¿Es responsable creer?

por Guillermo Juan Morado
27.08.10

¿El hombre actúa responsablemente cuando cree? ¿Resulta sensato ir más allá de lo que nuestros ojos ven, y confiar la propia vida a un horizonte de sentido, que se acepta en virtud de la fe?

Los actos humanos son aquellos que se realizan libremente, tras un juicio de conciencia. Creer es uno de estos actos. En realidad, si lo pensamos un poco a fondo, el creer siempre precede al saber. Para poder hacernos cargo de las cosas, para apropiarnos del lenguaje, para comprender aquello que vamos conociendo, necesitamos, primero, confiar. Confiamos en nuestra madre cuando nos enseña a pronunciar las palabras “casa” o “coche”. Confiamos en el profesor que nos enseña a sumar. Confiamos en el médico que nos diagnostica una enfermedad y nos receta unas medicinas.

Sin esta fe o confianza básica la vida humana resultaría imposible. No podemos verificarlo todo, sin dar algo por supuesto. El mismo desarrollo de la ciencia presupone, de un modo o de otro, una cierta confianza en la inteligibilidad de lo real y en las capacidades del ser humano para poder elaborar conceptos y teorías.

Una duda sistemática, una desconfianza persistente, una sospecha continua, haría imposible también las relaciones entre los seres humanos. No podemos, seguramente, creer a cualquiera, pero nos resulta imprescindible creer a alguien. Si acudimos a la peluquería, por ejemplo, confiamos, y parece que es razonable hacerlo, en que el peluquero, en lugar de agredirnos con cuchillas o tijeras, cumplirá su cometido de cortarnos el cabello.

 

No humilla nuestra dignidad, no nos hace capitular de nuestra inteligencia o de nuestra libertad, creer a Dios y aceptar, fiándonos de Él, lo que Él nos ha comunicado en su revelación.

El hombre puede asentir a la verdad de una proposición; también a la verdad de una proposición, de un enunciado lingüístico, en el que se expresa un aspecto de la revelación divina. El hombre puede, de modo sensato, trascenderse a sí mismo y adherirse a una palabra y a un sentido que provienen de más allá de lo humano y de lo terreno, sin contradecir ni lo humano ni lo terreno.

En la estela de Santo Tomás de Aquino, el acto de creer se comprende como un asentimiento, como un acto intelectual, mediante el que la inteligencia se adhiere, firme y libremente, a la verdad, no a causa de la evidencia de lo conocido, sino por el influjo de la voluntad. Si se trata de creer a Dios, la gracia ilumina la inteligencia y mueve la voluntad para que impere el asentimiento de la inteligencia.

Incluso una persona sin conocimientos de Física puede creer que un avión es capaz de surcar los aires, sin que necesariamente haya de caerse. Acepta esa verdad sin basarse en la evidencia de una compresión de los principios que la fundamentan. La acepta porque quiere aceptarla. Y quiere aceptarla porque no le parece irrazonable hacerlo.

Si aceptamos que Dios existe, si no consideramos imposible que, además de existir, pueda comunicarse con los hombres, no hay nada de extraño en considerar como verdadero lo que Él ha manifestado de sí mismo. Debemos, en cierto sentido - hasta cierto punto al menos - , comprender qué es lo que ha dicho y hemos de contar también con algún motivo o razón que confirme que es Él, y no nuestra imaginación, o un engañador, quien lo ha dicho. Pero, cumplidas estas condiciones, no es absurdo ni irresponsable aceptar la palabra que Dios ha comunicado.

La fe, el creer, no equivale a una vana credulidad. El creyente no se fía, ligera o fácilmente, de cualquiera. Se fía de Dios. Y cuenta con abundantes motivos para hacerlo. Tiene a su favor la credibilidad de Jesucristo, la veracidad y coherencia de una Persona que jamás puede ser tomada, sensatamente, por un impostor.

Guillermo Juan Morado.