Entre Roma y Moscú vuelve la primavera
Por primera vez la Iglesia ortodoxa rusa publica un libro con textos de
un Papa. El autor es Benedicto XVI. El tema es Europa. El objetivo es
una santa alianza en defensa de la tradición cristiana
por Sandro Magister
ROMA, 11 de diciembre de 2009 – Con un lacónico comunicado de hace
dos días, la Iglesia de Roma y Rusia han anunciado "establecer
entre ellos relaciones diplomáticas, a nivel de nunciatura apostólica
por parte de la Santa Sede y de embajada por parte de la Federación
Rusa".
Seis días antes, el 13 de diciembre, el Papa Benedicto XVI había
recibido en audiencia a Dmitri Medvedev, presidente de la Federación
Rusa, al quien donó una copia en lengua rusa de la encíclica
"Caritas in veritate" y con el cual discutió "de temas
culturales y sociales de común interés, como el valor de la familia, y
de la contribución de los creyentes a la vida de Rusia"
Pero no es sólo con las autoridades del Estado ruso que la Iglesia de
Roma mantiene hoy relaciones definidas por ambas partes como
"amigables".
También con la Iglesia ortodoxa de Moscú parece que despunta la
primavera.
Una señal de ello se ha tenido precisamente en los mismos días de la
visita de Medvedev en Italia. El 2 de diciembre fue presentado en Roma
un libro editado por el patriarcado de Moscú que recoge los principales
discursos de los últimos diez años de Joseph Ratzinger cardenal y Papa
sobre Europa.
El libro es todo bilingüe, en italiano y en ruso. El título retoma una
expresión usada por Benedicto XVI en Praga: "Europa, patria
espiritual". Y su amplia introducción está firmada por el
presidente del departamento para las relaciones eclesiásticas externas
del patriarcado, el arzobispo Hilarion de Volokolamsk (en la foto), una
autoridad de primera línea: basta con decir que el anterior titular de
este cargo, Kirill, es hoy el patriarca de la Iglesia ortodoxa de Moscú
"y de toda las Rusias".
Un extracto de introducción al libro está reportado más abajo. Y es
de gran interés para entender la visión con la cual el patriarcado de
Moscú mira su propio rol en Europa.
Una Europa forjada por el cristianismo pero hoy agredida por un
"secularismo militante" contra el cual dos son las fuerzas que
principalmente guían la resistencia: la Iglesia de Roma en Occidente y
la Iglesia ortodoxa en Oriente.
Quien se esperaba una Iglesia ortodoxa desubicada en el tiempo, hecha sólo
de tradiciones remotas y de liturgias arcaicas, quedaría confundido con
la lectura de la introducción de este libro.
Quien marca la línea es un documento de gran fuerza, sin precedentes en
la entera historia de la ortodoxia. Lleva por título: "Los
fundamentos de la doctrina social de la Iglesia ortodoxa rusa" y ha
sido publicado por el concilio de los obispos rusos en el 2000.
La imagen que se da es la de una Iglesia rusa que rechaza que la
encierren en un gueto, y que por el contrario se lanza contra el asedio
secularista con todas las armas pacíficas de las que dispone, sin
excluir la desobediencia civil contra las leyes "que obligan a
cometer un pecado a los ojos de Dios".
Es un texto que impacta también por su lenguaje franco, políticamente
incorrecto, inusual para la pluma de una alta autoridad de Iglesia.
Pero antes de leerlo, es interesante tomar nota de algunas
particularidades del libro.
Su publicación no es fruto de contactos ecuménicos oficiales. Ni el
pontificio consejo para la unidad de los cristianos presidido por el
cardenal Walter Kasper, ni cualquier otra oficina del Vaticano está en
la génesis del libro.
Los promotores y editores efectivos son por un lado el departamento para
las relaciones eclesiásticas externas del patriarcado de Moscú y por
otro lado una asociación internacional con sede en Roma: "Sofía:
Idea rusa, idea de Europa".
Esta asociación está animada por Pierluca Azzaro, profesor de historia
del pensamiento político en la Universidad Católica del Sagrado Corazón,
además de curador del libro. Y actúa a través del "Foro de diálogo
de las sociedades civiles de Italia y de Rusia", co-presidido por
Italia por Luisa Todini, titular de una gran industria de construcción
y ex parlamentaria europea en el partido de Silvio Berlusconi, y por
Rusia por Vladimir A. Dmitriev, presidente del Vnesheconombank.
