Feminizar el mundo:
el papel
insustituible de la mujer
«Dar
vida al amor y amor a la vida»
1. Presentación
Una
antropología adulta…
Hoy prácticamente nadie duda que la aparición
del concepto-realidad de persona supuso un radical salto de cualidad para aquel
saber que intenta explicarnos lo que es el hombre —la antropología adulta,
como la he llamado en ocasiones—, así como también para el conjunto de la vida
en
Pero esta
afirmación y todo lo que implica resultaría coja si no se subrayara con vigor
un nuevo elemento, fundamental y decisivo: la diferenciación de la persona
humana en masculina y femenina. Sin semejante descubrimiento, y cuanto de él se
desprende, resulta imposible apreciar toda la riqueza que corresponde a la
«humanidad»: estaríamos ante un saber adulto, pero no suficientemente maduro.
Y no se trata
solo de que la mujer ostente de ordinario unos atributos diferentes de los que
caracterizan al varón, de manera que si excluimos a una u otro lo propiamente
humano resulta manco y disminuido.
Conviene advertir
también, aunque solo de pasada, que la complementariedad entre ambos es dinámica.
La presencia de la mujer hace despertar en el varón cualidades que sin ella
quedarían como adormecidas, lo mismo que sin el amor masculino la feminidad no
lograría un pleno desarrollo.
Pero, además,
entre las perfecciones que uno hace florecer en la otra, y viceversa, se
encuentran también las que, al no poder entrar en detalles, calificaré como más
propias de uno u otro sexo. Con la peculiaridad de que el varón encarnará las
propiedades de la mujer con un toque masculino, de forma análoga a como la
mujer incorporará lo masculino con un dejo de feminidad.
El resultado, que
me limito a esbozar, es un auténtico enriquecimiento de «lo personal-humano»,
en una espiral creciente que, en principio, no tiene límites y sin cuya
consideración cualquier análisis de la persona y el mismo desarrollo de
Y
madura
Debe afirmarse,
pues, que la plena mayoría de edad de los estudios antropológicos no ha
comenzado hasta que, muy en particular a lo largo del siglo XX, se advirtió que
la diversidad entre el varón y mujer afectan justo a su condición personal, de
modo que se hace necesario distinguir entre la persona-masculina (o
varón) y la persona-femenina (o mujer), precisamente como
complementarias y destinadas al apoyo y crecimiento recíproco.
A lo que, por
desgracia, hay que añadir algo que debería resultar obvio. A saber, que tal
cúmulo de ganancias desaparecería en cuanto —como ha ocurrido a menudo y en
cierto modo era «históricamente inevitable»—, por una suerte de igualdad
igualitarista mal entendida, la mujer dejara de ser a fondo lo que es:
mujer-mujer, para adoptar aires o tonos o modales masculinos.
Como explico con
frecuencia, la igualdad no es un atributo aplicable a las personas, entre otros
motivos, y no como el menos importante… porque no la necesitan para nada. Cada
persona es un absoluto, que vale absolutamente, sin parangón posible, y
cuya exclusiva misión es la de ser fondo aquel alguien que —¡cada una,
singular e irrepetible, única!— está destinada a ser.
Lo que lleva
consigo, para el varón, un desarrollo acabado de su masculinidad, y para la
mujer, el cumplimento más cabal de su feminidad genuina… que son las maneras
respectivas como uno y otra pueden alcanzar la plenitud personal que les
corresponde.
Por enésima vez,
y porque resulta sumamente gráfico, recojo el consejo de Unamuno a un escritor
novel que «se consideraba»… poco «considerado» por la crítica: «No te creas
más, ni menos, ni igual que otro cualquiera, que no somos los hombres
cantidades. Cada cual es único e insustituible; en serlo a conciencia pon todo
tu empeño.»[2]
Por eso me ha parecido oportuno estructurar esta
segunda intervención en el Congreso como un comentario somero, y por eso
insuficiente —además de inevitablemente masculino—, en torno a la
función de la mujer en la tarea vivificadora de la humanidad que desde hace
lustros propugno, porque la considero imprescindible.
2. El deterioro
Lo
público y lo privado
Para lograrlo, me detendré un momento en
consideraciones relativamente conocidas. La despersonalización que he ilustrado
otras muchas veces como el gran mal de nuestra época, podría resumirse como
sigue.
En el desarrollo de la civilización durante estas
últimas centurias observamos una especie de fractura, que va disponiendo
progresivamente el despliegue perfeccionador del ser humano en dos círculos
estrictamente separados e incluso contrapuestos: el privado y el público.
Y advertimos también que, de manera imparable, este
segundo ha acabado por ejercer un dominio avasallador sobre el primero: que lo
público ha ido fagocitando a lo privado, al introducir incluso en el seno del
hogar actitudes y modos propios más bien de la relaciones comerciales o de
negocios, en el sentido menos noble de estos términos, a los que enseguida
aludiré.
¿Cuáles son los elementos constituyentes de lo que
califico como esfera pública?
1. Por
ejemplo, el mundo laboral, cada vez más dominado por un economicismo
materialista, cuyo ídolo es el dinero (hasta el punto, por citar solo un
ejemplo, que buena parte de los niños y niñas llegan ya a este mundo
«hipotecados»: es decir, obligados a cargar con la hipoteca de la casa de sus
padres en caso de que estos no llegaran a pagarla completa… o perder su hogar).
2. O
el terreno de la política (o del «partidismo» o del «politicismo»), cuyo
crecimiento indiscriminado hace que todo tienda a girar alrededor del poder,
intercambiable con el dinero, y origen también de una burocratización
despersonalizante a gran escala.
3. O,
por referirme al tercer factor considerado de ordinario, el influjo de los
llamados medios de comunicación de masas —muy relevantes en el evento
que nos reúne—, que incrementan inadecuadamente su virtud persuasiva y su
capacidad de sugestión en la medida en que estimulan el carácter no diferenciado,
impersonal y simultáneamente individualista, de sus
destinatarios.
