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“Una
cultura meramente positivista sería la capitulación de la razón”

Señor
Cardenal,
Señora
Ministra de la Cultura,
Señor
Alcalde,
Señor
Canciller del Instituto de Francia,
Queridos
amigos,
Gracias, Señor Cardenal, por sus amables palabras. Nos
encontramos en un lugar histórico, edificado por los hijos de
san Bernardo de Claraval y que su predecesor, el recordado
Cardenal Jean-Marie Lustiger, quiso como centro de diálogo
entre la sabiduría cristiana y las corrientes culturales,
intelectuales y artísticas de la sociedad actual. Saludo en
particular a la Señora Ministra de la Cultura, que representa
al Gobierno, así como a los Señores Giscard D'Estaing e
Chirac. Asimismo, saludo a los Señores Ministros que nos acompañan,
a los representantes de la UNESCO, al Señor Alcalde de París y
a las demás Autoridades. No puedo olvidar a mis colegas del
Instituto de Francia, que bien conocen la consideración que les
profeso. Doy las gracias al Príncipe de Broglie por sus
cordiales palabras. Nos veremos mañana por la mañana.
Agradezco a la Delegación de la comunidad musulmana francesa
que haya aceptado participar en este encuentro: les dirijo mis
mejores deseos en este tiempo de Ramadan. Dirijo ahora un
cordial saludo al conjunto del variado mundo de la cultura, que
vosotros, queridos invitados, representáis tan dignamente.
Quisiera hablaros esta tarde del origen de la teología
occidental y de las raíces de la cultura europea. He recordado
al comienzo que el lugar donde nos encontramos es emblemático.
Está ligado a la cultura monástica, porque aquí vivieron
monjes jóvenes, para aprender a comprender más profundamente
su llamada y vivir mejor su misión. ¿Es ésta una experiencia
que representa todavía algo para nosotros, o nos encontramos sólo
con un mundo ya pasado? Para responder, conviene que
reflexionemos un momento sobre la naturaleza del monaquismo
occidental. ¿De qué se trataba entonces? A tenor de la
historia de las consecuencias del monaquismo cabe decir que, en
la gran fractura cultural provocada por las migraciones de los
pueblos y el nuevo orden de los Estados que se estaban formando,
los monasterios eran los lugares en los que sobrevivían los
tesoros de la vieja cultura y en los que, a partir de ellos, se
iba formando poco a poco una nueva cultura. ¿Cómo sucedía
esto? ¿Qué les movía a aquellas personas a reunirse en
lugares así? ¿Qué intenciones tenían? ¿Cómo vivieron?
Primeramente y como cosa importante hay que decir con gran
realismo que no estaba en su intención crear una cultura y ni
siquiera conservar una cultura del pasado. Su motivación era
mucho más elemental. Su objetivo era: quaerere Deum, buscar a
Dios. En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar
en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar
con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre,
encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo
secundario a lo esencial, a lo que es sólo y verdaderamente
importante y fiable. Se dice que su orientación era
"escatológica". Que no hay que entenderlo en el
sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del
mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de lo
provisional buscaban lo definitivo. Quaerere Deum: como eran
cristianos, no se trataba de una expedición por un desierto sin
caminos, una búsqueda hacia el vacío absoluto. Dios mismo había
puesto señales de pista, incluso había allanado un camino, y
de lo que se trataba era de encontrarlo y seguirlo. El camino
era su Palabra que, en los libros de las Sagradas Escrituras,
estaba abierta ante los hombres. La búsqueda de Dios requiere,
pues, por intrínseca exigencia una cultura de la palabra o,
como dice Jean Leclercq: en el monaquismo occidental, escatología
y gramática están interiormente vinculadas una con la otra
(cf. L'amour des lettres et le desir de Dieu, p. 14). El deseo
de Dios, le desir de Dieu, incluye l'amour des lettres, el amor
por la palabra, ahondar en todas sus dimensiones. Porque en la
Palabra bíblica Dios está en camino hacia nosotros y nosotros
hacia Él, hace falta aprender a penetrar en el secreto de la
lengua, comprenderla en su estructura y en el modo de
expresarse. Así, precisamente por la búsqueda de Dios,
resultan importantes las ciencias profanas que nos señalan el
camino hacia la lengua. Puesto que la búsqueda de Dios exigía
la cultura de la palabra, forma parte del monasterio la
biblioteca que indica el camino hacia la palabra. Por el mismo
motivo forma parte también de él la escuela, en la que
concretamente se abre el camino. San Benito llama al monasterio
una dominici servitii schola. El monasterio sirve a la eruditio,
a la formación y a la erudición del hombre -una formación con
el objetivo último de que el hombre aprenda a servir a Dios.
