Google,
premio Príncipes de Asturias de comunicaciones 2008
Jorge Enrique Mújica
jem@arcol.org
Sergey Brin y Larry
Page se conocieron en un evento organizado por la universidad de
Stanford, para doctorandos en informática. Licenciado en informática y
ciencias matemáticas, el primero, e ingeniero eléctrico, el
segundo, desarrollaron en 1995 lo que sería el inicio del buscador de
internet más famoso y consultado del mundo.
Hoy Sergey es el
presidente y Larry el CEO de Google, Inc., una marca que en abril de
2007 estaba valuada en la nada despreciable cantidad de 66,000 millones
de dólares; una empresa que es propietaria del no menos conocido y
rentable portal YouTube.com, y titular, entre otras muchas cosas, del
servicio de correo electrónico más utilizado actualmente, Gmail (está
disponible en 39 idiomas y ofrece hasta 6 gigabytes de almacenaje).
Lo que empezó
como un proyecto académico se ha convertido en un auténtico fenómeno
de redes. Suceso que este año se ha hecho con un valioso
reconocimiento: el Premio Príncipe de Asturias de comunicación.
El 11 de junio de
2008, el Jurado del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y
Humanidades hizo pública la concesión del galardón al buscador
Google. ¿El motivo? Haber hecho posible, en apenas una década, “una
gigantesca revolución cultural y propiciado el acceso generalizado al
conocimiento”, como señala el comunicado. Y agrega: “De este modo,
Google contribuye de manera decisiva al progreso de los pueblos, por
encima de fronteras ideológicas, económicas, lingüísticas o
raciales”.
¿Ha sido
efectivamente así? Es un hecho que una inmensa mayoría de los usuarios
de internet conoce Google y cómo y para qué funciona prácticamente
como buscador. Muchos más saben que no es únicamente un buscador web y
que abarca otros elementos que le hacen ser un portal único en la red.
En este sentido, es verdad que ha propiciado una revolución que ha
posibilitado el que la información esté más cercana a millones de
personas, pero no es menos cierto que todos esos cibernautas son un
porcentaje nimio en comparación con la cifra, muy superior, de la parte
de la humanidad que no tiene acceso ya no solo a un ordenador con
internet, sino ni siquiera a la educación pública gratuita.
No se puede negar
la valiosa aportación de los directivos de Google, Inc., en el ámbito
de los donativos de material informático y facilidad de conexiones inalámbricas
a internet en países en vías de desarrollo. Pero tampoco se puede
minusvalorar algunas reflexiones de peso en torno a la conveniencia o no
del manejo del “conocimiento” por parte de particulares así como
algunas valoraciones a todo el conjunto de Google.
Aunque en Google,
Inc., trabajan miles de empleados, buena parte del trabajo lo realizan
robots o programas. Ambos son productos humanos que siguen estándares
pre-establecidos y actúan de acuerdo a políticas internas.
Es bien sabido
que toda política interna sigue más o menos el interés del
propietario. Ciertamente no podemos dudar del progreso al que han
contribuido Sergey Brin y Larry Page, pero, ¿no es un riesgo
monopolizar el conocimiento en un organismo manejado por un grupo de
personas? ¿Quién decide en este caso qué conocimiento vale la pena
promover y cuál no? ¿Cómo se justifica que sea precisamente ese y no
otro? ¿Y si algún aspecto del conocimiento va en contra de los
intereses de Google? ¿No es oligarquía la pretensión de centralizar
todo esto y eslabón para adoctrinar según intereses subjetivos?
No se puede
olvidar que Google tiene un cariz lucrativo y que, como tal, ha actuado
de un modo poco honesto al pactar con el gobierno chino las páginas a
las que los habitantes de aquel país pueden acceder y a las que no (el
motivo del pacto fue con el fin de establecerse en China). Tampoco se
puede olvidar el trato prioritario que brindó hace algunos años a una
compañía aérea siendo que los datos buscados correspondían a otra,
ni la situación de censura a videos pro vida en el portal de You-Tube
argumentando que herían sensibilidades cuando otros en realidad sí herían.
Premiar significa
reconocer y ciertamente Google ha aportado mucho a los cibernautas. Pero
un premio no implica superficialidad. Aún se precisa de una formación
anterior del internauta que le ayude a discernir contenidos y
aprovecharlos adecuadamente. Todo apunta a que en verdad Google es un
justo galardonado. Pero al considerar detenidamente y en profundidad las
fronteras ideológicas, económicas a las que alude el motivo del
premio, no todo parece convencer. Huelga tener presente a qué pueblos
se refiere concretamente ese desarrollo decisivo del que habla el jurado
del Premio Príncipe de Asturías, pues es evidente que no todas las
naciones han conocido parte de los objetivos beneficios de esta empresa
que suma ya 13 años de historia.
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