DOMINGO VII DE PASCUA

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

De los Sermones deSan Agustín , obispo

Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo

 

GLOSA

Como quiera que formamos un solo cuerpo con Cristo, ya hemos ascendido juntamente con él al cielo, donde vive y reposa nuestro amor. No debemos, por tanto, separarnos de Cristo; sólo permaneciendo en él somos constituidos criaturas nuevas, porque procuramos buscar la santidad en las condiciones ordinarias de nuestra existencia. Se precisa perder el tiempo con él, saborear la Palabra de Dios, participar del convite dominical, experimentar la alegría de querer gratuitamente y gozar de la serenidad que otorga la contemplación. En nuestra vida encontramos sosiego interior cuando conseguimos superar la mediocridad y nos llegamos al corazón de Cristo, indeciblemente más grande, rico y bueno que el nuestro. Ahí comprendemos lo que es el amor y aprendemos a amar. El monólogo de nuestra vida se convierte en diálogo con el autor de la vida. Con Cristo aprendemos a orar no sólo con el pensamiento, con las palabras, con los propósitos, sino con la vida entera. Pero para conquistar a Cristo mientras permanecemos en esta vida, se precisa liberarnos de nosotros mismos y del ruidoso tráfico mundanizado que nos atraviesa.

Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo; suba también con él nuestro corazón.

Oigamos lo que nos dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Poned vuestro corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra. Pues, del mismo modo que él subió sin alejarse por ello de nosotros, así también nosotros estamos ya con él allí, aunque todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que se nos promete.

Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros.Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y también: Tuve hambre y me disteis de comer.

¿Por qué no trabajamos nosotros también aquí en la tierra, de manera que, por la fe, la esperanza y la caridad que nos unen a él, descansemos ya con él en los cielos? Él está allí, pero continúa estando con nosotros; asimismo, nosotros, estando aquí, estamos también con él. Él está con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor; nosotros, aunque no podemos realizar esto como él por la divinidad, lo podemos sin embargo por el amor hacia él.

Él, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; tampoco nos ha de ' jado a nosotros, al volver al cielo. Él mismo asegura que no dejó el cielo mientras estaba con nosotros, pues que afirma: Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo.

Esto lo dice en razón de la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y nosotros, su cuerpo. Y nadie, excepto él, podría decirlo, ya que nosotros estamos identificados con él, en virtud de que él, por nuestra causa, se hizo Hijo del hombre, y nosotros, por él, hemos sido hechos hijos de Dios.

En este sentido dice el Apóstol: Lo mismo que el cuerpo es uno - y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo,a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

No dice: «Así es Cristo», sino: Así es también Cristo. Por tanto,Cristo es un solo cuerpo formado por muchos miembros.

Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió él solo, pero ya no ascendió él solo; no es que queramos confundir la divinidad de la cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza.