Juan Calvino y el bautismo de niños
Institución de la Religión Cristiana, Libro IV, Capítulo IV, Juan Calvino 1. Bautismo de los niños se funda en la Palabra de Dios Mas como ciertos espíritus amigos de fantasías han promovido grandes discusiones en la Iglesia en nuestro tiempo a causa de la disposición que tenemos de Dios de bautizar a los niños, y no cesan de discutir, como si Dios no hubiese ordenado esto, sino que los hombres lo hubiesen inventado ahora, o a lo sumo algún tiempo después de los apóstoles, parece que será muy bien confirmar en este punto la conciencia de los fieles, y refutar las falsas objeciones que tales embusteros pueden presentar para trastornar la verdad de Dios en el corazón de la gente sencilla, que no está preparada para responder a tales engaños y sutilezas. Ellos se sirven de un argumento bastante aceptable en apariencia;
el tal es que no desean sino que la Palabra de Dios se guarde y
conserve en toda su pureza e integridad, sin añadir ni quitar cosa
alguna, como lo hicieron quienes al principio inventaron el Bautismo
de los niños, sin que existiera mandato alguno sobre ello. Les
concederíamos que esta razón es suficiente, si pudiesen probar su
propósito de que tal Bautismo es invención de los hombres, y no
disposición de Dios. Mas cuando, por el contrario, hayamos claramente
demostrado que son ellos quienes falsa y erróneamente inventan esta
calumnia, llamando tradición humana a esta institución perfectamente
fundada sobre la Palabra de Dios, ¿qué otra cosa quedará, sino que
este pretexto, que en vano inventan, se deshaga y convierta en humo?
Por tanto, veamos cuándo se comenzó a bautizar a los niños. Porque
si esto fue invención humana, confieso que es preciso dejarlo y
seguir la verdadera regla que el Señor ha ordenado; porque los
sacramentos estarían pendientes de un hilo si no se fundasen en la
pura Palabra de Dios. Mas si vemos que los niños son bautizados por
la autoridad de Dios, guardémonos muy bien de hacerle una injuria
reprobando su disposición. En primer lugar, es doctrina en que todos los fieles están de
acuerdo, La Escritura nos enseña que la remisión y purificación de los pecados, que alcanzamos por la efusión de la sangre de Cristo, nos es representada en el Bautismo en primer lugar; y luego, la mortificación de nuestra carne, que conseguimos comunicando con su muerte, para resucitar a una vida nueva; es decir, en inocencia, santidad y pureza. Con esto comprendemos en primer lugar que la señal visible y material no es sino una representación de cosas más altas y excelsas, para cuyo conocimiento es necesario que recurramos a la Palabra de Dios, en la cual se funda toda la virtud del signo. Mediante ella vemos que las cosas significadas y representadas son la purificación de nuestros pecados y la mortificación de nuestra carne, para ser hechos partícipes de la regeneración espiritual que debe existir en todos los hijos de Dios. Además nos muestra que todas estas cosas son efectuadas en Cristo, que es el fundamento. He aquí, pues, en resumen, la declaración del Bautismo, a la que
se puede referir todo cuanto se dice en la Escritura, excepto un punto
que aún no se ha tocado; a saber, que nos sirve también como de señal
y marca por la cual confesamos ante los hombres a Dios como Señor
nuestro, y somos inscritos y empadronados en el número de su pueblo. Cuando el Señor ordena la circuncisión a Abraham, se sirve de estas palabras: que quiere ser su Dios y el Dios de su descendencia (Gn. 17,7-10), declarándose Todopoderoso, y mostrando que en Él se da la abundancia y plenitud de todos los bienes, para que Abraham comprenda que todos sus bienes proceden de Él. En estas palabras se contiene la promesa de la vida eterna, como lo declara Jesucristo al argumentar en cuanto a esto que su Padre se llama Dios de Abraham, para convencer a los saduceos de la inmortalidad y resurrección de los fieles. “Porque", dice Cristo, “no es Dios de muertos, sino de vivos” (Lc.20,38). Y por ello san Pablo, hablando con los efesios; y mostrándoles de qué ruina los ha sacado Dios, concluye que no tenían la circuncisión; que estaban sin Cristo, extraños a las promesas; sin Dios y sin esperanza (Ef. 2,12); todo