El Foro fue instituido en el 2004 por una iniciativa conjunta de
Berlusconi y del presidente ruso Vladimir Putin. Y ha sido este Foro, el
pasado 2 de diciembre, el que ha organizado en Roma la presentación pública
del libro de Joseph Ratzinger/Benedicto XVI, en la sede del ministerio
del desarrollo económico, estando presentes otros dos ministros, el de
cultura y el de instrucción, y con una nutrida participación de
industriales, diplomáticos, expertos en geopolítica.
Por el mundo de la cultura rusa intervino el rector de la Universidad de
Estado de las Relaciones Internacionales de Moscú, Anatoly V. Torkunov,
y por el mundo de la cultura italiana el rector de la Universidad Católica
del Sagrado Corazón, Lorenzo Ornaghi.
Por el patriarcado de Moscú estuvo el secretario del departamento para
las relaciones eclesiásticas externas, Sergij Zvonarev, mientras que
por el pontificio consejo para la unidad de los cristianos estuvo monseñor
Milan Zust, especialista en relaciones con los ortodoxos.
El título del encuentro fue: "El rol de las Iglesias en la
integración cultural de Europa".
A continuación, la apreciación del ministro del exterior de la Iglesia
de Moscú sobre este tema:
La ayuda que la Iglesia Ortodoxa puede ofrecer a Europa
por Hilarion Alfeyev, Arzobispo de Volokolamsk
Introducción a: Joseph Ratzinger/Benedicto XVI, "Europa, patria
espiritual", Moscú/Roma, 2009
Viajando a Europa, especialmente a los países tradicionalmente
protestantes, me sorprendo siempre de ver no pocas iglesias abandonadas
por sus congregaciones, especialmente las transformadas en pubs, en
clubes, tiendas de comercio, o en lugares de actividad profana de otro
tipo. Hay algo de profundamente deplorable en este triste espectáculo.
Yo vengo de un país en el cual por muchas décadas las iglesias fueron
utilizadas con fines no religiosos. Tantos lugares de culto fueron
completamente destruidos, otros convertidos en "museos de
ateismo", y otras más adaptadas para ser destinadas a
instituciones seculares. Esto fue uno de los rasgos del llamado
"ateismo militante" que dominó por setenta años en mi país
y que se derrumbó sólo en época reciente. Pero en Europa occidental,
¿cuál es la causa de fenómenos semejantes? ¿Por qué el espacio de
la religión dentro de la sociedad occidental se ha reducido en modo tan
importante en las décadas recientes? ¿Cómo así la religión tiene
siempre menos espacio en la esfera pública? Y ¿por qué esta contracción
en la presencia religiosa en Europa es coincidente con los procesos de
consolidación a nivel político, financiero, económico y social? […]
Inmediatamente después de la segunda guerra mundial, cuando Europa
estaba en ruinas, se hizo evidente la necesidad de una solidaridad
paneuropea, y no sólo para la supervivencia del continente sino del
mundo entero. […] También la presencia de un "gran hermano"
detrás de la cortina de hierro empujaba a Occidente a disponerse para
la integración y unificación.
En principio este proceso tuvo dimensiones sólo económicas, militares
y políticas. Y sin embargo, con el pasar del tiempo la exigencia de un
espacio cultural común, de una única civilización europea, se hizo más
aguda. Se considera entonces necesario desarrollar una nueva, universal
ideología que, reduciendo las tensiones ideológicas y religiosas que
existían entre los diferentes pueblos, habría podido asegurar la
tranquila coexistencia entre las diversas culturas en la red de una única
civilización europea.
Para crear una ideología de tan amplia magnitud, era necesario reducir
todas las tradiciones culturales, ideológicas y religiosas de Europa a
un denominador común. El rol de tal denominador fue asumido por el
humanismo occidental post-cristiano, cuyos principios esenciales fueron
formulados en al época del Iluminismo y "probados" durante la
Revolución Francesa.
El modelo de una nueva Europa basada en esta ideología presupone la
edificación de una sociedad declaradamente secularista, en la cual la
religión puede tener espació únicamente en la esfera privada. En
conformidad a este modelo secularizado, la religión debe ser separada
tanto del Estado como de la sociedad: no debe haber ninguna influencia
sobre el desarrollo social, ni interferir en al vida política. Un
modelo así no sólo reduce a cero la dimensión social de cada religión
sino que constituye un desafío para la vocación misionera de tantas
comunidades religiosas. Para las Iglesias cristianas, este modelo
representa una auténtica intimidación porque mina su posibilidad de
predicar el Evangelio a "todas las naciones", de anunciar a
Cristo al mundo. […]
En la Unión Soviética la religión fue perseguida por setenta años.
