El riesgo de la "teología complaciente"


Ha llegado a mis manos un papel, escrito por un profesor de Teología catalán, que se titula muy rotundamente “No existe un derecho al aborto” y que es en realidad una sibilina justificación de las leyes permisivas y desmoralizadoras de nuestros Gobiernos socialistas sobre el aborto. Un modelo de “teología complaciente". Para respetar la objetividad pongo por delante el texto en cuestión. Es éste:

No existe un derecho al aborto

No existe un derecho al aborto. Ello no significa que legalmente no pueda haber una despenalización: en un Estado laico, ni un delito es un pecado, ni legal equivale a moral. La ley civil tiene como objetivo la convivencia, no la moral: no pretende entrar en las conciencias, sino regular conductas que afectan a la paz social. Por eso las leyes pueden penalizar cosas no inmorales (hablar por el móvil conduciendo) y no penalizar cosas inmorales (el adulterio). Pero una cosa es lo legalmente tolerado y otra lo moralmente permitido.

Nadie tiene derecho a eliminar una vida que está ya humanamente programada. Se busca moralizar el aborto arguyendo desde el “derecho al propio cuerpo” y los “derechos de la maternidad". Pero esos derechos (como casi todos) tienen un límite: nadie puede esgrimir un derecho contra el derecho de otro: de lo contrario, el violador tendría derecho a violar “porque se lo pide el cuerpo". Y la mujer, derecho a abortar hasta en el noveno mes (y echar luego los fetos a una trituradora como se hizo en Barcelona). La maternidad tampoco da derecho a la mutilación genital de una hija, ni a prostituirla para ganar dinero: pues el misterio de la maternidad consiste en esa maravilla de algo que, siendo en algún sentido propio, es a la vez extraño. Y lo es por su contextura vital, no por su tamaño o su edad.

Que “tengo derecho a hacer lo que quiera con mi cuerpo” lo he oído decir a más de un drogadicto. Y no: por nuestro que sea, el cuerpo merece también un respeto. Creerse con derecho a disponer de una vida indefensa solamente porque estorba no tiene nada que ver con una mentalidad de izquierdas, más bien es fascismo puro y duro. El afán de sustituir la expresión aborto por la más políticamente correcta de interrupción del embarazo quizá revele ya una mala conciencia no reconocida.

Repito que no hablo de leyes civiles sino de derechos morales. Para el legislador, será sin duda conveniente que lo legal quede amparado por valores morales. Pero todo el mundo sabe que cualquier valor moral tiene sus situaciones límite donde ni el veredicto es claro, ni los expertos coinciden ni el legislador tiene por qué tomar partido. Incluso quien considere inmoral el aborto deberá reconocer que cabe hablar de grados de inmoralidad, según se trate de un ser ya constituido como persona, o en marcha hacia esa constitución, o sólo programado para ser tal. Y debe saber que siempre hubo discusión sobre cuándo se dan esas fases: según Tomás de Aquino (y con su lenguaje), el alma humana no la infunde Dios hasta el tercer mes de la gestación: porque antes la materia “no está aún preparada para recibirla".

En este contexto, un cristiano deberá sentirse obligado al máximo respeto a la vida personal, y aplicarse ese principio a sí mismo, al margen de lo que la sociedad penalice o tolere. Así dará ejemplo de una fina sensibilidad humana, aunque pueda comprender que no todos acepten eso porque, ante las situaciones límite, también nuestra razón patina.

Pero eso no significa que la Iglesia tenga derecho a imponer su propia moral a través de leyes civiles: pues según san Pablo, una parte de la moral cristiana en lo que toca al cuerpo se funda en eso que llamamos la resurrección de la carne.

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Digo que es un texto sutil y sibilino, porque con apariencias muy objetivas y muy serias, en realidad es un texto concesionista que reduce la moral a un orden puramente privado y formal, sin ninguna incidencia en la vida real. Veamos.

En el párrafo primero establece una separación tan radical entre “lo moral” y “lo legal” que deja la vida moral reducida a algo subjetivo, de naturaleza individual, sin ninguna validez objetiva y generalizable. Por otra parte, “lo legal” queda reducido al orden de lo meramente pragmático y oportunista, sin ninguna relación con la vida moral. Esa manera de ver las cosas no es verdadera y conduce a la privatización total de la vida religiosa y moral, y al desarraigo moral de la vida social y política. Es puro nominalismo.

Además ¿quién ha dicho que utilizar el teléfono móvil mientras se conduce no es un acto moralmente evaluable? Las leyes no se ordenan a la convivencia como un mero reglamento intrascendente, sino que se ordenan a la convivencia y a favorecer todo lo que constituye el bien común y generalizable de los ciudadanos. Esa es la fuente de su moralidad. Las leyes tiene que apoyarse en un juicio moral, el juicio moral de los legisladores, que tienen que atenerse a favorecer lo que sea realmente bueno para el común de los ciudadanos.

La potestad de los legisladores nace de su reconocimiento social para proteger y procurar el bien común de los ciudadanos. Nadie puede legislar a su antojo, ni puede dejar de proteger el bien de los ciudadanos en el ejercicio de su función. Este servicio al bien de los ciudadanos justifica la existencia de su potestad y a la vez marca sus límites infranqueables. No tenerlo en cuenta abre el camino a los gobiernos absolutistas, dictatoriales y tiránicos.

