El viejo continente necesita recuperar la savia
cristiana de sus raíces
Artículo de Salvador
Bernal
Comencé a escribir estas líneas el viernes
23, fiesta de santa Brígida de Suecia, una mujer de
características singulares y de enorme actualidad por la
conexión que realizó desde la periferia, el norte de Europa, con
Roma, en pleno y agitado siglo XIV, con los Papas aún en Avignon.
Se comprende que Juan Pablo II la nombrara copatrona de
Europa, con santa Catalina de Siena y santa Teresa
Benedicta de la Cruz (Edith Stein).
Bien necesita el viejo continente recuperar
la savia cristiana de sus raíces después de siglos de creciente
deterioro. Me parece recordar —cito de memoria que
Alain Touraine dictó la conferencia de apertura del Congreso
Mundial de Sociología que se celebró en Madrid hace veinte años.
Hablaba de tradición y modernidad, pero venía a decir que la
reiterada contraposición entre Ilustración y tradición celaba
en el fondo la animadversión del racionalismo hacia la
religión.
Se prometía que la liberación del dogmatismo
religioso daría paso a una nueva época de prosperidad, progreso
y paz, siempre con base en la ciencia y en la libertad. Pero el
siglo XX se encargó de alumbrar los dos absolutismos quizá más
letales de la historia: el comunismo y el nazismo. Se comprende el
posterior desencanto que llevó hacia el pensamiento débil
de la cultura postmoderna, que debía arrumbar al fin los
absolutos.
Pero fue penetrando poco a poco, como señaló
claramente en su día Allan Bloom, la dictadura de lo políticamente
correcto, que es cada vez más lo socialmente impuesto.
Se entremezcló pronto con los fundamentalismos,
tanto el laicista heredero de la modernidad, como el más
peligroso del islamismo. En ese contexto, Europa comenzó
cierto declive intelectual del que no se ha recuperado.
Hace falta, por tanto, una renovación
del pensamiento, mucho más allá de exabruptos a lo
Oriana Fallaci, comprensibles, pero imposibles de compartir. En
cambio, el magisterio de Gaudium et Spes,
convenientemente desarrollado por Juan Pablo II y Benedicto XVI,
ofrece inspiraciones abundantes y profundas para reanudar
el camino con bases más firmes.
Me parece que ese es el contexto del importante
anuncio que hizo el 28 de junio el Papa, en la Basílica de San
Pablo Extramuros, durante las vísperas de los santos Pedro y
Pablo: "he decidido crear un nuevo organismo, en la forma de
"Consejo Pontificio", con la tarea principal de promover
una renovada evangelización en los países donde ya resonó
el primer anuncio de la fe y están presentes Iglesias de
antigua fundación, pero que están viviendo una progresiva
secularización de la sociedad y una especie de "eclipse
del sentido de Dios", que constituyen un desafío a
encontrar los medios adecuados para volver a proponer la perenne
verdad del Evangelio de Cristo".
Como viene repitiendo Benedicto XVI, "el
hombre del tercer milenio desea una vida auténtica y plena, tiene
necesidad de verdad, de libertad profunda, de amor gratuito. También
en los desiertos del mundo secularizado, el alma del hombre tiene
sed de Dios, del Dios vivo". De ahí la
responsabilidad de los creyentes, cada uno desde su sitio, de
aportar luces nuevas, en la estela de los primeros
cristianos.
La novedad, según reitera el Papa, no está
tanto en los contenidos, como en el impulso interior,
abierto a la gracia del Espíritu Santo. No deberíamos
olvidar que lo cansino está del lado de las fuerzas del mal, que
se repiten hasta el aburrimiento. En cambio, el Espíritu, como
invoca una oración clásica, renueva todas las cosas,
también la vida de los cristianos. Les hace capaces de
encontrar modalidades que "sean adecuadas a los tiempos y a
las situaciones".
No deja de ser significativo que Benedicto XVI
haya anunciado esa decisión en la misma fecha, siete años después,
en que Juan Pablo II firmó su Exhortación Apostólica
"Ecclesia in Europa", que era un llamamiento, después
del anterior Sínodo de Obispos celebrado en Roma, para
dar testimonio de Cristo en los países del viejo continente,
y ayudar a sus habitantes a recuperar la fe en sus más profundas
raíces. Sin duda, este año jacobeo está contribuyendo desde
Compostela a actualizar ese importante mensaje.
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