El genocidio censurado
miércoles, 30 de enero de 2008
Juan
Manuel de Prada
ABC
Citábamos
el otro día de pasada un libro que nos gustaría recomendar encarecidamente. Se
titula El genocidio censurado, y lo acaba de publicar Ediciones Cristiandad; su
autor, Antonio Socci,es un polemista brioso, capaz de
resucitar en el lector ese fondo de humanidad sepultada sobre el que se ha
erigido el crimen más multitudinario y silenciado de nuestro tiempo.
Nos
estamos refiriendo, claro está, al aborto, de tan triste actualidad en nuestro
país, convertido -como escribió en alguna ocasión Ruiz Quintano con su
característico sarcasmo- en «reserva abortista de Occidente». El mayor
genocidio del siglo XX -nos recuerda Socci- no ha sido perpetrado en ninguna
guerra, tampoco en los gulags ni en los campos de exterminio que florecieron al
socaire de los regímenes totalitarios; el mayor genocidio del siglo XX -y de
los que llevamos de siglo XXI- se ha perpetrado en las aseadas democracias
occidentales, ante la mirada impávida o indiferente de sociedades que presumen
de compasivas y defensoras a ultranza de los derechos humanos.
Mil
millones de víctimas inocentes es la cifra que propone Socci como saldo de ese
genocidio; y probablemente se haya quedado corto. Pero lo más escalofriante de
este crimen innumerable no es la cantidad, sino el silencio aquiescente o
cómplice con que las sociedades denominadas democráticas lo aceptan. Porque el
aborto, esa barbarie industrial por la que algún día seremos juzgados, es
también el último tabú del que nadie se atreve a hablar.
Resulta
inquietante y perturbador que una época como la nuestra, que se jacta de
exponerlo todo a la luz, que no tiene empacho en penetrar en las más recónditas
intimidades, que no hace ascos a la exhibición gratuita de violencias, que con obscenidad
casi pornográfica nos bombardea visualmente con los más variopintos horrores,
sin embargo haya decidido encubrir este genocidio, prohibiéndonos mirar a los
ojos a esos pequeños que son expeditivamente tachados del libro de la vida.
En
algún pasaje de su ensayo, Socci recoge las palabras de Norberto Bobbio, el
gran jurista y filósofo turinés, a quien nadie podrá acusar de complacencia con
las tesis católicas, sobre el aborto: «Hay tres derechos. El primero, el del
concebido, es fundamental. Los demás, el de la mujer y el de la sociedad, son
derivados. Además, y para mí esto es el punto central, el derecho de la mujer y
el de la sociedad, que son de ordinario adoptados para justificar el aborto,
pueden ser satisfechos sin recurrir al aborto, es decir, evitando la
concepción. Una vez ocurrida la concepción, el derecho del concebido solamente
puede ser satisfecho dejándolo nacer. (...) Me sorprende que los laicos dejen a
los creyentes el privilegio y el honor de afirmar que no se debe matar».
Y Pier
Paolo Pasolini escribió: «Soy contrario a la legalización del aborto porque la
considero una legalización del homicidio. Que la vida humana sea sagrada es
obvio: es un principio más fuerte que cualquier principio de la democracia».
Glosando a Pasolini, podríamos preguntarnos si una sociedad que no considera
sagrada la vida humana puede calificarse de democrática.
¿Se
puede seguir esgrimiendo seriamente que una vida gestante es un «amasijo de
células», como le dijeron en el abortorio a la joven María de
Hubo un
tiempo, allá en el corazón de las tinieblas, en que los niños eran entregados a
Moloch en sacrificio; pero, de repente, ocurrió algo, un cambio absolutamente
revolucionario que Socci resume así: «Por primera vez en la historia se
difundió el sentimiento y la certeza de que todo ser humano es sagrado e
intocable, que ningún poder puede disponer de su vida o de su dignidad. Este es
el fundamento ético de la libertad y de la democracia tal como la conocemos». Y
el aborto es una vuelta al corazón de las tinieblas, es una negación de la
conquista humana más esencial e irrenunciable. No dejen de leer este vibrante
ensayo de Antonio Socci.