El
engaño de la fórmula “pro elección”
Fernando
Pascual | fpa@arcol.org ¿Es
correcto hablar de “pro-elección” (pro choice) para aludir a
los grupos que piden despenalizar o legalizar el aborto? La pregunta
apunta a un problema: escoger y usar ciertas palabras puede engañar y
producir efectos “cosméticos” para ocultar realidades duras y para
promover ideas engañosas. Decir
que uno es partidario de la libertad de elección vende bien en las
sociedades que se consideran democráticas. Poder
elegir, entre varias opciones, sin miedo a castigos, permite a los seres
humanos orientarse en la vida según los valores personales. A la vez,
oponerse a la libertad de elección (en ámbitos importantes o en cosas
más sencillas) normalmente es algo mal visto, porque supone aceptar un
modelo social en el que unos deciden lo que se puede hacer y lo que no
se puede hacer, y lo imponen a otros. Respecto
del tema del aborto, ¿es correcto hablar de libertad de elección? Para
responder hay que recordar qué ocurre en cada aborto: una mujer,
libremente o bajo presiones más o menos serias de otros, decide acabar
con la vida de su hijo, y recurre a métodos o a personas que permitan
realizar su deseo. En
los casos (y son más numerosos de lo que algunos imaginan) de abortos
por imposición ajena, hablar de libertad de elección es un engaño
miserable. Porque la mujer que aborta por la presión de familiares, de
amigos, del jefe de trabajo, del “amante” o incluso del esposo, no
goza de las condiciones necesarias para realizar una elección auténticamente
libre, sino que cede ante chantajes más o menos sutiles e intensos de
quienes buscan a toda costa eludir cualquier responsabilidad respecto de
un hijo que ya existe y que no aman. Respecto
de los casos de abortos decididos libremente por parte de la mujer, ¿hay
verdadera libertad de elección? En un sentido, sí: la madre decide
abortar según sus deseos y su proyecto de vida. Pero en un sentido más
profundo, la elección libre a favor del aborto implica una imposición
destructiva: alguien decide acabar con la vida de un ser humano
inocente, del propio hijo en las primeras fases de su existencia
terrena. Defender
que la mujer tiene derecho al aborto libre es lo mismo que defender que
unos seres humanos tienen derecho a suprimir, con métodos violentos, la
vida de otros seres humanos más pequeños, más indefensos, más
necesitados de ayuda y de cariño. Lo cual es defender una mentalidad
injusta y, en el fondo, destructora de los fundamentos de la verdadera
libertad: porque el hijo (que ya existe) no podrá avanzar hacia
aquellas etapas de maduración que le habrían abierto la posibilidad de
ejercer su propio derecho a elegir según los valores que iría
asumiendo a lo largo de su desarrollo. En
otras palabras, hablar de “pro-elección” como fórmula para
defender el aborto es un engaño profundo. Los que defienden el aborto
no defienden la libertad de elección auténtica y sana, esa que sabe
respetar los derechos de otros; defienden, más bien, la libertad de
imposición de unos (los fuertes, los sanos, los protegidos por la ley)
sobre otros (los débiles, los más desvalidos, los que están sin
tutela legal). La
sociedad no puede permanecer indiferente ante un engaño que ha llevado
a la muerte “legal” de millones de hijos cada año. Frente a la lógica
de la imposición, es urgente recuperar el auténtico sentido de la ley
y la justicia: la tutela de los más pequeños e indefensos. Lo anterior implica promover ayudas concretas y acciones eficaces para sostener y apoyar a las mujeres que lo necesiten durante los meses del embarazo y en los primeros años de vida de sus hijos. De este modo, se creará el mejor ámbito para garantizar la verdadera libertad de elección de las mujeres y de sus hijos, y construiremos un mundo menos impositivo y más abierto a la acogida y al amor.
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