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Señor Cardenal Vingt-Trois,
Señores
Cardenales y queridos Hermanos en el Episcopado,
Hermanos
y hermanas en Cristo
Jesucristo
nos reúne en este maravilloso lugar, en el corazón de París,
en un día en que la Iglesia universal celebra la fiesta de San
Juan Crisóstomo, uno de sus más grandes doctores que, con su testimonio
de vida y su enseñanza, mostró eficazmente a los cristianos el
camino a seguir.
Saludo
con gozo a todas las Autoridades que me han acogido en esta noble
ciudad, especialmente al Cardenal André Vingt-Trois, a quien agradezco
las amables palabras que me ha dirigido.
También
saludo a los Obispos, Sacerdotes y Diáconos que me acompañan en
la celebración del sacrificio de Cristo. Doy las gracias a las
personalidades, particularmente al Señor Primer Ministro, que han
querido estar presentes aquí esta mañana; les aseguro mi oración
ferviente por el cumplimiento de su noble misión de servir a sus
conciudadanos.
La
primera carta de San Pablo, dirigida a los Corintios, nos hace descubrir,
en este año Paulino inaugurado el pasado 28 de junio, hasta qué
punto sigue siendo actual el consejo dado por el Apóstol. “No
tengáis que ver con la idolatría”
(1
Co 10, 14), escribió a
una comunidad muy afectada por el paganismo e indecisa entre la
adhesión a la novedad del Evangelio y la observancia de las viejas
prácticas heredadas de sus antepasados. No tener que ver con los
ídolos significaba entonces dejar de honrar a los dioses del Olimpo,
dejar de ofrecerles sacrificios cruentos. Huir de los ídolos era
seguir las enseñanzas de los profetas del Antiguo Testamento, que
denunciaban la tendencia del espíritu humano a hacerse falsas representaciones
de Dios.
Como
dice el Salmo 113 a propósito de las estatuas de los ídolos,
éstas no son más que “oro
y plata, obra de manos humanas. Tienen boca y no hablan, ojos y
no ven, oídos y no oyen, narices y no huelen”
(vv. 4-5). Fuera del pueblo
de Israel, que había recibido la revelación del Dios único, el
mundo antiguo era esclavo del culto a los ídolos. Los errores del
paganismo, muy visibles en Corinto, debían ser denunciados porque
eran una potente alienación y desviaban al hombre de su verdadero
destino. Impedían reconocer que Cristo es el único Salvador, el
único que indica al hombre el camino hacia Dios.
Este
llamamiento a huir de los ídolos sigue siendo válido también
hoy. ¿Acaso nuestro mundo contemporáneo no crea sus propios ídolos?
¿No imita, quizás sin saberlo, a los paganos de la antigüedad,
desviando al hombre de su verdadero fin de vivir por siempre con
Dios? Ésta es una cuestión que todo hombre honesto consigo
mismo se plantea un día u otro. ¿Qué es lo que importa en mi
vida? ¿Qué debo poner en primer lugar? La palabra “ídolo”
viene del griego y
significa “imagen”, “figura”, “representación”,
pero también “espectro”, “fantasma”, “vana
apariencia”. El ídolo es un señuelo, pues desvía a quien le
sirve de la realidad para encadenarlo al reino de la apariencia.
Ahora bien, ¿no es ésta una tentación propia de nuestra época,
la única sobre la que podemos actuar de forma eficaz? Es la
tentación de idolatrar un pasado que ya no existe, olvidando
sus carencias, o un futuro que aún no existe, creyendo que el
ser humano hará llegar con sus propias fuerzas el reino de la
felicidad eterna sobre la tierra. San Pablo dice a los
Colosenses que la codicia insaciable es una idolatría (cf. 3,5)
y recuerda a su discípulo Timoteo que el amor al dinero es la
raíz de todos los males. Por entregarse a ella, precisa,
muchos, arrastrados por la codicia “se
han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos”
(1
Tm 6, 10). El dinero,
el afán de tener, de poder e incluso de saber, ¿acaso no desvían
al hombre de su verdadero fin?
Queridos
hermanos y hermanas, la cuestión que plantea la liturgia de
este día encuentra su respuesta en la misma liturgia, que hemos
heredado de nuestros padres en la fe, y en particular del mismo
San Pablo (cf. 1 Co 11,23).
Comentando este texto, San Juan Crisóstomo, observa que San
Pablo condena severamente la idolatría como una “falta
grave”,
un “escándalo”,
una verdadera “peste”
(Homilía
24 sobre la primera carta a los Corintios,
1). E inmediatamente añade que la condena radical de la idolatría
no es en modo alguno una condena de la persona del idólatra.
