SERVICIO CATÓLICO
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El declive de las civilizaciones
El declive de las civilizaciones

 

 

                              

 

 

por  Cinta Barreno
 

Todos alguna vez nos hemos maravillado con los vestigios arqueológicos de antiguas civilizaciones, esculturas y construcciones hechas con una perfección que difícilmente podemos emular. Estas civilizaciones nos legaron libros, filosofías y conceptos de vida que todavía hoy nos iluminan. ¿Cómo es posible que con semejantes conocimientos llegaran a desaparecer?

Todos alguna vez, a través de libros o viajes, nos hemos maravillado con los vestigios arqueológicos de antiguas civilizaciones, esculturas y construcciones hechas con una perfección que difícilmente hoy podemos emular, como por ejemplo, la Gran Pirámide de Keops.

Estas civilizaciones antiguas no solo nos dejaron restos arqueológicos, sino que también nos legaron libros, filosofías, conceptos de vida… que todavía hoy nos iluminan, como por ejemplo, los Vedas hindús, los Libros Kings chinos, el Libro de los Muertos egipcio y tibetano, etc.

Y ante tan colosales maravillas, uno se pregunta: ¿cómo es posible que con semejantes conocimientos llegaran a desaparecer?

El filósofo argentino Jorge Ángel Livraga nos da una imagen muy visual del recorrido de muchas de las civilizaciones. Él nos dice que es como el recorrido de una piedra lanzada al aire: al principio la piedra tiene una fuerza ascensional muy grande, luego se va frenando y al final cae. Una civilización, al chocar con la adversidad y el tiempo, va frenando para finalmente caer.

Principales causas de la caída de las civilizaciones

Siguiendo con el profesor Livraga, podemos decir que hay dos tipos de causas:

  • Causas que no dependen del ser humano: el tiempo, ommia transit (todo pasa).

El tiempo es un elemento ecológico que lo va lavando y renovando todo. Platón ya nos decía que el tiempo es el gran higienizador de la naturaleza.

La repetición sistemática crea confusión y falta de valoración de las cosas; de aquí que el tiempo tenga la capacidad de singularizar las cosas para que las podamos apreciar.

Una civilización es la plasmación de una forma cultural: arte, arquitectura, filosofía, religión... Por tanto, las civilizaciones también tienen una naturaleza transitoria, como todo lo manifestado: nacen, crecen, se reproducen y mueren. La naturaleza es cíclica y tiene sus propios mecanismos de renovación, y nosotros estamos inmersos en ella, no somos ninguna creación especial. La eternidad no es de este mundo.

  • Causas que dependen del ser humano: la vacilación y la corrupción internas.

Las civilizaciones no son una idea abstracta, están conformadas por seres humanos, por los sueños, deseos, triunfos y fracasos de hombres y mujeres; además de factores económicos, políticos, religiosos y sociales, que también surgen de la acción y el comportamiento humanos.

Al final de una civilización se pueden observar hechos, como por ejemplo, un ser humano venido a menos, degradado, sin lealtades fijas, que ha idolatrado lo menos humano que hay en su interior, que es capaz de pensar que todo es negociable, incluso lo inalcanzable. Por tanto, el problema no solo radica en lo que ocurre fuera de nosotros sino dentro de nosotros.

El factor espiritual, la calidad de nuestra vida interior es, por encima de todo, aparte del factor tiempo, el principal artífice de la destrucción del ser humano y, por ende, de las civilizaciones. El tiempo se traduce en enfermedades, pero a pesar de los años, se puede tener una vida espiritual tan intensa que nos haga sentir niños; esto lo podemos ver en muchos ancianos. Esta fuerza espiritual es la que debemos preservar ante todo.

Las civilizaciones caen, pero se vuelven a levantar, porque siempre hay hombres y mujeres con una espiritualidad por encima de lo común, que nunca dejan de soñar en un mundo mejor. El ser humano, portador de los ideales de la civilización, nunca muere.

Admiramos la Gran Pirámide, el Partenón, el Machu Picchu… que no son otra cosa que plasmaciones de lo que otros seres humanos soñaron, entendieron, supieron y proyectaron. Y la música compuesta siglos atrás, que sigue emocionándonos, también es parte de la sensibilidad, de la vida, de los sueños y ambiciones de otros seres humanos. Así, todo se va transmitiendo de unos a otros.

¿Estamos al final de un ciclo civilizatorio?

civilizacionesSi echamos un vistazo a la historia, veremos que ahora se repiten los patrones. El deterioro de los valores humanos y el incremento de conflictos nos indican que, seguramente, estamos al final de un ciclo civilizatorio. La gran crisis económica en la que estamos sumidos es, en gran medida, la consecuencia de la pérdida de valores humanos y referentes vitales que han «animalizado» al ser humano.

La historia nos demuestra que cuando una civilización cae, vuelve a renacer; así pues, ante un posible fin civilizatorio no deberíamos pensar que estamos al borde de un abismo donde el pánico a sucumbir nos haga pensar «sálvese quien pueda», sacando a flote los fanatismos, egoísmos y perjuicios más atroces y destructores. Deberíamos pensar, con perspectiva histórica, global y humana, que estamos frente a un bajón que nos sacudirá fuertemente, pero que la vida continuará y la civilización renacerá con renovadas formas.

¡Tenemos que confiar en nosotros! No somos animales, aunque a veces lo parezcamos, porque podemos tomar distancia de nuestros instintos más primarios y elevarnos de nivel, aspirando a no quedar determinados por nuestra naturaleza.