En la exacta proporción en que estos y otros
vectores similares han ido configurando la sociedad actual, nos encontramos con
un universo público en el que, por lo general, al margen de toda actitud
de servicio, las relaciones humanas se van viendo pilotadas, de manera
creciente, por un punzante egoísmo hedonista, pragmatista e insolidario… ¡con
honrosas y abundantes excepciones!, añado con sumo gozo.
De esta suerte, la lógica del intercambio
interesado, de «los equivalentes» —del do ut des ¡y solo ut des!,
¡y des más de lo que te doy!, propia de la sociedad mercantilista y
burocrática, tal como muchos la viven— ha ido imponiendo su ley sobre la lógica
de la gratuidad, del don, de la efusión altruista, cuyo reducto último va
siendo la familia, pero que también debería imperar en todas las relaciones
sociales, incluso en las propiamente económicas.
En este sentido, como afirma Donati, «la
civilización consiste en saber traducir en familiar lo no-familiar»; lo que,
para mí, significa aprender a impregnar todo lo humano, y muy en particular los
medios de comunicación —que ahora nos ocupan—, con el ineludible e incomparable
«toque» o «genio» de la mujer.
Los
valores personales
En cualquier caso, más que el mismo diagnóstico,
por fuerza simplificador, me interesa explicitar lo que hace unos momentos
esbozaba: que un universo como el que he bosquejado va cerrando el espacio para
los genuinos valores de la persona entendida como tal.
Valores que giran íntegramente en torno al amor
y a todo aquello que lo hace posible y jugoso: el encanto de lo pequeño, la
flexibilidad, la imaginación creativa, la generosidad, la aptitud para captar
matices, el ocio compartido, el diálogo, la intimidad, la diferenciación
individualizadora, la relación entre tú y tú irreiterables, el gozo conjunto de
una vida cotidiana y sin aparente brillo, y un dilatado etcétera.
Podemos advertir, por consiguiente, dos mundos o,
como hoy suele decirse, dos culturas:
1. La
de la eficacia y el éxito, por una parte.
2. Y
la de la vida, el cuidado y, en definitiva, el amor, por otra.
Y son muchos los que, fundadamente, calificarían el
primer cosmos, el de la producción y la eficiencia, de típicamente masculino,
mientras que unirían la resurrección del segundo al progresivo afirmarse de lo femenino.
Con lo que, simplificando nuevamente, pero sin
faltar por ello a la verdad, cabría sostener que el problema más acentuado de
la civilización presente es el predominio indiscriminado y avasallador de lo
masculino sobre lo femenino.
A la luz de esta afirmación debe leerse cuanto
sigue.
Lo
femenino
Y, en primer lugar, la necesidad imperiosa de la
mujer. Pero vaya por delante, aunque estimo que no sería necesario, que en
ningún momento pretendo hacer demagogia. Para cualquier hombre casado, y yo lo
soy, deberían resultar más que manifiestas las riquezas con que se adorna una
esposa cabal. E incluso, por una especie de «defecto de perspectiva», esas
cualidades aparecerán ante sus ojos con más apabullante claridad que las
pertenecientes al varón.
Repito con ocasión y sin ella que el amor, lejos de
ser ciego, se muestra pasmosamente agudo y perspicaz: impulsa y «obliga» a
descubrir el fondo de maravilla oculto en el corazón ontológico del ser
querido. Y como cualquier persona medianamente honrada estima más a su cónyuge
que a sí mismo, los privilegios de la mujer deslumbran a su marido de manera
mucho más perentoria que los suyos propios o, en general, los de su sexo. No
porque los invente —eso también lo he explicado incluso demasiadas veces,
oponiéndome a Stendhal y Proust y, hasta cierto punto, a Ortega—, sino porque
los descubre sin apenas dificultad.
La
persona femenina
Pero es que, con independencia de esa fascinación,
la mujer encarna de una forma muy particular, más propia y acentuada, el
peculiar carácter de la persona humana. Si no puede decirse que es más persona,
sí cabe afirmar que lo es de un modo más patentemente personal y más
exquisitamente humano.
Quiero ser objetivo. Me expresaré por eso con
palabras prestadas. Carlos Cardona escribió con rotundidad, a propósito del
tema que estoy esbozando, que «… la mujer es imagen más diáfana de lo
característico de la persona creada: hecha por amor y para el amor». La
expresión cumplida de la persona humana, «en su ser más radical, se manifiesta
mejor y con más propiedad en la mujer que en el varón. Y esto, a más de
resultar metafísicamente manifiesto, es un hecho de experiencia común: todos
sabemos muy bien que la mujer, precisamente como tal, y en la medida en que
sabe y quiere serlo, es lo más ‘amable’. Así se entienden bien muchas
características de la feminidad: como ese instinto que mueve a la mujer a
procurar ser amable, atractiva (y no me refiero aquí principalmente a lo
físico, sino a lo psíquico y espiritual: la simpatía, la ternura, la paciencia,
la piedad, por ejemplo).»[3]
Por todo ello, la mujer encarna de forma
privilegiada la condición de persona, en cuanto principio y término de amor:
resulta más «amable»… «precisamente porque ama y en el amor se da». Puesto que,
como recordaba ya hace algún tiempo José María Pemán —y agradecería que no se
tomaran estas expresiones en sentido despreciativo, al menos teniendo en cuenta
mi propia valoración del amor, muy superior a la de la inteligencia… si es que
tal disociación pudiera realizarse—, «el amor es en la
mujer como la expresión total de su ser y el ejercicio fundamental de su
vida […]. La mujer es, por definición, una ‘criatura de amor’.»[4]
(Maravillosamente inteligente,
añado por mi cuenta, tras haber expuesto en multitud de ocasiones —como acabo
de recordar— que el amor no es un atributo de segundo orden, una especie de
«compensación piadosa» para aquellos o aquellas que no logran triunfar en los
dominios del intelecto, sino que constituye la condición ineludible y la máxima
encarnación del conocimiento intelectual más noble, elevado y eficaz: la sabiduría,
donde se aúnan las más altas cimas de la contemplación y la atención delicada y
operativa a las menudas irisaciones de la vida vivida a diario).
