T. H. JR., ENGELHARDT. “Burócratas y geógrafos de valores”

 

Engelhardt, a mi entender, juega con los principios bioéticos de beneficencia, no maleficencia, autonomía y justicia desde una óptica contractualista. El médico aparece como un simple funcionario que presta aquellos servicios que el paciente le pide. Sin preocuparse de si lo que exige el paciente es bueno o malo en sí mismo. La bondad o malicia la determinan las leyes de la sociedad y no la coherencia con el ser del hombre. Y, por tanto, el médico debe hacer lo que el paciente le pide si eso está de acuerdo con la legislación. A lo sumo, me parece decir, el médico le informará de que lo que pide es malo, pero tiene derecho a ello.

 

Es cierto que el médico ha de respetar el principio de autonomía del paciente, pero, me parece, que también ha de ser paternalista en sus decisiones. Es decir, sabe más que el enfermo y ha de tratar de persuadirlo, con todo respeto y cariño, de que lo que pide no le beneficia. El paciente tiene el deber de cuidar de sí mismo. Sobre todo en orden a preservar aquellos derechos que son inalienables. Y, por tanto, indisponibles.

 

La vida humana desde la concepción hasta la muerte natural es un bien objetivo que el médico ha de respetar siempre. Y, como queda dicho en el trabajo anterior, el profesional de la medicina no debe realizar ningún acto médico que lesione la vida humana. Lo exige la dignidad de la persona humana.

 

Engelhardt no tiene en cuenta a la persona tal como es. Para él la persona sólo lo es en el momento que posee autoconciencia, es decir, es capaz de una actividad libre e intencional. Dicho de otro modo: un ser que posee autoconciencia, racionalidad y sentido moral.[1] Estas son sus palabras en la obra en la que mejor expresa su pensamiento (no las he leído en su texto original, sino en estudios serios sobre él):

 

“no todos, los seres humanos son personas. Los fetos, los infantes, los retrasados mentales y los que están en coma irreversible constituyen ejemplos de no-personas humanas. Tales entidades son miembros de la especie humana. No tiene estatuto, en sí y por sí, en la comunidad moral. No son participantes primarios en la empresa moral. Sólo las personas humanas tiene este estatuto[2]

 

Sólo la bioética personalista garantiza la rectitud del acto médico. Es preciso que médicos y enfermeras o enfermeros, ante el conflicto que pueda plantearse entre el deber de respetar la libertad del paciente y el deber de hacer lo que mejor responda al bien del paciente, han de saber armonizar los principios de autonomía, beneficencia, no maledicencia, con un cierto paternalismo.

 

El médico – y todo el personal implicado en este ámbito -enfermeros, investigadores...-  no es alguien que se limita a cumplir lo mandado sino que ha de ser alguien que ejerce su profesión sabiendo que tiene una responsabilidad personal.  Ni tampoco es un geógrafo de valores. Los valores son permanentes y objetivos, puesto que dimanan de la naturaleza del ser humano. Naturaleza que es siempre la misma, es inmutable.

 

Me parece que es preciso volver a una formación humanista en el sentido hipocrático, como queda dicho. El ser humano es persona desde el mismo momento de su concepción.

 

“El hombre es pues formalmente una realidad sustantiva psico-orgánica. Esta unidad estructural de la sustantividad, constitutiva de la realidad humana, existe, a mi modo de ver, desde la célula germinal, puesto que en ella está todo lo que en su desarrollo constituirá lo que suele llamarse un ser humano. El germen es ya un ser humano, es ya un hombre germinante. En el sistema germinal, además de sus notas fisicoquímicas, están ya todas sus notas psíquicas, inteligencia, sentimiento, voluntad, etc. El sistema germinal es ya el sustantivo humano integral (Zubiri, 1986, pp. 49 y ss.)” [3]

 

 Y sigue siéndolo hasta el momento de su muerte. Incluso más allá de la muerte:

 

"(...)para no emprender ese camino es importante no dejar de lado la investigación antropológica, filosófica y teológica, que ponen de manifiesto y mantienen el misterio propio del ser humano,  porque ninguna ciencia puede decir quién es, de donde viene y a donde va. El saber del ser humano se convierte, pues, en el saber más necesario"[4]

 

Debo terminar con esta cita que, me parece, aclara todo lo dicho. O, al menos, así lo espero:

 

“Se debe reconocer un saber sobre el hombre diverso y ulterior, respeto al principio de las ciencias biológicas, un saber que no pone aparte ni las cualidades no mensurables de la experiencia ni al propio sujeto que conoce (Medina, ibid.). Según el cientificismo –que debe ser exquisitamente diferenciado de la ciencia, ya que ésta se atiene al fragmento sin elevarlo a todo, como pretende hacer el cientificismo-, desaparece la ‘cuestión del ser, y sólo queda la cuestión de la acción humana, saber cómo funciona el mundo para poder disponer de él’ (Thomas, p. 418).

“Hay que acoger la dimensión de la trascendentalidad,  que tiene en cuenta los aspectos ontológicos de la realidad, más allá de la categorialidad, que atiende sólo a los aspectos mensurables. Para pensar el ser en cuanto tal, la ciencia es inservible (Lombarda, p. 409)” [5]

 

 

Manuel de Santiago y González

30 de enero de 2008

 



[1] Cfr. ELIO SGRECCIA: Manual de Bioética, Editorial Diana, México, 1994, p. 355

[2] Citado en ELIO SGRECCIA: Manual de Bioética”, o. c., p. 356. Cfr. también  SINGER: Practical ethics, p. 102, citado en Elio Sgreccia: o. c., p. 356

[3]  Citado en: JESÚS BALLESTEROS: El estatuto del embrión humano: cuestiones científicas, filosóficas y jurídicas, en GLORIA MARÍA TOMÁS GARRIDO (ed.): Manual de Bioética, Ariel 2ª impresión 2006, p. 227.

[4] BENEDCICTO XVI: Discurso a distintas Academias de la Ciencia,  08 de enero de 2008  

[5] JESÚS BALLESTEROS: El estatuto del embrión humano: cuestiones científicas, filosóficas y jurídicas, en GLORIA MARÍA TOMÁS GARRIDO (ed.), o.c., 226-227.