MÉXICO, domingo 21 de marzo de 2010 (ZENIT.org
– El
Observador).- México cerró el 2009 con un saldo de más de siete
mil muertes relacionadas con la violencia del crimen organizado, según
reportó en su momento el diario El Universal.
En los primeros 34 días del 2010 se alcanzó la cifra de mil
muertos debido a la violencia; todo un triste récord, ya que en el
2009 se necesitaron 51 días para alcanzar esa cifra. El mismo periódico
señaló que desde diciembre de 2006 a la fecha se contabilizan más
de 15 mil decesos de forma violenta.
En los últimos años, en prácticamente todo el país, se han
venido sucediendo hechos violentos que llevan de asombro en asombro,
dada su crueldad y exhibición de poder. Las granadas lanzadas en
Morelia en 2008 a la multitud que celebraba en la plaza central de
esta ciudad el inicio de la Independencia y la matanza de un grupo de
jóvenes que se encontraba en una fiesta en Ciudad Juárez, parecen
ser el colmo de la situación.
Este clima de violencia ha llevado a que México sea considerado
como uno de países con mayor índice de criminalidad en el planeta,
tan sólo detrás de Irak.
Al hablar de violencia y criminalidad en el país surge de
inmediato la relación con el narcotráfico y las sangrientas pugnas
entre carteles por el control de los territorios; sin embargo no se
pueden soslayar otras actividades criminales igualmente dañinas: el
secuestro, la trata de personas, el lavado de dinero, el tráfico de
armas, las ejecuciones intimidatorias, entre un largo etcétera.
Violencia estructural
En la exhortación pastoral Que en Cristo, nuestra paz, México
tenga vida digna, dada a conocer en febrero de este año, los
obispos mexicanos señalan que “no se trata de hechos aislados o
infrecuentes, sino de una situación que se ha vuelto habitual,
estructural, que tiene distintas manifestaciones y en la que
participan diversos agentes”.
Los obispos denuncian el incremento de violencia causada por
organizaciones criminales, “distinta de la violencia intrafamiliar y
de la que es causada por la delincuencia común”; pero también
ponen el dedo en otras situaciones que igualmente vulneran la vida y
su dignidad de los mexicanos: la violencia contra las mujeres, contra
los niños, la discriminación hacia los indígenas, el maltrato a los
migrantes, el aborto, la homofobia…
Estas situaciones repercuten “negativamente en la vida de las
personas, de las familias, de las comunidades y de la sociedad entera;
afecta la economía, altera la paz pública y siembra desconfianza en
las relaciones” sociales. No es casualidad que, según un estudio de
la Universidad Autónoma de México (UAM), sólo el 19% de los
mexicanos se sienta seguro en el país.
El recuento que hacen los pastores diocesanos no hace sino
constatar una vez más “que algo está mal y no funciona en nuestra
convivencia social y que es necesario exigir y adoptar medidas
realmente eficientes para revertir dicha situación”.
Violencia como cultura
Los obispos señalan que “la violencia puede llegar a
transformarse en una forma de sociabilidad” y que “cuando esto
sucede, se afirma el poder como norma social de control en los grupos
sociales” lo que da lugar a modos de relación que se definen por
afanes competitivos: “por el desafío de vencer a quienes son
considerados como adversarios o por el placer de causar dolor físico,
miedo y terror”.
Además subrayan que “el comportamiento violento no es innato, se
adquiere, se aprende y se desarrolla; en ello influye el contexto
cultural en que crecen las personas”. Y enlistan algunos factores
culturales que legitiman o inducen prácticas violentas: “la crisis
de valores éticos, el predominio del hedonismo, del individualismo y
competencia, la pérdida de respeto de los símbolos de autoridad, la
desvalorarización de las instituciones –educativas, religiosas, políticas,
judiciales y policiales-, actitudes discriminatorias y machistas”,
entre otras.
Factores de la violencia
En su reflexión, los obispos lamentan que están situaciones de
violencia, cuando aún eran incipientes en el país, no hayan sido
combatidas de manera oportuna y que se hayan dejado crecer: “Si en
su momento, la omisión, la indiferencia, el disimulo o la colaboración
de instancias públicas y de la sociedad no fue justa y toleró o
propició los gérmenes de lo que hoy son las bandas criminales,
tampoco es justo ahora exculparse, buscando responsables en el pasado
y evadir la responsabilidad social y pública actual, para erradicar
este mal social”.