Y, en otro lugar, recogiendo ideas de Juan Pablo
II, el propio Cardona recuerda que «los hombres todos —tanto varones como
mujeres— hemos sido ‘confiados por Dios a la mujer’: y no principalmente en el
orden biológico, sino fundamentalmente en el psíquico y en el espiritual.»[5]
El
genio de la mujer
¿Sería muy difícil extraer las conclusiones
pertinentes para el enriquecimiento de la familia y la personalización del
mundo y, más en concreto, de los medios de comunicación?
Se pueden entrever a través de las sugerentes
afirmaciones de un texto de Jutta Burggraf. Acudiendo a una expresión acuñada
por Juan Pablo II, explica la autora que el “genio de la mujer” «constituye una
determinada actitud básica que corresponde a la estructura física de la mujer y
se ve fomentado por esta. En efecto, no parece descabellado suponer que la
intensa relación que la mujer guarda con la vida pueda generar en ella unas
disposiciones particulares. Así como durante el embarazo la mujer experimenta
una cercanía única hacia un nuevo ser humano, así también su naturaleza
favorece el encuentro interpersonal con quienes la rodean.
El “genio de la mujer” se puede traducir en una
delicada sensibilidad frente a las necesidades y requerimientos de los demás,
en la capacidad de darse cuenta de sus posibles conflictos interiores y de
comprenderlos. Se la puede identificar, cuidadosamente, con una especial
capacidad de mostrar el amor de un modo concreto. Consiste en el talento de
descubrir a cada uno dentro de la masa, en medio del ajetreo del trabajo
profesional; de no olvidar que las personas son más importantes que las cosas.
Significa romper el anonimato, escuchar a los demás, tomar en serio sus
preocupaciones, mostrarse solidaria y buscar caminos con ellos.»[6]
3. La tarea
Feminizar
el universo
Afirmaciones que, lejos de cualquier atisbo de
enfrentamiento entre lo masculino y lo femenino, llamados a complementarse dinámica
y creativamente —como he esbozado y espero desarrollar en otra ocasión—, nos
devuelven en directo a la persona y la exigencia de personalizar el universo
humano, que es también devolverle su mordiente ético.
Pero asimismo nos informan de que para lograrlo
resulta imprescindible que todos aquellos valores que podríamos calificar «como
propios de lo femenino —lo que el psicólogo suizo C. J. Jung llamaba el anima,
el cuidado, la atención diligente por los demás— no los consideremos en modo
alguno privativos ni exclusivos de la mujer (aunque en ella hayan podido tener
una mayor presencia por razones históricas), sino que los advirtamos como
igualmente indispensables en el varón, para evitar que este sea simplemente un
energúmeno, tan solo preocupado por el poder y la competencia.»[7]
Lo que se impone, pues, es un trasvase. Una
transfusión que ya se está llevando a término en el seno de muchísimas familias
y en otros ámbitos de la sociedad. Pero recuerden lo que acabo de evocar: que
el ser humano —varón y mujer— ha sido confiado al cuidado de esta última. De
ahí surge, comenzando por el ámbito del matrimonio, el reto primordial, la
exigencia más apremiante y de más calibre de lo que vengo calificando como
revolución pacífica que instaurará en nuestro mundo una auténtica civilización
el amor.
Es esta la tarea que la mujer no puede aplazar y en
la que los medios de comunicación «feminizados» desempeñarían un papel de
primer orden, también como elementos de difusión y de propuesta anticipadora.
Se trata de devolver la vida auténticamente humana,
personal, cálida, jugosamente perspicaz, al conjunto de la familia y, a través
de ella, y también directamente, a todo el universo. Porque, como recuerda de
nuevo Pemán en clave un tanto humorística y sin ningún afán de lastimar, «el
varón puede hacer sin la mujer todo —arte, ciencia, guerra, política—, todo
menos un pequeño detalle: vivir…»[8]
En resumen: con toda probabilidad, la quintaesencia
de lo femenino pueda definirse como una cercanía connatural con cada
persona y con la importancia de cada detalle de cada vida
personal; categoría que nunca podría ser exagerada porque deriva justamente de
la condición personal del sujeto de esos atributos.
Dos
caminos no excluyentes
¿Cómo ejercer esa función? En lo que me concierne,
contemplo la incidencia de la mujer en el mundo encauzada a través de dos vías
complementarias:
1. Mediante
su acción directa en las instituciones sociales y en las personas que las
integran, y muy en particular en todos aquellos ámbitos que permitan comunicar
de manera íntima y universal la grandeza de cualquier persona: su carácter eminentemente
personal.
2. Y
en virtud del influjo, tremendamente efectivo, que ejercen en el hogar.
Mujeres-mujeres
En medio de los vaivenes y las turbulencias de los
últimos años en relación con estos temas, siempre han existido quienes han
logrado mantener un sereno y lúcido equilibrio. Fueron muy conscientes, como
apuntaba, de que la mujer era del todo imprescindible para humanizar el mundo
en que nos movemos y, al mismo tiempo, de que esa elevación y saneamiento
irrenunciables solo podría ejercerla —como he repetido y ahora pretendo
subrayar— si no hacía dejación de su feminidad.
En este sentido, no puedo dejar de recordar, con
las palabras directas y certeras de una de las personas que más ha influido en
mi vida y en mis ideas a este respecto[9], que el
desarrollo, la madurez, la mayoría de edad, la emancipación de la mujer y
cuanto quiera añadirse en la misma línea —acertadísimo e indispensable—, nunca
deberían convertirse en una anhelo de igualdad igualitaria o de uniformidad con
el varón: en una burda imitación de la manera masculino-machista de
comportarse.