Pero esto comporta evidentemente también la formación de la
razón, la erudición, por la que el hombre aprende a percibir
entre las palabras la Palabra.
Para captar plenamente la cultura de la palabra, que pertenece a
la esencia de la búsqueda de Dios, hemos de dar otro paso. La
Palabra que abre el camino de la búsqueda de Dios y es ella
misma el camino, es una Palabra que mira a la comunidad. En
efecto, llega hasta el fondo del corazón de cada uno (cf. Hch
2, 37). Gregorio Magno lo describe como una punzada imprevista
que desgarra el alma adormecida y la despierta haciendo que
estemos atentos a Dios (cf. Leclercq, ibid., p. 35). Pero también
hace que estemos atentos unos a otros. La Palabra no lleva a un
camino sólo individual de una inmersión mística, sino que
introduce en la comunión con cuantos caminan en la fe. Y por
eso hace falta no sólo reflexionar en la Palabra, sino leerla
debidamente. Como en la escuela rabínica, también entre los
monjes el mismo leer del individuo es simultáneamente un acto
corporal. "Sin embargo, si legere y lectio se usan sin un
adjetivo calificativo, indican comúnmente una actividad que,
como cantar o escribir, afectan a todo el cuerpo y a toda el
alma", dice a este respecto Jean Leclercq (ibid., p. 21).
Y aún hay que dar otro paso. La Palabra de Dios nos introduce
en el coloquio con Dios. El Dios que habla en la Biblia nos enseña
cómo podemos hablar con Él. Especialmente en el Libro de los
Salmos nos ofrece las palabras con que podemos dirigirnos a Él,
presentarle nuestra vida con sus altibajos en coloquio ante Él,
transformando así la misma vida en un movimiento hacia Él. Los
Salmos contienen frecuentes instrucciones incluso sobre cómo
deben cantarse y acompañarse de instrumentos musicales. Para
orar con la Palabra de Dios el sólo pronunciar no es
suficiente, se requiere la música. Dos cantos de la liturgia
cristiana provienen de textos bíblicos, que los ponen en los
labios de los Ángeles: el Gloria, que fue cantado por los Ángeles
al nacer Jesús, y el Sanctus, que según Isaías 6 es la
aclamación de los Serafines que están junto a Dios. A esta
luz, la Liturgia cristiana es invitación a cantar con los Ángeles
y dirigir así la palabra a su destino más alto. Escuchemos en
ese contexto una vez más a Jean Leclercq: "Los monjes tenían
que encontrar melodías que tradujeran en sonidos la adhesión
del hombre redimido a los misterios que celebra. Los pocos
capiteles de Cluny, que se conservan hasta nuestros días,
muestran los símbolos cristológicos de cada uno de los
tonos" (cf. Ibid., p. 229).
