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Lluís
Clavell, En torno a la Fe y la Razón, Inauguración
del curso 2008-2009 en la Universidad Monteávila (Venezuela)
En
torno a la Fe y la Razón
En
el décimo aniversario de un documento del queridísimo Juan
Pablo II especialmente importante para todas las universidades:
la Encíclica “Fides et ratio”, fechada el 14 de septiembre
de 1998.
No
se trata de repetir ahora las enseñanzas de la Encíclica.
Quisiera más bien desarrollar brevemente tres puntos que, como
fruto de ese documento, me han acompañado en los últimos años.
El
primero se refiere a la prosecución por parte de Benedicto XVI
de los temas de la Encíclica. El segundo versa sobre el posible
modo de obtener una mayor colaboración entre la Fe y la
racionalidad en los saberes y en las profesiones. El tercero
abordará el papel de la filosofía y de la teología.
1.
Benedicto XVI, continuador de “Fides et ratio”
El
pasado 17 de enero de 2008, un profesor de la Universidad “La
Sapienza”, la más antigua de Roma, fundada por Bonifacio VIII
como Studium Urbis, dirigía un seminario para los docentes de
la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad de la
Santa Cruz.
Con
una comprensible sentimiento agridulce, el prof. Daniele
Guastini comenzó relatando que por la mañana había explicado
a sus alumnos que con muchos meses de anticipación había sido
invitado para esa tarde a dirigir una sesión de seminario para
los profesores de filosofía en una universidad pontificia,
precisamente el mismo día en que Benedicto XVI debía haber
visitado la Universidad La Sapienza, si no lo hubiese impedido
la oposición de un grupo de docentes.
El
discurso preparado por el actual Romano Pontífice, que es un
profesor universitario emérito, fue leído por un miembro de la
comunidad académica. En ese texto Benedicto XVI reflexiona
sobre la misión de las cuatro facultades de la universidad
medieval: medicina, derecho, filosofía y teología. Sus
consideraciones acerca de la relación entre teoría y praxis, y
entre fe y racionalidad, se mueven entre el pasado y la
actualidad y revelan una característica muy acusada ya en el
profesor Joseph Ratzinger: su pensar siempre al hilo de la
historia. La armonía entre la reflexión racional y la fe no es
algo alcanzable de una vez por todas. Es más bien una tarea a
realizar en cada generación para responder a las nuevas
circunstancias y a las posibles rupturas que van surgiendo.
Recuerdo
sólo algunos de los momentos de una historia tan dilatada en
los siglos, que menciona en sus escritos Benedicto XVI. En el
Antiguo Testamento, varios escritos proféticos razonan sobre la
verdad de que el Dios del pueblo elegido es el único Dios y,
por tanto, el Dios de todos los hombres, el Creador del mundo
entero. El Espíritu Santo inspira a los profetas y al pueblo
para ahondar en la universalidad de su Dios y surge así una
reflexión racional y religiosa que se dirige a toda la
humanidad. También los libros sapienciales y la traducción de
la Biblia hebrea a la lengua griega a cargo de los Setenta
sabios en Alejandría contienen una fecunda colaboración de la
fe judía con la racionalidad helénica.
En
el Nuevo Testamento, escrito todo él en la forma común (koiné)
de la lengua griega, esa armonía prosigue su camino. Es sabido
que la Galilea del tiempo de Jesús estaba fuertemente
helenizada, sobre todo en sus núcleos urbanos, e incluso es
posible que Cristo hablase en griego en algunas ocasiones, por
ejemplo con Pilatos en el proceso civil de su condena.
Sin embargo le correspondió especialmente a San Pablo, hombre
de tres culturas -judía, helénica y romana -, la tarea de
realizar en concreto, en el ambiente de los gentiles y
especialmente en Europa, la universalidad ínsita en la misma
persona de Jesucristo.
Luego
ante las filosofías neoplatónicas, en las que religión y
filosofía estaban unidas de modo inseparable, los Padres
presentan “la fe cristiana como la verdadera filosofía,
subrayando también que esta fe corresponde a las exigencias de
la razón que busca la verdad; que la fe es el "sí" a
la verdad, con respecto a las religiones míticas, que se habían
convertido en mera costumbre”.
Siglos
después llegan los escritos filosóficos de Aristóteles en su
integridad a las nacientes universidades medievales. Estaban
presentes también las especulaciones judías y árabes
continuadoras de la filosofía griega. El cristianismo establece
entonces un nuevo diálogo con la razón de los demás, y lucha
una vez más por su propia racionalidad.
“Históricamente,
es mérito de santo Tomás de Aquino —ante la diferente
respuesta de los Padres a causa de su contexto histórico— el
haber puesto de manifiesto la autonomía de la filosofía y, con
ello, el derecho y la responsabilidad propios de la razón que
se interroga basándose en sus propias fuerzas”.
En
su lúcido y valiente discurso académico en la Universidad de
Ratisbona, del 12 de septiembre de 2006, Benedicto XVI analiza
otra fase del diálogo entre razón y fe: el programa de
deshelenización del cristianismo en la Reforma del siglo XVI,
en la teología liberal de los siglos XIX y XX (Adolf von
Harnack) y en su fase actual.
En
su razonada conclusión reafirma la importancia decisiva del
encuentro entre la fe cristiana y el helenismo. Algunos
sostienen hoy que “la síntesis con el helenismo en la Iglesia
antigua fue una primera inculturación, que no debería ser
vinculante para las demás culturas. Éstas deberían tener
derecho a volver atrás, hasta el momento previo a dicha
inculturación, para descubrir el mensaje puro del Nuevo
Testamento e inculturarlo de nuevo en sus ambientes respectivos.
Esta tesis no es del todo falsa, pero sí rudimentaria e
imprecisa (...) Ciertamente, en el proceso de formación de la
Iglesia antigua hay elementos que no deben integrarse en todas
las culturas. Sin embargo, las opciones fundamentales que atañen
precisamente a la relación entre la fe y la búsqueda de la razón
humana forman parte de la fe misma, y son un desarrollo acorde
con su propia naturaleza”.
El
debate sobre la helenización del cristianismo es sólo uno de
los puntos de contraste entre la fe cristiana y la razón
moderna. Pero existen otros aspectos, entre los que destacan el
proceso a Galileo, el encerramiento de la religión dentro de
los límites de la razón pura a cargo de Kant, el
enfrentamiento de la fe de la Iglesia con el liberalismo
radical. Así lo expone el Santo Padre en otro importante
discurso dedicado en gran parte a las relaciones entre razón y
Fe, que tuvo lugar en el tradicional encuentro con la Curia
Romana con ocasión de las fiestas de Navidad, el 22 de
diciembre de 2005.
También
en esta reflexión de Benedicto XVI las oposiciones entre razón
y Fe aparecen en la fluidez del dinamismo histórico. En
concreto, después de un periodo de conflicto más fuerte,
acontece un acercamiento mutuo, ya avanzada la edad moderna. Por
parte de la racionalidad moderna, los cambios son: en el plano
político surge otro modelo de Estado moderno fruto de la
revolución de Estados Unidos, y en el campo científico, las
ciencias naturales reflexionan sobre sus propios límites. Por
parte de los creyentes, se desarrolla una doctrina social católica
y algunos políticos católicos muestran con los hechos la
posibilidad de un Estado moderno laico, pero no laicista.
El
Concilio Vaticano II opera una reconciliación de la Fe con las
ciencias naturales y con el método histórico-crítico, y
define de modo nuevo la relación entre Iglesia y Estado
moderno, entre la libertad y la tolerancia en relación con
otras religiones y sobre todo con la fe de Israel. De este modo
los documentos conciliares determinan la dirección esencial
para una nueva relación positiva entre razón y fe. “El
paso dado por el Concilio hacia la edad moderna, que de un modo
muy impreciso se ha presentado como "apertura al
mundo", pertenece en último término al problema perenne
de la relación entre la fe y la razón, que se vuelve a
presentar de formas siempre nuevas”.
Desde
esta perspectiva se alcanza a ver cómo la Encíclica “Fides
et ratio” se enfrenta a una grave amenaza para el Occidente:
la aversión hacia los interrogantes fundamentales de la
existencia humana y de la realidad entera, la renuncia a
alcanzar la verdad, el cansancio ante el razonamiento. “En el
diálogo de las culturas -dice Benedicto XVI en la universidad
de Ratisbona - invitamos a nuestros interlocutores a este gran logos,
a esta amplitud de la razón. Redescubrirla constantemente por
nosotros mismos es la gran tarea de la universidad”.
Concluyendo
este primer punto, se pueder afirmar que Benedicto XVI ha
proseguido la reflexión de “Fides et ratio” tanto en sus
aspectos históricos como en algunos puntos de gran actualidad,
poniendo de relieve los elementos racionales contenidos en la fe
e invitando a todos a examinarlos. A la vez en muchas ocasiones
anima a las universidades a afrontar valientemente estas
cuestiones fundamentales.
2.
La colaboración entre la Fe y la racionalidad en los saberes y
en las profesiones.
Poco
después de la publicación de “Fides et ratio”, en el
ejercicio de mi labor universitaria, informada por la luz
fundacional del Opus Dei de difundir la llamada universal a la
santidad mediante la santificación del trabajo profesional
ordinario, un grupo de profesionales - médicos, abogados,
ingenieros, profesores, entrenadores deportivos, etc. - me pidió
unas sesiones de comentario sobre la encíclica. Esa invitación
me llevó a preguntarme de modo expreso: ¿Qué dice “Fides et
ratio” a los profesionales y a los que cultivan las diversas
ciencias?
Esta
pregunta me ha acompañado en mi trabajo a lo largo de estos
diez años. Se trataba de releer el texto de Juan Pablo II para
encontrar las claves fundamentales referentes a las ciencias
particulares. Como es lógico, la encíclica trata con más
extensión y detalle las relaciones entre fe y racionalidad en
el plano de los saberes más universales: la filosofía y la
teología. Sin embargo contiene además algunas indicaciones
profundas sobre otros saberes, porque la fe no está en contacto
sólo con la racionalidad filosófica, sino también con las
ciencias particulares teóricas y prácticas.
Juan
Pablo II, con su rico bagaje intelectual universitario, mira a
la sabiduría filosófica en su conexión con las ciencias y
expone la necesidad de que “la filosofía encuentre de nuevo
su dimensión sapiencial de búsqueda del sentido último
y global de la vida” (FR 81). De este modo ejercitará la
función crítica de ayudar a las diversas ramas del saber científico
a conocer su fundamento y su límite. Además podrá ser la “última
instancia de unificación del saber y del obrar humano, impulsándolos
a avanzar hacia un objetivo y un sentido definitivos” (FR 81).
Esta
dimensión sapiencial es hoy indispensable, “en la medida en
que el crecimiento inmenso del poder técnico de la humanidad
requiere una conciencia renovada y aguda de los valores últimos”
(FR 81). Estas tareas requieren “una filosofía de alcance auténticamente
metafísico, capaz de trascender los datos empíricos para
llegar, en su búsqueda de la verdad, a algo absoluto, último y
fundamental” (FR 83).
A
Juan Pablo II le preocupa la fragmentación del saber y de modo
especial sus consecuencias de ruptura de la unidad interior del
hombre. Está convencido
de que “el hombre es capaz de llegar a una visión unitaria y
orgánica del saber” (FR 85) y de que éste es uno de los
cometidos que el pensamiento cristiano deberá afrontar a lo
largo del tercer milenio (Cfr FR 85). La mención del milenio
actual indica una conciencia de que se trata de un proceso
intelectual y cultural largo y difícil.
Hacia
el final de la encíclica Juan Pablo II anima a los científicos
y a los filósofos. A los investigadores científicos, a los que
tanto debe la humanidad por el desarrollo actual, les exhorta a
“continuar en sus esfuerzos permaneciendo siempre en el
horizonte sapiencial en el cual los logros científicos
y tecnológicos están acompañados por los valores filosóficos
y éticos, que son una manifestación característica e
imprescindible de la persona humana” (FR 106).
También
alienta a los creyentes dedicados a la filosofía: en este caso,
para que “iluminen los diversos ámbitos de la actividad
humana con el ejercicio de una razón que es más segura y
perspicaz por la ayuda que recibe de la fe” (FR 106).
