Entre
herramientas
Arturo Guerra
aguerra@arcol.org
Si nos
enteramos de que el futbolista famoso de turno se comió el domingo pasado
un trozo de una deliciosa tarta de chocolate, juzgaremos, primero, el tamaño
escandaloso -a nuestro entender- del trozo; y segundo, su impenitente glotonería
que le está llevando a la ruina irremediable de su condición física.
Si a un presidente se le ocurre comprar para la residencia presidencial
unos shampoos con esencia de naranja y de sandía, juzgaremos su lujosa
política presupuestaria. Y si el vecino del piso de arriba viene
y nos pide azúcar, juzgaremos su descarada falta de previsión.
Sí. A la hora de medir, los seres humanos somos duros.
Quien más
quien menos, lo juzgamos todo a todos: al compañero de trabajo si
se tomó dos cafés en vez de uno, al jefe si mandó pintar el muro de otro
color, a la mamá si se le ocurre escogernos como blanco de alguna de sus
habituales órdenes… Juzgamos el más mínimo gesto de los demás.
Nos montamos largas películas sobre las oscuras y perversas intenciones
que aquella sospechosa persona tuvo cuando hizo aquello, o cuando movió
aquello, o cuando dijo aquello. O sea, que juzgamos más lo que menos
se ve.
En una
ocasión, yendo con un compañero de trabajo, recorríamos muy de mañana
una carretera todavía muy solitaria. Paramos en una gasolinera, y,
tras repostar, el coche no quiso seguir. Lo que había pasado, tristemente,
fue que a esas bajas horas de la madrugada, confundimos la manguera de la
gasolina con la de diesel. Así que tuvimos que llamar los servicios
de una grúa. Ya a bordo, una vez que le confesamos al conductor la
causa de nuestro percance, nos comentó que cada día atendía uno de estos
casos como mínimo, y en días punta hasta dos o tres. Esto nos consoló
un poco. El buen hombre, en su ya larga experiencia atendiendo gente
que se equivoca de combustible, nos dijo que la inmensa mayoría no reconoce
el error; que, en promedio, de cada diez, sólo uno lo reconoce.
¡Hombre!,
nosotros dos, ciertamente, en un primer momento dudamos en reconocerlo pero
la evidencia pronto nos convenció a cada uno de nuestra respectiva
mitad de culpa en tan desgraciado error.
El buen
señor nos llegó a comentar el caso de una persona que no sólo no
reconocía su error, sino que desde la misma grúa se puso a llamar a su
abogado con intenciones de demandar ante la Justicia a los dueños de
esa gasolinera por no tener una señalización lo suficientemente
convincente como para evitar el suceso.
Así
somos. A la hora de medir a otros somos duros.
Cuenta
una fábula anónima que en una ocasión en el taller de un carpintero
las herramientas no se aguantaban las unas a las otras. Así que
un buen día se pusieron a discutir formalmente el martillo, el
tornillo, la lija y la cinta métrica. El tornillo comenzó
diciendo que el martillo se la pasaba golpeando a los demás. La lija
dijo que para lograr que el tornillo sirviera para algo primero había
que darle muchas vueltas. La cinta métrica afirmó que la lija lo
único que hacía era provocar fricciones día tras día. Y el
martillo se quejó de que la cinta métrica se la pasaba midiendo a los
demás como si fuera la única perfecta del taller. Las
herramientas estaban todavía discutiendo acaloradamente, cuando de
pronto entró el carpintero en su taller. Sin más, se puso a
trabajar afanosamente y al cabo de cuarenta y cinco minutos terminó una
preciosa silla. Y, sin decir nada, se marchó.
Entonces
el tornillo tomó la palabra y dijo a sus compañeras herramientas:
“Lo véis, lo que este hombre ha hecho con nosotros, es fijarse en las
cosas buenas de cada quien, y gracias a eso ha sido capaz de hacer algo
hermoso a través de nosotros”.
Así
que, dejados solos, siempre seremos duros de juicio. La única
solución es levantar la mirada y observar a nuestro Carpintero, día
tras día… ¿Acaso la profesión de Cristo no es la de
carpintero? Fijémonos que la medida de Dios es mucho más
objetiva que la nuestra. Se acerca muchísimo más a la verdad que
la medida humana. Porque Dios se deja deslumbrar por la bondad y
potencialidades de cada hijo suyo. Se deslumbra tanto porque sabe
que los defectillos de su hijo son incluso herramientas de más bondad.
Sin defectos no habría lucha por ser mejores, pues careceríamos de
enemigos. La mirada de Dios es más completa y verdadera. No
se trata de una mirada dulzona, ingenua, y que esconde ridículamente
los defectos. No. Es una mejor mirada.
De
tanto ver a nuestro Carpintero, quizá… De observar con
frecuencia cómo ve él las cosas… De verle cómo suda, cómo se
pincha con un clavo rebelde y enseguida le perdona, con qué paciencia
le da vueltas a un tornillo, con qué cariño mira la tosca madera, la
desempolva, y hasta la abraza… De verle con qué tesón trabaja,
las horas extras que hace, cómo su madre tiene que decirle que detenga
un poco el trabajo, que se lave las manos y que coma... De verle
sus manos, sus cicatrices, y cómo el dolor las ha hecho aún más
bondadosas…
Sólo
así, quizá, nos iremos contagiando de su sencillez, de su humildad, de
su bondad, de su mansedumbre. Sólo así, quizá, aprenderemos a
medir a su manera, más allá de nuestras medidas supuestamente matemáticas.
Sólo así, quizá, seremos mejores herramientas en Sus manos
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