El SACRIFICIO DE MARÍA
Está bien claro que la fe de María tuvo que alzarse siempre contra las contradicciones. Los profetas habían predicho que el Mesías sería rey y que el gobierno descansaría sobre sus hombros. Y, no obstante, ese Mesías había nacido de María en una cueva, porque ‑como dice San Lucas‑ no había lugar «para ellos», es decir, no había lugar, en el caravanserai o mesón público, para un hombre y para una mujer embarazada. Más aún, María se vio obligada a buscar refugio en Egipto con aquel Niño cuyo futuro había de significar tanto para Israel.
Este mismo Hijo «rey» creció luego en circunstancias humanas bastante ordinarias, que no llamaron la atención de nadie.
La contradicción final, para María, debió ser la de ver a su Rey marchar hacia una muerte ignominiosa en la cruz. María no tenía idea de cuál sería el resultado de aquellas cosas, pero ella continuaba creyendo y confiando en el mensaje angélico, esperando contra toda esperanza. Ella no experimentó aquella debilidad a la que la fe de los apóstoles se inclinaba. Pero los acontecimientos de la vida de Cristo debieron resultar para ella, como lo fueron para los apóstoles, un misterio desconcertante y nada elocuente. ¿No es posible ver en el sacrificio de Abrahán un tipo de la actitud de María hacia su Hijo? Como Abrahán, creyendo en la esperanza contra la esperanza (Rm 4, 18), estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo, aunque la gran herencia de Israel se le había prometido a ese hijo, por medio de sus descendientes. María ofrendó también su Hijo, a quien ‑según el mensaje angélico‑ se le había prometido un reino incorruptible. ¡Y a pesar de todas estas promesas, lo vio agonizando en la cruz! La muerte de Cristo en la cruz fue el sacrificio abrahánico de María. Pero ella perseveró en su fe en Dios, a pesar de todas las señales externas que parecían contradecirla.
EDWARD SCHILLEBEECKX