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¿DÓNDE ESTÁ EL TRUCO?
El Papa vuelve a encontrarse con los jóvenes. Los ha
citado en Australia para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud. Y
una vez más los jóvenes le responden viajando adonde sea,
aunque haya que dar media vuelta a la tierra. Visto así, sin más, el
fenómeno no tiene fácil explicación. Ahora ya no se trata del
carismático Juan Pablo II, comunicador genial, con grandes dotes escénicas
para los espectáculos de masas. Benedicto XVI ha sido toda su
vida un estudioso, más bien acostumbrado al silencio de las
bibliotecas. Y sin embargo, jóvenes de todo el mundo acuden, como
moscas a la miel, a la convocatoria del pontífice octogenario,
con una afluencia que ya quisieran para sí muchos artistas o líderes
políticos. Los sociólogos callan. Y más de uno se pregunta:
¿Dónde estará el truco?
No hay truco, pero hay clave. La descubrió hace unos
días el escritor Juan Manuel de Prada en una de sus columnas periodísticas:
el misterioso atractivo del anciano vestido de blanco está en que
muchos ven en él al depositario de la milenaria belleza de la fe. Y los
jóvenes son muy sensibles a la belleza. Ser cristiano es
hermoso, como nos muestran los santos con sus vidas. Y lo bello atrae,
no deja indiferente, despierta emociones; pone en movimiento un dinamismo
de profunda transformación interior que genera gozo, sentimiento de
plenitud. La belleza es el esplendor de la verdad y la expresión
visible del bien. Y los jóvenes sienten los mismo que San Agustín:
un deseo apasionado de amor, verdad y belleza.
No es casual que Benedicto XVI haya inaugurado su
pontificado con estas palabras: Nada hay más hermoso que haber sido
alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello
que conocerlo y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del
pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa.
Pero es gozosa y grande, porque, en definitiva, es un servicio a la
alegría, a la alegría de Dios, que quiere hacer su entrada en el
mundo.
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