Y la razón, tras lo que he apuntado, no puede ser
más neta. Semejante «avance» de ningún modo podría considerarse un logro, sino
más bien una pérdida para la mujer… y, lo que en cierto modo es aún más
doloroso, para el conjunto de la humanidad.
Y eso, no porque la mujer sea más o menos que el
varón —¿no dije que semejantes comparaciones están fuera de lugar cuando se
trata de personas?—, sino porque es distinta y solo podrá cumplir en ella lo
humano siendo hasta el fondo lo que por naturaleza está llamada a ser:
mujer-mujer, en el grandioso sentido que procuro otorgar siempre a esta
expresión.
Como vengo diciendo, solo la mujer puede aportar a
la familia, al lugar de trabajo, al conjunto de la sociedad civil, ¡a los
medios de comunicación, en particular!, lo que le pertenece nativamente y, no
obstante, está llamado a ser patrimonio de todos: su delicada ternura, su
generosidad sin límites, su amorosa y perspicaz atención a lo concreto, su
creatividad y agudeza de ingenio, su intuición clarividente, su piedad profunda
y sencilla, su tenacidad… Ninguna mujer lo será en plenitud hasta que advierta
la hermosura —para nada alienante en un universo previamente feminizado,
preñado de amor— de su aportación insustituible… y haga de todo ello vida de su
propia vida.
En semejante sentido, Janne Haaland Matláry, que ha
desempeñado cargos políticos de primer rango en el Gobierno noruego, escribe:
«La colaboración femenina siempre es diferente, su atención a los demás
también es distinta. Ellas tienen una inclinación natural hacia las relaciones
interpersonales y hacia los otros seres humanos que muy pocos hombres tienen;
y siempre serán las que se ocupen de esas “políticas menores” [es decir, las
auténticamente relevantes, decisivas] que son las de la familia y los asuntos
sociales por haber tenido la experiencia previa de la maternidad; o
serán también las que se ocupen del cuidado de otras personas o de sacar
adelante una casa, tal y como hace la mayoría de las mujeres.»[10]
Y añade, para aclarar hasta qué extremo todo ello
se encuentra ligado con lo que he resaltado en cursiva (es decir, con la
experiencia de la maternidad, que no necesariamente consiste ni «pasa» por
la maternidad biológica): «… hoy las mujeres tienen necesidad de reafirmar la importancia
de la maternidad, tanto en sus propias vidas como en el conjunto de la
sociedad. Deben asimismo plantear reivindicaciones en otros ámbitos —en la
actividad profesional y en la política— para que sea posible y compatible ser
madre y trabajar fuera de casa. Y esto debería hacerse extensivo a los padres.
Pero la cuestión esencial no es solo de orden
práctico sino también antropológico: las mujeres nunca se sentirán felices si
no toman conciencia de hasta qué punto la maternidad define el ser femenino,
tanto en el plano físico como el espiritual, y expresan esta realidad con la
reivindicación del reconocimiento social.
Ser madre es mucho más que la intensa y vivida
experiencia de dar a luz y criar a un hijo: es la clave para una toma de conciencia
existencial de quienes somos.»[11]
También lo expresa, con la fuerza y el vigor que la
caracterizan, Marta Brancatisano: «Desempeñar nuevas profesiones (desde
ministro a astronauta, pasando por todo el género de tareas inventadas por la
sociedad multifuncional) ha sido un simple juego para quien poseía la clave de
todas ellas inscrita en su código sexual. Enumero algunas a título de ejemplo:
el conocimiento del ser humano, que le permite gobernarse a sí misma y
relacionarse con los demás con la apertura y la serenidad que se experimentan
ante lo que nos resulta conocido y amado; la flexibilidad para pasar de una
tarea a otra —que deriva de su habitual competencia para afrontar las
imprevisibles necesidades cotidianas; la amplitud de intereses y la
versatilidad de ingenio, fruto de la pluriforme preparación imprescindible para
hacer vivir un hogar (economía, ingeniería, arquitectura, derecho
privado e internacional, medicina, dietética, arte, estética, literatura,
psicología, pedagogía e incluso moral y teología); su inimitable sentido de la
realidad y del valor del tiempo, resultado del carácter impelente y de urgencia
propios del trabajo del hogar, que, por estar directa y ordinariamente unido
a la supervivencia del ser humano, no admite incumplimientos, retrasos ni
tramposas simulaciones.»[12]
Con
los mismos derechos y oportunidades
Personalmente, tengo la férrea convicción,
difícilmente inamovible, de que las mujeres se encuentran destinadas a
vivificar desde dentro todas las profesiones dignas —y, muy en concreto,
los medios de comunicación—, en absoluta paridad con los varones: con
las mismas perspectivas, posibilidades y oportunidades, y con idéntica
formación humana, profesional, etc.
Más todavía, siguiendo de nuevo sugerencias de
Brancatisano, afirmo con toda sinceridad que la mujer se encuentra mucho más
preparada que el varón para desempeñar la mayor parte de ellas… y que en parte
por este motivo los varones tendemos a discriminarlas e impedir que desplieguen
su inigualable potencia.[13]
Pero este reconocimiento no me inclina a «sacarlas»
del hogar, como tampoco lo pretendo de los varones. Muy al contrario, aspiro a
conservarlas o devolverlas (¡a ellas!) y, sobre todo, a
introducirlos (¡a ellos!) en lo más íntimo y configurador del núcleo familiar.
Pues, si algo he pretendido dejar claro desde que, hace ya veinte años largos,
dedico mi atención primordial a estos asuntos, es la absoluta necesidad que
tiene de la familia todo ser humano, varón o mujer.
