¿Homeopáticos
u homeomágicos? Análisis
médico-científico sobre la panacea esperanzadora del siglo XXI
Alberto
Carrara | acarrara@legionaries.org
En
el mundo que conocemos el experimento más sencillo nos enseña que
diluyendo un colorante nunca se obtiene un color más intenso. Tampoco
sucede que al añadir menos azúcar al café se vuelva más dulce y
sabroso. ¡Ojalá fuese así! Esto lo saben muy bien,
desafortunadamente, todos aquellos diabéticos que llevan una dieta
limitada en glucosa y sus derivados.
Este
principio tan intuitivo parece caer en el olvido cuando se habla de la
panacea esperanzadora del siglo: la homeopatía. Son millones de
hombres, mujeres y niños que confían en estas prácticas, y no podemos
imaginarnos la cantidad de médicos que utilizan esta homeopatía como
filosofía de vida.
Existen
también todas las farmacias, mejor dicho, para-farmacias, que añadieron
el término “homeopáticas” en sus letreros, y numerosos hospitales
denominados “homeopáticos”. En Italia en 1998 se contaban más de
6.000 médicos homeópatas y más de 4 millones de personas que
utilizaban estos recursos (Diario italiano “Il Giornale”, 5
de diciembre de 1998). Actualmente uno de cuatro italianos utiliza la
homeopatía.
Una
comisión gubernativa de Australia concluía así su investigación
sobre las llamadas “terapias homeopáticas”: “no existe ni un solo
ejemplo en toda el área de la farmacología en el cual una sencilla
dilución de un medicamento pueda inducir un aumento de la respuesta del
mismo” (cf. Branson Hopkins, Homeopathy-some things are not what
they seem, Jubilee-Wellington, New Zeland, p.13). Se podría irónicamente
decir: ¡ojalá estos productos llevaran consigo algo del medicamento!
Es
importante distinguir la homeopatía de la medicina natural. La medicina
natural está basada en remedios fitoterapéuticos (medicamentos extraídos
de las plantas) y representan el fundamento de la medicina occidental.
Actualmente se denomina “tradicional” (en antítesis a la homeopatía
y a muchas otras denominaciones).
La
homeopatía es definida, por los mismos que la practican, como un método
terapéutico enraizado en el principio hipocrático de la “ley de
similitud” (similia
similibus curantur)
oportunamente manipulado.
Cada sustancia, repiten los homeópatas, capaz de provocar síntomas en
un sujeto sano, puede, a dosis muy reducidas, curar aquellos mismos síntomas
en un sujeto enfermo. Si fuese verdaderamente así, no habría ningún
problema.
El
pequeño inconveniente se encuentra justo en el sentido de “dosis muy
reducidas”. Sí, porque el otro gran descubrimiento de la
“ciencia” homeopática es que diluyendo un principio activo (un
medicamento) hasta llegar a tener la certeza físico-matemática y estadística
de no encontrarlo, la solución que queda conservaría su eficacia terapéutica.
La
ciencia nos demuestra que si una solución es sometida a un suficiente número
de diluciones se llegará al tal punto en el cual no quedará ninguna
molécula de esta sustancia en la solución. Esto se puede deducir
racionalmente, incluso utilizando el famoso número de Avogadro,
que establece que en un gramo-molécula están presentes 6 X 1023
moléculas. Es decir que el número de moléculas presentes en una
solución no es un número infinito y que es posible establecer el número
de moléculas de una determinada sustancia que están presentes en una
solución.
Cuando
el límite dado por el número de Avogadro es superado, el número de
moléculas presentes en la solución es cero.
Puestas
estas premisas, se puede pasar a una demostración formal. Los que están
familiarizados con “recetas” homeopáticas conocen muy bien la
terminología “CH”. Esta sigla se refiere al grado de dilución de
la mezcla de medicamentos prescritos. Pero, ¿a qué corresponde en
lenguaje científico? Aquí se pueden consultar las tablas homeopáticas
de conversión.
El
límite de Avogadro es superado indudablemente a CH12. Para darse cuenta
de esto consideremos, por ejemplo, un valor de CH22. Esto corresponde a
una dilución 1 entre 100.000.000.000.000.000.000.000.000.000
Km3, es decir, usando
una imagen, equivaldría a tener una sola molécula de medicamento en un
volumen de agua o de solución de 73.333,3… billones de veces el
volumen de toda el agua contenida en los océanos del globo terrestre. Y
esto simplemente hablando de CH22. La mayoría de las “recetas”
homeopáticas tienen CH100, CH200, etc.
No
se puede sostener fácilmente que pueda ser eficaz un remedio que sólo
contiene el equivalente de un mililitro de solución madre diluido en un
ideal balón de agua cuyo diámetro debería ser de 140 años luz, unos
8 minutos la distancia que nos separa del sol, y sólo se trata del
CH60.
Todo
esto puede justificar las afirmaciones de eminentes científicos sobre
la homeopatía. Presentamos algunos aquí. El Prof. Renato Dulbecco,
Premio Nobel de Medicina en 1975, define así los productos homeopáticos:
"líos sin valor". Rita Levi Montalcini, Premio Nobel de
Medicina en 1986, considera la homeopatía una "así llamada
terapia" cuyo principal valor es "ilusionar a los pacientes
animándolos a recurrir a una curación que no tiene ningún fundamento
científico”.
Entonces,
se preguntaba el profesor
Silvio Garattini, director del Instituto de Búsquedas Farmacológicas
"Mario Negri" de Milán, “¿qué contienen aquellas bonitas
latas multicolores que se encuentran en las farmacias?” Y se respondía
sencillamente: “contienen todas la misma cosa: ¡nada!"
