EUTANASIA

 

“Con la boca protegida por el cuello de la chaqueta, el doctor David Sick, que marchaba al lado de Víctor, le susurró:

-¡Si nos vieran ahora nuestras esposas! ¡Espero que ellas estén mejor en sus campos e ignoren lo que nosotros estamos pasando!

(...) Junto a estas cualidades físicas, David poseía un ánimo poco estable, especialmente en estas circunstancias, y se deprimía tanto que a veces llegaba a gritar por dentro: “¡Me lanzaré contra la alambrada electrificada!”

-¡Si nos vieran ahora nuestras esposas! –repitió el cirujano.

(...)

-¿Sabes, David? Vislumbro a Tilly con extraña precisión. La oigo contestarme, la veo sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada es más luminosa que el sol del amanecer.

(...) Por primera vez en mi vida estoy comprendiendo la verdad proclamada en las canciones de tantos poetas (...) Es ahora cuando entiendo el mayor de los secretos (...) que la salvación de la persona está en el amor” [1].

 

Traigo a colación este texto porque estoy convencido de que la petición de la Eutanasia surge –no como única causa- de la ausencia de sentido de la propia vida. Sentido que responde a la triple pregunta. ¿Quién soy?, ¿De dónde vengo?, ¿A dónde voy?

 

Un segundo punto, fundamental también, es el de saberse amado, no porque lo que puedo dar, sino por lo que soy. Pedir la eutanasia es un grito es, en sí mismo, un  grito de auxilio. Es decir, porque me siento sólo y sin ser considerado como persona... prefiero morir.

 

Saberse amado también por Dios que nos llamó a la existencia y nos espera en una vida que trasciende la muerte. Si no hay un horizonte, si no hay una esperanza de un más allá, la vida carece de sentido y no merece la pena: “"El hombre no es solo un ser que conoce, sino que vive en relación de amistad y de amor. Además de la dimensión del conocimiento de la verdad y del ser, existe, de manera inseparable, la dimensión de la relación, del amor. Aquí el ser humano se acerca más a la fuente de la vida, de la que quiere beber para tener vida en abundancia, la misma vida" [2]

 

El hombre es un ser trascendente, llamado a pervivir más allá de la muerte. Y este mundo es el espacio que se nos da para construir nuestra casa definitiva en la otra vida. Si falla esta visión, esta certeza, la decisión de irse cuanto antes, evitando todo sufrimiento inútil me parece el camino adecuado.

 

Saberse amado, saberse tenido en cuenta, saberse comprendido constituyen motivos para seguir viviendo. Motivos que llevan a hacer del sufrimiento que lleva consigo la enfermedad, un encuentro con los seres queridos:  "El enfermo que se siente rodeado por la presencia amorosa, humana y cristiana, no cae en la depresión y en la angustia de quien, por el contrario, se siente abandonado a su destino de sufrimiento y muerte y pide que acaben con su vida. Por eso la eutanasia es una derrota de quien la teoriza, la decide y la practica" [3]

 

El enfermo que pide la eutanasia grita, en realidad, una urgente petición de auxilio y de que se le tanga en cuenta como persona y no como un estorbo carente de sentido.

 

Otro elemento desencadenante de la petición de eutanasia es el miedo al dolor que pueda llegar a ser insoportable.

 

Demos un paso más. En todo debate, lo primero es definir los conceptos. Si esto no se hace no es posible una discusión fecunda y esclarecedora.

 

Definir la Eutanasia es, pues, lo primero: “Por eutanasia se entiende, en el contexto deontológico, matar sin dolor y deliberadamente, de ordinario mediante gestos de apariencia médica, a pacientes que se dicen víctimas de un  sufrimiento insoportable o de incapacidades extremas, para liberarles a ellos de su penosa situación y, a la sociedad, de una carga inútil” [4]. Y añade la A.M.M., “La eutanasia, es decir, el acto deliberado de poner fin a la vida de un paciente, ya sea por su propio requerimiento o a petición de los familiares, es contrario a la ética” [5].

 

Si no hay una definición clara es muy fácil recurrir a eufemismos.  Eufemismo que llevan consigo engaño y mentira. Y no sólo en sí mismos sino también en la voluntad de quien los utiliza. Ejemplo de ello son: la selección neonatal, sólo cuidados de enfermería, eutanasia pasiva, ayudar a morir, morir con dignidad...

 

Resumiendo. Podemos concretar los motivos que se aducen para recurrir a la eutanasia e, incluso, pedirla como un derecho.

 

                1º.- Ahorrar sufrimientos terribles e inútiles

                2º.- aducir el principio de autonomía del paciente

                3º.- considerar ciertas vidas como inútiles y que no merecen ser vividas

4º.- incapacidad –no siempre reconocida- de los familiares sanos de acompañar a los moribundos que sufren. Y no saber dar sentido positivo al dolor

5º.- reconocer la incapacidad de la ciencia para dar respuesta a la enfermedad.

 

Cada una de estas cinco razones para favorecer la eutanasia tiene hoy respuesta. Y respuesta que tira por tierra dicho recurso.

 

Como premisa está la actuación médica: “El médico nunca provocará intencionadamente  la  muerte de un paciente ni por propia decisión, ni cuando el enfermo o sus allegados lo soliciten, ni por ninguna otra exigencia. La eutanasia u ‘homicidio por compasión’ es contraria a la ética médica” [6]

 

Es más, si se generalizase la eutanasia, se pararía la investigación y se daría por bueno la solución –en teoría- más fácil. Lo que llevaría a una “perversión” de la ciencia médica y de los agentes médicos[7].