Estos
son algunos de los estímulos de la importante encíclica, que
plantean cuestiones de peso para una mejor cooperación entre Fe
y razón. Uno de ellos se refiere a la dispersión de los
conocimientos Pero ¿qué significa fragmentación y unidad del
saber? Ciertamente, la especialización es necesaria para el
progreso humano. Eso lleva consigo la multiplicación de las
ciencias, con sus propios métodos y lenguajes. Cuando hablamos
de fragmentación añadimos algo más. Indicamos un modo de
vivir la especialización y la sectorialidad, en el que faltan
instrumentos para no alejarse de la unidad variada de la
realidad entera y no perder de vista un punto tan central como
es la persona humana. Si se cae en el aislamiento y no se
cultiva la colaboración con los saberes vecinos y con aquellos
que son más universales – la filosofía y la teología -, ¿no
se corre el riesgo de considerar la propia parte como si fuese
el todo y de absolutizar el propio método, imaginándolo como
el único o el mejor?
Un
modo importante de superar la fragmentación es tener siempre
como referencia fundamental a la persona – el “derecho
humano subsistente”, en la célebre fórmula de Antonio
Rosmini-, a cada ser humano, mujer u hombre, niño o anciano, de
cualquier raza, cultura, condición económica, sano, enfermo,
discapacitado.
Eso
explica la atención concedida a la dimensión ética de las
profesiones y del obrar científico y técnico. En algunos casos
asistimos al nacimiento de nuevas disciplinas: además de la bioética,
surgen la tecnoética, la roboética, la neuroética, etc. En
muchos países se reflexiona sobre los códigos deontológicos
de los diversos colegios profesionales. Junto a ellos nacen
nuevas disciplinas, como el bioderecho y luego la biopolítica,
que a veces quiere suplantar la ética y el derecho.
Junto
a los efectos positivos de esta reflexión ética, se plantean
algunas preguntas: ¿es suficiente el planteamiento ético, jurídico
y político? ¿no convendría reflexionar más sobre la
naturaleza misma de cada uno de los saberes y de las
profesiones, en su estatuto antropológico y epistemológico? ¿la
ética de una profesión o de un saber no se deriva de lo que
esa profesión es en sí misma?
En
algunos países muchos profesionales manifiestan una inquietud
por la debilitación de su conciencia personal de la dignidad de
su trabajo. Como ustedes, he advertido esa desazón en
conversaciones con médicos, juristas, políticos, ingenieros,
farmacéuticos, militares, etc. No se trata sólo de una cuestión
ética en algunos casos límite, sino también de la conciencia
y del reconocimiento social de la identidad de la profesión.
A
mi modo de ver, la ética presupone e incluye una reflexión
sobre la naturaleza misma del propio saber y profesión.
Teniendo la mirada fija en la persona, la carrera universitaria
de derecho comprende en muchas facultades desde hace siglos una
filosofía del derecho. En bastantes lugares también los
estudios universitarios de medicina incluyen una filosofía de
la medicina, hoy día a veces como parte de las llamadas
“humanidades biomédicas”. En estas materias se tratan
aspectos epistemológicos: ¿qué tipo de saber es el derecho?
¿es teórico y práctico a la vez? ¿qué significa “lo
justo”? Pero también dimensiones antropológicas: la función
de la justicia en la sociedad humana, las repercusiones
educativas de la ley humana, etc. O en el caso de la medicina:
¿qué es la salud y qué es la enfermedad en el conjunto de la
persona humana entera? ¿cuál es la función del médico?
Estas
preguntas llevan a delimitar bien los niveles de conocimiento.
Elaborar una filosofía de la medicina, de la técnica o de la
ingeniería, de la comunicación, de la formación, etc. como
saber y como profesión permite encarar explícitamente
cuestiones de algún modo presupuestas por la ética y puede
facilitar el debate público para que no se centre
exclusivamente en las posiciones éticas, cuando estas son
consideradas erróneamente como elecciones subjetivas.
