DOMINGO II DE PASCUA
0 DOMINGO DE LA OCTAVA DE PASCUA
De los Sermones de San Agustín, obispo
La nueva creatura en Cristo
GLOSA
San Pablo es la falsilla sobre la que hoy escribe San Agustín. Tampoco resulta preciso ilustrar el pensamiento que domina el texto: revestirse de Cristo, ser otros cristos. En otras palabras: convertirse. Los prof~tas, San Juan Bautista, los apóstoles no se cansaron de repetirlo y de llevarlo a cabo en sus vidas. Hoy, toda la acción de la Iglesia mira a este mismo fin. La vida, y también su final, es Cristo, porque Cristo es el Amor. Es inútil que nos perdamos en disquisiciones sobre tantos temas: libertad, diálogo, justicia, pobreza, celibato... El tenor de vida que buscamos no lo podremos alcanzar si no tendemos hacia esa plenitud de vida que es Cristo. Pasa la escena de este mundo y él permanece porque ha resucitado y nos ofrece una vida nueva. Y también nosotros permaneceremos si transfiguramos nuestra vida en una atmósfera de amor. Y esto no es obra de un día, no se cumple en una sola etapa: es una labor que, iniciada en el bautismo, no concluirá sino en el momento de nuestra muerte.
Me dirijo a vosotros, recién nacidos por el bautismo, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, complacencia del Padre, fecundidad de la Madre, germen puro, grupo recién agregado, motivo el más preciado de nuestro honor y fruto de nuestro trabajo, mi gozo y mi corona, todos los que perseveráis firmes en el Señor."'
Os hablo con palabras del Apóstol: Revestíos de Jesucristo, el Señor
, y no os entreguéis a satisfacer las pasiones de esta vida mortal, para que os revistáis de la vida que habéis revestido en el sacramento. Todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judío y gentil, ni entre libre y esclavo, ni entre hombre y mujer- todos sois uno en Cristo Jesús.Ésta es precisamente la eficacia del sacramento: se trata en efecto, del sacramento de la vida nueva, la cual empieza en el tiempo presente por el perdón de todos los pecados pasados, y llegará a su plenitud en la resurrección de los muertos. Por nuestro bautismo fuimos sepultados con él, para participar de su muerte; para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también nosotros vivamos una vida nueva. Ahora camináis en la fe, mientras vivís desterrados en este cuerpo mor-tal, lejos del Señor; pero el mismo Jesucristo, al dignarse asumir por nosotros la condición humana, se ha convertido para vosotros en el camino seguro hacia él, al cual os dirigís. Es grande, en efecto, la bondad que tiene reservada para sus fieles, y que descubrirá y completará para los que se acogen a él, cuando llegue el momento de la posesión efectiva de aquello que ahora hemos recibido sólo en esperanza.
Hoy hace ocho días de vuestro nacimiento espiritual; hoy recibís el complemento del sello de la fe, lo cual, en los padres antiguos, se realizaba por la circuncisión de la carne, al octavo día del nacimiento carnal.
Pues el mismo Señor, al despojarse de la mortalidad de la carne por su resurrección y al hacer resurgir un cuerpo no distinto del de antes, pero sí libre para siempre de la muerte, señaló con su resurrección el día del domingo, que es el tercero después de la pasión, es el octavo después del sábado, según la numeración de días, pero que es al mismo tiempo el primero.
Por esto también vosotros, si habéis sido resucitado con Cristo aunque todavía no de hecho, pero sí ya con esperanza cierta, porque habéis recibido el sacramento de ello y las arras del Espíritu, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Poned vuestro corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra. Porque habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios; cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, os manifestaréis también vosotros con él, revestídos de gloria.