Elementos clave para un modelo económico que tome en cuenta la dignidad de la persona humana y la institución familiar

Alejandro Lara | alarat@arcol.org

 

 

El modelo económico utilitarista, que relega a la familia, está forjando su propia destrucción, pues los hombres y las mujeres recias y capaces se forman principalmente en familias fuertes y con sólidos valores. Sin un número suficiente de estas personas tarde o temprano se derrumbará el entramado social que da sustento a este modelo económico.

 

Es importante, por tanto, lograr hacer a un lado esta mentalidad utilitarista en los modelos económicos y sustituirla por una filosofía que esté basada en la naturaleza y dignidad de la persona humana y fuertemente cimentada en los valores de la institución familiar. Sólo así lograremos un modelo económico exitoso y de largo alcance que traiga verdadero progreso a las personas y a las familias.

 

Un primer elemento para un modelo económico exitoso, sin que el orden aquí expuesto implique necesariamente una mayor o menor importancia, es el respecto de lo masculino y de lo femenino en el ámbito laboral. Reconocer las diferencias antropológicas que existen entre hombres y mujeres, y diseñar la organización del trabajo en base a estas diferencias. En el caso de las mujeres, pleno respeto a su condición de esposas y madres. En la medida en que esto sea así, tanto hombres como mujeres serán más productivos y eficaces en su trabajo, pues podrán aportar lo mejor de sí, y por tanto redundará en un mayor beneficio para la empresa. Por tanto, este elemento lejos de afectar a las empresas las beneficia.

 

Un segundo elemento es el reconocimiento de la importancia de invertir en capital humano. Como hemos visto, es esencial que se reconozca el valor que tiene la educación y formación de los hijos tanto dentro del ámbito familiar como en la escuela. Ya es posible cuantificar la inversión en capital humano en la educación escolar. Sin embargo es necesario también crear mecanismo para cuantificar en términos monetarios el valor del tiempo que los padres, y en especial las mujeres, dedican a la formación de sus hijos dentro del hogar, pues esta inversión en capital humano es por mucho más productiva y valiosa de lo que puede aportar la escuela. Un joven que comienza su vida laboral con un alto bagaje de capital humano tiene muchas más posibilidades de tener éxito económico y de crear riqueza que uno con un pobre bagaje. Virtudes tan sencillas como el sentido de responsabilidad puede hacer de una persona humilde un gran empresario; así mismo, la falta de esta virtud puede hacer de un joven rico un vagabundo.

 

Un tercer elemento es que el fin de todo sistema económico es la persona humana. En otras palabras, la primacía del hombre sobre el «capital». Los sistemas económicos deben estar en función de las personas, y no las personas en función de un sistema económico. Tanto el capitalismo como el colectivismo-marxista adolecen de esto. En el capitalismo, el sistema económico está en función de los dueños del capital y de los medios de producción; y en el comunismo está supuestamente en función de la colectividad, pero a final de cuentas acaba beneficiándose un grupo privilegiado enquistado en el poder. En este apartado entra todo lo que hemos dicho sobre la doctrina social de la Iglesia en torno a los sistemas económicos. Es función esencial de cualquier Estado garantizar este principio fundamental, pues el hombre no puede ser visto al mismo nivel de los demás factores de la producción. El hombre es el fin, y los demás factores de la producción (tierra, capital y empresa) son sólo medios.

 

Un cuarto elemento es la aplicación de los principios de bien común, solidaridad y subsidiariedad. Por bien común entendemos “el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección. El bien común afecta a la vida de todos. Exige la prudencia por parte de cada uno, y más aún por la de aquellos que ejercen la autoridad” (Cf. CIC 1906).

 

Por su parte, la solidaridad es la interiorización del bien común a través de la conciencia de nuestra interdependencia humana. Es una interdependencia en el campo económico, cultural, político y religioso, y asumida como categoría moral. Finalmente, ya hemos comentado que por subsidiariedad entendemos el respeto que las sociedades mayores (como los gobiernos) deben tener en no interferir en todo aquello que las sociedades menores (como la familia) puede hacer por sí mismo; y ayudar a las sociedades menores cuando estas no pueden lograr sus fines por sí mismas