No sé
si ha sido por casualidad o por una campaña orquestada
o por un designio misterioso de
la Divina
Providencia
, o por el contrario algo diabólico, pero la verdad es
que parece que con la avalancha de casos de pederastia
clerical -que siendo la mayoría bastante antiguos, mira
tú por donde salen ahora todos a la vez en los medios
de comunicación- la atención general se ha centrado
sobre esos desgraciados sacerdotes (algunos desgraciados
porque tuvieron la mala suerte de ser acusados
falsamente, otros desgraciados porque por desgracia
fueron culpables) y el año sacerdotal ha pasado a
segundo plano.
Y,
sin embargo, estamos todavía en el Año Sacerdotal, ese
tiempo de gracia en el que Benedicto pretendía lo
siguiente: “Precisamente para favorecer esta tensión
de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la
cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio, he
decidido convocar un "Año sacerdotal"
especial”, propósito hermosísimo en el que no
solamente estamos implicados los mismos sacerdotes, sino
todo el pueblo de Dios, con su oración, su apoyo y
ayuda, la corrección fraterna, etc. Malo sería que,
entretenidos por las continuas noticias sobre los curas
que no han sido buenos, perdiendo el tiempo en
discusiones y defensa de lo difícilmente defendible,
nos olvidemos de luchar todos juntos por la santidad del
clero.
Yo hoy quiero poner mi granito de arena en la tarea de
no dejar que el Año Sacerdotal no se nos olvide, y no
con sermones, que ya tienen que aguantar mis feligreses
todos los días, sino con el recuerdo agradecido a
tantos hermanos míos sacerdotes buenos, miles y miles,
que llevan una vida ejemplar y que cada día dan su vida
por el Señor y por
la Iglesia.
A
mí concretamente me vienen a la cabeza muchos de ellos
(lo de los “miles y miles” es retórico, no creo
conocer a tantos, pero con la intención y el cariño me
gustaría llegar a todos), y a quien esté leyendo este
artículo, si alguien lo hace, le invito a recordar cuántos
curas buenos, por no decir auténticos santos, han
encontrado en su vida.
Aquel sacerdote que nos bautizó, el que casó a
nuestros padres, el que nos dio
la Primera Comunión
, y quizás antes nos había enseñado el catecismo,
aquellos que nos han confesado tantas y tantas veces, el
que nos aconsejó cuando nos encontrábamos en una
situación difícil y no sabíamos por donde tirar, el
que enterró a nuestros seres queridos… A muchos no
les hemos visto más que una vez en la vida, a otros los
hemos frecuentado en la parroquia, en grupos,
movimientos, etc… Pero todos han dejado una huella en
nosotros, aunque sea solamente la huella del ex opere
operato sacramental -importantísima- de modo que si
somos lo que somos hoy es en parte gracias a ellos.
Al ser yo sacerdote he conocido a muchos, de los cuales
la mayoría me han edificado y me han hecho amar el
sacerdocio, y no lo digo por subjetividad corporativa.
No habría ido al seminario si no hubiese encontrado
buenos sacerdotes en mi juventud, y allí no habría
perseverado sin el ejemplo y apoyo de los que se
dedicaban a la formación de los seminaristas. La vida
me ha hecho vivir en varios lugares y conocer muchos más
lugares, y donde he ido he encontrado sacerdotes buenos,
alegres, sonrientes, felices. Algún cascarrabias también,
pero han sido los menos. En mi diócesis me rodean curas
mucho mejores que yo, la mayoría jóvenes ejemplares,
llenos de celo apostólico, humildes, buenos pastores de
las almas, que han renunciado un posible futuro
brillante por amor. No es Alicia en el país de las
maravillas, pero yo personalmente le doy cada día
gracias a Dios por los curas que Él ha puesto a mi
alrededor
Además de estos que hemos conocido, están esa inmensa
multitud de sacerdotes que nunca conoceremos, esparcidos
por todo el mundo, en la montaña y en el llano, en la
selva, en medio del desierto, algunos con tantos
feligreses que no dan abasto y otros prácticamente sin
feligreses porqué están rodeados de indiferentismo o
intolerancia. Desde Alaska hasta
la Patagonia
, desde aldeas de la lejana China hasta la fría Siberia
o las islas de Indonesia o las tribus africanas, los
sacerdotes han llegado hasta los confines del mundo para
anunciar
la Buena
Nueva
y allí han fundado comunidades, que con el tiempo han
crecido y dado más sacerdotes, etc. Así empezó
la Iglesia
hace 21 siglos y la cosa continúa, y continuará…
Algunos más brillantes, otros más modestos, los que
predican bien y los que se enrollan, los que lideran a
las masas y los que se encuentran más a gusto en el
despacho, cada uno con su carácter, sus talentos, sus
defectos. De estos sacerdotes, -incontables, si pensamos
en el paso de los siglos- no hablan casi nunca los periódicos,
pues el bien que hacen no es noticia, no vende; y ni
siquiera hablan de ellos los libros de historia eclesiástica,
ocupados con las grandes figuras, que ha habido muchas.
Pero, ¿Qué sería de
la Iglesia
y del mundo sin tantos curas buenos?