Y es que la familia constituye el ámbito
imprescindible del pleno desarrollo tanto del varón como de la mujer, así como
la condición de posibilidad para personalizar los restantes dominios en
que se desenvuelve la existencia humana y, si me apuran, muy particularmente
los medios de comunicación, proclives con frecuencia —aun cuando no debe ni
tiene por qué ser así— a deshumanizar y trivializar lo más grandiosamente
humano; y entre todo ello, el amor y, más en concreto, el amor entre varón y
mujer.
Una
falsa oposición
Ejercicio profesional fuera de casa y quehacer
también profesional dentro de ella son dos esferas que de ningún modo deberían
enfrentarse ni, por consiguiente —en contra de lo que hoy está tan de moda—,
tienen necesidad de ser conciliadas. Pues tanto una tarea como otra son, en el fondo
—y es oportuno llegar hasta el fondo, al menos de vez en cuando—, ejercicio del
amor, de la búsqueda sincera del bien para los demás.
Repito, por eso, trayendo de nuevo a la mente
recuerdos imborrables de mi juventud, que el hogar y la familia han de ocupar
un puesto central en la vida de la mujer… como también en la del varón, por una
razón poderosísima que, día a día, voy advirtiendo con mayor claridad: que la
dedicación a los menesteres familiares —en el sentido más amplio y noble de
estos términos— componen sin duda el más grande quehacer que cualquier ser
humano puede realizar en la tierra[14].
A estas alturas, ¿podría alguien imaginar que ese
ejercicio sublime elimine por principio y de por vida la posibilidad de
ocuparse en otras labores profesionales?; o, yendo más el fondo, ¿que la
atención prioritaria a las inigualables exigencias de la familia impidan
atender a cualquiera de los oficios que conforman la urdimbre de la sociedad
contemporánea…?
¿No será más bien la actividad desplegada en el
seno de la familia la condición de posibilidad —masculina y femenina— de
desempeñar cualquier otro quehacer, incluida la profesión, con eficacia
propiamente humana? ¿No habría que hablar de sinergia, en lugar de conciliación?
Por eso, el empeño por oponer los ámbitos de la
familia y del trabajo profesional, y por abandonar el primero, ha conducido a
un error más grave que el que se trataba de corregir: pues nadie puede «personalizar»
a las personas —varones y mujeres— sino con la fuerza ganada día a día en el
seno del propio hogar[15].
Dignidad
suma del trabajo en el hogar
La gravedad de ese abandono por parte de la mujer
me parece muy clara, igual que me lo parece, por razones muy similares, aunque
no del todo idénticas, la ya multisecular y aún no corregida deserción del
varón.
Y es que, como acabo de sugerir, sin la presencia de
una tan discreta como eficaz mano femenina resulta bastante arduo lograr el
ambiente de familia en que deben desenvolverse y crecer personalmente la
gran mayoría de los seres humanos.
Espero que nadie me malinterprete. No intento pasar
de contrabando una especie de coartada para que los varones se desentiendan de
contribuir —en primera persona, por derecho-deber propio, y no como función
subsidiaria— a la edificación de auténticas familias, en todos los sentidos de
este vocablo.
Más bien pretendo subrayar la grandeza de quienes
—en su mayoría, mujeres—, renunciando a veces a éxitos más fácilmente
alcanzables en otros ámbitos, dedican sus energías y su competencia a levantar
y gestionar, con auténtico sentido profesional repleto de calidez e inteligencia,
los hogares propios o los de otras personas, que se amparan en su buen hacer.
Se trata, pues,
de un sendero que asegura, y de una manera insoslayable, la presencia
femenina en el mundo. Hoy son muchos los que apuntan que el estado de
«masculinización» de la mujer provocado por cierto feminismo mal entendido ha
hecho de nuestro entorno vital un paraje todavía más inhóspito que en tiempos
pretéritos. Se trata de una atmósfera densa, dura, hostil, irrespirable,
masculinizada en exceso…: en fin de cuentas, «machista».
Y hay que
buscarle solución, pero una solución adecuada.
¿Solución?:
la mujer
Sin duda, la
mujer ha sufrido durante siglos una clara discriminación, modulada de maneras y
con intensidades distintas en las diversas esferas, que pedía y sigue pidiendo
a gritos ser subsanada… ¡y hasta sus últimas consecuencias!
Pero cuando el
«remedio» ha consistido en adoptar en la actividad pública los modos de obrar
propios del varón, y cuando a eso se ha unido la defección del hogar por parte
de bastantes mujeres, el saldo ha sido —como ya he dicho y contra todos los
propósitos y previsiones— un recrudecimiento de lo que podrían calificarse como
«vicios» típicamente masculinos… ni contrapesados ni dulcificados por la
presencia efectivamente femenina de la mujer.[16]
Cuestión todavía
más peliaguda por cuanto, en determinados momentos y lugares, esta ha dejado de
ejercer también el influjo que durante siglos irradiaba desde el seno de su
casa… ¡y que asimismo debería y debe irradiar el varón, con sus características
particulares!
Todo lo anterior,
con palabras de Mercedes Eguíbar que no dudo en hacer mías, conduce a afirmar
sin paliativos, guste o no —¡y a mí me gusta!—, «… la primacía femenina en el
orden del mundo. Mientras permanece como guardiana de lo particular e íntimo,
no sucede nada. Cuando desea realizarse [de manera exclusiva] en cualquier
profesión, aparecen los inconvenientes. Y al mismo tiempo, cuando no se
encuentra en el quehacer externo se advierte su ausencia, reina la agresividad
y la paz es un ente que no se sabe cómo llegar a poseer.»[17]
O, desde la
perspectiva complementaria: «Al ausentarse del hogar para trabajar
[exclusivamente] en otra profesión fuera de su casa, [la mujer] ha contribuido,
sin desearlo, a crear un vacío que nadie ha ocupado y que origina una fuerte
inestabilidad en la familia. El hogar queda huérfano y el matrimonio se
debilita. Y al decidirse a no tener hijos, porque no tiene tiempo, invierte la
pirámide: el mundo necesita ciudadanos jóvenes y se encuentra con un
crecimiento desmesurado de personas mayores.»[18]
¿En
su mayoría mujeres?
