ENFOQUE DE LA SEXUALIDAD HUMANA Y PROBLEMAS BIOÉTICOS

 

 La persona es “alguien ante Dios y para siempre”. Este es el fundamento de su dignidad: alguien a quien el Creador ama por sí mismo y, por tanto, posee una dignidad absoluta. 

 

Por voluntad divina la persona humana es, desde el mismo momento de la concepción,  hombre o mujer. Este hecho marca todo su ser de hombre. Afecta al modo de ser de la persona: “La sexualidad humana podría describirse como una dimensión de donación humana caracterizada por su fecundidad. La sexualidad es una dimensión humana de donación fecunda. Esto hace que en la dimensión humana de la sexualidad, la corporalidad tenga una importancia peculiar y en cierto modo principal: la corporalidad humana está implicada en la sexualidad de una forma determinante. Esto no quiere decir que la sexualidad sea una cualidad exclusiva del cuerpo como el peso o la estatura. La sexualidad es una dimensión propiamente humana que afecta a todos los estratos del ser y que se halla vinculada al ser mismo de la persona en cuanto tal: desde la inteligencia y la voluntad, que son determinadas por aspectos peculiares en su conocer y en su amor, hasta las dimensiones más propiamente corporales” (A. Ruiz Retegui).

 

Esta determinación tiene dos fundamentos: biológico y ontológico. Porque Dios decide llamar a la existencia a un ser humano concreto, único e irrepetible (fundamento ontológico), lo dota de una naturaleza humana de hombre o de mujer (fundamento biológico). El ejercicio de la sexualidad es sagrado porque hace al hombre y a la mujer co-partícipes del poder creador de Dios. Porque hombre y mujer se aman y expresan ese amor mediante la unión sexual, aceptan, como fruto de ese amor, al hijo que puede ser engendrado. No es algo que se busca –sería instrumentalización-, es un don que se acepta como fruto de la entrega amorosa. La importancia de la sexualidad está en estrecha relación con la conciencia del carácter único e irrepetible de la persona humana.

 

Aparece, de nuevo, el aspecto trascendente de la persona humana. Ésta trasciende la pura causalidad mundana, exige una intervención superior. Dios no está dormido cuando un ser humano es engendrado. Incluso cuando es fruto de una relación violenta. Dios confiere a ese hijo –sea cual  sea el modo cómo se ejerce la violencia en su inicio- la dignidad de persona única e irrepetible, como término de la elección amorosa que de él hace Dios. 

 

La sexualidad no es creación el hombre. Es un don que se le entrega para que colabore con Dios –sea co-creador- en la venida al mundo de un nuevo ser humano, querido por Dios desde toda la eternidad.  Desde la antigüedad se advirtió este aspecto sagrado de la sexualidad. La madre de los Macabeos –por citar un ejemplo- y las palabras del Salmo 139 –Porque tú mis riñones has formado, me has tejido en el vientre de mi madre- son buena prueba de ello. 

 

La sexualidad, desprovista de esta dimensión trascendente y sagrada, se banaliza. Y da lugar a los abusos que comprobamos cada día, desde el uso por simple placer hasta la producción de seres humanos en laboratorio, los niños medicamento, la experimentación con embriones, el uso de anticonceptivos...

 

Dos son los tipos de banalización a que puede reducirse la sexualidad: científica y lúdica. No es un simple empobrecimiento. Es más. Se produce un cambio de perspectiva. El hombre ya no contempla la sexualidad como algo que le asemeja a Dios, sino que le convierte en dueño y señor de esa facultad. La sexualidad privada de la trascendencia, queda reducida a simple biología con unas propiedades operativas particulares. 

 

El hombre, dueño de ese poder, lo ejerce a su antojo. Destruida la finalidad natural de la sexualidad, ese poder queda a merced de lo que el hombre decida. Por lo mismo, la bondad o maldad del ejercicio de la sexualidad y de sus consecuencias estará en función de la utilidad. Por lo que entra dentro de lo que el hombre puede manipular: “Igualmente, usar estos órganos en los que se expresa la donación corporal indiscriminadamente, con una finalidad de obtener el placer propio de la unión sexual, supone un desorden en una de las dimensiones más peculiares y cargadas de sentido humano del cuerpo y por eso un atentado grave a la dignidad de la persona, con una cualificación ética exclusivamente propia, distinta de la que protege o expresa otras dimensiones humanas del cuerpo”. (A. Ruiz Retegui).

 

El sexo pasa a ser un arma de dominio. Engendra, por lo mismo, nuevos esclavos. Aparentemente no lo son, porque se les vende una falsa libertad.  La trivialización del sexo es muy grave porque afecta al ser humano como persona. El ser humano ya no ama al otro como otro, sino en cuanto le reporta una utilidad. No afirma al otro en el ser, sino que se le convierte en medio para algo: “No es extraño que, perdido el sentido trascendente y reducida la persona que nace a puro producto de los ciegos procesos de la fisiología, la mentalidad positivista vea el crecimiento de la humanidad con congoja y sospecha” (A. Ruiz Retegui).

 

Concluyendo. Completaría estas líneas con las ideas que aporta Tomás Melendo. La falta de espacio no me lo permite. Cito sólo unas palabras: “Pero, nótese bien, no es que una caracterización preceda a la otra ni, mucho menos, que se sitúe al margen de ella o simplemente se le yuxtaponga. Ni siquiera que estén coordinadas. Muy al contrario. Existe una íntima conexión entre la sexualidad como participación en el infinito amor creador de Dios y su condición de medio para instaurar relaciones de amor entre varón y mujer. Y si hubiera que instaurar alguna prioridad, en cierto modo ésta correspondería a lo señalado en segundo término: es decir, la sexualidad puede configurarse como trasunto del inefable Amor de Dios —que crea al  ser humano para encaminarlo hacia la dicha sin fin en el interior de Su propia vida felicísima— porque es capaz de establecerse como acto y expresión maravillosos del amor humano. Y no a la inversa”.

 

 

Manuel de Santiago y González (29 de febrero de 2008)