¿Discutir sobre el aborto?

Max Silva Abott

msilva@ucsc.cl

Doctor en Derecho y Profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Católica de la Santísima Concepción, Chile

   

El tema del aborto, terapéutico o no, va mucho más allá de las solas creencias religiosas, como usualmente señalan sus partidarios. En realidad, es un viejo truco para desautorizar a quienes nos oponemos al mismo. De hecho, existen poderosos argumentos no religiosos contra el aborto.

 

Creo que la clave de toda esta cuestión es si somos o no coherentes con el valor de la vida inocente y su consideración como el principal derecho humano del cual dependen todos los demás. Porque en el fondo, el aborto conlleva desconocerle este derecho al no nacido, en pos de otros intereses, sin importar cuáles sean.

 

En efecto, si somos honestos con los genuinos derechos humanos, el respeto de la vida inocente no puede sufrir nunca excepción. Es por ello que se trata de un tema “no negociable”, porque jamás y bajo ninguna circunstancia es lícito matar a un inocente, cualquiera sea el estado en que se encuentre.

 

De ahí que resulte contradictorio sostener, como en este caso, que se es defensor de la vida y al mismo tiempo, estar abierto a debatir sobre la posibilidad de atentar contra ella. En efecto, si realmente es un asunto “innegociable”, el hecho de ponerlo en el tapete para su eventual revisión ya implica quitarle dicho carácter: si se dice defender la vida a brazo partido, ¿no es ya traicionarla siquiera plantear la posibilidad de acabar con ella?

 

Además, daría la impresión que el consenso tuviera la facultad para alterar o incluso crear la realidad a nuestro antojo, como en este caso, en que por esta vía, se quita la personalidad al no nacido, por mucho adorno que se le ponga a la cuestión.

 

Sin embargo, cualquiera entiende que existen muchas materias que nadie en su sano juicio admitiría debatir, precisamente por ser “innegociables” –al margen de la religión que se tenga–, y que sería absurdo calificar esto de “retrógrado”, “oscurantista” o lo que sea.

 

En efecto, ¿aceptaría alguien legitimar por consenso la pedofilia, volver a la esclavitud, extinguir deliberadamente a los elefantes o envenenar las aguas de los océanos, por ejemplo? Por mucha “apertura”, “progresismo” o “tolerancia” que se diga defender, nadie cuerdo pensaría siquiera abrir el debate sobre estos y otros muchísimos temas.

 

No existen, por tanto, verdaderas razones (entiéndase: razones lógicas, no intereses o conveniencias) para siquiera discutir el tema del aborto, terapéutico o no.


Además, ya la historia de multitud de países ha demostrado que el llamado aborto “terapéutico” es sólo el primer paso para su total liberalización. No seamos tan ingenuos.