El
dolor, fondo y forma en el arte
Jorge
Enrique Mújica
jem@arcol.org
El arte tiene el
privilegio de ser considerado como una salida de las capacidades
transformadoras del hombre; de su poder manifestarse a través de
la pintura, la escultura, arquitectura, etc. La ingente productividad
humana ha llevado a la necesidad de catalogarla según temáticas,
periodos, estilos o, incluso, sexos. Probablemente clasificar a partir
de temas sea una de las más generales y abundantes. Así, podríamos
recurrir a lo social, naturalista, retratos o al dolor... El dolor es uno de los
temas más fecundos pues el ser humano, el artista, quién no, en
distintos momentos, en algún periodo de su vida ha conocido, de cerca o
de lejos, el dolor. Y si es artista, necesariamente que había de tener
una repercusión en su obra. Sin embargo hay vías diversas para hacer
efectivo, para patentizar ese dolor. El artista, y con él
el arte, puede plasmarse en experiencias, a modo de explicación
personal de algún tipo de dolor vivido o como un motivo más de su
ingente capacidad. Se dan así una doble vertiente: una que expondrá
este tema como detalle de la vida y otro que le servirá para que se le
conozca a él, al autor; algo así como aquellas dos máximas literarias
del simbolismo y el parnasianismo, el arte por el arte, como capricho, y
el arte como experiencia, como escuela, como necesidad. El dolor, como forma,
es anecdótico, es una muestra de la importancia que tiene en el
desarrollo de la existencia. Desde la perspectiva formal no se explica
el dolor, sólo se ejemplifica como a manera de testimonio, de recuerdo.
Y ahí está el grabado en el cuerno del periodo magdaleniense donde el
bisonte herido se revuelca; o desde la perspectiva fúnebre, en la
arquitectura egipcia, con el templo de la reina Hatsepsut. En la
escultura griega y romana con los sarcófagos, donde el dolor se bifurca
y llega incluso a lo anecdótico y humorístico en piezas como El
espinario, Egeos despidiéndose de sus joyas o El
nacimiento de Atenas. Pero no nos detenemos aquí. La temática
dolorosa llega a la apoteosis de mutarse en gozo cuando cobra el cariz
espiritual en el Renacimiento. Así, obras como La expulsión de Adán
y Eva, de Masaccio; El prendimiento de Cristo, de Giotto; El
llanto sobre Cristo muerto, de Mantenga o El juicio final y La
piedad, de Miguel Angel, sin renunciar al propósito de poner de
manifiesto el dolor, lo trascienden casi sublimándolo. En el Barroco,
incluso, llega a ser medio de catequesis (baste recordar El
Sacrificio de Isaac, de Berruguete o La piedad, del también
escultor, Gregorio Hernández). En el Romanticismo el
dolor cobra el nombre de la remembranza, del recuerdo, del ideal
interior. Aunque es, creo yo, a partir de aquí (incluso un poco antes
con el Goya del temperamento fuerte, el Goya-artista de la impotencia
ante la propia tragedia física) que nos imbuimos, que penetramos
el cerco del arte en el que el dolor es una manifestación que
emana desde el “ego” interior y, que es, a su vez, fruto de la
experiencia individual, de la observación atenta que al plasmarse dice,
en una imagen, más que mil palabras. Millet, en Las
espigadoras o El ángelus, nos regala, nos incita al tenue
dolor de la nostalgia, de la ternura, de la compasión, sinónimo de la
melancolía, la evocación y el recuerdo. El realismo es crudo porque
habla de un dolor que era y aún hoy es objetivo, que se llama,
las más de las veces, pobreza. El realismo dio paso al arte moderno,
una época, un periodo donde el dolor, siguiendo la línea
“realista”, lo manifiesta socialmente desde la concepción singular.
Y es que las guerras mundiales, civiles y demás conflictos étnicos y
raciales tenían que funcionar también como trama central. Fondo y argumento
inmersos en este más amplio del dolor; y aunados iban el conflicto
interior, la lucha fe-razón en un mundo cada vez más secularizado
donde el relativismo, esa plaga-peste de nuestra contemporaneidad,
cobraba auge y hacia de las mentes que vivían todo aquel caos, débiles
y potentes, presas fáciles y aptas de rechazo ante lo establecidos, cánones,
reglas y principios, a lo largo de la historia; al pasado, a lo
religioso, a lo que no condenase lo vivido o explicara y
abarcase todas las dimensiones del hombre. Marx, Freud, Nietzche y
algunos otros influyeron en ese dolor procedente de la “poquedad
humana”, de la infravaloración y reducción del hombre. Van Gogh casi lo
contiene, plasmándolo con el sinuoso dramatismo de sus obras (acaso
fotografía de su mundo interior); Picasso en aquella lucha artista-bufón
nos sirve su Guernica y Munch ese eficaz y duro perfil de la
soledad en El grito. Aún
no cerramos la historia del arte; hoy mismo hay conflicto para
designar tácitamente qué es arte y qué no lo es. Mientras tanto el
curso de la historia prosigue con manifestaciones claras de
denuncia ante el dolor de millones de seres humanos (creadores del
arte y destinatarios del mismo). La fotografía (¿arte?) posee parte de
la herencia de esa dimensión social de la pintura; le ha tomado la
estafeta y es el primer vehículo de manifestación actual del dolor; y
es que ahora bajo el seudónimo más concreto de hambre, terrorismo,
muerte, asesinatos, etc. el dolor sigue vigente; el arte sigue de la
mano, sigue acogiendo en su seno esta temática que parece
inextinguible... Desgraciadamente.
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