Si
desde el punto de vista de las ciencias “tradicionales” nada de
efectivo está, ni estará presente en estas “medicinas” homeopáticas,
nos podríamos entonces preguntar en qué se fundan las “razones” de
los homeópatas.
La
respuesta quizás se puede vislumbrar en las palabras mismas del doctor
George Vithoulkas, autor varios libros sobre la homeopatía. Él afirma
que en las diluciones de la homeopatía el efecto curativo no es por un
cierto material, sino implica otros factores, que el autor llama “una
energía" (cf. George Vithoulkas, Homeopathy, The Holistic
Health Handbook, Berkeley Holistic Health Center, Berkeley, Calif.,
And/OrPress 1978, p. 89).
Aquí
llegamos, por fin, a la segunda “ley” de la homeopatía, la así
llamada “dinamización”. Esta consistiría en la presencia, no científica
y comprobable, de los "cuántos de energía" en la preparación
homeopática, incluso no existiendo, por las elevadas diluciones, una
sola molécula del medicamento. Esta supuesta “ley” equivale a una
verdadera concepción mágica de la realidad. Se perfila como la puerta
de entrada al concepto de “energía universal” característico de
las filosofías orientales y esotéricas.
Como
bien resumía Mirella Poggialini en un artículo publicado el 26 de
septiembre de 1996 en el periódico de la Conferencia Episcopal Italiana
Avvenire (Omeopatia,
medicina o magia?):
“cuando
ya no está presente la materia que está a la base del remedio,
queda, sin embargo, (dicen los homeópatas) el espíritu del remedio".
Para la misma escritora está claro el intento panteístico, mágico y
esotérico del “remedio”, totalmente incompatible con la fe
cristiana.
Entonces,
"la homeopatía es un método diagnóstico y curativo basado sobre
la ley de los parecidos, es la medicina "de la persona", no
"de los órganos", insisten los homeópatas. Esta definición
tan aproximada está llena de malas informaciones y de medias verdades,
construidas a propósito para convencer a los lectores más
desprevenidos.
Nadie
duda que la homeopatía no sea la "medicina de los órganos",
hay que dudar sin embargo que pueda ser "la medicina de la
persona", sí, porque el "nada" sólo puede ser la
medicina de la "nada”.
Podríamos
citar las muchísimas publicaciones científicas que destruyen en manera
definitiva los presuntos “fundamentos” de la homeopatía. Se puede
consultar, por ejemplo, todos los estudios de “meta-análisis”
comparadas de: Lancet, vol. 350, del 20 de septiembre de 1997,
pp. 834-843; Lancet, 341, pp. 1601-06, 1994; Lancet vol.
345, 28 de enero de 1995; British Journal Clinical Pharmacology,
n. 27, 1989, pp.329-335; Lancet, 5 de marzo de 1988, pp.528-529; Lancet,
1° de enero de 1983 pp. 97-98; etc.
La
conclusión parece obvia, reconociendo la falta de eficacia de todas las
“terapias” homeopáticas tomadas en consideración, se deduce una
clara indicación para los médicos, sean homeópatas o
“tradicionales”. Tal invitación es que estos remedios no tienen que
prescribirse si no se quiere engañar, en lugar de curar, al paciente.
Desde
la perspectiva del profesor Silvio Garattini, director del Instituto de
Búsquedas Farmacológicas "Mario Negri" de Milán, "la
homeopatía utilizada mientas que se está bien o se tienen molestias
menores o pasajeras es un simple acto de creencia o falta de
conocimientos científicos. Más grave es el problema del empleo de los
medicamentos homeopáticos para enfermedades graves que pueden, en
muchos casos, mejorar usando los fármacos tradicionales. Estos recursos
homeopáticos pueden llevar a un empeoramiento de la enfermedad hasta el
punto de "no regreso". El científico advierte que “aún más
grave es la actitud de los padres que utilizan, con la excusa de la
libertad de para elegir las medicinas, los remedios homeopáticos para
los niños, perjudicando en varios casos la salud de ellos”.
El
profesor Giovanni
Federspil, catedrático de Medicina Interna de la Facultad de Medicina y
Cirugía de la Universidad de Padua, “la
práctica médica alternativa de la homeopatía representa uno de los máximos
problemas de la medicina actual que requiere una discusión racional
para aclarar los puntos más equivocados y de tinieblas”.
Tomando
pie del texto de la
conferencia que el Papa Benedicto XVI iba a pronunciar durante su visita
a la Universidad de Roma "La Sapienza”, el jueves 17 de enero de
2008, podemos concluir así: “la medicina aunque era
considerada más como "arte" que como ciencia, sin embargo, su
inserción en el cosmos de la universitas significaba claramente
que se le situaba en el ámbito de la racionalidad, que el arte de curar
estaba bajo la guía de la razón, liberándola del ámbito de la magia.
Curar es una tarea que requiere cada vez la razón simplemente, pero
precisamente por eso necesita la conexión entre saber y poder, necesita
pertenecer a la esfera de la ratio”.
¿A
qué ratio pertenece la homeopatía?
Por
amor a la misma persona humana de cada paciente es importante volver a
la unidad del cuerpo y alma (Gaudium et Spes, n. 14), unidad de
racionalidad y voluntad, a una visión objetiva de la realidad, sin
misticismos dañinos, ni creencias mágicas, peligrosas y destructoras.
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El
autor es
analista técnico de laboratorio químico-biológico, doctor en
Biotecnología médica por la Facultad de Medicina y Cirugía de la
Universidad de Padua (Italia), se especializó en ontogénesis viral
humana, tecnologías del ADN recombinante. Tiene estudios de filosofía
por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma y es miembro
del Grupo de estudio sobre la Neurobioética del mismo Ateneo.
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