Joaquín Navarro-Valls, médico y periodista, es la persona
que el mundo entero ha visto junto a Juan Pablo II a lo
largo de sus 22 años como
portavoz del Papa que ahora llega a los altares.
Navarro-Valls y el cardenal de Cracovia, Stanislaw Dziwisz
-secretario de Karol Wojtyla durante 40 años- son los dos
testigos privilegiados de la extraordinaria dimensión humana
y espiritual de Juan Pablo «el Grande».
Nacido en Cartagena, doctor en Medicina por la Universidad de
Barcelona y licenciado en Periodismo por la de Navarra, Joaquín
Navarro-Valls era corresponsal de
ABC en Roma en 1984 cuando el Papa se fijo en él y le llamó
para pedirle algunas sugerencias: «Pensé que iba a
ser sólo una hora… ! y fueron 22 años en el Vaticano!».
Psiquiatra, periodista, portavoz de dos Papas, ensayista y
escritor, Navarro-Valls es doctor «Honoris Causa» por
numerosas universidades de Europa y América. Políglota, atlético,
bronceado, sonriente y cordial, la «voz» de Karol Wojtyla
preside ahora el Consejo Asesor de la Universidad Campus Bio-Médico
de Roma.
—Doctor Navarro-Valls, la presencia de Juan Pablo II ha
permanecido viva incluso después de su fallecimiento. ¿Cómo
la nota usted?
—Es evidente su presencia, y no sólo en la riqueza de su
magisterio y de sus escritos. Sigue siendo muy amado por
millones de personas. Casi se diría que continúa su misión
recibiendo cada día en las Grutas Vaticanas decenas de miles
de visitantes.
—Pero ¿no echa en falta su presencia física?
—Pocos días después de su fallecimiento me preguntaron en
una rueda de prensa si lo echaba de menos. Ya entonces dije:
“No, no le echo de menos, sencillamente porque antes, según
el trabajo que había, estaba con él dos o tres horas al día.
Ahora, en cambio, puedo estar en contacto con él 24 horas al
día. Le pido consejo, le pido que me ayude…”.
—Veintidós años trabajando con Juan Pablo II es un período
muy largo. ¿Qué le han dado esos años? ¿Qué le han dejado
como herencia?
—Juan Pablo II era el mejor testigo de lo que él mismo decía.
Por eso su ejemplo es su mejor herencia. Pero si debiera
reducir a una idea toda su riqueza, diría que se aprendía
con él a tratar a la persona humana por lo que cada uno es y
no por lo que cada uno tiene como simpatía, belleza, recursos
etc.
—¿Cuál es su recuerdo más intenso?
—Quizá el último, la despedida ya sin palabras, cuando su
final era muy próximo. Como todos los días, yo estaba en la
habitación, entre otras cosas porque había que seguir
informando sobre su estado. Fue una despedida silenciosa.
Nos miramos a los ojos y quedó todo dicho: no se sentía
la falta de las palabras. Cuando murió, sucedió en
esa habitación algo muy revelador. Al fallecer el Papa no se
inició una oración por su alma sino un «Te Deum» de acción
de gracias por su vida, una vida muy rica que terminaba su
fase terrena en ese momento.
—¿Cómo era Karol Wojtyla en privado?
—En privado era como se le veía en público. Pero diría
que era aún mejor: un hombre enamorado y un cristiano cuya
peculiaridad personal era su intensa relación directa con
Dios.
—Juan Pablo II decía que sólo se le podía entender «desde
dentro». ¿Cuál era el rasgo principal de su personalidad?
—La que puede tener una criatura que es consciente de quién
proviene y con quién permanece unido continuamente. Por eso su
persona y su espiritualidad eran magnéticas, atractivas.
Poseía muchas virtudes, que mejoraban cada día porque nunca
dejó de luchar por vivir lo que esas virtudes exigían. Pero
esa gama extraordinaria de virtudes no entraban en colisión
unas con otras: había entre ellas una integración magnífica.