lo cual el pacto de la circuncisión comprendía en sí. El primer paso para acercarnos a Dios y entrar en la vida eterna es la remisión de los pecados. De donde se sigue que esta promesa corresponde a la del Bautismo en cuanto a la purificación y a la ablución. Después el Señor manda a Abraham que camine, delante de Él en integridad e inocencia de corazón; lo cual no es otra cosa sino la mortificación para resucitar a una vida nueva. Y Moisés, para quitar toda duda de si la circuncisión es o no señal y figura de la mortificación, lo expone mucho más por extenso en otros lugares, cuando exhorta al pueblo de Israel a circuncidar su corazón al Señor, puesto que él era el pueblo que Dios había escogido entre todas las naciones de la tierra (Dt.10, 16; 30,6). Igual que Dios, cuando adopta a la posteridad de Abraham por su descendencia, le manda que se circuncide, así también Moisés declara que se debe circuncidar en el corazón; como queriendo mostrar cuál es la verdad de la circuncisión carnal. Asimismo, para que nadie pensase que podía conseguir tal mortificación por sus propias fuerzas y virtud, enseña Moisés que esta mortificación es obra de la gracia de Dios. Todas estas cosas se repiten tanto en los profetas, que no hay para
qué perder tiempo Concluimos, pues, de esto, que los padres tuvieron en la circuncisión
la misma promesa espiritual que nosotros poseemos ahora en el
Bautismo; y que significaba la remisión de los pecados, y la
mortificación de la carne para vivir en justicia. Además, según lo
hemos enseñado, Cristo es fundamento del Bautismo, en el que ambas
cosas residen; e igualmente lo es de la circuncisión. Porque Él es
el que fue prometido a Abraham, y en Él, la bendición de todas las
gentes (Gn.12,2); como si el Señor dijera que toda la tierra, en sí
maldita, recibiría la bendición por Él; en confirmación de lo cual
se les da la circuncisión como un sello. Además, la cosa significada es siempre la misma: nuestra
purificación El fundamento en que se apoya el cumplimiento de estas cosas es también el mismo en ambos. Por consiguiente, se sigue que no hay diferencia alguna entre el bautismo y la circuncisión en cuanto al misterio interno, en lo cual consiste toda la sustancia de los sacramentos, según hemos demostrado. La única diferencia se refiere a las ceremonias externas, que es lo menos importante en los sacramentos, puesto que la consideración principal depende de la Palabra y de la cosa significada y representada. Podemos, pues, concluir que todo cuanto pertenece a la circuncisión pertenece también al Bautismo, excepto la ceremonia externa y visible. A esta deducción nos encamina la regla que establece san Pablo, de
que toda la Escritura se debe medir y pesar conforme a la analogía y
proporción de la fe (Rom.12, 3.6), la cual siempre tiene presentes
las promesas. Y, de hecho, la verdad en este punto se puede tocar con
las manos. Porque igual que la circuncisión fue un signo y marca para
los judíos con que reconocer que Dios los recibía por pueblo suyo y
que ellos le tenían por su Dios, sirviéndoles de esta manera como de
una primera entrada externa en la Iglesia de Dios, del mismo modo por
el Bautismo somos primeramente recibidos en la Iglesia del Señor,
para ser tenidos por pueblo suyo, y, por nuestra parte, manifestamos
que queremos tenerle por nuestro Dios. Por lo cual se ve claramente
que el Bautismo ha sucedido a la circuncisión. Si se trata de establecer diferencia: entre el signo visible y la Palabra, ¿cuál de estas dos cosas ha de ser tenida en mayor estima? Evidentemente, dado que el signo sirve a la Palabra, bien claro se ve que es inferior a ella; y puesto que la Palabra del Bautismo conviene a los niños, ¿por qué quitarles el signo, que depende de la Palabra? Si no hubiese más razón que ésta, sería suficiente para cerrar la boca a todos los que defienden una opinión contraria. La objeción de que había un día señalado para la circuncisión
(Gn. 17,12; 21,4), no viene a propósito. Es verdad que el Señor no
nos ha obligado a ciertos días, como lo hizo con los judíos; pero
dejándonos en libertad en cuanto a esto, nos ha -declarado, sin
embargo, que los niños deben ser solemnemente recibidos en su pacto.