En
este sentido, es muy necesario defender el derecho a la objeción
de conciencia, pero es también muy importante la elaboración
de argumentaciones rigurosas y concretas sobre los problemas,
sin limitarse a una genérica apelación a una visión humanista
cristiana. Recientemente la profesora Natalia López Moratalla
ha dicho con acierto que en muchos casos en realidad no es una
objeción de conciencia, en nombre de una convicción
individual, sino una “objeción de ciencia”, porque se basa
en conocimientos científicos. Por ejemplo, la presencia de un
nuevo ser humano se basa en la aparición de un nuevo DNA.
Una
filosofía del propio saber puede ser un modo de concretar las
indicaciones de Juan Pablo II sobre la función crítica de la
filosofía para ayudar a las diversas ramas del saber científico
a conocer su fundamento y su límite - aspecto epistemológico -
y la función de unificación del saber y del obrar humano,
impulsándolos a avanzar hacia un objetivo y un sentido
definitivos - aspecto antropológico más amplio.
Conocer
bien la especificidad del propio método científico de
investigación lleva a ver sus ventajas, su campo de aplicación
y sus límites, es decir aquello para lo que no está pensado ni
capacitado. Reflexionar
explícitamente sobre la peculiar conjunción de ciencia y de
arte práctica en las diversas profesiones es también una
contribución al progreso humano.
3.
El papel de la filosofía y de la teología
Entramos
en el tercero y último punto, más breve. En realidad en el
punto anterior he hablado casi sólo de filosofía y lo he hecho
con un estilo más bien aristotélico, por cierto apreciado por
pensadores como R. Carnap, J.-F. Lyotard o J. Habermas.
Es decir, partiendo de las ciencias particulares ir hacia un
examen responsable de los presupuestos.
Es
bien sabido que una respuesta a la fragmentación han sido los
programas de investigación interdisciplinares. La rígida
separación plurisecular entre las facultades universitarias ha
sido bien criticada hace pocos años por A. MacIntyre.
Desde hace algunos años tiende lentamente a ser superada, pero
en algunas ocasiones con escasa participación de la filosofía
– especialmente en su dimensión metafísica - y muchas veces
con la ausencia de la teología.
En
el ya citado discurso a la Universidad La Sapienza, Benedicto
XVI recuerda que en las universidades medievales a las Facultades
de filosofía y de teología “se encomendaba la búsqueda
sobre el ser hombre en su totalidad y, con ello, la tarea de
mantener despierta la sensibilidad por la verdad. Se podría
decir incluso que este es el sentido permanente y verdadero de
ambas Facultades: ser guardianes de la sensibilidad por la
verdad, no permitir que el hombre se aparte de la búsqueda de
la verdad”.
No
es fácil expresar esa misión de la sabiduría de manera más
bella. Sin embargo, a renglón seguido el Santo Padre se
pregunta: “¿cómo pueden dichas Facultades cumplir esa tarea?
Esta pregunta exige un esfuerzo permanente y nunca se plantea ni
se resuelve de manera definitiva. En este punto, pues, tampoco
yo puedo dar propiamente una respuesta. Sólo puedo hacer una
invitación a mantenerse en camino con esta pregunta, en camino
con los grandes que a lo largo de toda la historia han luchado y
buscado, con sus respuestas y con su inquietud por la verdad,
que remite continuamente más allá de cualquier respuesta
particular”.
Sobre
la filosofía he intentado decir algo de lo que puede significar
ese “mantenerse en camino con esta pregunta, en camino con los
grandes”. Pero ¿y la teología? ¿cómo puede hacerlo?
Porque
el filosofar sigue un camino ascendente, o si se quiere hacia
abajo examinando los fundamentos, pero siempre partiendo de la
experiencia ordinaria y de las ciencias particulares. Por eso he
propuesto “pensar junto a los científicos”, como deseaba
Karl Jaspers.
Luego se puede volver al punto de partida con una nueva luz. En
Sant’Ivo alla Sapienza, la Iglesia de la primera universidad
de Roma, hay una bellísima y singular cúpula de Borromini, que
asciende en movimiento espiral hasta el punto más alto, en el
que está la Cruz que corona toda iglesia. Una representación
magnífica de la sabiduría: volar como las águilas en un
camino circular siempre hacia arriba y luego descender. Ese
recorrido se puede subir y bajar. Lo específico de la filosofía
es la ascensión ardua.
