El
hombre, la ciencia y la tecnología
Miguel
Carmena | cortesía MujerNueva.org
En
los años 20, cuando nuestros abuelos tenían ante sí un futuro
prometedor, era absurdo plantearse si la ciencia y la tecnología eran
realmente un bien para el hombre.
La
idea de progreso parecía triunfar sobre la “barbarie” en la que había
vivido el ser humano hasta entonces. La energía eléctrica, la aviación
que había desempeñado un papel de protagonista en la gran guerra, el
teléfono, el cinematógrafo y todos los adelantos que hacían bella la
“belle epoque” creaban un mundo nuevo y atractivo. Eran los años en
que un alucinado se permitía pintar bigotes y barba a la Mona Lisa, en
que surgía el “Manifiesto Dada” y el “Manifiesto Realista” con
los que el arte se enfrentaba a lo que hasta entonces se llamaba arte,
los años de la locura del progreso que se reía a mandíbula batiente
de la cultura y de las artes de los tiempos pasados.
Nuestros abuelos empezaban a concebir que por fin iba a ser posible
construir un mundo perfecto donde no hubiera hambre ni dolor. Estaban en
la era de las utopías, y esas utopías luego degeneraron en los grandes
autoritarismos que provocaron muchos años de terror y de muerte en todo
el mundo. Aquellas utopías costaron muy caras, pero sirvieron para
hacer descubrir al hombre una gran verdad: la ciencia y la tecnología
no bastan para construir el futuro.
Hoy, nuestros jóvenes, que usan Internet como nosotros usábamos las
canicas, y están familiarizados con un lenguaje de la ciencia y de la técnica
que haría desmayar a nuestros abuelos, simplemente se divierten con sus
video-juegos o sus maquetas de bombarderos invisibles. Oyen hablar de
clonación, de agujeros de ozono, de ojivas nucleares, de misiles
termo-dirigidos, de sofisticados artilugios anticonceptivos, de píldoras
del día después y de Viagra, y lo toman todo como normal. Es el
regreso de la idea de la felicidad en el progreso, aunque ahora con un
nuevo matiz de cotidianeidad, de “aquí no pasa nada”. Y uno piensa:
¿Qué es mejor, no preocuparse del futuro como estos jóvenes o
construirse falsas ilusiones como nuestros abuelos?
En uno y otro caso, está y estaba presente el inocente mito del mundo
mejor que ya cantaba el poeta latino Virgilio: “magnus ad integro
saeclorum nascitur ordo”: nace un nuevo orden de un siglo íntegro
y grande. Como mito, muy motivador, pero para que haya orden tiene que
haber una mente que ordena según algún criterio, según algún fin
buscado. Si no, hablar de orden es un poco arriesgado porque el orden,
en las cosas humanas, no se da por sí solo.
La siguiente pregunta es más difícil de contestar: ¿El hombre domina
a la ciencia o la ciencia domina al hombre? ¿La técnica esclaviza o
libera? La primera respuesta que nos viene a la cabeza es que la solución
del problema no está en las manos de la ciencia y de la técnica, sino
del hombre que es el único que puede resolverla. El ser humano crea la
ciencia y la técnica y sólo el ser humano puede dominarlas. Entonces
el problema no es la ciencia o la técnica, sino el hombre que no sabe
lo que quiere de ellas o las usa como medio de destrucción o de poder.
¿Y quién pone coto y da orientación a las ansias de poder del hombre?
La ética. La solución al problema de la relación hombre-ciencia y técnica
se encuentra en la ética, pero no en una ética cualquiera de todas las
que ofrece hoy el mercado del pensamiento humano, sino en una que se
interese por buscar la verdad del hombre y de su entorno y no sólo una
simple convivencia pacífica basada en un débil equilibrio de fuerzas,
de intereses personales en juego; una ética que busque con coherencia
un nuevo modelo de hombre y de sociedad, la ética entendida como una
ciencia normativa y categórica del actuar humano que compromete el
sentido de la vida del hombre tocándolo en lo más profundo de su
existencia.
Entre el positivismo y el escepticismo, la ética de los valores
fuertes, de la defensa de la vida humana, como principal valor que sin
embargo puede ser puesto en peligro por el descontrol de la ciencia y de
la técnica; la ética de la solidaridad real en la familia humana, que
va más allá de la idea a veces vaga y confusa de la globalización; la
ética de la familia como primera institución social y elemento
primordial para la inserción del ser humano en su medio; la ética de
la dignidad del hombre, de la justicia y de la verdad, del derecho y de
la paz; una ética que toca al hombre en su centro e interpela a lo más
profundo de su conciencia invitándole siempre a exigirse más en la búsqueda
del bien común.
Es verdad que siempre el trigo y la cizaña crecerán juntos, pero sólo
el esfuerzo del hombre en la lucha por una vida ética hará realidad la
frase de Lincoln Steffens: “he visto el futuro y les aseguro que
funciona”.
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