¿Queremos algo más que esto? Así como los hijos de los judíos fueron llamados linaje santo, por ser herederos de este pacto, y se les separaba de los hijos de los infieles y de los idólatras; así del mismo modo los hijos de los cristianos son llamados santos, aunque no sean engendrados más que de padre o de madre fiel, y son diferenciados de los otros por el testimonio de la Escritura (1 Cor. 7,14); Ahora bien, el Señor, después de haber establecido este pacto con Abraham, quiso que fuera sellado en los niños con el sacramento visible y externo (Gn.17, 12).¿Qué excusa, pues, podemos alegar nosotros para no atestiguarlo y sellarlo actualmente lo mismo que lo era entonces? Y no pueden replicar que el Señor no ha instituido ningún otro sacramento para testificar este pacto, sino el de la circuncisión, que ya está abolido. A esto puede responder muy fácilmente que el Señor instituyó la circuncisión en aquel tiempo para confirmar su pacto, y que al ser abolida la circuncisión, sin embargo permanece siempre,en pie la razón de confirmar el pacto; pues nos conviene tanto a nosotros como a los judíos. Así pues, debemos considerar siempre diligentemente aquello en que
convenimos con ellos, y en lo que nos. diferenciamos. Convenimos en el
pacto y en el motivo de confirmarlo; nos diferenciamos solamente en la
manera. Ellos tienen la circuncisión para confirmación; nosotros
tenemos en su lugar el Bautismo. Porque de otra manera, la venida de
Cristo habría sido causa de queda misericordia de Dios no, se hubiera
manifestado a nosotros tanto como a los judíos, si el testimonio que
ellos tenían para sus hijos se’ nos hubiera quitado. a nosotros. Si
esto no se puede decir sin grave ofensa de Cristo, por quien la
infinita bondad del Padre nos ha sido más amplia y abundantemente
comunicada y manifestada que nunca, es necesario conceder que esta
gracia divina no se debe ocultar más que estaba bajo la Ley, ni debe
ser para nosotros menos cierta que era para ellos. Consideremos mejor nosotros lo que Jesucristo hizo; pues no debemos dejar, pasar a la ligera y sin más consideración el mandato del Señor de que le presenten los niños; y la razón que luego añade: porque de ellos es el reino de los cielos. Y además, luego muestra de hecho su voluntad, abrazándolos y orando por ellos al Padre. Si es razonable llevar los niños a Cristo, ¿por qué no lo será también admitirlos al Bautismo, que es la señal exterior mediante la cual Jesucristo nos declara la comunión y sociedad que con Él tenemos? Si el reino de los cielos les pertenece, ¿cómo negarles la señal por la que se nos abre como una entrada en la Iglesia, para que ingresando en ella seamos declarados herederos del reino de Dios? ¿No seríamos muy perversos, si arrojásemos fuera a quienes el Señor llama a sí? ¿Si les quitásemos lo que Él les da? ¿Si cerrásemos la puerta a quienes Él la abre? Y si se trata de separar del Bautismo lo que Jesucristo ha hecho, ¿qué es más importante, que Cristo los haya recibido, haya’ puesto las manos sobre ellos en señal de santificación, haya orado por ellos, demostrando así que son suyos; o que nosotros testifiquemos con el Bautismo que pertenecen a su pacto? Las sutilezas que aducen para escabullirse de este texto de la Escritura son del todo frívolas. Querer probar que estos niños eran ya mayores, en virtud de que Cristo dice: dejadlos que vengan a mí, evidentemente repugna a lo que dice el evangelista, que los llama niños de pecho; pues eso significan las palabras que emplea. Y, por tanto, la palabra venir, simplemente significa aquí acercar.! He aquí cómo los que se endurecen contra la verdad buscan en cada palabra ocasión de tergiversar las cosas. No es más sólida la objeción de que Cristo no dice: el reino de