En San Benito, para la plegaria y para el canto de los
monjes, la regla determinante es lo que dice el Salmo: Coram
angelis psallam Tibi, Domine -delante de los ángeles tañeré
para ti, Señor (cf. 138, 1). Aquí se expresa la conciencia de
cantar en la oración comunitaria en presencia de toda la corte
celestial y por tanto de estar expuestos al criterio supremo:
orar y cantar de modo que se pueda estar unidos con la música
de los Espíritus sublimes que eran tenidos como autores de la
armonía del cosmos, de la música de las esferas. Los monjes
con su plegaria y su canto han de estar a la altura de la
Palabra que se les ha confiado, a su exigencia de verdadera
belleza. De esa exigencia intrínseca de hablar y cantar a Dios
con las palabras dadas por Él mismo nació la gran música
occidental. No se trataba de una "creatividad"
privada, en la que el individuo se erige un monumento a sí
mismo, tomando como criterio esencialmente la representación
del propio yo. Se trataba más bien de reconocer atentamente con
los "oídos del corazón" las leyes intrínsecas de la
música de la creación misma, las formas esenciales de la música
puestas por el Creador en su mundo y en el hombre, y encontrar
así la música digna de Dios, que al mismo tiempo es
verdaderamente digna del hombre e indica de manera pura su
dignidad.
Para captar de alguna manera la cultura de la palabra, que en el
monaquismo occidental se desarrolló por la búsqueda de Dios,
partiendo de dentro, es preciso referirse también, aunque sea
brevemente, a la particularidad del Libro o de los Libros en los
que esta Palabra ha salido al encuentro de los monjes. La
Biblia, vista bajo el aspecto puramente histórico o literario,
no es simplemente un libro, sino una colección de textos
literarios, cuya redacción duró más de un milenio y en la que
cada uno de los libros no es fácilmente reconocible como
perteneciente a una unidad interior; en cambio se dan tensiones
visibles entre ellos. Esto es verdad ya dentro de la Biblia de
Israel, que los cristianos llamamos el Antiguo Testamento. Es más
verdad aún cuando nosotros, como cristianos, unimos el Nuevo
Testamento y sus escritos, casi como clave hermenéutica, con la
Biblia de Israel, interpretándola así como camino hacia
Cristo. En el Nuevo Testamento, con razón, la Biblia
normalmente no se la califica como "la Escritura",
sino como "las Escrituras", que sin embargo en su
conjunto luego se consideran como la única Palabra de Dios
dirigida a nosotros. Pero ya este plural evidencia que aquí la
Palabra de Dios nos alcanza sólo a través de la palabra
humana, a través de las palabras humanas, es decir que Dios nos
habla sólo a través de los hombres, mediante sus palabras y su
historia. Esto, a su vez, significa que el aspecto divino de la
Palabra y de las palabras no es naturalmente obvio. Dicho con
lenguaje moderno: la unidad de los libros bíblicos y el carácter
divino de sus palabras no son, desde un punto de vista puramente
histórico, asibles. El elemento histórico es la multiplicidad
y la humanidad. De ahí se comprende la formulación de un dístico
medieval que, a primera vista, parece desconcertante: Littera
gesta docet - quid credas allegoria... (cf. Augustinus de Dacia,
Rotulus pugillaris, 1). La letra muestra los hechos; lo que
tienes que creer lo dice la alegoría, es decir la interpretación
cristológica y pneumática.
Todo esto podemos decirlo de manera más sencilla: la Escritura
precisa de la interpretación, y precisa de la comunidad en la
que se ha formado y en la que es vivida. En ella tiene su unidad
y en ella se despliega el sentido que aúna el todo. Dicho todavía
de otro modo: existen dimensiones del significado de la Palabra
y de las palabras, que se desvelan sólo en la comunión vivida
de esta Palabra que crea la historia. Mediante la creciente
percepción de las diversas dimensiones del sentido, la Palabra
no queda devaluada, sino que aparece incluso con toda su
grandeza y dignidad. Por eso el "Catecismo de la Iglesia
Católica" con toda razón puede decir que el cristianismo
no es simplemente una religión del libro en el sentido clásico
(cf. n. 108). El cristianismo capta en las palabras la Palabra,
el Logos mismo, que irradia su misterio a través de tal
multiplicidad. Esta estructura especial de la Biblia es un desafío
siempre nuevo para cada generación. Por su misma naturaleza
excluye todo lo que hoy se llama fundamentalismo. La misma
Palabra de Dios, de hecho, nunca está presente ya en la simple
literalidad del texto. Para alcanzarla se requiere un trascender
y un proceso de comprensión, que se deja guiar por el
movimiento interior del conjunto y por ello debe convertirse
también en un proceso vital. Siempre y sólo en la unidad dinámica
del conjunto los muchos libros forman un Libro, la Palabra de
Dios y la acción de Dios en el mundo se revelan en la palabra y
en la historia humana.
