En
busca de la fecundidad perdida
Fernando
Pascual
fpa@arcol.org
Es cada vez mayor el número de parejas que desean tener un hijo y
no lo consiguen, que sufren enormemente a causa de la esterilidad.
¿Por
qué no nacen hijos cuando unos esposos lo desean? Porque una serie de
cambios de tipo cultural y económico, unidos a enfermedades más o
menos serias y a problemas genéticos, han provocado un fuerte aumento
en las tasas de esterilidad y de infertilidad.
Según
algunos estudios, la esterilidad afectaría a un 15 ó 20% de los
matrimonios en distintas partes del mundo. Pocos, sin embargo, se
atreven a afrontar las causas profundas de este fenómeno, y menos a
ofrecer ideas para solucionarlo.
Entre
los factores que llevan a la pérdida de la fecundidad podemos destacar
algunos de especial peso. El primero consiste en la escasa educación
que se ofrece a los adolescentes y a los jóvenes sobre la belleza de la
transmisión de la vida y sobre los comportamientos y situaciones que
pueden dañar el buen funcionamiento del sistema reproductivo.
Es
cierto que abundan programas de educación sexual, muchos de ellos
basados en una información muy parcial y bastante manipulada. Su
mensaje, en no pocos casos, se limita a decir a los chicos que disfruten
de las experiencias sexuales con un poco de “prudencia”. Una
prudencia que consiste en evitar el embarazo y en no contraer
enfermedades de transmisión sexual (ETS).
Este
tipo de programas, sin embargo, no ofrecen casi ninguna información
sobre el sentido más profundo de la sexualidad humana, sobre su
apertura a la vida, sobre las causas que pueden llevar a serios daños o
incluso a la pérdida de la propia fecundidad, sobre la responsabilidad
que debería acompañar a cada una de nuestras decisiones en este campo.
Resulta,
por lo mismo, urgente realizar un fuerte cambio de orientación en
muchos de esos programas. Para mejorarlos, habría que ayudar a los jóvenes
a apreciar la riqueza de su fecundidad, a reconocer que tal riqueza se
puede vivir plenamente y con serenidad sólo desde un amor sincero,
desde el respeto a uno mismo y al otro, desde compromisos tan hermosos y
tan gratificantes como los que se originan gracias a matrimonios maduros
y estables (que existen, aunque algunos piensen que es algo casi utópico).
En
relación con lo que acabamos de decir, también es sumamente importante
informar a los adolescentes y jóvenes sobre aquellos comportamientos
que pueden llevar a una fuerte disminución de la propia fecundidad.
En
concreto, el varón puede perder su fecundidad si vive de modo promiscuo
y con el peligro de contraer ETS e infecciones en sus órganos sexuales.
O si usa pantalones demasiado apretados que llevan a elevar la
temperatura de los testículos, lo cual puede dañar la maduración de
los espermatozoides. La mujer pone también en peligro su fecundidad si
adquiere ETS, si usa algunos métodos anticonceptivos, si llega a
cometer uno o varios abortos. Las decisiones de hoy marcan, en no pocas
ocasiones, el propio futuro y el de quien será el día del mañana el
esposo o la esposa de cada joven.
El
segundo factor consiste en el retraso de la edad para iniciar el
matrimonio, con lo que es casi segura una menor fecundidad de pareja.
Sabemos, en efecto, que la edad óptima (desde el punto de vista biológico)
para conseguir un embarazo se sitúa entre los 20 y 24 años. En los años
sucesivos, ciertamente, son posibles buenos niveles de fecundidad, pero
ésta ha iniciado una parábola descendente. A partir de los 35 años se
produce una fuerte disminución de posibilidades para iniciar el
embarazo, hasta llegar a la edad (diferente para cada mujer) en la que
la incapacidad de concebir es completa.
A
pesar de estos datos biológicos, como dijimos, son cada vez más las
parejas que retrasan el matrimonio y, dentro del matrimonio, las que
posponen el momento de estar disponibles a concebir el primer hijo. En
algunos países del así llamado “primer mundo”, millones de mujeres
inician la búsqueda del primer embarazo hacia los 35 años, es decir, a
una edad en la que la fecundidad inicia un descenso dramático.
Si
son afortunadas y consiguen “pronto” el nacimiento del hijo, suelen
esperar dos o tres años para volver a probar un segundo embarazo, es
decir ya estando cerca de los 40 años, cuando las dificultades son cada
vez mayores. No es de extrañar, por lo mismo, que haya países con
tasas de fecundidad inferiores a 1,5 hijos por mujer, es decir, países
condenadas a un fuerte calo demográfico en los próximos años.