Hubo diversas olas de persecución, y cada una tuvo una característica
particular. En los últimos años veinte y treinta, las persecuciones
fueron más crueles. Gran parte del clero fue asesinado; todos los
monasterios, las escuelas teológicas y la mayoría de las iglesias
fueron cerrados. Un periodo menos brutal siguió al final de la segunda
guerra mundial, cuando algunos monasterios fueron reabiertos junto a
alguna otra escuela. En los años sesenta, se inició una nueva ola de
severas persecuciones, que apuntaba a la total aniquilación de la
religión que debió cumplirse en los inicios de los años ochenta.
Pero a mediados de los años ochenta la Iglesia no sólo estaba aún
viva, sino que de hecho, aunque lentamente, estaba creciendo. […] Sin
embargo, una cosa no cambió jamás: la prohibición que el régimen
ateo le impuso a la religión de no salir del gueto en el cual estaba
confinada. […]
Ahora, los procesos que actualmente tienen lugar en Europa son algo
semejantes a aquellos de la Unión Soviética. Para la religión, el
secularismo militante es más peligroso de cuanto lo fue el ateismo
militante. Tienden ambos a excluir la religión de la esfera pública y
política, relegándola a un gueto, confinándola al ámbito de la
devoción privada. Las reglas no escritas de "political
correctness" son cada vez más frecuentemente aplicadas a las
instituciones religiosas. En varios casos ello implica el hecho de que
los creyentes ya no pueden más expresar sus convicciones abiertamente,
en cuanto expresa públicamente la propia convicción religiosa ello
podría ser considerado una violación de los derechos de aquellos que
no la comparten. […]
Los resultados de esta política son evidentes. En algunos países,
especialmente los que no son de mayoría católica u ortodoxa, las
majestuosas catedrales que hasta hace algunas décadas contenían miles
de fieles en oración están semivacías; los seminarios teológicos
cierran por falta de vocaciones; las comunidades religiosas no se
renuevan; las propiedades de las Iglesias son vendidas; los lugares de
culto son transformados en centros para actividades mundanas. Una vez más
es innegable que en varios casos son las Iglesias mismas las
responsables de la situación, pero el efecto destructivo del
secularismo no debe ser minusvalorado. La religión es realmente
expulsada de la esfera pública, siempre más marginalizada de la
sociedad secularizada. Y esto no obstante el hecho de que en todo
Occidente y en Europa en particular la mayor parte de la gente cree
todavía en Dios. [...]
La Iglesia Ortodoxa Rusa, con su experiencia única de supervivencia a
las más duras persecuciones, a al lucha contra el ateismo militante,
resurgiendo del gueto a medida que la situación política cambiaba,
recuperando su lugar en la sociedad y redefiniendo las propias
responsabilidades sociales, puede pues ser de ayuda a Europa. Rusia y
las otras repúblicas de la ex - Unión Soviética, diferente a tantos
países de Europa occidental, están viviendo un periodo de renacimiento
religioso: millones de personas regresan a Dios; por todas partes se
construyen iglesias y monasterios. La Iglesia Ortodoxa Rusa, que
indudablemente hoy es una de las Iglesias en el mundo que crecen más rápidamente,
no tiene falta de vocaciones: al contrario millares de jóvenes entran
en sus escuelas teológicas para consagrar sus vidas a Dios. [...]
"Los Fundamentos de la Doctrina Social de la Iglesia Ortodoxa
Rusa", documento adoptado por el concilio de obispos del 2000, es
la prueba del hecho de que esta Iglesia […] tiene un potencial
intelectual tal de estar en grado de dar respuestas equilibradas y
comprensibles. Cuando se lee este documento, el primer texto de este
tipo en toda la historia de la cristiandad ortodoxa, uno ve que
pertenece a una Iglesia que ya no vive en un gueto, sino que se
encuentra más bien en la plenitud de sus propias fuerzas. Golpeada
fuertemente por el ateismo militante, esta Iglesia no fue jamás
destruida. Al contrario, ha salido de la experiencia de fuego de la
persecución, renovada y rejuvenecida. Descendió a los infiernos y
ahora ha resucitado de entre los muertos, esta Iglesia tiene de verdad
mucho que decir al mundo. […]
Para la Iglesia Ortodoxa Rusa, no puede haber un modelo ideológico único,
ni un solo sistema de valores espirituales y morales los que se impongan
indiscriminadamente a todos los países europeos. La Iglesia Ortodoxa
Rusa auspicia una Europa basada en el pluralismo auténtico, una Europa
en la cual la diversidad de tradiciones culturales, espirituales y
religiosas esté plenamente representada. Esta pluralidad de tradiciones
debe ser reflejada en cada documento legislativo y respetada por todo
tribunal en sus sentencias. Si las leyes y si las sentencias se basan
exclusivamente en principios radicados en el humanismo secularista
occidental - con su particular concepción de paz, tolerancia, libertad,
justicia, respeto por los derechos humanos, etc. - corren el riesgo de
no ser aceptadas por un amplio sector de la población europea, y en
particular por aquellos que, en virtud de su pertenencia a una tradición
religiosa, tienen una visión diferente de aquellos mismos principios.
