Iglesia
y Estado: la sutil línea roja
Domingo del Toro
jem@arcol.org
Imaginemos cómo se dan
las relaciones Estado y religión en Irán o Afganistán: teocracia, religión
omnipresente y una “iglesia” (o por mejor decir, mezquita) de privilegios,
con voz y voto en el ámbito político y legislativo ¿Es esto lo que la
Iglesia católica sueña tener? Para el siglo XIX alguien lo podría debatir,
pero pensemos más bien en nuestro siglo XXI
¿Qué aprendemos de los
reventadores que impidieron al Papa Benedicto visitar la universidad romana
La Sapienza? ¿Qué nos dicen 24 irrupciones violentas en la catedral
de México? ¿Se vale que un obispo se oponga públicamente a iniciativas
de ley como el aborto, el cambio de sexo con recursos públicos o la eutanasia?
¿Las convicciones religiosas y morales enriquecen o empobrecen el debate
público?
Ahí está el Estado. Ahí
está la Iglesia ¿Son hilos diversos de un mismo tejido?, ¿o la sociedad
pertenece al Estado de lunes a sábado y el domingo no porque va a misa?
Ahí está un ciudadano y si ese ciudadano es religioso… ¿Se debe cambiar
la máscara según la ocasión? En la iglesia rezandero y en el Parlamento
convenenciero.
Religión y vida pública,
Iglesia y Estado, convicciones personales y deberes sociales, como la tierra
y la espiga, son cosas diferentes pero unidas subsisten en un mismo campo.
En el campo de la sociedad, en el campo de la persona humana se entrelazan
estos dos ámbitos, idealmente no en antagonismo, sino en complementariedad.
La tensión se siente.
La solución se propone: un Estado laico ¿quién la acepta? Obviamente
los políticos de todos los partidos, nuestros libros de texto, las encuestas…
Sorpresa, no sólo ellos, todos aplauden un Estado laico, los mismos obispos
y hasta el Papa lo promueven. Basta la contundencia de esta declaración
del presidente de la Conferencia Episcopal Méxicana, Mons. Carlos Aguiar
Retes para darnos cuenta de esto "la Iglesia no sólo no está contra
el Estado laico sino que está en favor plenamente del Estado laico"
(31 de julio de 2007). Todos quieren el Estado laico, donde no hay acuerdo
es a la hora de ver qué es esta laicidad.
Para algunos si un funcionario
se declara contrario al uso de recursos públicos para la promoción del
condón es ya una amenaza a nuestro estado laico. Y si un obispo se declara
contrario al aborto algunos políticos se rasgan las vestiduras y la amenaza
de hoguera llega a través de demandas legales por osar meter las narices
en política. Qué decir del grupo de diputados que querían pedir solemnemente
a la Iglesia retractar la excomunión del cura Hidalgo –hagamos paréntesis
del ridículo histórico pues el grande prócer y pobre cura murió reconciliado
con la Iglesia- el hecho muestra que ver juntos sotanas y políticos pone
de nervios.
¿Están o no están de
acuerdo grillos y curas? Se confunden los términos y en el nombre del
sacrosanto Estado laico, unos quieren llevar a juicio al padrecito por
meterse en política y otros desearían una colaboración fructífera en
educación, salud y acción social. Los “ismos” son casi siempre
negativos, así pasa entre laicidad y laicismo. La laicidad defiende una
sana separación, no una destrucción; un equilibrio, no un
apabullamiento; un respeto mutuo, no un silenciamiento. El laicismo, a
diferencia de una sana laicidad, es, a fin de cuentas, ateo e inhumano.
También hay que
matizar y decir que no todo ha sido pleito y confrontación. Hay casos
de equilibrio también y de ellos tendríamos que aprender. Un ejemplo
es el ex presidente del senado italiano Marcello Pera, a quien su
postura personal de agnóstico declarado no le impide usar el sentido
común y criticar fuertemente ese tipo de laicismo que quiere
excluir cualquier religión de la vida pública para venerar la religión
de Estado. Otro caso alentador es el de Estados Unidos en donde se ha
reconocido el potencial transformador de las organizaciones religiosas
para colaborar en la solución de los grandes problemas sociales. Es lógico,
muchas veces unas monjas que llevan un hospital, un fraile que dirige un
orfanato o unos padres que dirigen una escuela de oficios, responden a
una necesidad social y lo hacen “mejor, más barato y con más
convicción que si eso mismo lo intentara realizar una burocracia pagada
por el gobierno. En España existen subsidios a las escuelas privadas,
así las familias escogen qué tipo de educación prefieren, incluso en
religión. Se estima que este sistema llamado de “educación
concertada” ahorra al Estado alrededor de 3,000 millones de euros
anuales (con datos del periódico ABC del 15 de enero de 2008).
Soluciones desastrosas
a esa relación fe y política también ha habido y olvidarlas sería
temeridad. No son nuevos los experimentos de laicismo (ese negativo,
excluyente, negador de la religión como ámbito fundamental del
hombre). Ya la Unión Soviética, Calles en México, el nazismo y antes
la Revolución francesa hicieron el intento de acaparar un poder
totalitario, la religión incluida: exclaustraciones, expulsión de
religiosos, control político de los actos de culto, tapabocas y
maniataduras a los ministros de culto, cárcel y fusilamiento en los
casos más extremos, etc.
¿Qué pasó?
Simplemente se llegó a un límite en que se volvieron sistemas
enemigos del ser humano de a pie con cuerpo y alma, con sed interior de
amar y ser amado, de realizarse más allá de un plan de gobierno
omnicomprensivo y prefijado. Se llegó a la guillotina, a los gulag, a
los campos de concentración… Ojalá aprendamos.
La
Iglesia no debe pedir privilegios. El Estado no es para perseguir la
religión. Entre el privilegio y la persecución, se abre el campo más
prometedor y rico de una colaboración respetuosa y complementaria en
aquello que ambos bandos tienen de común en sus ideales: el bien del
hombre.
|