HORA SANTA PARA EL DIA DE JUEVES SANTO

Monición de Entrada

Queridos hermanos: De nuevo estamos reunidos en comunidad de fe y de oración. Hemos venido aquí, porque deseamos estar con Nuestro Señor y agradecerle todos los misterios que El instituyó en el primer Jueves Santo de la Historia: la Eucaristía, el sacerdocio y el amor fraterno. Podemos estar seguros que al Señor le agrada profundamente nuestra actitud y premiará el sacrificio que supone pasar por encima de nuestro cansancio y, quizás, de nuestro sueño, para acompañarle en esta hora sublime.

De la mano de nuestra Madre, la Virgen Santísima, y bien unidos al Papa, a nuestros obispos y a todos los cristianos del mundo entero, dispongámonos a participar con fruto en esta Hora Santa.

Vamos a dividirla en tres partes: una por cada misterio de los que celebra la Sagrada Liturgia. Comenzaremos por la Sagrada Eucaristía, porque los otros dos nacen de ella y a ella se orientan.

En cada una de las partes seguiremos el mismo orden. Primero haremos una proclamación de la Palabra de Dios; después el sacerdote que nos preside actualizará el mensaje de esa Palabra, para ayudarnos a responder a sus exigencias; por último, expresaremos nuestros sentimientos por medio de un canto.

PRIMERA PARTE: INSTITUCIÓN DE LA S. EUCARISTÍA

Lecturas: 1ª: 1Cor 11,23-26 (y/o) 2ª: Lc 22,14-23.

1. Los tres misterios e importancia de la Eucaristía.

Como nos decían al principio, hoy celebramos tres misterios: las institución de la Eucaristía, la institución del sacerdocio y el amor fraterno. De ellos, el más importante es el de la Eucaristía, porque el sacerdocio fue instituido para perpetuarla a lo largo de los siglos y el amor fraterno brota de ese misterio inefable de amor y en él encuentra su más profunda razón de ser, su orientación y su medida.

La Eucaristía es, además, la fuente de donde mana toda la gracia salvadora de la Iglesia y la cumbre hacia la que tiende toda su actividad y la de todos y cada. uno de sus miembros. "De la Eucaristía mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin" (SC 10). "Los trabajos apostólicos se ordenan a que una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, participen del sacrificio y coman la Cena del Señor" (Ibidem). "En la Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres vivificada y vivificante por el Espíritu Santo" (PO S). La Eucaristía es "fuente y cumbre de toda la vida cristiana" (LG 11).

2. La Eucaristía, reactualización del sacrificio de la Cruz.

Cada vez que participamos en la celebración eucarística escuchamos estas sobrecogedoras palabras: A) "Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros". B) "Este es el cáliz de mi Sangre... que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados". C) "Haced esto en memoria mía".

Por tanto la Eucaristía es, ante todo y sobre todo, el sacrificio que Jesucristo ofrece al Padre en favor nuestro. El mismo que ofreció en el altar de la Cruz.

Esto es así porque el sacerdote que ofrecía allí y ofrece aquí es el mismo; la misma es también la Víctima ofrecida; sólo hay, una diferencia: allí el sacrificio se realizaba en el mismo cuerpo pasible de Jesucristo que sufría física y espiritualmente y entregaba su vida por nosotros; en la Eucaristía, en cambio, el sacrificio se realiza de modo sacramental, a saber: bajo las especies de pan y vino.

Quiere esto decir que cada vez que se celebra el sacrificio eucarístico "se realiza. la obra de nuestra salvación", "Dios es perfectamente glorificado y el hombre plenamente salvado", la SS. Trinidad recibe un himno espiritual de acción de gracias, adoración y glorificación de valor infinito y hasta la misma creación es reconciliada con su Señor. Por eso, siempre que se celebra la Eucaristía, el sacerdote dice con voz solemne y majestuosa el Prefacio (acción de gracias), varias doxologías (al foral de las oraciones presidenciales, al concluir la plegaria eucarística, etc.) y nosotros cantamos al santo. Nunca, por otra parte, deja de pronunciar las palabras de la consagración, palabras que no repite como si estuviera contando lo que ocurrió en la Última Cena, sino en presente indicando así que está repitiendo lo mismo que Jesucristo hizo sacramentalmente en dicha Cena y corporalmente en la Cruz.