El segundo párrafo me parece del todo correcto. La eliminación de una vida humana no solamente es fascismo puro y duro, es un asesinato, una transgresión grave de la ley divina que protege la vida de los hombres, de cada hombre, aun de los más débiles y abandonados. Lo malo del aborto no es el ser de derechas o de izquierdas, es que es un atentado contra la vida del hombre, un pecado contra la ley santa de Dios que protege la vida de los hombres.

El tercer párrafo es un ejemplo admirable de ambigüedad calculada. Primero, que cuando hablamos de aborto voluntario no hablamos de situaciones límite, hablamos simplemente de la posible eliminación de una vida humana durante su tiempo de gestación, antes de nacer. Y en esto no hay más ni menos. Una vida humana siempre es una vida humana y nunca puede ser eliminada por interés de nadie. Sorprende que un escritor tan libre para juzgar a los autores antiguos, en este punto nos traiga a colación las ideas biológicas del siglo XIII para demostrar la dificultad de decidir cuándo un embrión o un feto puede ser considerado sujeto humano. Hoy la biología nos da suficiente fundamento para pensar que un embrión humano es ya un verdadero ser humano desde el momento de la fecundación, con una programación genética individual e indeleble, dentro de un proceso vital estrictamente humano y personal, perfectamente distinto de cualquier otro aunque sea profundamente dependiente, como, por otra parte, lo seguimos siendo durante toda la vida.

No tienen sentido esas expresiones difusas de “en marcha para ser persona” o “programado para ser tal”. ¿Es que el ser persona, en su consistencia real, va a depender del peso o de las dimensiones o de un determinado grado de desarrollo? Si le negamos la condición de persona a un embrión por no tener suficientemente desarrollado su cerebro, ¿también podemos negársela a un anciano que no lo tiene ya enteramente operativo? Así se ve cómo aborto y eutanasia van de la mano.

Por supuesto que los cristianos tenemos que dar el ejemplo de una exquisita sensibilidad a favor de la vida humana, pero por muy comprensivos que queramos ser no podemos considerar justa ni legítima una legislación que no proteja efectivamente la vida de todos los seres humanos, incluidos los no nacidos, los hijos imprevistos y no queridos. Son seres humanos, tenemos que ayudarles a vivir, y una manera de ayudarles es evitar que haya leyes que legalicen su eliminación y procurar, al contrario, que las leyes apoyen su derecho a vivir ayudando a sus madres a traerlos a este mundo y sacarlos adelante.

Pensar así, actuar así, no es tratar de imponer la moral católica a los no católicos. Primero porque la Iglesia, los cristianos, no imponemos nada, hablamos, tratamos de hacer que se reconozca lo que creemos que es justo y verdadero, sin imponer nada a nadie. Hace muchos años que la Iglesia no tiene ningún poder impositivo ni coercitivo sobre la vida civil. Y está muy bien que así sea. Queremos razonar, convencer, defender por medios pacíficos el bien de los demás, el derecho a vivir de los seres humanos ya concebidos, que ya han comenzado su ciclo vital y tienen derecho a completarlo igual que los demás, igual que nosotros.

Y segundo, porque el hecho de que los cristianos, por revelación de Dios, tengamos muy claro el “No matarás”, eso no quiere decir que este mandamiento valga sólo para los cristianos. El precepto de no matar es un precepto general, perfectamente asequible para la razón humana, aceptado hoy por la generalidad de las culturas, consecuencia inmediata de ese otro precepto más general “hay que hacer el bien y evitar el mal” que está inscrito por Dios en la mente humana de manera indeleble y universal.

En este asunto hay dos cuestiones de fondo: la primera es la necesaria relación entre la autoridad y las leyes promulgadas por ella con la moralidad. Quienes legislan tienen que hacerlo de acuerdo con su conciencia moral rectamente informada. Y la moralidad de las leyes, que al fin y al cabo son actos humanos de unas determinadas personas, proviene de su sincera ordenación al bien general de los ciudadanos, también de los no nacidos. Por cierto, hoy los no nacidos deben ser ya considerados como miembros de la sociedad, son conocidos, podemos establecer relaciones con ellos.

La segunda cuestión de fondo es la relación entre la Iglesia y la sociedad en general, el orden de la salvación revelado por Dios y la vida humana en general. La salvación ofrecida por Dios a los hombres por medio de Jesucristo y de su Iglesia es sólo para unos pocos “exquisitos” o es para todos y está intrínsecamente relacionada con todo lo que es o tiene que llegar a ser plenamente y auténticamente humano? Si la revelación nos ayuda a conocer y realizar lo que es humanamente bueno, bueno para el común de los hombres, existe otra medida para medir la bondad de quienes no conocen o no han aceptado la revelación de Dios?

Dicho en román paladino, si el aborto es malo para una conciencia cristiana, ¿puede ser bueno para una persona no cristiana? El escrito que estamos examinando tendría que responder afirmativamente. Ahí se ve el peligro de analizar las cuestiones por consideraciones exteriores en vez de ir al meollo de las cosas.


Escrito por Mons. Sebastián