[…]
La dictadura totalitaria de un tiempo no puede ser sustituida por una
nueva dictadura de mecanismos gobernativos paneuropeos. […] Para la
Iglesia Ortodoxa Rusa, cada Estado debe tener el derecho de legiferar
como cree sobre lo referente al estado matrimonial y familiar, sobre las
cuestiones de bioética, sobre modelos educativos. Los países de
tradición ortodoxa, por ejemplo, no aceptan leyes que legalizan la
eutanasia, los matrimonios homosexuales, el tráfico de drogas, el
mantenimiento de prostíbulos, la pornografía, etc.
Además, creemos que cada país debe tener el derecho a desarrollar su
propio modelo sobre la relación entre el Estado y la Iglesia. La
legalización que se limita únicamente a garantizar a los ciudadanos el
derecho a la libertad religiosa crea, en los hechos, las condiciones
para una competencia salvaje entre religión y confesiones. Debemos en
cambio crear juntos las condiciones para las cuales las libertades
democráticas de un individuo, incluido el derecho a la autodeterminación
religiosa, no se enfrente con los derechos de las comunidades nacionales
a preservar la propia integridad, la fidelidad a las propias
tradiciones, ética social y religión. Son elementos de particular
relevancia especialmente cuando se trata de crear una normativa relativa
a los movimientos de carácter religioso destructivo y extremista, como
también cuando se adquieren las pruebas de violación de la libertad
religiosa por parte de religiones tradicionales, cuya expansión dentro
de algunas partes de Europa amenaza el orden público y social. […]
Donde no se debería dar alguna garantía a las comunidades religiosas,
colisiones y enfrentamientos entre las instituciones religiosas por un
lado y el mundo secularizado por el otro, serán inevitables. Estos
enfrentamientos podrán tener lugar a varios niveles y en relación con
varias cuestiones, pero no es difícil prever que, en la mayoría de los
casos, tocarán temas concernientes a la moral, que las comunidades
religiosas por un lado y la sociedad moderna por el otro, entienden de
modo diferente. Existe ya una divergencia bastante claro entre el
sistema de valores existente en las religiones tradicionales y lo que es
característico del mundo secularizado.
"Los Fundamentos de la Doctrina Social" no es un manual para
uso privado: es un documento público en el cual la Iglesia Ortodoxa
Rusa expresa sus posturas oficiales abierta y explícitamente. El
lenguaje del documento difiere del de la sociedad secularizada: la noción
de pecado, por ejemplo, está prácticamente ausente del vocabulario del
secularismo. Sin embargo, la Iglesia considera que tiene el pleno
derecho de expresar sus posiciones públicamente, no sólo cuando estén
de acuerdo con las opiniones generalmente aceptadas, sino también
cuando sean discordantes.
Son tantas las posiciones articuladas en los "Fundamentos de la
Doctrina Social de la Iglesia Ortodoxa Rusa" que podrían no
corresponder a los estándares del secularismo. Por ejemplo, la Iglesia
considera el aborto "un pecado grave", igual al homicidio, y
declara que "desde el momento de la concepción cualquier
intervención contra la vida del futuro ser humano es criminal". La
Iglesia rechaza también, como "contra natura y moralmente
inadmisible", la llamada "maternidad subrogada", así
como cualquier forma de inseminación extracorpórea. La clonación
humana es considerada un "desafío indudable a la naturaleza misma
del ser humano y a la imagen de Dios que lleva impresa, de la que son
parte integrante la libertad y la unicidad de la persona". La
terapia que usa fetos es considerada "absolutamente
inadmisible". La eutanasia es condenada como "modo de suicidio
u homicidio". Cambiar de sexo es considerado una "rebelión
contra el Creador" que la Iglesia no admite: si se presentase para
recibir el bautismo alguien con un sexo diferente al original sería
bautizado según el "sexo al cual pertenecía al momento de
nacer". […]
A las Iglesias se les debe reconocer el derecho de seguir sus propias
tradiciones canónicas, prefiriéndolas en vez de las leyes
secularizadas en los casos en los que se verificase una superposición,
o una evidente oposición. Según la doctrina social de la Iglesia
Ortodoxa Rusa, "cuando la ley humana rechaza completamente la norma
divina que tiene valor absoluto, reemplazándola con una opuesta,
entonces esta última deja de ser ley y se convierte en ilegal, sean
cuales fueren las vestiduras jurídicas que las recubran".