El hombre no puede hacer nada más agradable a Dios ni más provechoso espiritualmente para él, que participar activa y fructuosamente en la Eucaristía. De allí la importancia de tomar parte en ella diariamente si es posible y no faltar nunca los domingos y demás días festivos.

3. La Eucaristía, sacrificio de la Iglesia.

Cristo ha querido asociar consigo a la Iglesia siempre que realizara su sacrificio redentor. Por eso, en la Eucaristía se ofrece el sacrificio del Cristo total, es decir: la Cabeza y los miembros (somos todos y cada uno de nosotros).

Nosotros, por tanto, no hemos de asistir solamente, sino participar, siendo verdaderos protagonistas. Además, no podemos contentarnos con una participación meramente externa sino que, a través de los ritos y oraciones de la liturgia, hemos de sintonizar con el misterio que se celebra. Y, una vez concluida la celebración, prolongar durante el día lo que allí hemos vivido, es decir: permanecer en una ininterrumpida acción de gracias

(agradeciendo a Dios todo los que nos va dando, especialmente la conservación de la vida y de la fe), de glorificación (tratando de trabajar para la gloria de Dios), de petición (pidiendo por todas las necesidades que vayamos descubriendo en nosotros, en los que nos rodean, en los acontecimientos de la Iglesia y del mundo), y entrega a todos los hombres que se entrecrucen en el camino de nuestra vida. En una palabra: convirtiendo nuestra vida y nuestro corazón en un altar donde ofrecemos ininterrumpidamente el sacrificio de nuestra vida, en íntima unión con el sacrifico de Cristo.

4. La Eucaristía, Comunión.

Cristo instituyó la Eucaristía bajo la forma de un banquete de pan y vino, que se lo dio a los apóstoles y se lo da a cuantos quieren recibirlo. Sólo exige tener las debidas disposiciones de alma (estar en gracia santificante, recuperada, si es preciso, por el sacramento de la reconciliación) y estar en ayunas durante una hora (de cualquier comida o bebida, excepto agua y las medicinas).

La comunión es una exigencia de la participación en la celebración eucarística y el mejor modo de tomar parte verdaderamente activa y fructuosa en ella; hasta el extremo de poder comulgar dos veces en el mismo día por este motivo (aunque, evidentemente, no es obligatorio comulgar siempre que se participa en la Eucaristía).

En esta perspectiva se entiende que la comunión no sea una devoción.

Por otra parte, la comunión es una verdadera necesidad para crecer en la unión vital y existencial unión con Cristo; de tal modo, que quien no comulga bien y con frecuencia lleva una vida cristiana raquítica y subdesarrollada. Por eso, la comunión no es como un premio que Dios da a los buenos, sino el alimento indispensable para quienes quieren configurarse con Cristo.

5. La Eucaristía, presencia permanente.

Durante la celebración Eucarística Cristo Resucitado se hace presente entre los suyos. Esta presencia es real y verdadera aunque sólo perceptible por la fe. La fe es, por otra parte, el vehículo para entrar y crecer en comunión efectiva y afectiva con el Resucitado, y potenciar así la nueva vida que El instauró germinalmente en nosotros en el bautismo.

Pero esa presencia, no sólo existe mientras dura la celebración, sino que se prolonga mientras permanecen las especies sacramentales que se reservan en el Sagrario; especies que proceden de la celebración y orientan a la misma, porque se guardan sobre todo para ser comidas (comulgadas) por los moribundos, los enfermos y cuantos no pueden participar en la celebración eucarística. Hoy entendemos esto muy bien, porque las formas reservadas en el Monumento que nos preside fueron consagradas en la Misa Vespertina de la Cena del Señor y serán comulgadas mañana durante la celebración vespertina.

Lo cual no obsta, antes al contrario, que vengamos a adorar a Jesucristo en el sagrario; porque, como dice San Agustín, el sacramento "no debe dejar de ser adorado por el hecho de haber sido instituido para ser comido". ¡Ojalá acompañemos al Señor durante todo el año como lo hacemos cada Jueves Santo! Así procedieron los Santos.

6. Canto: (A elegir): Este pan y vino, Señor. Cantemos al Amor de los amores. Tú eres, Señor, el pan de vida.

II PARTE

LA INSTITUCIÓN DEL SACERDOCIO

1. Lectura: Heb 7,20-8,3

2. Comentario:

A) "Haced esto en memoria mía".