Todo el dramatismo de este tema está iluminado en los escritos
de san Pablo. Qué significado tenga el trascender de la letra y
su comprensión únicamente a partir del conjunto, lo ha
expresado de manera drástica en la frase: "La pura letra
mata y, en cambio, el Espíritu da vida" (2 Cor 3, 6). Y
también: "Donde hay el Espíritu... hay libertad" (2
Cor 3, 17). La grandeza y la amplitud de tal visión de la
Palabra bíblica, sin embargo, sólo se puede comprender si se
escucha a Pablo profundamente y se comprende entonces que ese
Espíritu liberador tiene un nombre y que la libertad tiene por
tanto una medida interior: "El Señor es el Espíritu, y
donde hay el Espíritu del Señor hay libertad" (2 Cor
3,17). El Espíritu liberador no es simplemente la propia idea,
la visión personal de quien interpreta. El Espíritu es Cristo,
y Cristo es el Señor que nos indica el camino. Con la palabra
sobre el Espíritu y sobre la libertad se abre un vasto
horizonte, pero al mismo tiempo se pone una clara limitación a
la arbitrariedad y a la subjetividad, un límite que obliga de
manera inequívoca al individuo y a la comunidad y crea un vínculo
superior al de la letra: el vínculo del entendimiento y del
amor. Esa tensión entre vínculo y libertad, que sobrepasa el
problema literario de la interpretación de la Escritura, ha
determinado también el pensamiento y la actuación del
monaquismo y ha plasmado profundamente la cultura occidental.
Esa tensión se presenta de nuevo también a nuestra generación
como un reto frente a los extremos de la arbitrariedad
subjetiva, por una parte, y del fanatismo fundamentalista, por
otra, Sería fatal, si la cultura europea de hoy llegase a
entender la libertad sólo como la falta total de vínculos y
con esto favoreciese inevitablemente el fanatismo y la
arbitrariedad. Falta de vínculos y arbitrariedad no son la
libertad, sino su destrucción.
En la consideración sobre la "escuela del servicio
divino" -como san Benito llamaba al monaquismo- hemos
fijado hasta ahora la atención sólo en su orientación hacia
la palabra, en el "ora". Y de hecho de ahí es de
donde se determina la dirección del conjunto de la vida monástica.
Pero nuestra reflexión quedaría incompleta si no miráramos
aunque sea brevemente el segundo componente del monaquismo, el
descrito con el "labora". En el mundo griego el
trabajo físico se consideraba tarea de siervos. El sabio, el
hombre verdaderamente libre se dedicaba únicamente a las cosas
espirituales; dejaba el trabajo físico como algo inferior a los
hombres incapaces de la existencia superior en el mundo del espíritu.
Absolutamente diversa era la tradición judaica: todos los
grandes rabinos ejercían al mismo tiempo una profesión
artesanal. Pablo que, como rabino y luego como anunciador del
Evangelio a los gentiles, era también tejedor de tiendas y se
ganaba la vida con el trabajo de sus manos, no constituye una
excepción, sino que sigue la común tradición del rabinismo.
El monaquismo ha acogido esa tradición; el trabajo manual es
parte constitutiva del monaquismo cristiano. San Benito habla en
su Regla no propiamente de la escuela, aunque la enseñanza y el
aprendizaje -como hemos visto- en ella se daban por descontados.
