Google
y el negocio de la información personal
Jorge
Enrique Mújica | jem@arcol.org
Ari
Brand es un joven actor de 26 años que vive en Manhattan. Entre otros
servicios de Google,
usa una cuenta de correo electrónico y también al famoso buscador. En Google
saben qué ha enviado y recibido Brand desde que abrió su cuenta de
correo electrónico en 2006; saben qué ha buscado e incluso que pagó
733 dólares por un televisor de pantalla plana, porque descargó
información sobre la compra en Google
Docs.
Imaginemos
que Google cruza
todos esos datos aislados con programas que los unifican; imaginemos que
además los relaciona con los que de hecho el usuario da libremente al
hacer uso de los diferentes servicios de la empresa; imaginemos que al
visitar la web
de Google
se instalan automáticamente y sin previo aviso archivos de cookies
(programas para seguir las actividades de las personas en internet) y,
ya fuera del portal que nos ocupa, van saltando anuncios publicitarios
de acuerdo al nuevo website
que se está visualizando (por ejemplo, visitando un portal de venta de
mascotas, saltan anuncios de venta de animales o de otras tiendas on
line de mascotas); imaginemos, por último, que Google
vende todos esas referencias y oportunidades a terceros… y
que en el peor de los casos un bandido digital –hacker– logra robar
esa información.
Los límites a la hora de beneficiarse de los datos de los usuarios, la
licitud y conveniencia para que empresas como Google negocien la
información de quienes usan sus servicios e incluso la hipotética
posibilidad de cobrar para que los cibernautas no vean anuncios que no
pidieron ni buscaron, son puntos que saltan a la luz en un artículo
publicado por The
Wall Street Journal.
El artículo de The
Wall Street Journal no parte de una posibilidad quimérica
sino de un documento real que data de 2008 y en el que se aborda la
posibilidad que contempla Google
para sublicenciar información de usuarios a otras empresas, bajo pago;
una especie de declaración de objetivo que consiste, como dice el artículo
firmador por Jessica E. Vascellaro, en “rastrear a gente en línea
para beneficiarse de sus acciones”.
El artículo destaca que en el pasado Google
se ha negado a vender información, pero dado el crecimiento de rivales
como Facebook,
Microsoft,
Yahoo o
America on Line,
ha sido tan acelerado que o explota el potencial que tiene como la
empresa de internet más importante, o corre el riesgo de quedar
rezagada (tan sólo en el mes de junio de 2010, el 75% de los usuarios
globales de internet usaron alguno de sus servicios, según comScore).
“Durante años, las compañías más fuertes eran las que tenían más
tráfico de visitantes. Ahora, el poder lo tienen aquellas que tienen el
mayor número de datos y son las más inteligentes en usarlos”,
escribe Vascellaro.
Las revelaciones del documento citado por The
Wall Street Journal incluyen acciones que ya han realizado o
están por acometer para implementar sus cometidos. Menciona, por
ejemplo, que en 2007 Google
compró por US$ 3,100 millones a DoubleClick
Inc., una famosa empresa de anuncios que se valía de
cookies para rastrear y conseguir cibernautas. Pronto “comenzó a
colocar cookies de DoubleClick
en cada página donde Google
vendía anuncios destacados”.
Según el artículo, Google
“tiene previsto podría comenzar a vender anuncios en la web basándose
en los datos de la gente en sus cuentas de Gmail,
y de su servicio de pago Checkout
Service, rival de PayPal,
de eBay Inc.”.
El artículo de The
Wall Street Journal y las revelaciones que contiene nos pone
de frente a una realidad que no sólo atañe a Google.
La publicidad en los perfiles de redes sociales, en las bandejas de
correo electrónico o en las ventanas que saltan sin buscarlo cuando se
visitan algunos websites, recuerdan que las empresas que brindan los
servicios no son obras de caridad ni organizaciones filantrópicas.
Subsisten gracias al dinero que perciben por concepto de ventas de
anuncios. Comprensible que entre más usuarios y datos posean, más
atractivos serán para las empresas que quieran contratar sus servicios.
Lo anterior también invita a ponderar una vez más los datos que
libremente se suben a la red y la necesaria prudencia que se debe tener
al hacerlo.
Desde luego que el velo corrido por The
Wall Street Journal pone el dedo en otras llagas: si ya de
por sí es conflictivo el que alguien lucre con nuestra información, ¿por
qué una empresa podría incluso rastrear el itinerario de las personas
que usan la web, una vez que abandonó la suya? Esta parece ser una
tarea pendiente para las legislaciones internacionales.
"En la época del auge de Internet y de las redes sociales, los
ciudadanos informáticos del siglo XXI dejan en todo caso demasiadas
marcas digitales en la Red. ... En los albores de esta nueva era
digital, es urgente que el internauta abandone su relativa pasividad y
empiece a aprender a desconfiar. Divididos entre la tentación de
revolucionar las formas de comunicación y la de obtener beneficios económicos
de sus invenciones, los personajes de la Red que aseguran no haber hecho
nunca el mal ya no son nuevos emprendedores desinteresados, sino compañías
en busca de ganancias. Frente a ellas, el ciudadano debe comportarse
como consumidor exigente y vigilante", decía Dabiv Barroux en un
artículo publicado en el periódico francés Les
Echos (cf. 20/08/2010 véase artículo
original).
Por lo pronto, parece que Ari Brand tendrá que conseguir e instalar en
su computadora una lista de programas anti espías y seguir vigilando
con responsabilidad lo que libremente sube a la red.
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