Dos
preguntas sobre el Islam
Fernando Pascual
fpa@arcol.org
No es fácil comprender lo que caracteriza al mundo islámico. Algunos
piensan que ya saben en qué consiste la religión musulmana con lo leído
en sus años de escuela o con lo encontrado en alguna información de Internet.
Otros, más realísticamente, se asoman a los países islámicos o a los
inmigrantes que llegan a países de tradición occidental, y reconocen lo
complejo y difícil que es penetrar en un mundo cultural y religioso muy
distinto del nuestro.
Un libro reciente sirve
para despertar el deseo de un mayor estudio y atención a la galaxia del
Islam. Es la obra del P. Samir Khalil Samir, un sacerdote jesuita nacido
en Egipto, que imparte cursos universitarios en Beirut y en Roma.
El título del libro, publicado
por ahora en italiano, es atrevido: “Islam. De la apostasía a la violencia”
(“Islam. Dall’apostasia alla violenza”, Cantagalli, Roma-Siena 2008).
El título parece atrevido,
pero simplemente da a entender lo que se ofrece en esta obra: una colección
de artículos y trabajos breves que aparecen en orden alfabético, desde
la “A” de la Apostasía hasta la “V” de la Violencia.
No busco ahora resumir
un libro estimulante y contracorriente. Sólo quisiera fijarme en dos preguntas
que constantemente el P. Samir formula frente a la complejidad del mundo
islámico.
La primera se refiere a
la problemática sobre el posible diálogo con el mundo islámico. ¿Cómo
comunicar con una realidad compleja, con diversas tendencias y corrientes,
y sin una autoridad interpretativa reconocida?
La pregunta muestra hasta
qué punto la religión musulmana no resulta fácilmente comprensible, pues
además de las corrientes sunita y chií (o chiíta), existen innumerables
imanes y jefes religiosos que se atribuyen la interpretación correcta y
exacta de las enseñanzas reveladas por Alá (Allah) a Mahoma.
La segunda pregunta va
más a fondo: ¿sobre qué dialogar? Hay quienes proponen limitarnos a
los contenidos religiosos: hablar sobre Dios y sobre el alma. Pero en la
religión que surge desde el Islam ser creyente implica un modo de
vivir, de organizar la vida social, de establecer las leyes. Es decir,
el Islam aspira a convertirse en un sistema político capaz de regular
los principales aspectos de la vida de las personas.
Ante esta segunda
pregunta, el P. Samir insiste una y otra vez en la necesidad de poner
sobre el tapete del diálogo el tema de los derechos humanos, que
radican en la naturaleza humana y que valen para todos, sin distinción
de razas, sexo, o religión, para luego ver si la legislación islámica
(la Sharía) respeta o no tales derechos.
Notamos, por ejemplo,
que en muchos países la aplicación de la Sharía lleva a tratar a la
mujer como alguien sometido al varón y con un peso legal inferior al
mismo. Otras veces se permite la mutilación de la mano y del pie de
quienes son declarados culpables de algunos delitos, o se llega a la
eliminación violenta de los adúlteros. Vemos, además, que todavía se
aplica la pena de muerte a quienes dejan la religión islámica para
pasar a otra religión o para convertirse en ateos. En estos y otros
casos, ¿no estamos ante flagrantes violaciones de los derechos humanos?
Frente a situaciones
como las evocadas, presentes en algunos importantes estados islámicos o
defendidas por intérpretes religiosos que se consideran auténticos intérpretes
del Corán, quedan dos alternativas. O se reconoce que la Sharía va
contra los derechos humanos, y, por lo tanto, debe ser condenada por los
gobiernos defensores de tales derechos y por los organismos
internacionales. O hemos de pensar que la interpretación dada hasta
ahora por muchos musulmanes sobre su religión y sobre la Sharía es errónea.
En esta segunda alternativa, se hace necesario buscar una interpretación
del Corán capaz de respetar los derechos fundamentales de todo ser
humano.
No podemos quedar
indiferentes cuando un musulmán decide hacerse católico y sufre, por
este motivo, innumerables vejaciones, desprecios e, incluso, amenazas de
muerte. Algo no va bien en aquellos pueblos y grupos religiosos que no
permiten una de las libertades más profundas que debe reconocerse a
todo ser humano: la libertad de seguir a la propia conciencia en materia
religiosa.
Establecer
el diálogo con el mundo musulmán exige afrontar estas dos preguntas
(y, desde luego, muchas otras). Sólo así podremos trabajar hacia
caminos de entendimiento, eliminando prejuicios que dificultan el
encuentro, pero sin ceder ni un milímetro cuando se trata de garantizar
los derechos fundamentales que deben ser reconocidos a todos los seres
humanos
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