En cambio habla explícitamente del trabajo (cf. cap. 48). Lo
mismo hace Agustín que dedicó al trabajo de los monjes todo un
libro. Los cristianos, que con esto continuaban la tradición
ampliamente practicada por el judaísmo, tenían que sentirse
sin embargo cuestionados por la palabra de Jesús en el
Evangelio de Juan, con la que defendía su actuar en sábado:
"Mi Padre sigue actuando y yo también actúo" (5,
17). El mundo greco-romano no conocía ningún Dios Creador; la
divinidad suprema, según su manera de pensar, no podía, por
decirlo así, ensuciarse las manos con la creación de la
materia. "Construir" el mundo quedaba reservado al
demiurgo, una deidad subordinada. Muy distinto el Dios
cristiano: Él, el Uno, el verdadero y único Dios, es también
el Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre la
historia de los hombres. En Cristo entra como Persona en el
trabajo fatigoso de la historia. "Mi Padre sigue actuando y
yo también actúo". Dios mismo es el Creador del mundo, y
la creación todavía no ha concluido. Dios trabaja. Así el
trabajo de los hombres tenía que aparecer como una expresión
especial de su semejanza con Dios y el hombre, de esta manera,
tiene capacidad y puede participar en la obra de Dios en la
creación del mundo. Del monaquismo forma parte, junto con la
cultura de la palabra, una cultura del trabajo, sin la cual el
desarrollo de Europa, su ethos y su formación del mundo son
impensables. Ese ethos, sin embargo, tendría que comportar la
voluntad de obrar de tal manera que el trabajo y la determinación
de la historia por parte del hombre sean un colaborar con el
Creador, tomándolo como modelo. Donde ese modelo falta y el
hombre se convierte a sí mismo en creador deiforme, la formación
del mundo puede fácilmente transformarse en su destrucción.
Comenzamos indicando que, en el resquebrajamiento de las
estructuras y seguridades antiguas, la actitud de fondo de los
monjes era el quaerere Deum -la búsqueda de Dios. Podríamos
decir que ésta es la actitud verdaderamente filosófica: mirar
más allá de las cosas penúltimas y lanzarse a la búsqueda de
las últimas, las verdaderas. Quien se hacía monje, avanzaba
por un camino largo y profundo, pero había encontrado ya la
dirección: la Palabra de la Biblia en la que oía que hablaba
el mismo Dios. Entonces debía tratar de comprenderle, para
poder caminar hacia Él. Así el camino de los monjes, pese a
seguir no medible en su extensión, se desarrolla ya dentro de
la Palabra acogida. La búsqueda de los monjes, en algunos
aspectos, comporta ya en sí mismo un hallazgo. Sucede pues,
para que esa búsqueda sea posible, que previamente se da ya un
primer movimiento que no sólo suscita la voluntad de buscar,
sino que hace incluso creíble que en esa Palabra está
escondido el camino -o mejor: que en esa Palabra Dios mismo se
hace encontradizo con los hombres y por eso los hombres a través
de ella pueden alcanzar a Dios. Con otras palabras: debe darse
el anuncio dirigido al hombre creando así en él una convicción
que puede transformarse en vida. Para que se abra un camino
hacia el corazón de la Palabra bíblica como Palabra de Dios,
esa misma Palabra debe antes ser anunciada desde el exterior. La
expresión clásica de esa necesidad de la fe cristiana de
hacerse comunicable a los otros es una frase de la Primera Carta
de Pedro, que en la teología medieval era considerada la razón
bíblica para el trabajo de los teólogos: "Estad siempre
prontos para dar razón (logos) de vuestra esperanza a todo el
que os la pidiere" (3,15). (Logos, la razón de la
esperanza, debe hacerse apo-logia, la Palabra debe llegar a ser
respuesta). De hecho, los cristianos de la Iglesia naciente no
consideraron su anuncio misionero como una propaganda, que
debiera servir para que el propio grupo creciera, sino como una
necesidad intrínseca derivada de la naturaleza de su fe: el
Dios en el que creían era el Dios de todos, el Dios uno y
verdadero que se había mostrado en la historia de Israel y
finalmente en su Hijo, dando así la respuesta que tenía en
cuenta a todos y que, en su intimidad, todos los hombres
esperan. La universalidad de Dios y la universalidad de la razón
abierta hacia Él constituían para ellos la motivación y también
el deber del anuncio. Para ellos la fe no pertenecía a las
costumbres culturales, diversas según los pueblos, sino al ámbito
de la verdad que igualmente tiene en cuenta a todos.