En
cambio la teología cristiana, como participación de la misma
ciencia divina, considera la realidad creada desde Dios. Sigue
por tanto de suyo un orden descendente e ilumina desde lo alto.
Sin embargo esa participación de la Sabiduría, a causa de la
limitación de la inteligencia humana, necesita del ejercicio de
la racionalidad, especialmente de los argumentos de razón a
nivel filosófico.
La
gran novedad de la teología se concentra en Cristo, Hijo Unigénito
del Padre que ha asumido la naturaleza humana para salvarnos
sobre todo con el máximo “exceso” del amor divino, que es
la Cruz, seguida de la Resurrección a la Vida gloriosa.
Especialmente con la Cruz y la Eucaristía se nos hace
manifiesta la realidad sublime de la Filiación divina. Cristo
crucificado y glorificado y presente en la historia revela
plenamente qué es la persona humana y la verdad profunda de
todo lo creado. Con palabras de la liturgia: lux
in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce! «¡claridad
en la Cruz, descanso en la Cruz, alegría en la Cruz!»
La Cruz ilumina toda la realidad. Todos los saberes en su
conjunto necesitan esta luz.
Pero
Dios no destruye el orden natural de la realidad que Él ha
creado con amorosa sabiduría. La teología proyecta su luz en
todo con la mediación de la filosofía. Como decía antes, no
se trata de un defecto de la Revelación, sino de que la gracia
no destruye la naturaleza sino que la sana y eleva a un estado más
alto.
Pero
la sabiduría natural debe tener conciencia de los propios límites.
Sabiduría es también apertura al misterio. “La
filosofía, que por sí misma es capaz de reconocer el incesante
trascenderse del hombre hacia la verdad, ayudada por la fe puede
abrirse a acoger en la “locura” de la Cruz la auténtica crítica
de los que creen poseer la verdad, aprisionándola entre los
recovecos de su sistema. La relación entre fe y filosofía
encuentra en la predicación de Cristo crucificado y resucitado
el escollo contra el cual puede naufragar, pero por encima del
cual puede desembocar en el océano sin límites de la verdad.
Aquí se evidencia la frontera entre la razón y la fe, pero se
aclara también el espacio en el cual ambas pueden
encontrarse” (FR 23).
Benedicto
XVI lo ha expresado con una fórmula feliz y profunda: “Yo diría
que la idea de santo Tomás sobre la relación entre la filosofía
y la teología podría expresarse en la fórmula que encontró
el concilio de Calcedonia para la cristología: la filosofía y
la teología deben relacionarse entre sí "sin confusión y
sin separación"”.
"Sin
confusión" significa que ambas deben conservar su
identidad propia. "Sin separación" implica que la
filosofía no es fruto del sujeto pensante aislado, sino que se
desarrolla en el gran diálogo de la sabiduría histórica, sin
“cerrarse ante lo que las religiones, y en particular la fe
cristiana, han recibido y dado a la humanidad como indicación
del camino”.
La
fe y la teología son una fuerza purificadora para la razón
misma, que la ayuda a ser más ella misma. El hombre es sanado y
confortado por la fe, en cuanto sujeto que nace con la vocación
a la verdad. Pero además el contenido de la Revelación amplía
sus horizontes con la filiación divina y la identificación con
Cristo, y le aclara también un panorama no inaccesible para la
razón humana, pero difícil: el que se refiere a las realidades
espirituales y personales, como quiso formularlo Romano Guardini.
He
mencionado la necesidad de la mediación filosófica para una
eficaz iluminación de la teología en todos los campos científicos.
Termino con el auspicio de que crezca en los nos dedicamos a la
teología y a la filosofía la modestia y la apertura para
escuchar a los que cultivan las ciencias particulares. También
así se puede facilitar a los científicos que no se cierren a
los niveles no empíricos de la realidad sino que vivan esa
ampliación de la racionalidad que Benedicto XVI propone a
todos, pero especialmente a las universidades como una gran
aventura.
Lluís
Clavell
©
Lluís Clavell, 2008
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