Para los prelados las raíces de este complejo fenómeno deben
buscarse en diversos ámbitos, como el económico: “la desigualdad,
la exclusión social, la pobreza, el desempleo, los bajos salarios, la
discriminación, la migración forzada y los niveles inhumanos de
vida, exponen a la violencia a muchas personas: por la irritación
social que implican; por hacerlas vulnerables ante las propuestas de
actividades ilícitas y porque favorecen, en quienes tienen dinero, la
corrupción y el abuso de poder”.
Otra de las causas de la violencia estructural, señalan los
obispos, es “el disimulo y tolerancia con el delito por parte de
algunas autoridades responsables de la procuración, impartición y
ejecución de la justicia. Esto tiene como efecto la impunidad, las
deficiencias en la administración de justicia” ya sea por
incapacidad, irresponsabilidad o corrupción.
También señalan como causa profunda la “emergencia educativa”
que no tiene que ver solamente con la insuficiencia de recursos y de
instalaciones para ofrecer una educación de calidad, sino “con el
fracaso del esfuerzo por formar personas sólidas, capaces de
colaborar con los demás, y de dar un sentido a la propia vida”
Urge intervenir
Los obispos focalizan tres factores de riesgo sobre los que es
urgente intervenir: “Vivimos una crisis de legalidad […] no hemos
sabido dar su importancia a las leyes en el ordenamiento de la
convivencia social. Se ha extendido la actitud de considerar la ley no
como norma para cumplirse sino para negociarse. Se exige el respeto de
los propios derechos, pero su ignoran los propios deberes y los
derechos de los demás […] El signo más elocuente de esto es la
corrupción generalizada que se vive en todos los ámbitos”.
Hablan también que “se ha debilitado el tejido social, se han
relajado las normas sociales, así como las reglas no escritas de la
convivencia que existen en la conciencia de cualquier colectividad
bajo formas de control social que corrigen las conductas desviadas y
mantienen a la sociedad unida y debidamente cohesionada”.
“Vivimos una crisis de moralidad. Cuando se debilita o relativiza
la experiencia religiosa de un pueblo, se debilita su cultura y entran
en crisis las instituciones de la sociedad con sus consecuencias en la
fundamentación, vivencia y educación en los valores morales”.
Compromiso por la paz
Para los obispos es claro que la violencia que padece nuestro país
se ha convertido en un asunto de “salud pública”, y que desde ese
enfoque debe abordarse. Esto implica “la cooperación de todos los
sectores públicos y sociales para abordar el problema de la violencia
mediante la acción colectiva, con estrategias diversas adoptadas por
todos, cada quien, según el ámbito de la propia competencia: “Las
autoridades, con los recursos propios que le proporciona el Estado de
Derecho […]; la sociedad civil, asumiendo responsablemente la tarea
de una ciudadanía activa, que sea sujeto de la vida social; los
creyentes, actuando en fidelidad a nuestra conciencia, en la que
escuchamos la voz de Dios, que espera que respondamos al don de su
amor, con nuestro compromiso en la construcción de la paz, para la
vida digna del pueblo de México”.
México es el segundo país con mayor número de católicos en el
mundo: 88 de cada 100 habitantes del país profesa esta fe. Más aún:
los creyentes (católicos, cristianos de otras denominaciones y de
otras religiones) alcanzan el 96% de la población del país.
La huella que ha dejado el cristianismo, particularmente la religión
católica, a lo largo de casi cinco siglos, se palpa en la cultura, en
las costumbres, en el arte, en la arquitectura, en la manera de
comprender el mundo, en el “alma de la colectividad”; se quiera o
no, en gran medida, la vida de los muchos pueblos de México gira en
torno a la religión y sus símbolos.
El reverso de la moneda
Pero esta moneda de la realidad tiene un reverso que inquieta: hoy
por hoy México ocupa algunos –nada honrosos– primeros lugares a
nivel mundial en rubros como la corrupción y el soborno, secuestros,
agresiones y robo con violencia perpetrados con arma de fuego; además
está entre los primeros lugares en delitos no denunciados y no
registrados oficialmente. Por si fuera poco, Ciudad Juárez es
considerada “la ciudad más violenta del mundo”.
Estos hechos parecen dar razón a los que afirman: “que una
sociedad sea eminentemente religiosa o creyente en Dios no la hace ni
más moral ni más civilizada, ni más ética, ni más justa, ni más
igualitaria, ni más respetuosa del orden público”.
Así se expresaba un analista en un periódico de circulación
nacional hace unos meses: “Nuestro país, tan religioso y tan
guadalupano, no es la excepción: las cárceles están llenas de
criminales, eso sí, muy religiosos y muy creyentes. Y sus creencias
no les han impedido cometer asesinatos, violaciones, robos,
secuestros, etcétera”.
