Al
hablar de “motivo de la fe”, en singular, nos referimos a la razón
última por la que creemos, a su porqué más radical. Pueden existir
muchas razones penúltimas – y cada uno de nosotros podríamos
enumerar algunas de ellas-, pero sólo hay una razón última, un solo
motivo de la fe: la autoridad de Dios revelante. Creemos lo que Dios
nos dice porque le creemos a Él. No podemos buscar un fundamento más
estable, más digno de fe, que el mismo Dios.
La revelación de Dios se caracteriza por la novedad. Dios nos
comunica lo que, por nosotros mismos, no podríamos llegar a saber
nunca. Y esta novedad en la comunicación exige una novedad
proporcionada en la recepción. Realmente, es la manifestación de
Dios la que pide y suscita la respuesta de la fe. El acto de creer
recibe, así, su especificidad de su motivo, la revelación, que
constituye a la vez su contenido y su fundamento. Creer, en sentido
teológico, no es creer cualquier cosa; es específicamente creer la
revelación divina.
La fe no es una proyección de la conciencia, no es una creación
del sujeto ni un resultado de la fantasía, ya que está remitida al
contenido objetivo de la revelación. Creemos lo que Dios nos ha
comunicado, no lo que nosotros podríamos imaginar por nuestra cuenta.
Tampoco la fe es asimilable, sin más, a cualquier otra creencia
religiosa, pues se apoya, no en tradiciones religiosas de la
humanidad, por venerables que sean en tanto que testimonios de la búsqueda
de Dios, sino en la revelación, en la iniciativa divina; en lo que
Dios ha querido hacernos saber. Es la misma revelación la que
proporciona el medio – la fe - a través del cual resulta posible
acceder a ella. Es Dios quien nos permite saber acerca de Dios.
La revelación es el fundamento de la fe porque el misterio de Dios
se hace accesible al hombre en la historicidad de la Encarnación: en
la figura de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre. Es Jesús
la garantía definitiva en la que apoyarse para abrirse a la novedad
divina. Por la Encarnación, Dios asume como lenguaje expresivo para
llegar a nosotros la humanidad de Cristo, la globalidad de su
presencia, de sus palabras y de sus obras (cf Dei Verbum, 4).
Si uno quiere saber cómo es Dios, qué ha dicho Dios, qué ha
querido comunicarnos, debe centrar su mirada en Jesucristo. Creyendo a
Cristo, el hombre entra en contacto con la Verdad en la que consiste
su salvación: la Verdad de Dios. Para poder reconocer esta Verdad,
que nos sale al encuentro en la historia, necesitamos la luz de la fe,
que no crea los hechos de la historia de Jesús, pero que sí permite
reconocerlos en toda su hondura, en toda su potencia reveladora, en su
calidad de signos que remiten a Dios.
Es Dios mismo quien, en Cristo, da testimonio de sí y garantiza su
propio testimonio. Jesús es, simultáneamente, el Testigo fiel y
veraz y la Verdad testimoniada, el Revelador y la Revelación.
¿Cuál es, entonces, el motivo de la fe, la causa o razón que
mueve a creer? Es Jesucristo mismo. Quien lo ve a Él, ve al Padre (cf
Jn 14,9). Quien lo escucha a Él, escucha al Padre (cf Jn 1,18). Quien
cree en Él, cree en el Padre (cf Jn 14,1). Jesucristo, “el Hijo de
Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del
Padre” (Catecismo, 65).
En la “Subida del monte Carmelo", San Juan de la Cruz supo
expresar esta realidad con hondura y con belleza: “Porque en darnos,
como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra,
todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra […];
porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado
todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que
ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación,
no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo
los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra cosa alguna o
novedad”.
Guillermo Juan Morado