los cielos pertenece a los niños; sino: el reino de los cielos
pertenece a los que son semejantes a-los niños. Porque si esto fuera
así, ¿qué fuerza tendría la razón de Cristo, que los niños deben
acercarse a Él? Cuando dice: dejad que los niños vengan a mí, no
hay duda que entiende los niños en edad. Y para mostrar que es
razonable que así sea, añade: porque de los tales es el reino de los
cielos. Si es necesario comprender a los niños, se ve claramente que
el término tales quiere decir: a los niños y a los que son
semejantes a ellos pertenece el reino de los cielos. Tampoco tiene valor alguno la objeción que algunos hacen: que no se puede demostrar con ningún texto de la Escritura que los apóstoles bautizaran un solo niño. Porque, aun admitiendo que no existe texto alguno que lo diga expresamente, no por eso podemos decir que no hayan sido bautizados, ya que jamás se excluye a los niños cuando se hace mención de que alguna familia recibió el Bautismo (Hch.16, 15.33). Pues si esta razón fuese válida, podríamos concluir también de ella que las mujeres no deben ser admitidas a la Cena del Señor, puesto que no hay un texto en la Escritura que diga que ellas comulgaron en tiempo de los apóstoles. Mas en esto seguimos, como se debe hacer, la regla de la fe, considerando únicamente si la institución de la Cena les conviene a ellas; y, si conforme a la intención del Señor, se les debe administrar. Así también lo hacemos en el Bautismo. Porque cuando consideramos el fin para el cual fue instituido el Bautismo, vemos que no menos conviene a los niños que a los adultos. Y por ello no se les puede privar del mismo, sin defraudar la intención del que instituyó el Bautismo. Por lo que hace a los que esparcen entre el vulgo la opinión de
que durante muchos años después de la resurrección de Cristo no se
supo lo que era bautizar a los niños, ciertamente en esto mienten,
porque no hay escritor, por más antiguo que sea, que no declare que
este Bautismo se usaba ya en tiempo de los apóstoles. Pero Dios nos ha equipado con armas mejores para reprimir su loca necedad. Porque esta santa institución por la que sentimos que nuestra fe es ayudada con un grande consuelo, no puede ser tenida por superflua. Porque la señal que Dios comunica a los niños, confirma, como si fuese ratificada con un sello, la promesa que el Señor ha hecho a los suyos, que Él será su Dios y el de su descendencia por mil generaciones. En lo cual primeramente brilla la bondad de Dios para glorificar y ensalzar su nombre; y, en segundo lugar, para consolar al hombre fiel y darle mayor ánimo para entregarse totalmente a Dios, al ver que no solamente se preocupa de él, sino también de sus. hijos y su posteridad. Y no se puede decir que la promesa bastaría para asegurar la salvación de nuestros niños. Porque otro ha sido el pensamiento de Dios, que conociendo la flaqueza de nuestra fe, la ha querido fortalecer. Por tanto, todos los que con plena confianza descansan en la promesa de que Dios quiere hacer misericordia a su descendencia, deben presentar a sus criaturas para recibir el signo de la misericordia; y con ello consolarse y corroborar su fe, al ver con sus mismos ojos la alianza del Señor sellada en el cuerpo de sus hijos. El provecho que los niños reciben es que la Iglesia, reconociéndolos como miembros suyos, los tiene en mayor estima; y ellos; al ser mayores tienen ocasión de inclinarse más al servicio de Dios, que se les ha manifestado como Padre antes de que tuviesen entendimiento para comprenderlo, recibiéndolos en el número de los suyos desde el seno mismo de su madre. Finalmente, debemos siempre temer que, si menospreciamos marcar a
nuestros hijos con la señal del pacto, el Señor nos castigue por
ello (Gn.17,14); porque al hacerlo así renunciamos al beneficio y a