Ante esta realidad evidente, muchos se preguntan: ¿Cómo es
posible que en un pueblo, así de religioso, tengan presencia esos
antivalores?
Superficialidad
La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) ha señalado en la
exhortación pastoral Que en Cristo, nuestra paz, México tenga vida
digna, que en la población católica se percibe “una creciente
manifestación de superficialidad en su experiencia de fe”, cuando
no “una pérdida del sentido de Dios”, de la cual “el ambiente
de violencia e inseguridad en que vivimos” es su más claro signo.
En nuestro país, cuando la Iglesia habla del escándalo de la
pobreza, de injusticia, de la violencia o de leyes que menoscaban la
dignidad del ser humano, y presenta estos temas como una urgencia
moral y política de la sociedad, algunos sectores de poder que
ejercen influencia en la población cuestionan airadamente si le
corresponde a la Iglesia hablar de ello.
Para muchos, la Iglesia, y por ende cada cristiano, tendría que
dedicarse sólo a una “tarea espiritual”, entendiéndola en un
sentido restringido o espiritualista, y a lo sumo realizar alguna
tarea asistencial, desvinculada del compromiso con la justicia.
En repetidas ocasiones el episcopado ha dicho que estos
planteamientos desconocen la dimensión de la fe en un Dios que es
Padre y Creador de todos los hombres y de todo el hombre, y que esta
fe cristiana se apoya en el testimonio y en la palabra de Jesucristo,
que nos ha revelado la grandeza de la vida del hombre y que es garantía
de su dignidad, y que nos debe impeler a trabajar por la construcción
de un mundo más justo, fraterno, solidario y en paz.
En el corazón de cada hombre
Así las cosas, la pérdida de sentido de Dios, el divorcio entre
fe y vida, ha llevado a mucha gente “al desprecio de la vida del
hombre”, y favorece “un ambiente que influye negativamente en la
formación de la conciencia y de los valores, donde encontramos
modelos de realización equivocados, metas y aspiraciones
intrascendentes, fruto de una cultura consumista, marcada por el
materialismo imperante a nivel global”, acusan los obispos
mexicanos.
Pero los pastores son claros al señalar que más allá del entorno
que puede explicar o matizar las causas de la violencia como la
pobreza, la ignorancia, la degradación del ambiente, la falta de
educación o de oportunidades –situaciones que son reales y tienen
su importancia–, “la raíz fundamental de todo está en la
orientación del corazón de cada ser humano que tiene en sí mismo la
grandeza de la libertad y por ello el riesgo del error; la capacidad
de decidir y por tanto la responsabilidad de sus decisiones”.
Conversión como camino
“¿Qué significa ser cristiano en estas circunstancias? ¿Cómo
vencer la sensación de impotencia que muchos compartimos y al mismo
tiempo ofrecer a este grave problema una solución que se aparte de la
sinrazón de la violencia?” reflexionan los obispos en la exhortación
pastoral. “Estamos ante un problema que no se solucionará sólo con
la aplicación de la justicia y el derecho, sino fundamentalmente con
la conversión. La represión controla o inhibe temporalmente la
violencia, pero nunca la supera”, señalan.
Para los pastores católicos, el camino de superación de esta y
toda situación de violencia y crisis pasa por el retorno al querer de
Dios, por el “encuentro vivo y persuasivo con Jesucristo”; por eso
exhortan a los fieles a “no ceder ante la tentación del mal”; y sí,
en cambio, a apropiarse la praxis de Jesús, que “rechazó la
violencia como forma de sociabilidad”.
Él –señalan–, “para romper la espiral de la violencia,
recomienda poner la otra mejilla, perdonar siempre y amar a los
enemigos”: esta debería ser la consigna para los creyentes y toda
persona de buena voluntad; sin embargo, son consientes que esta
paradoja resulta “incomprensible para quienes no conocen a Dios o no
lo aceptan en sus vidas”.
Y abundan: “el amor a los enemigos hace al ser humano semejante a
Dios y en este sentido, lo eleva, no lo rebaja. Así, el discípulo se
incorpora en la corriente perfecta del amor divino para salir de sí
mismo y construir una humanidad solidaria y fraterna. El discípulo de
Jesús debe amar gratuitamente y sin interés, como ama Dios, con un
amor por encima de todo cálculo y reciprocidad, por eso el verdadero
discípulo de Jesús no puede decir ya lo intente varias veces, ya me
canse y no puedo”.