 

A los motivos favorables a la eutanasia respondemos:

               

1º.- Si se aplican bien los cuidados paliativos estamos en condiciones de  suprimir el dolor del enfermo. O, al menos, hacerlo soportable. Y la aplicación de analgésicos, hoy por hoy, lleva consigo acortar la vida.

Es preciso dejar constancia de la ilicitud del recurso al encarnizamiento terapéutico: “ (...)la línea de comportamiento con el enfermo grave y el moribundo deberá inspirarse en el respeto a la vida y a la dignidad de la persona; deberá perseguir como finalidad hacer disponibles las terapias proporcionadas, sin utilizar ninguna forma de "ensañamiento terapéutico"; deberá acatar la voluntad del paciente cuando se trate de terapias extraordinarias o peligrosas -que no se tiene obligación moral de utilizar-; deberá asegurar siempre los cuidados ordinarios (que incluyen la alimentación y la hidratación, aunque sea artificiales) y comprometerse en los  cuidados paliativos, sobre todo en la adecuada terapia del dolor, favoreciendo siempre el diálogo y la  información del paciente mismo. Ante la cercanía de una muerte que resulta inevitable e inminente "es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a tratamientos que sólo producirían una prolongación precaria y penosa de la vida (cf. Declaración sobre la eutanasia, parte IV)”.

 

2ª.-  El  principio de autonomía no es absoluto: “(...)el citado principio de autonomía, con el que a veces se quiere exasperar el concepto de libertad individual, impulsándolo más allá de sus confines racionales, ciertamente no puede justificar la supresión de la vida propia o ajena. En efecto, la autonomía personal tiene como primer presupuesto el hecho de estar vivos y exige la responsabilidad del individuo, que es libre para hacer el bien según la verdad; sólo llegará a afirmarse a sí mismo, sin contradicciones, reconociendo (también en una perspectiva puramente racional) que ha recibido como don su vida, de la que, por consiguiente, no es "amo absoluto"; en definitiva, suprimir la vida significa destruir las raíces mismas de la libertad y de la autonomía de la persona”[8].

3º.- Es ser humano es digno por sí mismo, por el hecho de ser persona amada por Dios, independientemente de que esté sano o enfermo [9]. No es cuestión de mayor o menor utilidad. O que acarree muchos gastos.

4º.- Es preciso amar al moribundo con amor desinteresado: “A este respecto, podemos preguntarnos si, bajo la justificación de que el dolor del paciente es insoportable, no se esconde más bien la incapacidad de los "sanos" de acompañar al moribundo en la prueba de su sufrimiento, de dar sentido al dolor humano -que, por lo demás, nunca se

puede eliminar totalmente de la experiencia de la vida humana- y una especie de rechazo de la idea misma de sufrimiento, cada vez más difundido en nuestra sociedad donde domina el bienestar y el hedonismo” [10].

5º.- La muerte natural es el final de la vida en esta tierra. La medicina no tiene la solución definitiva al problema de la enfermedad. Y el advenimiento de la muerte no es un fracaso de la ciencia. Es precisa la humildad para reconocer los límites de la misma y del ejercicio de la medicina.

 

Quiero terminar con unas palabras de del Documento ampliamente citado en este trabajo:

 

Las formas de asistencia a domicilio -hoy cada vez más desarrolladas, sobre todo para los enfermos de cáncer-, el apoyo psicológico y espiritual de los familiares, de los profesionales y de

los voluntarios, pueden y deben transmitir la convicción de que cada momento de la vida y cada sufrimiento se pueden vivir con amor y son muy valiosos ante los hombres y ante Dios. El clima de solidaridad fraterna disipa y vence al clima de soledad y a la tentación de desesperación. Especialmente la asistencia religiosa -que es un derecho y una ayuda valiosa para todo paciente y

no sólo en la fase final de la vida-, si es acogida, transfigura el dolor mismo en un acto de amor

redentor y la muerte en apertura hacia la vida en Dios” [11].

 

 

 

 

Fdo, Manuel de Santiago y González

                ( 17 de abril de 2008)



[1] Rafael de los Ríos. Cuando el mundo gira enamorado,  Rialp 2005, 5ª, pp. 40-41.

[2] Benedicto XVI: Discurso improvisado, en Roma, 09-03-2008.

[3] Consejo Pontificio para la pastoral de la salud: Carta para los agentes sanitario, 1995, nº 149.

[4] Gonzalo Herránz: Comentarios al Código de Ética y Deontología Médica, EUNSA 1992, pp. 128-129.

[5] Asociación Médica Mundial: Declaración sobre la Eutanasia, Madrid, Octubre de 1987.

[6] Gonzalo Herránz, o. c., Artículo 28, 1.

[7] “(...) en la legitimación de la eutanasia se induce una complicidad perversa del médico, el cual, por su identidad profesional y en virtud de las inderogables exigencias deontológicas a ella vinculadas, está llamado siempre a sostener la vida y a curar el dolor, y jamás a dar muerte ‘ni siquiera movido por las apremiantes solicitudes de cualquiera’ (Juramento de Hipócrates)”, (Academia Pontificia para la Vida: Respetar la dignidad del moribundo, 9-12-2000).

[8] Academia Pontificia para la Vida, o. c..

[9] “(...) el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma”, (Vaticano II: G.S., n 24).

[10] Academia Pontificia para la Vida, o. c..

[11] Academia Pontificia para la Vida, o.c..