Nunca hemos de confundir en nuestros juicios el pecado, que es
inaceptable, y el pecador del que no podemos juzgar su estado de
conciencia y que, en todo caso, siempre tiene la posibilidad de
convertirse y ser perdonado. San Pablo apela a la razón de sus
lectores, la razón de todo ser humano, testimonio poderoso de
la presencia del Creador en la criatura: “Os hablo como a
gente sensata, formaos vuestro juicio sobre lo que digo” (1
Co 10, 15). Dios, del
que el Apóstol es un testigo autorizado, nunca pide al hombre
que sacrifique su razón. La razón nunca está en contradicción
real con la fe. El único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
ha creado la razón y nos da la fe, proponiendo a nuestra
libertad que la reciba como un don precioso. Lo que desencamina
al hombre de esta perspectiva es el culto a los ídolos, y la
razón misma puede fabricar ídolos. Pidamos a Dios, pues, que
nos ve y nos escucha, que nos ayude a purificarnos de todos
nuestros ídolos para acceder a la verdad de nuestro ser, para
acceder a la verdad de su ser infinito.
¿Cómo
llegar a Dios? ¿Cómo lograr encontrar o reencontrar a Aquel
que el hombre busca en lo más profundo de sí mismo, hasta
olvidarse frecuentemente de sí? San Pablo nos invita a usar no
solamente nuestra razón, sino sobre todo nuestra fe para
descubrirlo. Ahora bien, ¿qué nos dice la fe? El pan que
partimos es comunión con el Cuerpo de Cristo; el cáliz de acción
de gracias que bendecimos es comunión con la Sangre de Cristo.
Extraordinaria revelación que proviene de Cristo y que se nos
ha transmitido por los Apóstoles y toda la Iglesia desde hace
casi dos mil años: Cristo instituyó el sacramento de la
Eucaristía en la noche del Jueves Santo. Quiso que su
sacrificio fuera renovado de forma incruenta cada vez que un
sacerdote repite las palabras de la consagración del pan y del
vino. Desde hace veinte siglos, millones de veces, tanto en la
capilla más humilde como en las más grandiosas basílicas y
catedrales, el Señor resucitado se ha entregado a su pueblo,
llegando a ser, según la famosa expresión de San Agustín,
“más íntimo en nosotros que nuestra propia intimidad” (cf.
Confesiones, III,
6.11).
Hermanos
y hermanas, veneremos fervientemente el sacramento del Cuerpo y
la Sangre del Señor, el Santísimo Sacramento de la presencia
real del Señor en su Iglesia y en toda la humanidad. Hagamos
todo lo posible por mostrarle nuestro respeto y amor. Démosle
nuestra mayor honra. Nunca permitamos que con nuestras palabras,
silencios o gestos, quede desvaída en nosotros y en nuestro
entorno la fe en Cristo resucitado presente en la Eucaristía.
Como dijo magistralmente San Juan Crisóstomo: “Consideremos
los favores inefables de Dios y todos los bienes de los que nos
hace gozar cuando le ofrecemos la copa, cuando comulgamos, dándole
gracias por haber liberado al género humano del error, por
haber acercado a él a los que estaban alejados
y haber convertido a los desesperados y ateos de este mundo en
un pueblo de hermanos, de coherederos del Hijo de Dios”
(Homilía
24 sobre la Primera Carta a los Corintios, 1).
De hecho, sigue diciendo, “lo
que está en la copa es precisamente lo que ha brotado de su
costado, y eso es lo que participamos”
(ibíd.).
No se trata sólo de participar y compartir, sino que hay “unión”,
nos dice.
La
Misa es el sacrificio de acción de gracias por excelencia, el
que nos permite unir nuestra propia acción de gracias a la del
Salvador, el Hijo eterno del Padre. Por sí misma, la Misa nos
invita también a huir de los ídolos, porque, como reitera San
Pablo, “no
podéis participar en dos mesas, la del Señor y la de los malos
espíritus” (1
Co 10,21). La Misa nos
invita a discernir lo que en nosotros obedece al Espíritu de
Dios y lo que en nosotros aún permanece a la escucha del espíritu
del mal. En la Misa sólo queremos pertenecer a Cristo, y
repetimos con gratitud –con “acción de gracias”- el
clamor del salmista: “¿Cómo
pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”
(Sal
116,12). Sí, ¿cómo
dar gracias al Señor por la vida que me ha dado? La respuesta a
la pregunta del salmista está en el mismo Salmo, pues la
Palabra de Dios responde con misericordia a las cuestiones que
plantea. ¿Cómo pagar al Señor todo el bien que nos hace sino
retomando sus propias palabras: “Alzaré
la copa de la salvación, invocando su nombre”
(Sal
116,13)?