Vida pública
La CEM tiene claro que, aunque hay en el país hay un franco
intento de desterrar la religión de la escena pública y confinarla a
los templos y a la conciencia de cada fiel, “es necesaria una
incidencia significativa de los cristianos en la política, en la
economía, en la cultura y en todos los campos de la vida social”,
para el cambio de las estructuras injustas y disminuir la hiriente
desigualdad que hay en México, uno de los factores fundamentales de
la situación crítica por la cual México atraviesa hoy. Es la
urgencia, como dice el apóstol Santiago, de la “fe puesta en
obras”.
La responsabilidad de los cristianos
Cuando iniciaba este 2010 un periódico de circulación
nacional dio a conocer los resultados de una encuesta realizada por
Consulta Mitofsky, donde se señalaba que el 55% de los mexicanos
considera que en 2009 le fue peor que en otros años.
“El sentimiento de mal año que el mexicano tiene respecto a su
situación coincide con la forma en que ve al país, ya que, de
acuerdo con el mismo estudio, 87% considera que la economía está
peor que hace un año; 78% que la política está en esas
condiciones y 76% que es la seguridad la que ha empeorado”.
A fines del 2008, según la citada encuesta, el 63% de las
personas esperaba un mejor año en 2009; ahora, al iniciar 2010, el
59% mantiene una actitud positiva con respecto a lo que habrá de
ocurrir en este año. Sin embargo, al paso de los días el clima de
pesimismo en torno a la situación del país ha ido aumentando,
“hay una creciente sensación de inseguridad e impotencia ante el
contexto actual”.
Respuesta cristiana
En la exhortación pastoral Que en Cristo, nuestra paz,
México tenga vida digna, los obispos mexicanos señalan que
esta situación de violencia, criminalidad e impunidad –con sus
hondas raíces en la pobreza y desigualdad– “repercute
negativamente en la vida de las personas, de las familias, de las
comunidades y de la sociedad entera; afecta la economía, altera la
paz pública, siembra desconfianza en las relaciones humanas y
sociales, daña la cohesión social y envenena el alma de las
personas con el resentimiento, el miedo, la angustia y el deseo de
venganza”.
En el diagnóstico que hacen los obispos reconocen que la
inseguridad y violencia que vivimos son un signo del
“debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad
y de ello, quienes nos confesamos cristianos debemos asumir nuestra
responsabilidad”.
Por eso instan a los fieles laicos a asumir su misión de
contribuir a la transformación de las realidades y la creación de
estructuras justas según los criterios del evangelio, “a
comprometerse como ciudadanos y participar activamente en los
procesos y movimientos de la vida social, política, económica y
cultural, aportando en ellos su testimonio de vida y su competencia
profesional para la vida digna y pacífica de sus familias y
comunidades”.
La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) recuerda que los
cristianos, en un contexto de inseguridad como el que vivimos en México,
“tenemos la tarea de ser constructores de la paz en los lugares
donde vivimos y trabajamos. Esto implica distintas tareas: vigilar
que las conciencias no cedan a la tentación del egoísmo, de la
mentira y de la violencia y ofrecer el servicio de ser testigos, en
la convivencia humana, del respeto al orden establecido por Dios,
que es condición para que se establezca, en la tierra, la paz,
suprema aspiración de la humanidad.”
Los obispos han señalado con claridad y valentía, en un
ejercicio de autocrítica pocas veces visto, que “el
debilitamiento, en la vida práctica, del sentido de Dios y del
sentido del hermano, de la vida comunitaria y del compromiso
ciudadano, es un desafío que cuestiona a fondo la manera como
estamos educando en la fe y como estamos alimentando la vivencia
cristiana.”
Así las cosas, la Iglesia mexicana ofrece en esta situación lo
que tiene como propio: “una visión global del hombre y de la
humanidad”, y la esperanza de que esta situación puede
transformarse. “Con su doctrina social –la Iglesia– contribuye
a la formación de las conciencias y a que crezca tanto la percepción
de las verdaderas exigencias de la justicia como la disponibilidad
de actuar conforme a ella”, dice la exhortación pastoral.
En el documento Que en Cristo, nuestra paz, México tenga vida
digna, los obispos mexicanos hacen una larga serie de propuestas
y compromisos ante la situación que vive el país. Aunque muchos
cristianos aún se preguntan cómo se hará operativa la propuesta,
el camino sugerido resulta atendible.
Los jerarcas sostienen que en gran medida la solución a los
problemas de violencia, criminalidad e impunidad, pasa por “la
formación integral de las personas”, y donde los tradicionales ámbitos
de formación juegan un papel importante: las escuelas, la familia y
la mismas Iglesias.