la merced que nos ofrece. Los que, impulsados por el diablo, se oponen en esta materia a la Palabra de Dios, al verse cogidos y convencidos con la semejanza que hemos expuesto entre la circuncisión y el Bautismo, se esfuerzan en probar que existe una gran diferencia entre estos dos signos, de tal modo que apenas convengan nada entre sí. Dicen primeramente que la cosa significada no es la misma; en segundo lugar, que el pacto es diferente; y, en fin, que el término de niños ha de entenderse dé diversa manera. Para probar lo primero alegan que la circuncisión fue figura de la mortificación, y no del Bautismo; lo cual nosotros les concedemos de buen grado, pues redunda en nuestro favor. En efecto, para probar nuestra tesis no empleamos otras palabras sino éstas: la circuncisión y el Bautismo representan igualmente la mortificación. De lo cual concluimos que el Bautismo ha sucedido a la circuncisión, puesto que el Bautismo significa para los cristianos lo mismo que la circuncisión significaba para los judíos. En cuanto a lo segundo que alegan, muestran con ello cuán
trastornado tienen su entendimiento, corrompiendo y destruyendo la
Escritura con gran temeridad; y esto no en un solo lugar, sino en
general. Porque ellos nos presentan a los judíos como un pueblo
carnal y embrutecido; más semejante a las bestias que a los hombres;
con el cual Dios no ha establecido más que un pacto en orden a esta
vida temporal, ni les ha hecho más promesa que la de los bienes
presentes y corruptibles. De ser esto así, ¿qué quedaría sino
considerar al pueblo judío como una piara de puercos, que el Señor
ha querido engordar en la pocilga, para dejarlos después perecer para
siempre? Porque siempre que les citamos la circuncisión y las
promesas que les fueron hechas, en seguida responden que la circuncisión
fue señal literal, y sus promesas, carnales. Mas como ya he demostrado bien claramente que las promesas de ambos signos, y los misterios que en ellos se representan, convienen entre sí, no me detendré más en ello al presente. Solamente quiero advertir a los fieles que consideren por sí mismos si se debe tener por terreno y literal un signo que no contiene cosa alguna que no sea espiritual y celestial. Mas como ellos alegan ciertos pasajes de la Escritura para probar su mentira, y así engañar a los ignorantes, contestaremos brevemente a las objeciones que a este propósito pueden hacer. Es cosa muy cierta que las principales promesas que el Señor ha
hecho a su pueblo en el Antiguo Testamento, y en las cuales se contenía
el pacto que con él estableció, eran espirituales y se referían a
la vida eterna. De acuerdo con ello, los patriarcas las entendieron
espiritualmente para concebir la esperanza de la gloria venidera, y
sentirse arrebatados de afecto a ella. Sin embargo, no negamos que les
ha manifestado su benevolencia con otras promesas carnales y terrenas;
y ello para confirmar las promesas espirituales; como vemos que Dios,
después de haber prometido a Abraham la bienaventuranza inmortal, añade
la promesa de la tierra de Canaan, para declararle su gracia y favor
hacia él (Gn.15, 1-18). De esta manera se deben entender todas las
promesas terrenas que hizo al pueblo judío, haciendo preceder la
promesa espiritual como fundamento y principio, a la cual se ha de
referir todo lo demás. Esto lo trato aquí sucintamente, porque ya lo
he expuesto por extenso en el tratado acerca del Antiguo y del Nuevo
Testamento. Admitimos que la descendencia carnal de Abraham ocupó por algún
tiempo el lugar de los hijos espirituales, que por la fe son
incorporados a él. Porque nosotros somos llamados sus hijos, aunque
según la carne no tengamos parentesco alguno con él. Pero si ellos
entienden, como sus palabras indican, que la bendición espiritual no