Para poder pensar con perspectiva histórica, global y humana, hace falta reaccionar, resucitar dentro de nosotros mismos para renovar nuestro mundo interior y poder así renovar el mundo exterior caduco y sin ideales. Falta la fuerza que mueve las culturas y las civilizaciones; y esta fuerza está dentro de nosotros. Somos más fuertes de lo que nos pensamos.

Enrique Rojas dice que la patria del ser humano son los sueños; Jorge Ángel Livraga nos dice que para seguir sonriendo como un niño y tener la fuerza para levantar una civilización, debemos conocernos, reflexionar, reencontrarnos con nosotros mismos y tener el alma repleta de sueños.

Debemos encontrar el valor, aunque no tengamos una vida aparentemente brillante, de poder cerrar los ojos y sentir, como dice el profesor Livraga, la divina cabalgata de nuestros sueños. Y si no tenemos ningún sueño propio, no pasa nada, siempre podemos seguir algún ideal, alguna forma que nos verticalice, que nos eleve para ser un «portador de sueños».

ANEXO

Los portadores de sueños (Gioconda Belli)

En todas las profecías

está escrita la destrucción del mundo.

Todas las profecías cuentan

que el hombre creará su propia destrucción.

 

Pero los siglos y la vida

que siempre se renueva

engendraron también una generación

de amadores y soñadores;

hombres y mujeres que no soñaron

con la destrucción del mundo,

sino con la construcción del mundo

de las mariposas y los ruiseñores.

 

Desde pequeños venían marcados por el amor.

Detrás de su apariencia cotidiana

guardaban la ternura y el sol de medianoche.

Las madres los encontraban llorando

por un pájaro muerto,

y más tarde también los encontraron a muchos

muertos como pájaros.

Estos seres cohabitaron con mujeres traslúcidas

y las dejaron preñadas de miel y de hijos verdecidos

por un invierno de caricias.

Así fue como proliferaron en el mundo los portadores sueños,

atacados ferozmente por los portadores de profecías

habladoras de catástrofes.

Los llamaron ilusos, románticos, pensadores de utopías,

dijeron que sus palabras eran viejas

y, en efecto, lo eran porque la memoria del paraíso

es antigua al corazón del hombre.

Los acumuladores de riquezas les temían,

lanzaban sus ejércitos contra ellos,

pero los portadores de sueños todas las noches

hacían el amor

y seguía brotando su semilla del vientre de ellas,

que no solo portaban sueños, sino que los

multiplicaban y los hacían correr y hablar.

De esta forma el mundo engendró de nuevo su vida

como también había engendrado

a los que inventaron la manera

de apagar el sol.

 

Los portadores de sueños sobrevivieron a los

climas gélidos, pero en los climas cálidos casi parecían brotar por

generación espontánea.

Quizá las palmeras, los cielos azules, las lluvias

torrenciales, tuvieron algo que ver con esto,

la verdad es que como laboriosas hormiguitas

estos especímenes no dejaban de soñar y de construir

hermosos mundos,

mundos de hermanos, de hombres y mujeres que se

llamaban compañeros,

que se enseñaban unos a otros a leer, se consolaban

en las muertes,

se curaban y cuidaban entre ellos, se querían, se

ayudaban en el

arte de querer y en la defensa de la felicidad.

 

Eran felices en su mundo de azúcar y de viento,

de todas partes venían a impregnarse de su aliento,

de sus claras miradas,

hacia todas partes salían los que habían conocido

portando sueños, soñando con profecías nuevas

que hablaban de tiempos de mariposas y ruiseñores

y de que el mundo no tendría que terminar en la

hecatombe.

Por el contrario, los científicos diseñarían

puentes, jardines, juguetes sorprendentes

para hacer más gozosa la felicidad del hombre.

 

Son peligrosos –imprimían las grandes rotativas–.

Son peligrosos –decían los presidentes en sus discursos–.

Son peligrosos –murmuraban los artífices de la guerra–.

Hay que destruirlos –imprimían las grandes rotativas–.

Hay que destruirlos –decían los presidentes en sus discursos–.

Hay que destruirlos –murmuraban los artífices de la guerra–.

 

Los portadores de sueños conocían su poder,

por eso no se extrañaban;

también sabían que la vida los había engendrado

para protegerse de la muerte que anuncian las

profecías y por eso defendían su vida aun con la muerte.

Por eso cultivaban jardines de sueños

y los exportaban con grandes lazos de colores.

Los profetas de la oscuridad se pasaban noches y días enteros

vigilando los pasajes y los caminos

buscando estos peligrosos cargamentos

que nunca lograban atrapar

porque el que no tiene ojos para soñar

no ve los sueños ni de día, ni de noche.

 

Y en el mundo se ha desatado un gran tráfico de

sueños que no pueden detener los traficantes de la muerte;

por doquier hay paquetes con grandes lazos

que solo esta nueva raza de hombres puede ver.

La semilla de estos sueños no se puede detectar

porque va envuelta en rojos corazones,

en amplios vestidos de maternidad

donde piececitos soñadores alborotan los vientres

que los albergan.

 

Dicen que la tierra, después de parirlos,

desencadenó un cielo de arcoíris

y sopló de fecundidad las raíces de los árboles.

Nosotros solo sabemos que los hemos visto,

sabemos que la vida los engendró

para protegerse de la muerte que anuncian las profecías.

 

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