuando ya tienen la edad del discernimiento, para que puedan
valorar y elegir entre qué quieren, cuánto y cuándo lo quieren
y lo qué no quieren. Muchas de los temas se pueden y deben negociar en
el contesto de la formación de los hijos, y dentro de los límites,
plazos, formas de cumplimiento, sistemas de control de los objetivos
propuestos, premios, castigos, etc.
5.
Importancia
de los temas a negociar.
No es lo mismo convenir con un hijo, el poner la mesa todos los días u
otra labor familiar, que negociar el horario de llegada a casa de un
adolescente, la forma de vestirse y actuar, los amigos que frecuenta, la
dedicación y resultados de los estudios, el consumo de drogas, el
manejo del dinero, dedicarse a estudiar o a trabajar, los noviazgos, el
respeto hacia los padres, hermanos, familiares, etc.
6.
Negociar
sin presión para
originar el cambio en los hijos. Puede que sea una negociación parcial,
sobre un punto crítico de la conducta, pero la negociación tiene que
ir destinada también, a motivar el cambio de actitud presente y a poder
ser definitiva. Más se consigue con miel que con hiel.
7.
No
debe utilizarse la posesión de fuerza
de los padres en la negociación. Solamente pudiera hacerse como último
y definitivo extremo, en situaciones donde los hijos corren graves e
irreversibles peligros de fatales consecuencias. Aunque en algunos casos
es muy conveniente hacer ver con firmeza a los hijos, los peligros y
consecuencias a los que se verían sometidos, dentro y fuera de la
familia, caso de que no quiera llegar a los acuerdos razonables que se
propongan en la negociación. Usar la fuerza en la negociación es
imponer, chantajear, coaccionar, intimidar, etc. y eso entre padres e
hijos no debe hacerse. Tiene que saberse aplicar las habilidades de los
buenos negociadores, que siempre tienen una buena dosis de persuasión,
convencimiento y atracción hacia los objetivos propuestos. Negociar
no es vencer, negociar es convencer.
8.
Negociador
externo.
Si el tema de la negociación es difícil, grave o escabroso por las
circunstancias que lo rodean, o los padres no pueden con la labia,
soberbia o postura inamovible de los hijos, deben procurarse la mediación
de un experto en negociaciones. Los mejores suelen ser los sacerdotes,
pastores, rabinos o imanes. También pueden utilizar los buenos oficios
de los abuelos, tutores o familiares que tengan ascendencia sobre los
hijos.
9.
Quién,
cuándo y dónde negociar.
Para no dar sensación de encerrona, es conveniente que los primeros
intentos de negociación, se realicen entre el padre o la madre con el
hijo o la hija. El que mejor se sepa explicar y el hijo o la hija que
tenga más empatía, y los que mejor disposición tengan para
escucharse. Hablando siempre el padre o la madre, uno en representación
del otro, cuando no esté presente, sin llevarse la contraria y
respetando ambos los objetivos acordados. Negociar en un ambiente
relajado sin presiones, distracciones o interrupciones externas.
10.
Estudiar
detalladamente cómo dar el primer paso,
sobre todo cuando los hijos no quieren darlo. No dar ese paso hasta no
tener la certeza de que las circunstancias para hacerlo, son las mejores
o las únicas disponibles. Intentar que la negociación se desarrolle
cuando ambas partes tengan el ánimo relajado, sin nervios ni tensiones.
Buscar una situación o lugar tranquilo y sin distracciones.
11.
Motivación
de recompensas.
La negociación puede ir acompañada de la motivación de unas
recompensas por los esfuerzos realizados, en caso de que se llegue al
cumplimiento de los objetivos propuestos en los plazos, calidades y
cantidades negociadas.
12.
Escribir
los compromisos acordados.
En las negociaciones sobre temas importantes, es muy conveniente dejar
constancia por escrito de los términos de los compromisos, para que
cuando vaya pasando el tiempo y puedan examinarse los resultados, no
haya dudas sobre los acuerdos y su cumplimiento.
13.
No
imponer las negociaciones y los objetivos. Las
negociaciones no pueden ser impuestas a los hijos, lo que haya que
negociar tiene que ser algo real, algo que cumplirlo esté al alcance de
la mano de los que negocian. Que no sean cosas imposibles de cumplir
para las partes implicadas. No se deben olvidar mientras se negocia,
aunque parezcan no aplicables a las negociaciones con los hijos, los
armisticios, treguas, compromisos adquiridos, etc. Es muy importante
saber aceptar el mejor acuerdo posible y valorarlo positivamente. Es
mejor un mal acuerdo que nada.
14.
Conjunto
de cosas a negociar.
Las negociaciones suelen ser por un conjunto de cosas, no solamente de
una sola. Por ello es muy conveniente hacer previamente un listado
escrito, de los comportamientos problemáticos que se quieren negociar,
los objetivos que se quieren cumplir y la conducta esperada, durante las
negociaciones.
15.
Escuchar
con mucha atención
todo lo que dicen o quieren decir los hijos en las negociaciones,
incluso su lenguaje corporal. También los padres deben controlar sus
emociones, vocabulario, tono de voz, gestos, sermones y lenguaje dogmático,
así como la forma de dirigirse a los hijos para no perder los nervios.
Ayudarles a expresarse, sobre todo en temas difíciles para ellos o para
ambos. Hay que llenar de confianza y sinceridad las negociaciones, para
que haya una total apertura de los sentimientos y así evitar la posible
violencia. Si el cuerpo o la mente están tensas, es muy difícil que se
diga todo lo que se deba decir y en la forma que se deba decir, además
que los acuerdos llegados, pudieran no ser sinceros y escasear la
voluntad de cumplirlos.
16.
Valorar
las contraofertas a las propuestas,
evitando la soberbia del rechazo inmediato, soportado en la autoridad
familiar, aunque sin olvidarse de los objetivos de la negociación y de
que algunas de las cosas que los hijos tienen que hacer o no hacer,
relacionadas con su educación y formación, son cosas no negociables.
- Leer
libros y artículos sobre
el difícil arte o la ciencia de negociar con los hijos, pues hay
muchos y muy buenos, especializados en las negociaciones de los
padres de familia. Les recomiendo que vayan a su biblioteca pública
y lean los que tengan sobre ese tema, para que cada uno aplique lo
leído a su situación particular, en función de la gravedad del
problema, las edades de los hijos y la situación familiar en
conjunto. También los encontrará dirigidos a los negocios o a los
políticos, que le pueden servir para aumentar sus conocimientos en
esta materia
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