Alzar
la copa de la salvación e invocar el nombre del Señor, ¿no es
precisamente la mejor manera de “no
tener que ver con la idolatría”,
como nos pide San Pablo? Cada vez que se celebra una Misa, cada
vez que Cristo se hace sacramentalmente presente en su Iglesia,
se realiza la obra de nuestra salvación. Celebrar la Eucaristía
significa, por tanto, reconocer que sólo Dios puede darnos la
felicidad plena, enseñándonos los verdaderos valores, los
valores eternos que nunca declinarán. Dios está presente en el
altar, pero también está presente en el altar de nuestro corazón
cuando en la comunión le recibimos en el sacramento de la
Eucaristía. Sólo Él nos enseña a huir de los ídolos,
espejismos del pensamiento.
Ahora
bien, queridos hermanos y hermanas, ¿quién puede alzar la copa
de la salvación e invocar el nombre del Señor en nombre de
todo el pueblo de Dios, sino el sacerdote ordenado para ello por
el Obispo? A este respecto, queridos ciudadanos de París y de
la región parisina, así como los venidos de toda Francia y de
otros países vecinos, permitidme hacer un llamamiento,
esperanzado en la fe y en la generosidad de los jóvenes que se
plantean la cuestión de la vocación religiosa o sacerdotal: ¡No
tengáis miedo! ¡No tengáis miedo de dar la vida a Cristo!
Nada sustituirá jamás el ministerio de los sacerdotes en el
corazón de la Iglesia. Nada suplirá una Misa por la salvación
del mundo. Queridos jóvenes o no tan jóvenes que me escucháis,
no dejéis sin respuesta la llamada de Cristo. San Juan Crisóstomo,
en su Tratado sobre el
sacerdocio, puso de
manifiesto cómo la respuesta del hombre puede ser lenta en
llegar, pero es el ejemplo vivo de la acción de Dios en el
corazón de una libertad humana que se deja formar por la
gracia.
Finalmente,
si retomamos las palabras que Cristo nos ha dejado en su
Evangelio, nos damos cuenta de que Él mismo nos ha enseñado a
huir de la idolatría y nos invita a construir nuestra casa “sobre
roca” (Lc
6,48). ¿Quién es esta
roca sino Él mismo? Nuestros pensamientos, palabras y obras sólo
adquieren su verdadera dimensión si las referimos al mensaje
del Evangelio. “Lo
que rebosa del corazón, lo habla la boca”
(Lc
6, 45). Cuando
hablamos, ¿buscamos el bien de nuestro interlocutor? Cuando
pensamos, ¿tratamos de poner nuestro pensamiento en sintonía
con el pensamiento de Dios? Cuando actuamos, ¿intentamos
difundir el Amor que nos hace vivir? Como dice una vez más San
Juan Crisóstomo: “Si
ahora todos participamos del mismo pan, y nos convertimos en la
misma sustancia, ¿por qué no mostramos todos la misma caridad?
¿Por qué, por lo mismo, no nos convertimos en un todo único?...
Oh hombre, ha sido Cristo quien vino a tu encuentro, a ti que
estabas tan lejos de Él, para unirse a ti; y tú, ¿no quieres
unirte a tu hermano?” (Homilía
24 sobre la Primera Carta a los Corintios,
2).
La
esperanza seguirá siempre la más fuerte. La Iglesia,
construida sobre la roca de Cristo, tiene las promesas de vida
eterna, no porque sus miembros sean más santos que los demás,
sino porque Cristo hizo esta promesa a Pedro: “Tú
eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder
del infierno no la derrotará”
(Mt
16,18-19). Con la
inquebrantable esperanza de la presencia eterna de Dios en cada
una de nuestras almas, con la alegría de saber que Cristo está
con nosotros hasta el final de los tiempos, con la fuerza que el
Espíritu Santo ofrece a todos aquellos y aquellas que se dejan
alcanzar por él, queridos cristianos de París y de Francia, os
encomiendo a la acción poderosa del Dios de amor que ha muerto
por nosotros en la Cruz y ha resucitado victoriosamente la mañana
de Pascua. A todos los hombres de buena voluntad que me escuchan
les repito las palabras de San Pablo: Huid del culto de los ídolos,
no dejéis de hacer el bien.
Que
Dios nuestro Padre os acoja y haga brillar sobre vosotros el
esplendor de su gloria. Que el Hijo único de Dios, Maestro y
Hermano nuestro, os revele la belleza de su rostro resucitado.
Que
el Espíritu Santo os colme de sus dones y os dé la alegría de
conocer la paz y la luz de la Santísima Trinidad, ahora y por
siempre. Amén.
[01416-04.01]
[Texto original: Francés]
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