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| El guardián de Dios |
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Mientras la abominación de la
desolación campa por sus fueros, aún queda algún
guardián de Dios que no se resigna. |
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| Actualizado 30 agosto 2010 |
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Si hay
algo que me conturba el ánimo (tal vez porque me
recuerda la «abominación de la desolación» de la que
hablaba el profeta Daniel: esto es, el sacrilegio del
templo) es el espectáculo de los turistas indecentes
que se pasean por las iglesias como por un mercadillo
playero, en camiseta de tirantes y pantalón corto,
pavoneándose de la pelambre de sus canillas, de los
morrillos de carne excedente de sus cinturas, de su
muslamen injuriado por la celulitis, mientras disparan
fotografías por doquier e intercambian comentarios
vocingleros en la capilla del Santísimo, como los
intercambiarían en un retrete comunal. Esta pérdida
generalizada del decoro (que es expresión de otra pérdida
más aflictiva, que es la pérdida del sentido de lo
sacro) alcanza una expresión paroxística en las
iglesias de la Toscana más celebradas por las guías
turísticas, ante la pasividad o negligencia de las
propias autoridades eclesiásticas. Es verdad que a las
puertas de los templos suele haber carteles que reclaman
respeto al visitante; pero la caterva turística se pasa
tales avisos por la entrepierna, que gusta de rascarse
sin rebozo y llevar bien aireada, tal vez para aliviarse
las escoceduras de las caminatas, tal vez para exhibir
su nauseabunda indiferencia. Y así las iglesias se van
convirtiendo en zocos de zafiedad impronunciable, donde
la luz roja del sagrario tiembla acongojada, como debió
de temblar ante las invasiones de los bárbaros.
Pero, mientras la abominación de la desolación campa
por sus fueros, aún queda algún irreductible guardián
de Dios que no se resigna. En la iglesia de San Agustín,
en Montepulciano, un sacristán viejo y acaso impedido,
acaso también loco, vigilaba, sentado en una silla al
pie del presbiterio, el trasiego de turistas en el
templo. Entró una recua, con las consabidas camisetas
de tirantes y los pantaloncitos cortos que enseñan los
mofletes del culo; y el mulo que parecía capitanear la
recua voceó, para recrearse con el eco de la bóveda:
«Venga, vamos a hacernos unas fotos aquí». Entonces
el sacristán, poseído por esa virtud cristiana hogaño
en desuso llamada santa ira (la misma virtud que animaba
a Cristo cuando expulsó a los mercaderes del templo y
cuando maldijo a la higuera seca), lo increpó desde la
penumbra: «Tú, cerdo, vete a hacer fotos a la pocilga
de tu casa, donde tu madre te dejará ir vestido como un
mamarracho». El mulo entonces titubeó, incrédulo ante
la osadía del sacristán loco, incrédulo de que una
estantigua semejante se atreviera a cercenar sus
sacrosantos derechos democráticos, pero mientras
titubeaba el sacristán loco proseguía su retahíla de
improperios: «Largaos de aquí con viento fresco, panda
de guarros, que no os quiero ver ni en pintura». El
italiano campesino del sacristán loco, áspero como un
vino mal fermentado, sonaba a gloria bendita, era como
escuchar al león de Judá en el día del Juicio Final,
separando a las ovejas de los cabritos. Y los cabritos
de la camiseta de tirantes y el pantaloncito corto se
fueron con el rabo entre las piernas, perseguidos por la
santa ira del sacristán loco, que apenas los vio
desaparecer del templo recuperó un aire inocente y beatífico,
como acariciado por la brisa de la Jerusalén celeste.
Transido de emoción, me arrodillé en la penumbra de la
iglesia de San Agustín, en Montepulciano, y rogué
fervorosamente a Dios que concediera muchos años de
vida a aquel sacristán, y que le mantuviera incólume
la virtud de la santa ira. La llama del sagrario
resplandecía con un vigor jubiloso e impávido,
orgullosa de su celoso guardián.
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