“El tiempo del cura es el tiempo que Dios le concede para donar la vida”. Entrevista sobre el sacerdocio.

Cardenal Scola

Traducción por María Eugenia Flores Luna (kaire.wikidot.com)

¿Por qué el silencio, la plegaria y el estudio son el ancla de salvación de la vida sacerdotal? ¿Por qué estos elementos son tan importantes?

El silencio, la plegaria y el estudio afirman la precedencia permanente, en nuestra vida, del misterio de Dios. No son más que el espacio de escucha de aquel que nos ama primero: ¡no sólo nos ha amado primero, sino que nos ama ahora y siempre primero! Un cura que no sea cada vez más consciente y agradecido por esto, acabará por perder la propia identidad.

¿Cómo puede un sacerdote conciliar el tiempo para Dios y el tiempo para estar entre los hombres, en la calle, en los hospitales, en la escuela y en las cárceles? ¿De cuántas horas debería estar hecha la vida de un cura en Italia, vista también la escasez de vocaciones?

¿Estamos seguros que se trate de una cuestión de veras decisiva? ¿Que sea sobre todo un problema de “organización y distribución” del tiempo para conseguir el “máximo de eficiencia”? Los problemas organizativos son siempre sólo problemas organizativos y se pueden solucionar no sin contradicciones, estableciendo las prioridades. La verdadera cuestión, a mi juicio, es la “calidad del tiempo”. Me explico: el tiempo del cura – como aquel de cada cristiano – es el tiempo que Dios le concede para donar la vida. No hay un tiempo para mí y un tiempo para los otros. Si no la donas en cada instante, la vida te la roba inexorablemente justo el tiempo.

Un obstáculo que hoy parece incómodo para un joven que piensa en el sacerdocio es el celibato. Quizás el problema es mal planteado por el pensar común. ¿Qué es la virginidad y por qué la Iglesia católica de rito latino la vuelve a proponer para sus sacerdotes?

Viéndose bien no es la virginidad a ser hoy objeto de incomprensión: es la experiencia del amor como tal. Se reflexiona poco en el hecho que el hombre de hoy fatiga no sólo sobre el celibato, sino también sobre el matrimonio indisoluble. ¿Por qué? Quizás porque no logra concebir la posibilidad de un amor gratuito, que sea para siempre y fecundo. El don de la vocación virginal es aquel de un seguimiento literal de Jesús. La virginidad dice “posesión en la separación”, para usar la genial fórmula de don Giussani. Y por esto es plenitud de amor porque es el modo con el cual Dios nos ama, que será de todos en el Paraíso.

¿De quién se aprende el atractivo de la vida sacerdotal?

El atractivo no se aprende: se ve, se impone. Todos nosotros custodiamos indeleblemente en la mente y en el corazón los rostros de personas, curas y laicos, que han sido presencia persuasiva del diseño de Dios sobre nuestra vida. Su atractivo nos ha, por así decir, contagiado.