El esquema fundamental del anuncio cristiano "ad
extra" -a los hombres que, con sus preguntas, buscan- se
halla en el discurso de san Pablo en el Areópago. Tengamos
presente, en ese contexto, que el Areópago no era una especie
de academia donde las mentes más ilustradas se reunían para
discutir sobre cosas sublimes, sino un tribunal competente en
materia de religión y que debía oponerse a la importación de
religiones extranjeras. Y precisamente ésta es la acusación
contra Pablo: "Parece ser un predicador de divinidades
extranjeras" (Hch 17,18). A lo que Pablo replica: "He
encontrado entre vosotros un altar en el que está escrito:
‘Al Dios desconocido'. Pues eso que veneráis sin conocerlo,
os lo anuncio yo" (cf. 17, 23). Pablo no anuncia dioses
desconocidos. Anuncia a Aquel, que los hombres ignoran y, sin
embargo, conocen: el Ignoto-Conocido; Aquel que buscan, al que,
en lo profundo, conocen y que, sin embargo, es el Ignoto y el
Incognoscible. Lo más profundo del pensamiento y del
sentimiento humano sabe en cierto modo que Él tiene que
existir. Que en el origen de todas las cosas debe estar no la
irracionalidad, sino la Razón creativa; no el ciego destino,
sino la libertad. Sin embargo, pese a que todos los hombres en
cierto modo sabemos esto -como Pablo subraya en la Carta a los
Romanos (1, 21)- ese saber permanece irreal: Un Dios sólo
pensado e inventado no es un Dios. Si Él no se revela, nosotros
no llegamos hasta Él. La novedad del anuncio cristiano es la
posibilidad de decir ahora a todos los pueblos: Él se ha
revelado. Él personalmente. Y ahora está abierto el camino
hacia Él. La novedad del anuncio cristiano consiste en un
hecho: Él se ha mostrado. Pero esto no es un hecho ciego, sino
un hecho que, en sí mismo, es Logos -presencia de la Razón
eterna en nuestra carne. Verbum caro factum est (Jn 1,14):
precisamente así en el hecho ahora está el Logos, el Logos
presente en medio de nosotros. El hecho es razonable.
Ciertamente hay que contar siempre con la humildad de la razón
para poder acogerlo; hay que contar con la humildad del hombre
que responde a la humildad de Dios.
Nuestra situación actual, bajo muchos aspectos, es distinta de
la que Pablo encontró en Atenas, pero, pese a la diferencia,
sin embargo, en muchas cosas es también bastante análoga.
Nuestras ciudades ya no están llenas de altares e imágenes de
múltiples divinidades. Para muchos, Dios se ha convertido
realmente en el gran Desconocido. Pero como entonces tras las
numerosas imágenes de los dioses estaba escondida y presente la
pregunta acerca del Dios desconocido, también hoy la actual
ausencia de Dios está tácitamente inquieta por la pregunta
sobre Él. Quaerere Deum -buscar a Dios y dejarse encontrar por
Él: esto hoy no es menos necesario que en tiempos pasados. Una
cultura meramente positivista que circunscribiera al campo
subjetivo como no científica la pregunta sobre Dios, sería la
capitulación de la razón, la renuncia a sus posibilidades más
elevadas y consiguientemente una ruina del humanismo, cuyas
consecuencias no podrían ser más graves. Lo que es la base de
la cultura de Europa, la búsqueda de Dios y la disponibilidad
para escucharle, sigue siendo aún hoy el fundamento de toda
verdadera cultura.
[Traducción
del original francés distribuida por la Santa Sede
©
Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
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