«Al ausentarse
del hogar…»
Precisamente
porque se trata de una cuestión muy delicada, no hago sino rozar este extremo.
Y lo realizo trayendo a colación las convicciones de un sociólogo italiano,
Alberoni, cuya obra lo libera por completo de cualquier acusación de machismo…
y de adhesión a credo alguno que no sean los datos que aportan sus
investigaciones.
No obstante,
sostiene, con acentos en parte un tanto superados:
«Para una mujer enamorada construir y decorar la
casa es un acto de amor. Muy a menudo es ella la que elige los distintos
muebles y todos los innumerables objetos que necesitarán en su vida futura. Los
elige de modo que la casa le guste a su marido, para que él se encuentre a
gusto en ella, para que se sienta bien en todo momento de su vida. En su mente
ya ve dónde estarán sentados para ver juntos la televisión. Imagina la
habitación con el mantel bordado donde recibirán a los amigos, cuál será el
sitio del marido, cuál el suyo. Y luego el dormitorio, con las sábanas
floreadas como los campos de primavera, las preciosas colchas, las cálidas
mantas y los edredones para el gran frío. Y el cuarto para los niños que
vendrán, del que ya imagina los empapelados de colores, la suave moqueta para
que no se hagan daño. Luego el baño en el que se recorta un poco de espacio
para sí, para maquillarse, para estar hermosa. Y el espacio para él, para la
navaja de afeitar y su loción para después del afeitado. Luego hay ambientes,
como la cocina, en los que deberá trabajar sobre todo ella, cómoda, espaciosa
con todo lo que piensa que le podrá prestar servicio. Y pensará en las comidas
que podrá cocinar. Si luego el marido tiene una actividad intelectual, hará de
modo que tenga su estudio, mientras que, si es un deportista, encontrará
espacios en el guardarropa o en armarios especiales para sus objetos.
Al decorar la casa la mujer expresa su visión del
mundo, su ideal de vida privada y el tipo de relaciones sociales que quiere
instaurar. Pero sobre todo despliega su cuerpo. Cada objeto es una parte
de sí misma. Su piel termina con el empapelado de las paredes, con las
cortinas. Por esto es ella la que, normalmente, se cuida de la casa, de su
mantenimiento. Lo hace como si fuera su cuerpo. Por esto no quiere que entren
extraños si no está en orden, presentable. Como no se mostraría ante extraños
en chancletas, despeinada. Y como perfuma su cuerpo para sí, para el marido,
así tiene horror de los malos olores que puedan impregnar las cortinas, los
divanes o la cocina. Y vigila que no los haya. Vigila sobre la suciedad. Teme a
los malos olores y a la suciedad como si fueran enfermedades infecciosas. Por
eso se pone de mal humor si la limpieza hecha por la asistenta es superficial,
si le cambia los objetos de lugar, si estropea un tapiz o rompe algo a lo que
ella atribuye un significado simbólico particular. Siente el gesto indiferente,
despreciativo de la otra mujer como una ofensa personal que le cuesta olvidar.
Como no olvida a un huésped torpe que le ensucia la alfombra. Cada acto que
afea su casa lo vive como una violencia personal. Si en la casa entran ladrones
lo vive como una violación, una profanación. Muchas mujeres, después de un
robo, ya no quieren vivir en aquellos ambientes, los desinfectan, cambian la
decoración.
Para la mujer la construcción y la gestión de la
casa es también una forma de erotismo. Porque comunica su amor no solo
cambiando de peinado, el maquillaje de los ojos o poniéndose una blusa recién
planchada, sino también haciendo la cama con sábanas nuevas, poniendo flores
frescas o esparciendo esencias perfumadas por la casa. O bien preparando un
plato que agrada a su marido.
A menudo el hombre no comprende el refinado trabajo
que la mujer lleva a cabo para hacer la casa armoniosa y acogedora. No
comprende que esa es una obra de arte continuamente renovada, y que compromete
su mente y su corazón. Y si entra en la casa distraído, si tira su ropa sucia
por ahí, ella lo percibe como desinterés hacia su persona, como desprecio de su
trabajo creativo, y se queda amargada y ofendida.»[19]
Matizaría algún punto, pero estoy sustancialmente de
acuerdo; y no pienso que todo sea fruto del influjo de la cultura.
4. «Pasando por» la familia
Mujer-familia-mundo
Como ya apunté, soy partidario convencido y
firmísimo de la necesidad de que la mujer aporte aquella riqueza de virtudes,
enfoques y claridades que le pertenecen en exclusiva, actuando directamente
en todas las esferas de la actividad humana: en todas.
Y es que, gracias a las dotes naturales que le son
propias, puede enriquecer enormemente el conjunto de la vida civil, pero muy
particularmente las esferas que más afectan al desarrollo o la contrahechura de
la persona en cuanto tal: la legislación familiar o educativa, el creciente
ámbito de las relaciones humanas y, muy en concreto, cuanto se relaciona con la
comunicación hondamente concebida.
Con otras palabras, y como los hechos demuestran,
solo la presencia activo-femenina de la mujer puede asegurarnos que se
respetarán los valores genuinos de la persona a la hora de tomar aquellas
medidas que incidan con mayor vigor en la vida de las familias, en la
constitución de un ambiente realmente educativo y, con todo ello, en el
porvenir de la juventud y de la humanidad.
Todo lo anterior, como decía, es una persuasión
firmemente arraigada en mi entendimiento y en mi labor cotidiana. Pero también
tengo muy claro que la función femenina en la vida pública, ¡como la de los
varones!, solo será eficaz en la medida en que cada mujer forje y refuerce su
personalidad en el seno de una familia, donde asimismo ha de reponer día
a día las energías gastadas.
