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ECCE HOMO Jesús, ¿por qué callas en tu dolor? Por Alfonso García
Nuño
Cuando nos intentamos atrapar sólo con ella, porque no podemos
vivir sin saber quién somos, nos escapamos a nuestra tentativa de
comprendernos. El hombre siempre presenta un carácter de más allá, su linde
es plus ultra. Por ello, siempre resultan vanos los intentos de
entenderse, que a lo largo de la historia del pensamiento se han dado o se
puedan dar, auto-cercenándose: "el hombre no es más que..." "He aquí el hombre" (idou ho anthropos – ecce
homo), dice Poncio Pilato a los circunstantes, tras haber azotado a Jesús
y no encontrar, en Él, delito. La clave de interpretación de los evangelios
es la divinidad de Jesús, como reiteradamente recuerda Joseph Ratzinger /
Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret. Pero no solamente es la
revelación de Dios. Ese hombre, que en sí mismo dice a Dios, al revelarlo,
desvela, a la par, quién es el hombre. Y a uno y a otro, cuando más los
manifiesta es cuando aparentemente más los oculta, cuando de Él dice Isaías:
"Tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre" (Is
52,14). La verdad, sobre el hombre y sobre cada uno en particular, no es
fruto de mera especulación ni tampoco es la idea que uno se pueda forjar
sobre ese Jesús, sino que la encontramos conociéndole a Él y mirándonos, en
Él, espejados, como hizo Durero autorretratándose bajo esa figura. Siendo Él,
es como soy más yo mismo. En el Ecce Homo, conocemos qué es de suyo el hombre,
quién es y cuál el sentido de su vida, pero también qué está siendo de hecho.
Al contemplar al hombre sin culpa ninguna, que ha sido azotado y que es
entregado a lo que se quiera hacer con Él, nos encontramos con la máxima
expresión de Mas el hombre no está condenado a ser una
cáscara de nuez movida al albur del oleaje del mal que él mismo ha forjado en
Jesús no comparece en el pretorio como el animal racional,
sino como el animal sufriente. El hombre es la criatura que, además de recaer
sobre ella el mal, está convocada a sufrirlo, a tomarlo entre sus manos y
darle sentido. Los animales sólo sienten dolor; el hombre sufre y su
sufrimiento es una llamada a vivirlo y no sólo a padecerlo. En el evangelio
de San Juan, Jesús, silente, trasciende el sufrimiento, va más allá de su padecer
padeciéndolo y así manifiesta su majestad; la burla de los soldados con la
corona de espinas, la caña y la púrpura, lejos de ocultarla, la ha realzado.
Tiziano, una de las veces que representa la escena, lo pinta a Él solo,
mostrando su efigie regia; su serena dignidad, apenas cubierta por su bermejo
manto, llena por completo el lienzo y lo desborda. Respuesta, en este
momento, sin palabras, a la pregunta que Pilato le había hecho antes. "Con que ¿tú eres rey?" Jesús le contestó: "Tú
lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo,
para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi
voz" (Jn 18, 37) Ahora queda callado, mudo en todos nuestros sufrimientos,
esperando que no lo condenemos con nuestras razones, deseando que lo
escuchemos así, en silencio, para que Él, Verdad desnuda, se diga en
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