Hogares
luminosos y alegres
No se puede hablar del matrimonio sin
pensar a la vez en la familia, que es el fruto y la continuación de lo que con
el matrimonio se inicia. Una familia se compone no sólo del marido y de la
mujer, sino también de los hijos y, en uno u otro grado, de los abuelos, de los
otros parientes y de las empleadas del hogar. A todos ellos ha de llegar el
calor entrañable, del que depende el ambiente familiar.
Ciertamente hay matrimonios a los que el
Señor no concede hijos: es señal entonces de que les pide que se sigan
queriendo con igual cariño, y que dediquen sus energías -si pueden- a servicios
y tareas en beneficio de otras almas. Pero lo normal es que un matrimonio tenga
descendencia. Para estos esposos, la primera preocupación han de ser sus
propios hijos. La paternidad y la maternidad no terminan con el nacimiento: esa
participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha de
prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo para que culmine formando
auténticos hombres cristianos y auténticas mujeres cristianas.
Los padres son los principales educadores
de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la
responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber
enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es
camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El
ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos:
amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los
problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable.
Es necesario que los padres encuentren
tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más
importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso.
En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por
comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad -o la verdad entera- que
pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a
encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y
a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos,
sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su
libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni
responsabilidad sin libertad.
Los padres educan fundamentalmente con su
conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son
sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos
acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido
de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas
circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años.
Si tuviera que dar un consejo a los
padres, les daría sobre todo éste: que vuestros hijos vean -lo ven todo desde
niños, y lo juzgan: no os hagáis ilusiones- que procuráis vivir de acuerdo con
vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en vuestras
obras; que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os queréis y que los
queréis de veras.
Es así como mejor contribuiréis a hacer de
ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con
espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus
conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la
humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en
la sociedad.
Escuchad a vuestros hijos, dedicadles
también el tiempo vuestro, mostradles confianza: creedles cuando os
digan, aunque alguna vez os engañen; no os asustéis de sus rebeldías,
puesto que también vosotros a su edad fuisteis más o menos rebeldes; salid a su
encuentro, a mitad de camino, y rezad por ellos, que acudirán a sus padres con
sencillez -es seguro, si obráis cristianamente así-, en lugar de acudir con sus
legítimas curiosidades a un amigote desvergonzado o brutal. Vuestra confianza,
vuestra relación amigable con los hijos, recibirá como respuesta la sinceridad
de ellos con vosotros: y esto, aunque no falten contiendas e incomprensiones de
poca monta, es la paz familiar, la vida cristiana.
¿Cómo describiré -se pregunta un
escritor de los primeros siglos- la felicidad de ese matrimonio que
Hemos procurado resumir y comentar algunos
de los rasgos de esos hogares, en los que se refleja la luz de Cristo, y que
son, por eso, luminosos y alegres -repito-, en los que la armonía que reina
entre los padres se trasmite a los hijos, a la familia entera y a los ambientes
todos que la acompañan. Así, en cada familia auténticamente cristiana se
reproduce de algún modo el misterio de
A todo cristiano, cualquiera que sea su
condición -sacerdote o seglar, casado o célibe-, se le aplican plenamente las
palabras del apóstol que se leen precisamente en la epístola de la festividad
de
Es muy importante que el sentido
vocacional del matrimonio no falte nunca tanto en la catequesis y en la
predicación, como en la conciencia de aquellos a quienes Dios quiera en ese
camino, ya que están real y verdaderamente llamados a incorporarse en los
designios divinos para la salvación de todos los hombres
Por eso, quizá no puede proponerse a los
esposos cristianos mejor modelo que el de las familias de los tiempos
apostólicos: el centurión Cornelio, que fue dócil a la voluntad de Dios y en
cuya casa se consumó la apertura de
Familias que vivieron de Cristo y que
dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como
centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros
hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba
a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y
eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la
paz y de la alegría que Jesús nos ha traído.