SERVICIO CATÓLICO
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Si la recuperación de lo sobrenatural en la vida de la Iglesia y de los católicos es el factor decisivo para corregir sus derivas mundanas, lo es también la acción en el orden natural sobre las estructuras de bien y de pecado.

Juan Pablo lo precisaba en estos términos: “Como he afirmado muchas veces, es un hecho incontrovertible que la interdependencia de los sistemas sociales, económicos y políticos crea en el mundo actual múltiples estructuras de pecado (cf. Sollicitudo rei socialis, 36; Catecismo de la Iglesia católica, n. 1869). Existe una tremenda fuerza de atracción del mal que lleva a considerar como «normales» e «inevitables» muchas actitudes. El mal aumenta y presiona, con efectos devastadores, las consecuencias, que quedan desorientadas y ni siquiera son capaces de discernir. Así mismo, al pensar en las estructuras de pecado que frenan el desarrollo de los pueblos menos favorecidos desde el punto de vista económico y político (cf. Sollicitudo rei socialis, 37), se siente la tentación de rendirse enfrente de un mal moral que parece inevitable. Muchas personas se sienten impotentes y desconcertadas frente a una situación que los supera y a la cual no ven camino de salida. Pero el anuncio de la victoria de Cristo sobre el mal nos da la certeza de que hasta las estructuras más consolidadas por el mal pueden ser vencidas y sustituidas por «estructuras de bien» (cf. Sollicitudo rei socialis, 39).

La «nueva evangelización» afronta este desafío. Debe esforzarse para que todos los hombres recuperen la certeza de que en Cristo es posible vencer el mal con el bien. Es necesario educar el sentido de la responsabilidad personal, vinculada íntimamente a los imperativos morales y a la consciencia del pecado. El camino de conversión implica la exclusión de toda connivencia con las estructuras de pecado que hoy particularmente condicionan a las personas en los diversos ambientes de vida”. (Catequesis de Juan Pablo II, 25 Agosto 1999).

“Si muchos y graves aspectos de la actual problemática social pueden explicar en cierta manera el clima de extendida incertidumbre moral y atenuar a veces en las personas la responsabilidad objetiva, no es menos cierto que estamos frente a una realidad más amplia, que se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera «cultura de muerte».”(Encíclica Evangelium Vitae del Papa Juan Pablo II).

La tarea en el plano secular, política por tanto, es identificar, definir, diagnosticar sus consecuencias y establecer un programa de acción para erradicar las estructuras de pecado, cuya naturaleza fáctica puede concebirse en términos semejantes a cómo define las instituciones la Nueva Economía Institucional. Estas pueden ser formalizadas; como las leyes y demás normas políticas, o informales basadas en una práctica consuetudinaria, una costumbre aceptada, aunque en una sociedad normativa hasta meterse en la cama de las gentes, uno y otro aspecto guardan relación. Una estructura de pecado institucional es la ley sobre el aborto; una informal es la costumbre tan generalizada de usar a la mujer a cambio de dinero: la prostitución. Una institucional es la legislación que hace posibles, condiciones de trabajo indignas; otra informal la ejemplifica aquel hotel de cinco estrellas de Barcelona que ofrece, para camareros de habitación y por 36 horas de trabajo semanal con un día festivo rotativo, 750 € brutos al mes.

Las estructuras de pecado constituyen una losa pesada de leyes, instituciones, estructuras y prácticas, que forman parte del sistema cultural, social, económico y político en el que está inmersa la vida de la persona.

Las estructuras de bien son aquellas instituciones y prácticas que construyen las condiciones objetivas para que el bien común se realice, y esto significa, entre otras cosas y en el caso específico de España, una especial prioridad a la ocupación y a las condiciones dignas del trabajo, porque este es uno de los fundamentos del bien común.

Toda acción liberadora ha de contemplar necesariamente la liberación de las estructuras de pecado y la construcción de las estructuras de bien. La acción sobre las estructuras de la sociedad no es suficiente si no va acompañada de una acción educadora de la persona, que implica necesariamente la educación en la virtud para que las personas y sus comunidades, organizaciones e instituciones, puedan propiciar el bien común, el destino universal de los bienes, función social de la propiedad y opción preferencial de los pobres, el principio de subsidiariedad, la participación y el principio de solidaridad.

 

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