Esos
pilares que la política no puede condicionar ni cambiar
Jorge
Enrique Mújica
jem@arcol.org
Quien
ha visitado el campo quizá ha tenido la posibilidad de ver un pastor
con su rebaño. Los animales van hacia donde los conduce el pastor y,
normalmente, éste trata de hacerlo por caminos seguros y protegiéndolos
de cualquier peligro.
En
muchos documentales sobre el mundo animal, llama la atención que las
manadas que no tienen un “pastor” humano, sí tienen un líder de
grupo al que todos siguen sin chistar: a veces es el espécimen más
fuerte, otras el más anciano.
Para
que una sociedad camine unida hacia un mismo objetivo común precisa de
una cabeza que la ayude a hacerlo. En buena medida esa función la
tienen los políticos, aquellos que rigen o aspiran a regir los asuntos
públicos.
Concretamente
en la vida humana, ¿hacia dónde quieren o deberían llevarnos nuestros
gobernantes? Hacia el bien común, el asunto público más
trascendental. Si ese bien que se pretende es para todos, debe haber
entonces un sustrato común sobre el cual se debe apoyar toda legislación
que promueva auténticamente la dignidad humana y, en consecuencia, el
bien de todos. Y es que toda democracia sólo es posible si se funda en
una adecuada y recta comprensión de lo que significa ser persona.
De hecho, así fue como nació la Declaración Universal de los Derechos
Humanos.
¿Cuáles
son esos pilares que no se pueden tocar sin el riesgo de que todo el
entramado social se venga abajo? ¿Qué es eso que no se puede poner en
discusión? ¿Cuáles son esos fundamentos que la política no debe
condicionar o cambiar por mucho que una mayoría en senados o
parlamentos ose cambiarlos?
El
primer pilar es el de la vida. Todo lo que atente contra ella (aborto,
eutanasia, clonación, experimentación con fetos, etc.) es un atentado
contra la sociedad. La sociedad es como un cuerpo: si se amputa un
organismo, lo resienten los demás miembros. Quizá no sea inmediato,
pero la naturaleza pasa factura. El derecho a la vida es el primero y
del que se derivan todos los demás. En este sentido, es un deber de los
políticos el tutelar el derecho primario a la vida de todo ser humano
desde su concepción hasta su muerte natural. Al mismo tiempo, por la
misma dignidad humana, se debe evitar tratar al no nacido, desde su
concepción, como un objeto.
El
segundo pilar inamovible es el de la familia, lugar natural donde un ser
humano nace, crece y aprende las nociones del bien y del mal. De ahí
también que los padres tengan reservado el derecho a la educación de
sus hijos, según los principios de la moral natural y de la ética auténtica.
El
tercer pilar es la libertad religiosa. Entre la esfera civil y la
religiosa hay competencias diversas. Queda fuera del ámbito político
los actos específicamente religiosos: profesión de fe, cumplimiento
libre de actos de culto y sacramentos, doctrinas teológicas, comunicación
recíproca entre autoridades religiosas y fieles, etc. Sin embargo, es
derecho y deber de los ciudadanos, buscar la verdad y promover y
defender, a través de todos los medios lícitos y buenos, las verdades
morales sobre la vida social, la justicia, la libertad, el respeto a la
vida, y todos los demás derechos de la persona. El hecho de que algunas
de estas verdades también sean enseñadas por la Iglesia católica, no
disminuye la legitimidad civil y la “laicidad” del compromiso de
quienes se identifican con ellas.
De
la libertad religiosa se deriva un derecho al que no se puede renunciar:
el de la objeción de conciencia. Ninguna ley humana puede violentar la
conciencia de un ser humano. Ciertamente, esto lleva implícita una
adecuada formación de la conciencia. Debe quedar claro que la libertad
religiosa y de conciencia no son sinónimos de una igualdad de
religiones o de sistemas ideológicos.
El
cuarto pilar es la paz y la seguridad. En este sentido, es preciso un
compromiso por parte de todos aquellos que, según su nivel, tienen una
responsabilidad política en sus manos.
Ciertamente
el ser humano se diferencia de los grupos animales gracias a su
capacidad de conceptualizar, hacer juicios y razonamientos. De esto se
deriva que cuando un postulado político de una persona concreta va en
contra de esos pilares del edificio social, nunca debe ser apoyado. Sería
como apoyar a un terrorista que se dedica a minar los cimientos de los
edificios que procuran techo y protección.
La
política no construye derechos, los reconoce y protege sobre el
sustrato de la dignidad humana que comienza con el de la vida y pasa por
todos los otros mencionados.
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