Hay
que recordar que también en países menos ricos, por presiones de
diverso tipo y por los cambios sociales que se producen en todas partes,
se está dando un fuerte descenso del número de hijos y un aumento del
problema de la esterilidad.
Afrontar
esta situación implicaría un cambio realmente revolucionario en muchos
ámbitos sociales. Habría que promover un adelantamiento de la edad
matrimonial y de la edad en la que se busque el embarazo. Para ello, se
haría necesaria una mayor educación para conocer a fondo lo que es
propio de la “ecología humana”.
La
biología tiene un lenguaje que los hombres y las mujeres tenemos que
descifrar y respetar. Es absurdo trabajar intensamente por conservar la
biodiversidad del planeta, y omitir un conocimiento profundo y
respetuoso sobre la riqueza del sistema reproductivo humano. Por lo
mismo, una buena educación sobre las variaciones de los niveles de
fecundidad según la edad y según los comportamientos será un paso
importante para permitir el tomar opciones sobre la vida matrimonial
respetuosas del lenguaje natural de nuestro cuerpo.
No
basta, sin embargo, con conocer nuestra biología y con decidirse por
adelantar la edad para contraer el matrimonio. El retraso del día de
bodas es debido a una serie de factores que tienen un enorme peso para
las parejas. El sistema educativo ocupa a los jóvenes de hoy muchos más
años que en el pasado. Luego, resulta bastante difícil conquistar un
puesto de trabajo estable y bien remunerado. Conseguir un piso para
iniciar una nueva familia cuesta mucho y lleva, no pocas veces, a las
parejas a buscar un doble trabajo, a pedir préstamos, a encontrarse con
una situación económica llena de dificultades.
Lo
anterior hace que casarse y permitir la llegada de un hijo sean vistos
como algo “para después”, para cuando la situación sea más
holgada y serena. Un después que, según vimos, va contra las leyes de
la biología y provoca, en muchas parejas, un fuerte drama cuando se
descubre que el hijo deseado no llega según los planes de los esposos.
Los
gobiernos y los mismos ciudadanos deberían sentir la necesidad de
cambiar esta situación drásticamente, de modo que se eliminen o al
menos disminuyan notablemente aquellas presiones que impiden a muchos
esposos iniciar la aventura de procrear y acoger a uno o varios hijos.
Los
cambios, sin embargo, no deben limitarse sólo al ámbito socioeconómico.
Aunque se ofrezcan toda una serie de facilidades para la adquisición
del piso o para que los jóvenes puedan integrarse rápidamente en el
mundo del trabajo, las tasas de fecundidad pueden mantenerse bajas
porque el hijo puede ser visto con miedo, o por otros motivos de tipo
cultural.
Al
respecto, resulta indicativo encontrar parejas jóvenes con ingresos
relativamente bajos que aceptan, con un sano optimismo, la llegada de
nuevos hijos desde los primeros años de su vida matrimonial. Estas
parejas, tristemente, son vistas por algunos como “irresponsables”,
o son estigmatizadas de diversas maneras. En realidad, en muchos casos
ofrecen un signo de esperanza en aquellas zonas del planeta donde el
“invierno demográfico” amenaza con provocar fuertes crisis
sociales. Con su generosidad muestran que la economía no es la última
causa para explicar por qué hay esposos que tienen tan pocos hijos.
Muchos
jóvenes de hoy serán, si no les ayudamos desde ahora, adultos estériles
mañana. Quizá para ese momento buscarán ayuda en las técnicas de
reproducción artificial, técnicas que son asequibles sólo a quienes
tienen suficiente dinero para afrontar sus elevados costos; técnicas
que en la mayoría de las ocasiones son éticamente incorrectas. A pesar
de las técnicas, muchos esposos sufrirán al ver que no consiguen el
deseado hijo, además de que habrán aceptado algunos métodos de
fecundación claramente injustos (como, por ejemplo, cuando se permite
la congelación o la destrucción de “embriones sobrantes”).
Lo
más eficaz, y lo más ético, será el trabajo preventivo y la promoción
de cambios económicos y culturales no fáciles de conquistar. Ir hoy
contra las ideas dominantes en esta temática nos permitirá mañana
recuperar ese optimismo y esa dicha que tantos millones de hombres y de
mujeres han experimentado, experimentan y experimentarán cuando toman
entre sus brazos a su hijo recién nacido. Cuando lo ven como un don que
supera en mucho las capacidades de los padres, cuando sienten que ese niño
llena de luz y de esperanza a un mundo hambriento de amor y de
responsabilidad. También en el ámbito rico y magnífico de la
procreación humana, donde los padres se convierten en colaboradores de
Dios en la transmisión y cuidado de la vida de cada uno de sus hijos.
|