El
hombre, ¿una pregunta sin respuestas?
Fernando
Pascual | fpa@arcol.org San
Agustín se admiraba de que los hombres hiciesen viajes para ver montañas,
monumentos, mares o ríos, y se olvidasen de contemplar y de
maravillarse de ese inmenso mundo que es el propio corazón, la propia
alma. Y
es que nunca dejaremos de asombrarnos de modo suficiente de lo que
significa existir como personas, vivir y pensar, amar y trabajar con una
energía, con unas capacidades, con un entusiasmo, que deberían
sorprendernos cada día más. Desde
luego, nuestra curiosidad nos lanza a conocer siempre más y más cosas.
Desde las estrellas más lejanas hasta las bacterias y los virus más
pequeños. Incluso queremos saber qué hay detrás de las partículas
que componen los ya minúsculos átomos. Todo
puede entrar en los distintos campos de trabajo de los investigadores.
Pero la curiosidad debería ser mucho mayor cuando contemplamos a un niño
de pocos meses que nos sonríe con cariño y nos lleva a preguntar: ¿quién
eres tú? ¿quién soy yo? ¿cuál es nuestro destino? La
medicina ha logrado alcanzar muchos conocimientos sobre el
funcionamiento de este o de aquel órgano, pero todavía no acaba de
“dominar” a ese ser que nace, vive, trabaja, llora, ama y muere bajo
un sol que todas las mañanas barre las estrellas del cielo para
acostarse después de haber calentado un poco el suelo que pisamos. La
psicología ha elaborado muchas, muchísimas teorías para comprender
los motivos de los actos más extraños o más sensatos que cometen
muchos hombres, y todavía no es capaz (quizá no lo será nunca) de
predecir lo que cada hombre libre decidirá en esta o en aquella situación. La
pedagogía sigue profundizando en las mil maneras de educar a un niño,
pero ¡qué distinto es el pedagogo cuando, después de dar consejos en
su despacho llega a casa y se encuentra al propio hijo de 2, 7 ó 15 años
con sus mayores o menores problemas de desarrollo! La
economía estudia leyes para desarrollar los mercados, para orientar las
inversiones, para planear los sistemas de créditos, pero es incapaz de
explicar por qué puede sentirse inmensamente feliz un pobre que juega a
cartas con sus amigos, mientras un nuevo rico, al que no le falta
“casi” nada, se agobia en el estrés de su trabajo y de sus
viajes... Las
ciencias que tienen por objeto todo lo humano crecen continuamente.
Ninguna, sin embargo, llega hasta el fondo del problema central: ¿qué
es el hombre? Sin embargo, tenemos que dar alguna respuesta a esa
pregunta, pues, de lo contrario, no sabremos qué hacer con los demás
ni con nosotros mismos. Podemos
esbozar algunas pistas de respuesta, a pesar de lo difícil de la
pregunta. La primera nos viene de la vida familiar: el hombre es un hijo
y un padre, un esposo o una esposa, un hermano o una hermana, un suegro
o una suegra, un abuelo o una abuela. Cada uno de nosotros nace de una
familia, se coloca en el corazón de la relación entre unos padres que
se aman, y puede llegar a ser el inicio de un nuevo núcleo familiar. Esta
verdad, desde luego, no cubre todas las situaciones, pues no podemos
olvidar a los miles de niños huérfanos que caminan por nuestro mundo.
Pero incluso todos estamos de acuerdo en que esos niños merecen recibir
los cuidados y el cariño de unos padres adoptivos que puedan, así,
ayudarles en el camino de la vida. La
segunda pista nos viene de la historia: el hombre es capaz de hacer el
bien o el mal, de construir la paz o desencadenar la guerra, de edificar
o de destruir, de robar o de producir, de amar o de odiar, de matar o de
defender al débil ante la fuerza del explotador. Cada acto que
cometemos escribe una página en ese libro de la historia que deja
consecuencias que pueden hacer al mundo más hermoso o pueden iniciar
cadenas casi interminables de dolor y de lágrimas. La
tercera pista nos viene de nosotros mismos: somos un manojo de
contradicciones. Hoy prometemos una cosa y mañana ya no nos acordamos
de ella. Hoy juramos “amor hasta la muerte” y mañana somos capaces
de traicionar hasta a los seres más queridos. Hoy cometemos un pequeño
(o gran) fraude que daña a un amigo o socio de trabajo, y mañana
tomamos del brazo a una anciana para ayudarle a cruzar la calle. Hoy
terminamos una fiesta completamente borrachos y mañana gastamos todo un
día de nuestra existencia en el hospital para acompañar a un pariente
enfermo que desea algo de compañía... La
cuarta pista nos viene de la fe: el hombre es un ser que ha sido tan
amado por Dios que el mismo Cristo nació, hace más de 2000 años, en
un lugar perdido de nuestro planeta, para que todos pudiésemos superar
las cadenas del pecado y entrar así a participar de la amistad con
Dios. Es
una verdad radiante, luminosa, consoladora, que no puede ser captada por
ningún microscopio electrónico. Es una verdad que toca hasta lo más
profundo de nuestro corazón, y nos hace levantar los ojos para mirar
hacia el cielo en donde nos espera un Padre que nos ama. Sólo
resolveremos el misterio de lo que somos cuando descubramos cuánto
hemos sido amados. Entonces nos daremos cuenta de que, en el fondo, el
amor es aquello que más nos satisface, que más nos enriquece, que más
nos hace sonreír. En un milenio que avanza en sus primeros años, el misterio del hombre parece encontrar un bosquejo de respuesta. Quizá sea el momento de que todos nos dejemos tocar por el amor de Dios. Y entonces habrá más luz y claridad para comprender los muchos misterios que nos rodean, y, de modo especial, ese misterio más íntimo y cercano: nosotros mismos
|