| El predicador del Papa sobre la
historicidad y la fe en la resurrección de Jesús
Comentario del padre Raniero
Cantalamessa, ofmcap - predicador de la
Casa Pontificia- a la liturgia del domingo de Pascua, Resurrección
del Señor
¡Ha
resucitado!
Domingo de Pascua
Hechos 10, 34a. 37-43; Colosenses 3, 1-4; Juan
20, 1-9
Hay hombres --lo vemos en el fenómeno de los terroristas suicidas--
que mueren por una causa equivocada o incluso inicua, considerando
sin razón que es buena. Por sí misma, la muerte de Cristo no
testimonia la verdad de su causa, sino sólo el hecho de que Él creía
en la verdad de ella. La muerte de Cristo es testimonio supremo de
su caridad , pero no de su verdad. Ésta es
testimoniada adecuadamente sólo por la resurrección. «La fe de los
cristianos -dice San Agustín- es la resurrección de Cristo. No es
gran cosa creer que Jesús ha muerto; esto lo creen también los
paganos; todos lo creen. Lo verdaderamente grande es creer que ha
resucitado».
Ateniéndonos al objetivo que nos ha guiado hasta aquí, estamos
obligados a dejar de lado, de momento, la fe, para atenernos a la
historia. Desearíamos buscar respuesta al interrogante: ¿podemos o
no definir la resurrección de Cristo como un evento histórico, en el
sentido común del término, esto es, «realmente ocurrido»?
Lo que se ofrece a la consideración del historiador y le permite
hablar de la resurrección son dos hechos: primero, la imprevista e
inexplicable fe de los discípulos, una fe tan tenaz como para
resistir hasta la prueba del martirio; segundo, la explicación que,
de tal fe, nos han dejado los interesados, esto es, los discípulos.
En el momento decisivo, cuando Jesús fue prendido y ajusticiado, los
discípulos no alimentaban esperanza alguna de una resurrección.
Huyeron y dieron por acabado el caso de Jesús.
Entonces tuvo que intervenir algo que en poco tiempo no sólo provocó
el cambio radical de su estado de ánimo, sino que les llevó también
a una actividad del todo nueva y a la fundación de la Iglesia. Este
«algo» es el núcleo histórico de la fe de Pascua.
El testimonio más antiguo de la resurrección es el de Pablo, y dice
así: «Os he transmitido, en primer lugar, lo que a mi vez recibí:
que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue
sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; que se
apareció a Pedro y luego a los Doce. Después se apareció a más de
quinientos hermanos a la vez, de los que la mayor parte viven
todavía, si bien algunos han muerto. Luego se apareció a Santiago, y
más tarde a todos los apóstoles. Y después de todos se me apareció a
mí, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara» (1 Corintios
15, 3-8). La fecha en la que se escribieron estas palabras es el 56
o 57 d.C. El núcleo central del texto, sin embargo, está constituido
por un credo anterior que San Pablo dice haber recibido él mismo de
otros. Teniendo en cuenta que Pablo conoció tales fórmulas
inmediatamente después de su conversión, podemos situarlas en torno
al año 35 d.C., eso es, unos cinco o seis años después de la muerte
de Cristo. Testimonio, por lo tanto, de raro valor histórico.
Los relatos de los evangelistas se escribieron algunas décadas más
tarde y reflejan una fase ulterior de la reflexión de la Iglesia. El
núcleo central del testimonio, sin embargo, permanece intacto: el
Señor ha resucitado y se ha aparecido vivo. A ello se añade un
elemento nuevo, tal vez determinado por preocupación apologética y
por ello de menor valor histórico: la insistencia sobre el hecho del
sepulcro vacío. Para los Evangelios el hecho decisivo siguen siendo
las apariciones del Resucitado.
Las apariciones, además, testimonian también la nueva dimensión del
Resucitado, su modo de ser «según el Espíritu», que es nuevo y
diferente respecto al modo de existir anterior, «según la carne».
Él, por ejemplo, puede ser reconocido no por cualquiera que le vea,
sino sólo por aquél a quien Él mismo se dé a conocer. Su corporeidad
es diferente de la de antes. Está libre de las leyes físicas: entra
y sale con las puertas cerradas; aparece y desaparece.
Una explicación diferente de la resurrección, aquella que presentó
Rudolf Bultmann, todavía la proponen algunos, y es que se trató de
visiones psicógenas, esto es, de fenómenos subjetivos del tipo de
las alucinaciones. Pero esto, si fuera verdad, constituiría al final
un milagro no inferior que el que se quiere evitar admitir. Supone
de hecho que personas distintas, en situaciones y lugares
diferentes, tuvieron todas la misma impresión o alucinación.
Los discípulos no pudieron engañarse: eran gente concreta,
pescadores, lo contrario de personas dadas a las visiones. En un
primer momento no creen; Jesús debe casi vencer su resistencia:
«¡tardos de corazón en creer!». Tampoco pudieron querer engañar a
los demás. Todos sus intereses se oponían a ello; habrían sido los
primeros en sentirse engañados por Jesús. Si Él no hubiera
resucitado, ¿para qué afrontar las persecuciones y la muerte por Él?
¿Qué provecho material podían sacar?
Negado el carácter histórico, esto es, el carácter objetivo y no
sólo el subjetivo, de la resurrección, el nacimiento de la Iglesia y
de la fe se convierte en un misterio más inexplicable que la
resurrección misma. Se ha observado justamente: «La idea de que el
imponente edificio de la historia del cristianismo sea como una
enorme pirámide puesta en vilo sobre un hecho insignificante es
ciertamente menos creíble que la afirmación de que todo el evento –o
sea, el dato de hecho más el significado inherente a él- realmente
haya ocupado un lugar en la historia comparable al que le atribuye
el Nuevo Testamento».
¿Cuál es entonces el punto de llegada de la investigación histórica
a propósito de la resurrección? Podemos percibirlo en las palabras
de los discípulos de Emaús: algunos discípulos, la mañana de Pascua,
fueron al sepulcro de Jesús y encontraron que las cosas estaban como
habían referido las mujeres, quienes habían acudido antes que ellos,
«pero a Él no le vieron». También la historia se acerca al sepulcro
de Jesús y debe constatar que las cosas están como los testigos
dijeron. Pero a Él, al resucitado, no lo ve. No basta constatar
históricamente, es necesario ver al Resucitado, y esto no lo puede
dar la historia, sino sólo la fe.
El ángel que se apareció a las mujeres, la mañana de Pascua, les
dijo: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lucas
24, 5). Os confieso que al término de estas reflexiones siento este
reproche como si se dirigiera también a mí. Como si el ángel me
dijera: «¿Por qué te empeñas a buscar entre los muertos argumentos
humanos de la historia, al que está vivo y actúa en la Iglesia y en
el mundo? Ve mejor y di a tus hermanos que Él ha resucitado».
Si de mí dependiera, querría hacer sólo eso. Hace treinta años que
dejé la enseñanza de la Historia de los Orígenes Cristianos para
dedicarme al anuncio del Reino de Dios, pero en estos últimos
tiempos, ante las negaciones radicales e infundadas de la verdad de
los Evangelios, me he sentido obligado a volver a tomar las
herramientas de trabajo. De aquí la decisión de emplear estos
comentarios a los evangelios dominicales para contrarrestar una
tendencia frecuentemente sugerida por intereses comerciales, y para
dar a quien tal vez los lea la posibilidad de formarse una opinión
sobre Jesús menos influenciada por el clamor publicitario.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit]
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