Enseñar
con el ejemplo
Fernando
Pascual
fpa@arcol.org
Primero
habló papá, con voz tranquila pero con palabras claras. Luego mamá
dio un toque más incisivo a la reprensión: bajó a lo concreto, a lo
que había que cambiar “ya”.
Pedro
comprendió perfectamente: le pedían más voluntad, ganas para
levantarse a tiempo por las mañanas, para arreglar la habitación antes
de ir a escuela, para llegar a tiempo a desayuno, para no ser caprichoso
a la hora de tomar o dejar lo que le preparaban con tanto cariño. Se lo
pedían por su bien: porque tenía que “formarse”, crecer como un niño
y luego un joven maduro, conquistar ese carácter que nos permite hacer
algo bueno en la vida.
Pero
esta vez Pedro no pudo contener un susurro, casi como si pensase en voz
alta. “¿Por qué, entonces, papá, no dejas de tomar tanta cerveza?
¿Por qué, mamá, no dejas de fumar, y así tenemos la casa con menos
olores y cuidas más de tu salud?”
Es
normal que sintamos, al ver a un niño, un deseo sincero de ayudarle, de
orientarle por el buen camino. Queremos que no se muerda las uñas, que
no se acostumbre a las peleas ni que abuse de sus hermanos más pequeños,
que haga las tareas antes de ver la televisión, que ponga las
zapatillas en su sitio, que no tire la toalla al suelo... Le pedimos mil
detalles porque, de verdad, lo queremos, porque sabemos que conquistar
hoy esas metas le permitirá mañana ser un hombre o una mujer de valía.
Pero,
¿somos capaces de pedirnos a nosotros mismos esos mismos sacrificios?
Es muy fácil que los adultos pensemos que ya no podemos cambiar. Muchas
veces intentamos dejar de mordernos las uñas, o hicimos la promesa número
100 para dejar el cigarrillo, o decidimos no terminar las discusiones a
base de gritos, o dijimos que esta vez quedaría apagada la computadora
cuando, al final, volvimos a encenderla y nos quitó otras dos horas de
vida familiar. Pero luego todo sigue igual: no fuimos capaces de dar el
primer paso hacia el cambio verdadero…
Los
niños, que lo ven todo, se dan cuenta de que hemos pactado con un modo
de ser, de que pensamos que nuestro cambio es imposible, de que le
pedimos a él cosas que tal vez para nosotros “parecen” sólo un sueño.
“Parecen”,
sí, entre comillas. Porque hay todavía en nosotros algo (mucho) de
voluntad. Sólo que la pereza y la rutina la han dejado allí, pasiva y
cansada para estas cosas pequeñas. Para otros asuntos “más
importantes”, en cambio, somos capaces de hacer sacrificios casi
heroicos: ciertas dietas para adelgazar, la constancia por tener todo
listo para contentar al “jefe” que puede subirnos el salario, el
cariño con el que sacrificamos tardes de reposo para acompañar al
abuelo o a la abuela enfermos.
A
muchos adultos nos ayudaría la sinceridad de un Pedro, tener a nuestro
lado a alguien que nos pusiese retos que parecerían, después de muchos
años, casi inalcanzables. Que nos dijese que también nosotros podemos
cambiar, que el camino de la propia formación no termina el día en que
inicia un contrato de trabajo o cuando nace el primer hijo.
Pedro
se ha vuelto rojo como un tomate. Con la misma voz baja, casi temblando,
ha empezado a pedir perdón por su atrevimiento, por su falta de
respeto. Papá y mamá, en cambio, le miran con un cariño más
profundo, especial, sincero. Le miran y se miran entre sí. Con un hijo
como Pedro saben que no basta dar consejos: también hay que dar
ejemplo. Que es una manera estupenda de ayudar a ser mejores, de formar
el carácter de aquellos a los que más queremos...
|