Por lo tanto, "en todo ello que concierne al orden exclusivamente
terreno de las cosas, el cristiano ortodoxo debe obedecer a la ley, por
imperfecta y desfavorable que sea. Y sin embargo, toda vez que el
respeto de la ley amenace su salvación eterna y comporte la apostasía
o la obligación de cometer un pecado a los ojos de Dios y del prójimo,
el cristiano está llamado a profesar con audacia su propia fe, por el
amor de Dios y de su verdad y por la salvación de la propia alma, por
la vida eterna. Deberá denunciar con medios legales la clara violación
cometida por la sociedad o el Estado contra las leyes y los mandamientos
de Dios. Y si tal acto debiera revelarse imposible o ineficaz, entonces
deberá pasar a la desobediencia civil". (IV, 9).
Obviamente, la desobediencia a la ley civil es una medida extrema, que
una Iglesia particular puede adoptar en circunstancias excepcionales.
Sin embargo es una posibilidad que no es posible excluir a priori, en el
caso que un sistema de valores secularizados llegara a ser el único
operante en Europa. […]
Yo creo que la solidaridad entre cristianos europeos debe hacerse cada
vez más manifiesta en la medida que progresa el proceso de definición
de un sistema común de valores europeos. Será solamente estando juntos
que los cristianos, co los representantes de las otras religiones
tradicionales en Europa, estarán en grado de salvaguardar la propia
identidad, combatir el secularismo militante y afrontar los otros desafíos
de la modernidad. La Iglesia Ortodoxa Rusa está dispuesta a colaborara
nivel interconfesional, a nivel interreligioso, así como a nivel político,
a nivel social y a todos los otros niveles con todos aquellos que no son
indiferentes a la futura identidad de Europa, con todos aquellos que
creen que los tradicionales valores religiosos son parte integrante de
tal identidad.
Quisiera finalmente comentar la reciente sentencia de la Corte Europea
de los Derechos del Hombre contra Italia, vale decir, la prohibición de
la exposición de crucifijos en las escuelas italianas. Esta sentencia
va contra el derecho de cada Estado a preservar las propias tradiciones
y la propia identidad, ofende por tanto el inviolable principio del auténtico
pluralismo de las tradiciones. Es una manifestación inaceptable de
secularismo militante. La actividad de la Corte Europea no debe
convertirse en una cínica farsa. La actitud ultra liberalista que ha
prevalecido en la adopción de dicha decisión no debe dominar en
Europa. Las fuentes de Europa son cristianas. El crucifijo es un símbolo
universal, y es absolutamente inadmisible que, para secundar los estándares
ultraliberales y ateos, se prive a Europa y a sus instituciones sociales
de los símbolos que por tantos siglos han formado y unido a las
personas. El crucifijo no es símbolo de violencia sino de conciliación.
Pienso que en todos estos ámbitos podemos colaborar con la Iglesia Católica
defendiendo la tradición cristiana frente al secularismo militante y al
liberalismo agresivo.
En un cuadro así, quisiera en conclusión poner la siguiente pregunta:
¿estamos construyendo una Europa completamente atea y secularista,
donde Dios es expulsado de la sociedad y las religiones empujadas al
gueto del ámbito privado, o la nueva Europa ser una verdadera casa de
las diferentes religiones, convirtiéndose así en auténticamente
inclusiva y pluralista? Creo que esta es la pregunta que las comunidades
religiosa deben plantear, una pregunta a la cual los políticos tienen
el deber de responder. Es en torno a esta pregunta en torno a la cual
debería centrarse el diálogo entre las comunidades religiosas y las
instituciones políticas europeas.
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El texto casi completo de la introducción del arzobispo Hilarion al
libro de Joseph Ratzinger/Benedicto XVI "Europa, patria
espiritual" lo reprodujo "L'Osservatore Romano" el 2 de
diciembre:
>
L'Europa e le intimidazioni del secolarismo
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Sobre estos temas en www.chiesa:
> Focus a las IGLESIAS
ORIENTALES
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Traducción en español de Juan Diego Muro, Lima, Perú.
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