Con el añadido de que en el hogar la mujer ejerce
muy particularmente ese papel de motor y estímulo que hasta ahora he atribuido
casi indistintamente a los dos cónyuges: de ahí mi convicción —fraguada tanto
en los estudios como en la vida vivida— de que la buena marcha de una familia
depende, al término y decisivamente, de la calidad y entrega de las mujeres que
de ella forman parte.
Soltera o casada, según las circunstancias, pero
siempre miembro eminente de un hogar, es la mujer, en fin de cuentas, la clave
y el arranque de la alentadora humanidad que cada ser humano está destinado a
transmitir a los otros.
Y a los varones nos corresponde hoy día, en contra
de lo que habitualmente se afirma y con frecuencia se vive, hacer posible y
amable el pleno desarrollo de la mujer… para con ello impulsar el progreso
genuinamente humano de la sociedad en su conjunto, sin discriminaciones.
¡Una función en cierto modo secundaria… de la que
me siento plenamente orgulloso y satisfecho y que lucho denodadamente por
cumplir lo mejor que sé![20]
En
todo el mundo a través del hogar
Por eso, sin disminuir para nada la urgencia de
personalizar el universo, «feminizándolo» mediante la presencia inmediata de la
mujer en el conjunto íntegro de las tareas que en él desempeñen, concuerdo muy
a gusto con lo que, en su momento, expresara Wilhelm Riehl: «Es la mujer quien
vivifica las costumbres de la casa, infundiendo un hálito vital a la soledad del
hogar. La norma especial doméstica y el carácter individual de la casa está
casi siempre determinado por la mujer».
Y me adhiero aún más cordialmente a esta afirmación
de Jókal, hoy tan tristemente olvidada: «El hogar no es humillante: puede ser
un trono, desde el que una mujer gobierna el mundo»… con el apoyo, tan
imprescindible como simplemente auxiliar, del varón.
Y a esta otra de von Leixener: «Una mujer que vive
fiel y feliz dedicada a su propio hogar teje hilos de oro en el destino de sus
hijos.»
(Puedo afirmar todo lo anterior
también porque mi propia mujer, desde antes de casarnos, aspira a dedicar todas
sus energías al cuidado de quienes componemos su familia. El hecho de que «las
aritméticas: las entradas y las salidas» lo hayan impedido hasta el momento, no
resta ningún valor a la agudeza y perspicacia que supone el percibir que la
atención directa a las personas constituye un trabajo —en el sentido más
elevado de este término— que acoge con mayor facilidad que ningún otro la única
y decisiva razón de su grandeza: el amor, mediante el que se procura el bien
para los demás).
Son bastantes los que advirtieron desde hace
lustros la tremenda y eficaz influencia que, como esposa y madre y «creadora de
familia», la mujer estaba llamada a ejercer desde el interior de su hogar.
Junto con algunos de ellos, y apuntando de nuevo a la esencia de todo el asunto
—al amor—, me atrevo a preguntar, ya para ir terminando: «Pero, vamos a ver:
¿qué es la proyección social sino darse a los demás, con sentido de entrega y
de servicio, y contribuir eficazmente al bien de todos?»
A lo que también yo respondo, como fruto de muchos
años de reflexión y del cariño y la admiración casi ilimitados que tengo a mi
propia esposa: «La función de la mujer en su casa no solo es en sí misma una
función social, sino que puede ser fácilmente la función social de mayor
proyección.»
Y ejemplifico: «Imaginad que esa familia sea
numerosa: entonces la labor de la madre es comparable —y en muchos casos sale
ganando en la comparación— a la de los educadores y formadores profesionales.
Un profesor consigue, a lo largo quizá de toda una vida, formar más o menos
bien a unos cuantos chicos o chicas. Una madre puede formar a sus hijos en
profundidad, en los aspectos más básicos, y puede hacer de ellos, a su vez,
otros formadores, de modo que se cree una cadena ininterrumpida de
responsabilidad y de virtudes.»
Para ya concluir del todo: «También en estos temas
es fácil dejarse seducir por criterios meramente cuantitativos, y pensar: es
preferible el trabajo de un profesor, que ve pasar por sus clases a miles de
personas, o de un escritor, que se dirige a miles de lectores. Bien, pero ¿a
cuántos forman realmente ese profesor y ese escritor? Una madre tiene a su
cuidado tres, cinco, diez o más hijos; y puede hacer de ellos una verdadera
obra de arte, una maravilla de educación, de equilibrio, de comprensión, de
sentido cristiano de la vida, de modo que sean felices y lleguen a ser
realmente útiles a los demás»[21]… que es, en
definitiva, lo único que cuenta.
Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía
(Metafísica)
Director Académico de los
Estudios Universitarios sobre
Universidad de Málaga
[1] Conferencia pronunciada en Querétaro y en
Zataquetas (México), en sendos Congresos sobre «Comunicación».
[2] Unamuno, Miguel de, “¡Adentro!”, en Obras
selectas, Plenitud, Madrid 1965, 5ª ed., p. 186.
[3] Cardona, Carlos, Ética del quehacer educativo,
Rialp, Madrid 1990, pp. 144-145.
[4] Pemán, José María Pemán, De doce cualidades de la mujer, Ed. Prensa
Española, Madrid, 2ª ed. 1969, pp. 36 y 46.
[5] Cardona, Carlos, o. c., pp. 144-145.
[6] Burggraf, Jutta, “Dimensión antropológica del
misterio nupcial”, en Servei de documentació Montalegre, 30-IX-2001, pp.
3-4.
[7] Ballesteros,
Jesús, Postmodernidad: decadencia o resistencia, Tecnos, Madrid 1990, p.
133.
[8] Pemán, José María, o. c., p. 41.