Para los obispos la superación de la violencia sólo será
posible “con el hábil uso de herramientas que se consiguen con la
educación y que capacitan para hablar un lenguaje de paz; estas
herramientas son: el testimonio, la fuerza moral, la razón y la
palabra”.
Y abundan: “Si queremos responder al mal con la fuerza del
bien, tenemos que educarnos para la paz; esto significa sacar desde
lo más íntimo pensamientos y sentimientos de paz que se expresen a
través de un lenguaje y de gestos de paz. Con estas herramientas
primordiales para la consolidación de un estilo de vida, podremos
impregnar la sociedad con los valores y principios de la paz”.
En este sentido los obispos no soslayan que “construir la paz
exige el respeto de la dignidad de todas las personas y de los
pueblos y el esfuerzo de vivir la fraternidad La responsabilidad de
proteger los derechos humanos y de asegurar condiciones para que
todos puedan cumplir con sus respectivos deberes, recae
principalmente sobre el Estado. Sin embargo, los derechos humanos
han de ser respetados en las relaciones de todos con todos, como
expresión de justicia y de fraternidad”.
Reconciliación social
La exhortación pastoral subraya que el pueblo mexicano necesita
recorrer el camino de reconciliación social, para sanar los efectos
de la violencia y para prevenirla. La reconciliación implica no el
olvido, sino enfrentar la historia desde la verdad y la justicia
para reparar la situación de enfrentamiento y sanar las heridas que
ha dejado. “Comporta autocrítica, si hemos sido injustos, y empatía
para con los otros, reconociendo su punto de vista y su
sufrimiento”, indican los obispos.
La CEM sostiene que “la impunidad desacredita el orden moral e
invita a nuevas transgresiones”, por eso reconocen que la
reconciliación social tiene vínculos estrechos con la verdad, por
eso exige la verdad acerca de los derechos humanos violados: “el
mal causado debe ser conocido y reconocido”; también sostienen
que esta reconciliación reclama la justicia: “las víctimas
tienen derecho a que se les haga justicia por la autoridad
competente”, enfatizan los pastores diocesanos.
Pero van más allá: “La justicia sin la reconciliación es
inhumana. La justicia pura y dura tiene el riesgo de degenerar en
una mera reivindicación. Si el fin inmediato de la justicia es una
sociedad justa, su fin supremo es una sociedad reconciliada”.
Perdón, condición necesaria
Frente a los deseos de justicia, que muchas veces tiene el tinte
de la venganza, en este clima de violencia que lacera al país, los
obispos hacen una llamada a vivir una actitud que a muchos les
resulta incómoda, cuando no fuera de lugar: el perdón, su petición
o concesión, como un recurso para la reconciliación social.
“En un contexto de violencia generalizada, señalan los
prelados, el perdón es una propuesta especialmente cargada de
sospechas. La reconciliación se realiza en plenitud cuando se
entrelazan el perdón que se pide y el perdón otorgado”.
El perdón, como decisión personal, libre, proactiva, implica el
riesgo de no encontrar respuesta o de ser perseguido; sin embargo
“expresa la madurez de la fe, que lleva a la gratitud, por la
esperanza en el Reino”.
“Pedir perdón nos reconcilia con nosotros mismos, nos permite
aceptarnos como somos, nos despoja de un falso sentimiento de
inocencia. Perdonar nos libera profundamente: nos libera del rencor
y de nuestra fijación en el pasado y nos capacita para asumir la
responsabilidad de crear en nueva manera las relaciones
interpersonales y sociales”.
La esperanza como recurso
No cabe duda que la situación de inseguridad y violencia, de
empobrecimiento, marginación e inequidad que vivimos no podrá ser
superada en el corto plazo. Como lo indican los obispos en su
exhortación pastoral, exige que todos, desde nuestros campos
propios de acción, nos involucremos. Ellos, los obispos, señalan
que las relaciones de justicia y caridad se construyen, desde lo
pequeño y discreto del día a día, en el cara a cara de nuestros
encuentros personales y de ahí saltan a lo “macro”.
Aunque el contexto actual ha robado la seguridad, la paz y la
esperanza en muchos, “somos un pueblo de tradiciones con profundas
raíces cristianas, amante de la paz, solidario, que sabe encontrar
en medio de las situaciones difíciles razones para la esperanza y
la alegría y lo expresa en su gusto por la fiesta, por la
convivencia y en el gran valor que da a la vida familiar.
Precisamente, porque sabemos que la raíz de la cultura mexicana es
fecunda y porque reconocemos en ella la obra buena de que Dios ha
realizado en nuestro pueblo a lo largo de su historia, hoy queremos
alentar en todos la esperanza”.
Por Gilberto Hernández García