Por ejemplo, no sabía perder un
minuto pero, al mismo tiempo, nunca tenía prisa; nunca
le vi tenso o ansioso. Yo recuerdo de modo especial su buen
humor, su sonrisa. Incluso en ocasiones en las que todo parecía
requerir las lágrimas.
Una intensa
relación directa con Dios
—En sus 104 viajes internacionales, Karol Wojtyla
enseñó al mundo a rezar en público. ¿Era también intenso
cuando rezaba en privado? ¿Es cierto que rezaba postrado en
el suelo?
—Una vez, cuando se creía solo en su capilla privada, le vi
cantar frente al sagrario. No eran canciones litúrgicas sino
baladas populares en polaco. En algunas ocasiones se le veía
efectivamente rezar postrado en el suelo.
—¿Era un místico?
—Tenía una intensa presencia de Dios, pero alimentaba su
oración con las necesidades de los demás. Le llegaban
mensajes de todo el mundo, y los tenía en el reclinatorio de
su capilla. Le he visto pasarse horas de rodillas con estos
mensajes, uno a uno, en la mano, sobre todo tipo de
sufrimientos y necesidades. Pero sabía también dar gracias
por tantas cosas buenas. Creo que en la oración no se ocupaba
de las cosas «suyas» sino de las de los demás. Y confiaba
mucho en la misericordia de Dios. Por eso su beatificación va
a tener lugar en el Domingo de la Divina Misericordia, una
fiesta que él instituyó y en cuya víspera falleció.
—¿Se puede decir que fuese también un estoico? ¿Cómo
era su mortificación?
—No era un moralista rígido ni un estoico. Sus
mortificaciones eran muy frecuentes , pero sobre todo,
ordinarias. Pequeños sacrificios como rechazar sin darle
mayor importancia la cama que le ofrecen en un vuelo
intercontinental, retrasar beber agua en países de calor
sofocante y cosas así. En algunos períodos del año hacia
una sola comida al día. Y la víspera de una ordenación
episcopal o sacerdotal ayunaba siempre.
—¿Cuál era su secreto de comunicador?
—Su eficacia comunicativa se basaba más en lo que decía,
que no en como lo decía. Diría que la verdad de lo que decía
se veía también en el modo expresivo como lo decía.
—¿Pero cómo conseguía capturar siempre las cámaras?
—En 1987, durante un viaje a Estados Unidos, un periodista
del New York Times dijo «el Papa domina la televisión
simplemente ignorándola». No preparaba la escenografía, no
aceptaba maquillaje, no prestaba atención a las cámaras ni a
las luces, sino sólo a la gente. La gente que, para él, era
siempre una persona concreta junto a otras personas
singulares.
—¿Le daba a usted indicaciones concretas sobre lo que
tenía que decir como portavoz?
—Confiaba en la profesionalidad de las personas que tenía a
su alrededor. Por ejemplo, en 1991, me comunicó con detalle
que le habían diagnosticado un tumor en el colon que,
entonces, se presumía maligno. Su propósito era anunciar días
después en el Ángelus, con pocas palabras, que iba a ser
internado y que rezaran por él. Y añadió: “Luego, usted,
que conoce los detalles, diga lo que le parezca oportuno”.
Tenía mucha confianza en el criterio de cada uno de nosotros.
En 22 años no recuerdo que, después de haber tratado a fondo
algún tema, me dijera ni una sola vez: “pero esta información
es sólo para usted, no la comunique”.
Era optimista
y tenía un extraordinario buen humor
—Juan Pablo II es una de las personas que más ha hablado
en público en toda la historia. ¿Sabía también escuchar?
—Escuchaba mucho y atentamente, a veces durante largas
horas, tanto a los visitantes como a quienes frecuentemente
invitaba a su mesa. Más que dar indicaciones, lo que solía
hacer era pedir consejos o sugerencias. Luego, naturalmente,
sabía decidir.