Jesucristo quería que la Eucaristía fuera celebrada sin cesar hasta el día de su retorno definitivo: "Hasta que vuelva". Como esa voluntad era verdadera, concedió a los Apóstoles -y a sus sucesores, los obispos, junto con sus "ayudadores" en el ministerio y copartícipes del mismo sacerdocio, aunque en grado diverso- el poder de hacerlo. Sus palabras no pudieron ser más claras: "Haced esto en memoria mía". No era una recomendación sino un mandato estricto (que no hubieran podido cumplir si no les hubiera concedido la posibilidad -la potestad- de hacerlo).

El poder de celebrar la Eucaristía no tiene su origen en la comunidad creyente; ésta es su destinatario. Por tanto, sin sacerdote no habría celebración eucarística, y, como necesaria consecuencia, nuestras iglesias no tendrían sagrarios y nuestros moribundos y enfermos estarían privados de la comunión del cuerpo y Sangre de Cristo.

Agradezcamos a Jesucristo no sólo la institución del sacerdocio sino el que nosotros tengamos sacerdotes que puedan celebrarnos y darnos la Eucaristía. Pidamos, por otra parte, que nuestra comunidad nunca se vea privada de ellos y que haga una gran floración de vocaciones sacerdotales, para que esto les suceda a todas las demás comunidades esparcidas por todo el mundo.

B) Sacerdocio y Eucaristía.

El sacerdocio brota de la Eucaristía con la misma eficacia y naturalidad que el agua de una fuente. Por otra parte, el sacerdocio encuentra en la Eucaristía su más verdadera razón de ser. Como ha repetido el Papa actual "vive de ella y para ella". Pidamos hoy al Señor que todos sus sacerdotes

a) valoren la celebración de la Eucaristía como el momento más importante de su ministerio;

b) que la celebren siempre con gran amor; c) que se les vea muy cercanos al sagrario y d) que su ministerio de la Palabra y Pastoral se centren y orienten hacia la Eucaristía.

3. Canto: Pescador.

(O alguno relacionado con el sacerdocio)

PARTE III:
EL AMOR FRATERNO

1. Lectura: Jn 13,13-17 2. Comentario:

A) Amor cristiano y Eucaristía. Hemos oído en la lectura que acaba de proclamarse el mandamiento, dado en fonna de testamento, del Señor: "Amaos los unos a los otros como Yo os he amado". Para saber cómo nos ha amado El, hay que mirar a la Eucaristía. En ella entendernos que es un

a) Amor verdadero: Porque no buscó su bien sino el nuestro; nos amó dándose a sí mismo -no sólo ni principalmente cosas- y lo hizo entregando su vida y muriendo por nosotros.

b) Amor universal: Nos ha amado a todos y a cada uno, sin excepción, sin favoritismos, sin exclusivisinos. Su sacrifico fue por todos y para todos y con él puso las bases para formar con todos un solo Pueblo. Ahora sigue contando con todos a la hora de ofrecer el sacrifico y de invitarnos a participar en él.

c) Amor gratuito: Se dio y se da sin esperar nada a cambio. Si exige acoger y responder a su amor, es por nuestro bien.

d) Amor exigente: Quiere que vivamos el mismo amor que El vivió; y, por lo mismo, que el nuestro sea un amor verdadero: afectivo y efectivo.

Para que ese amor sea humano y divino, al mismo tiempo, ha de seguir este orden: la familia (esposos e hijos, abuelos), compañeros de trabajo, personas que se cruzan en nuestra vida, todos los demás.

De modo muy especial los pobres, por los que hay que hacer una opción preferencial -no exclusiva ni excluyente más allá de las meras declaraciones de principios y buenas palabras. Una persona y una sociedad que no descubran la miseria e injusticias en todas sus gamas y no se esfuercen en remediarlas, tienen que hacer hoy y ahora el compromiso de cambiar; porque de otro modo, el suyo no sería un comportamiento cristiano sino su caricatura.

3. Canto: (A elegir). Donde hay caridad y amor allí está el Señor.

Bendigamos al Señor. Como el Padre me amó.

Monición final:

Hermanos, con esta hora Santa damos por concluida la celebración de los misterios de este día. Desde ahora acompañaremos a Jesucristo en su Pasión dolorosa y gloriosa. Que la meditación del amor infinito de Dios por nosotros abra nuestra alma a un verdadero dolor de nuestros pecados y a un verdadero cambio de vida. No nos olvidemos de revivir con María el misterio de la Pasión de Jesucristo. Vayamos en paz. Respuesta: Demos gracias a Dios.