[9] Se trata de San Josemaría Escrivá, al que no cito
expresamente en el texto en atención al carácter no confesional de este
Congreso, pero cuya referencia recojo a pie de página por pura honradez humana,
profesional y universitaria: Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer,
Rialp, Madrid, núm. 87.
[10] Matláry, Janne Haaland, El tiempo de las
mujeres. Notas para un Nuevo Feminismo, Rialp, Madrid, 2000, pp.
67-68.
Otros, quizás de forma un tanto unilateral, han
llegado a la misma conclusión, pero exponiéndola desde el extremo opuesto: si
la mujer deja de vivificar todas las estructuras del mundo, este caminará, a
pasos cada vez más acelerados, hacia la bancarrota más plena. En parte, es lo
que ha sucedido en los últimos lustros, aun cuando se vean ya clarísimos signos
de recuperación… en la que de nuevo la mujer es la protagonista.
En esa vertiente menos positiva cabe situar las
siguientes convicciones de Borghello: «Se puede ya afirmar
con certeza que la raíz de las crisis familiares, y ahora también de
tantísimos noviazgos, tiene que ver con el hecho de que la total promiscuidad
de la convivencia entre los sexos que está teniendo lugar desde hace algunos
decenios ha llevado a la mujer a creerse igual al varón, sobre todo por lo que
respecta a la manera de relacionarse con el partner, en los sentimientos y en las prestaciones,
incluso en la que atañe a la sexualidad. La cultura del pasado acentuó en
exceso las diferencias; pero la cultura de hoy corre el peligro de originar
muchos engaños porque no sabe reconocer las profundas diferencias y, sobre
todo, no sabe hacerlas amar. Una mujer puede y debe amar su
especificidad y su aportación absolutamente insustituible a la vida, al amor, a
la familia, a la sociedad y a la cultura.» (Borghello, Ugo, Le crisi dell'amore, Ed. Ares, Milano,
2000, p. 42).
[11] Matláry, Janne
Haaland, o. c., p. 27.
[12] Brancatisano,
Marta, Approccio all’antropologia della differenza, Edizioni Università
della Santa Croce, Roma 2004, p. 38.
[13] «Parece que no existe un solo trabajo, un solo
deporte, una sola actividad artística o cualquier otra que no esté al alcance
de la mujer. Aunque esto, que constituye una auténtica novedad en la historia
de nuestro planeta, obliga a preguntarse si estas tareas se despliegan según el
modo de ser de la mujer, en lugar de subrayar paradigmas masculinos. En
cualquier caso, lo relevante es que todas estas funciones se han podido
desarrollar gracias a una preparación remota tan completa y profunda —tanto en
el ámbito psíquico como en el intelectual— que puede con todo derecho
denominarse omnivalente.
Y también resulta obvio que esta preparación
excepcional deriva del hecho de que la mujer ha sido desde siempre capaz de
ocuparse eficazmente del otro —la maternidad, en su sentido más amplio—
y de sacar adelante esa empresa multifuncional que hace posible la vida y que
llamamos casa» (Brancatisano, Marta, o. c., p. 43).
[14] «El trabajo de padres no se puede relegar al
último lugar, cuando ya se han hecho todos los demás trabajos. Antes bien, es
un trabajo primordial y si no se dan las condiciones necesarias para
llevarlo a cabo, todo lo demás se cae por su peso. Los niños se irritan y
se contrarían, las madres están afectadas de continuo por sentimientos de culpa
y, en consecuencia, también el trabajo profesional acaba resintiéndose.
Hay que encontrar el delicado y bastante difícil
equilibrio entre todos los trabajos que hay que hacer y el tiempo necesario
para una alegre convivencia en la familia. El modo variará según los casos,
pero debe quedar claro desde el principio que la labor de los padres, y sobre
todo la de las madres, es de esencial importancia para todas las demás facetas
de la vida de la persona. Esta labor debería ser valorada tanto por la sociedad
como por los empleadores.» (Matláry, Janne Haaland, o. c., pp. 62-63)
[15] Cfr. de nuevo Conversaciones con Monseñor
Escrivá de Balaguer, cit., núm.
87.
[16] «… se puede afirmar que el feminismo moderno tiene
una antropología muy pobre o lo que es peor: carece de ella. En vez de intentar
comprender lo que significa realmente ser mujer —en qué consiste lo femenino,
tanto en sentido ontológico como existencial—, el feminismo parece presuponer
y presentar una visión del ser humano cargada de agresividad, y en la que los
dos sexos están enfrascados en una continua lucha por el poder.» (Matláry,
Janne Haaland, o. c., p. 48).
[17] Eguíbar, Mercedes, La nueva identidad femenina,
Palabra, Madrid, 2003, pp. 98-99.
[18] Ibídem, p. 98.
[19] Alberoni, Francesco,
Te amo, Gedisa, Barcelona 1997, pp. 166-167.
[20] De nuevo Burggraf resume buena parte de lo expuesto
hasta el momento: «… donde hay un especial talento femenino debe haber también
un correspondiente talento masculino. ¿Cuál es la fuerza específica del varón?
Este tiene por naturaleza una mayor distancia respecto de la vida concreta. Se
encuentra siempre “fuera” del proceso de la gestación y del nacimiento, y solo
puede tener parte en ellos a través de su mujer. Precisamente esa mayor
distancia le puede facilitar una acción más serena para proteger la vida, y
asegurar su futuro. Puede conducirle a ser un verdadero padre, no solo en la
dimensión física, sino también en sentido espiritual; a ser un amigo
imperturbable, seguro y de confianza. Pero puede llevarle también, por otro
lado, a un cierto desinterés por las cosas concretas y cotidianas, lo que,
desgraciadamente, se ha favorecido, en épocas pasadas, por una educación
unilateral» (Burggraf, Jutta, «Varón y mujer: ¿Naturaleza o cultura?», en Servicio
de documentación Montalegre, núm. 919, p. 12).
[21] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, cit., núm.
87.