—Los santos suelen tener buen humor. ¿Lo tenía Juan
Pablo II?
—Entre tantas cualidades humanas tenía también un
extraordinario buen humor que iba más allá de un simple
rasgo de carácter. Era también el resultado de una convicción,
de un interpretar todo con el parámetro de la fe. Era
optimista, no obstante todo, porque sabía que al final de la
historia humana está Dios, y no el vacío de la nada.
—Usted le acompañó en muchas escapadas “secretas” a
las montañas cerca de Roma. ¿Cómo era Juan Pablo II en un día
de excursión?
—Es una pena que no hubiésemos hecho algunas más, pues el
peso del trabajo y de la responsabilidad en aquel mundo tenso
de los años ochenta era tremendo. Solíamos salir por la
tarde en un coche anónimo, atravesábamos el tráfico
endiablado de Roma y tomábamos una autopista hasta una casita
pequeña en las montañas. Dormíamos allí, y a la mañana
siguiente el Papa esquiaba unas
horas o caminaba. Y nadie le reconocía porque nadie podía
imaginarse al Papa esperando el telesilla. Eran pocas
horas, pero era una delicia.
— Usted le acompañó en viajes a 160 países. ¿Cómo
preparaba esos viajes?
—Dedicaba más tiempo a prepararlos que a hacerlos. Se
enteraba en profundidad sobre la situación de cada país, su
geografía, su historia, sus etnias, sus idiomas, etc. Dedicaba
meses o semanas a estudiar el idioma de un país, incluso los
más difíciles. Recuerdo que en Japón pronunció
todos sus discursos y homilías en japonés… Una vez me
explicó de modo sencillo por qué viajaba tanto: “Antes la
gente iba a las parroquias. Ahora es el párroco el que tiene
que ir a visitar a la gente”.
—¿Cuál fue el viaje más importante?
—Hubo muchos muy importantes, como los de Polonia, por
ejemplo. Pero a mí me impresiona
el que hizo a Azerbaiján, una ex república soviética
en el Cáucaso, cuando ya no podía caminar, tenía más de 80
años y muchas dificultades para hablar. El número de católicos
en ese país era inferior a 200, pero quiso ir porque
consideraba que ese puñado de católicos tenía también
derecho a estar con el Papa.
—¿Y el viaje más peligroso?
—Probablemente la visita a
Sarajevo, que sufrió retrasos y fue muy difícil de
preparar por motivos de seguridad. Poco antes de aterrizar nos
informaron que Juan Pablo II no podría ir en papamóvil sino
en helicóptero desde el aeropuerto hasta el centro de la
ciudad, pues las fuerzas de Naciones Unidas acababan de
descubrir en un puente una cantidad alta de explosivos. Se lo
dije al Papa, pero él preguntó: «¿Hay gente esperando en
el recorrido?». Le dije que sí, y entonces respondió: «Pues
se hace como estaba planeado».
—Usted negoció personalmente con Fidel Castro el histórico
viaje de Juan Pablo II a Cuba en 1998. ¿Fue una oportunidad
perdida para Castro?
— Yo tuve que ir antes para clarificar con Castro varios
aspectos que no estaban claros. Fue un encuentro muy largo,
desde las ocho de la noche hasta las dos de la madrugada.
Durante el viaje, Castro mostró gran cortesía y agradeció
los discursos del Papa, incluso en los temas en que no estaba
de acuerdo. Aquella visita fue el inicio de un reconocimiento
más pleno de la Iglesia y de los católicos en Cuba.
—Usted viajó a Moscú en 1988 para entregar a Mijail
Gorbachov una larga carta personal del Papa. ¿Cómo fue la
posterior visita de Gorbachov al Vaticano y su juicio sobre el
papel de Juan Pablo II en la caída del Muro de Berlín?
