El
erudito y el barquero
Arturo
Guerra
aguerra@arcol.org
En
un viejo cuento, aquel sabio emprendía otro de sus incontables viajes
por tierras exóticas. Al llegar a un río, pidió amablemente a
uno de los barqueros que le llevara a la otra orilla. El río era
tan ancho que daba tiempo de establecer una conversación.
- Sr. Barquero, buenos
días. ¿Usted ha oído hablar del teorema de Pitágoras?
- Pues no señor, mire
usted, yo no fui a la escuela.
- No me diga. Fíjese
que no saber el teorema de Pitágoras... Usted ha perdido un 15%
de su vida.
- Sr. Barquero, ¿usted
sabe algo de las guerras de los medos contra los persas?
- No señor, es la
primera vez que oigo eso.
- Qué pena, ha perdido
un 10% de su vida.
- Sr. Barquero, ¿usted
ha estado en Australia?
- ¿Y eso qué es?
- Es un país. Lo
que sí le digo es que, usted, Sr. Barquero, ha perdido un 30% de su
vida. Mire que no conocer Australia...
- Sr. Barquero, ¿qué
me dice de las mitocondrias de la célula?
- Como no me dé más
datos...
- Ha perdido un 15% de
su vida.
- Sr. Barquero, ¿sabe
cuál es el planeta más grande?
- Pues yo diría que la
Tierra.
- Se equivoca. Ha
perdido otro 10% de su vida.
- Sr. Barquero, ¿usted
ha navegado en internet?
- “¿Y ése qué río
es?” – respondió el barquero.
- Qué desastre, usted
ha perdido el 20% de su vida.
En eso, el río se
encrespó. Tanto que el barquero ya no podía alcanzar ninguna de las
dos orillas. El agua comenzaba a meterse en aquella pobre barca.
Le preguntó el buen barquero al hombre sabio:
- Oiga, esta
barca se nos va a hundir, ¿sabe nadar?
- “No” – respondió
el erudito –, “nunca he tenido tiempo para aprender.”
- Pues a ver si puedo
ayudarle a que no pierda el 100% de su vida…
¡Cuánto sabemos!
O al menos cuánto podemos saber. Nunca habíamos tenido tanta
información tan a la mano. Pero a veces no sabemos lo importante.
Sabemos cómo funciona el esfínter pilórico del aparato digestivo de
la ostra, pero no sabemos de dónde venimos. Hemos pisado la Luna
pero no sabemos a dónde vamos. Sabemos que el diámetro de la
tierra es de 40 mil kilómetros, pero ignoramos el sentido de la vida.
Sabemos el número exacto de neuronas que tiene el cerebro humano pero
no sabemos cómo dejar de ser egoístas para empezar a amar a los demás.
A servirles. A ser desinteresados en la amistad. A renunciar
a los propios planes con tal de ayudar al esposo, a la esposa, a un
amigo, a la madre, a la compañera de trabajo, al jefe, al empleado que
depende de nosotros, a la señora de la tienda de la esquina, al padre,
a la hija, al sobrino, al vecino, a la suegra, al desconocido, al que
vende periódicos, al político, a la cajera, al de la gasolinera...
“Al atardecer de la
vida nos van a examinar del amor”, decía San Juan de la Cruz.
No nos van a preguntar el teorema de Pitágoras ni la manera más rápida
y eficaz de usar un buscador de internet. Pero si nunca hemos dado
de comer al hambriento, si nunca se nos ha ocurrido darle un vaso de
agua al sediento, si no le hemos dado algo de ropa al que pasaba frío,
si no le hemos abierto la puerta al que no tenía casa..., no sabremos
nadar muy bien en las aguas de la eternidad
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