—La visita de Gorbachov fue un encuentro extraordinario: la
primera vez que un Secretario General del Partido Comunista
Soviético visitaba a un Papa, y el modo en que se
entendieron. Aquel mismo día el Papa me dijo: «Es un hombre
de principios». Aunque Gorbachov ha reconocido en público el
mérito del Papa, el gran protagonista de la caída del muro
de Berlín fue él, ya que mantuvo la promesa de no intervenir
militarmente en los países del Pacto de Varsovia y evitó
también una reacción militar de Berlín.
—¿Se puede decir que fue el Papa de la dignidad de la
persona, el Papa de los derechos humanos?
—Todo su pontificado ha sido una defensa de la dignidad
trascendente de la persona humana. Y lo reconocen incluso
personajes muy alejados de la fe católica.
Las únicas veces que le vi “indignado” lo
estaba ante las situaciones de violencia como en el Líbano o
en los Balcanes. Sufría viendo que no lograba impedir la
invasión de Irak, a la que se oponía con todas sus fuerzas.
—Desde la primera misa como Papa en la plaza de San
Pedro, Juan Pablo II siempre tuvo un rato para saludar a los
enfermos. ¿Qué significaban para él?
—El tema es muy profundo: hizo del sufrimiento humano y la
enfermedad los grandes cómplices de su Pontificado. Por eso
tenía un gran amor a los débiles y los enfermos. Les sonreía,
les acariciaba, les saludada siempre uno a uno. No
tenía miedo del sufrimiento físico, que a veces es
inevitable, ni de los sufrimientos morales grandes o pequeños:
el hijo que te da un disgusto, el amigo que te traiciona…
Tampoco tenía miedo al dolor o a la vejez, como se vio a raíz
del atentado de 1981 y en los últimos años de su vida, cada
vez más afectado por el Parkinson.
—Era también el Papa de la «teología del cuerpo»…
—Fue una de sus grandes contribuciones, junto con muchas
otras. Amaba el cuerpo humano porque es a través del cuerpo
como el ser humano se inserta en la historia. Y ese cuerpo, el
propio y el de los demás, merece respeto pues no es sólo un
conjunto de tejidos sino la condición histórica de la
persona. No tenía miedo al cuerpo sino al contrario. Tocaba a
los enfermos, acariciaba y bendecía a las mujeres
embarazadas. Besaba, abrazaba, hacia deporte, aplaudía,
cantaba... Yo creo que su libro sobre la teología del cuerpo
– “Hombre y mujer los creó” – es ya un clásico no sólo
del pensamiento cristiano sino de la antropología filosófica.
—¿Hablaban alguna vez en español?
—Hablábamos en italiano,
que él había declarado «nuestro idioma» la primera vez que
se asomó al balcón de la basílica de San Pedro. Pero de vez
en cuando iniciaba conversaciones conmigo en castellano. Y
siempre era que me iba a gastar una broma. Como ya dije, tenía
el don del buen humor.
Solo hablaba
conmigo en castellano cuando me iba a gastar una broma
—¿Cómo veía Juan Pablo II a España?
—El hecho de que visitara España cinco veces es ya
elocuente. Conocía muy bien su historia y su literatura:
recuerdo todavía estupendas conversaciones con él hablando
de autores clásicos y modernos españoles. También era
consciente de algunas ambivalencias en su historia.
—Ahora que sube a los altares, ¿Escribirá usted su
libro de recuerdos personales de un santo?
—Toca usted un tema que me pesa y que siento como un
imperativo moral. Tengo unas 600 páginas de notas tomadas a
lo largo de aquellos años…Mucho se ha ya escrito sobre él,
pero su persona, su rico perfil humano está todavía, al
menos en parte, por descubrir.
—En abril del 2005, los fieles gritaban «Santo súbito!»,
«¡Santo, ya!». La beatificación es el primer paso. Y después…¿santo
cuándo?
—Cuando Dios quiera. Pero entre tanto hay algo que podemos
hacer: aprender de él a vivir