fue nunca prometida a la descendencia carnal de Abraham, se engañan
grandemente. Por tanto, es mejor que apunten en otra dirección; a
saber, aquella hacia la cual la Escritura misma nos encamina. Pues el
Señor promete a Abraham que en su descendencia todas las gentes de la
tierra habrán de ser benditas; ya la vez, que Él será su Dios y el
de su posteridad. Todos los que reciben a Cristo, autor de esta
bendición, son herederos de esta promesa; y por eso se llaman hijos
de Abraham. Ciertamente un loco no se contradiría de modo tan flagrante. Porque de lo primero que afirman se seguiría que el Bautismo debería preceder en el tiempo a la circuncisión; y de lo segundo, lo contrario, a saber, que debería serie posterior. No hemos de extrañarnos de tales contradicciones; porque el espíritu del hombre, cuando se da a inventar fábulas e imaginaciones semejantes a los sueños, necesariamente ha de caer en tales desvaríos. Si querían ver una alegoría en el octavo día, debían haber procedido de otra manera. Mucho mejor hubiera sido exponer, como lo hicieron los antiguos, que esto era para mostrar que la renovación de vida depende de la resurrección de Cristo, la cual tuvo lugar al octavo día; o bien, que es preciso que esta circuncisión del corazón sea perpetua y mientras dure la vida.! Aunque hayal parecer alguna razón para creer que el Señor, al diferir la circuncisión hasta el octavo día, haya tenido en cuenta la tierna edad de los niños; porque la herida en los recién nacidos sería más peligrosa, y queriendo su Majestad que su pacto fuera impreso en sus cuerpos, es verosímil que haya fijado este término, a fin de que estuviesen lo suficientemente fuertes como para que su vida no peligrase. La segunda diferencia que establecen no tiene más solidez; pues es una burla decir que por el Bautismo somos sepultados después de la mortificación; porque más bien somos enterrados para ser mortificados, como lo enseña la Escritura (Rom. 6,4). Finalmente alegan que si nosotros tomamos la circuncisión por fundamento del Bautismo, no deberíamos bautizar a las niñas, puesto que solamente los niños se circuncidaban. Pero si consideran debidamente el significado de la circuncisión, no podrán decir esto. Porque siendo así que el Señor con este signo demostraba la santificación de la posteridad de Israel, es del todo cierto que ella servía lo mismo para las niñas que para los niños; pero la señal no se les aplicaba a ellas porque su sexo nO’ la admitía. Y así el Señor, al ordenar que los varones fuesen circuncidados, en ellos comprendía también al sexo contrario, que al no poder recibir la circuncisión en su propio cuerpo, participaba en cierto modo de la circuncisión de los varones. En conclusión: dejemos a un lado todas estas locas fantasías,
como se merecen, y retengamos firmemente la semejanza que existe entre
el Bautismo y la circuncisión en cuanto al misterio interior, a las
promesas, al uso y a la eficacia. Pero la verdad de Dios es muy contraria a todo esto. Porque si se
les debe dejar como a hijos de Adán, se les deja en la muerte; pues
en Adán no hay más que muerte. Cristo, por el contrario, manda que
los lleven a Él (Mt.19, 14). ¿Por qué? Porque Él es la vida.
Quiere, pues, hacerlos compañeros suyos, para vivificarlos. Pero éstos
luchan contra su voluntad, diciendo que permanezcan en la muerte.
Porque, si piensan que los niños no se pierden por ser hijos de Adán,
su error es ampliamente refutado por el testimonio de la Escritura. Al
decir que todos mueren en Adán (1 Cor.15,22), se sigue que no hay
esperanza alguna de vida sino en Cristo. Por tanto, para ser herederos
de la vida es preciso tener parte con Cristo. Asimismo en otro lugar
se dice que todos somos por naturaleza hijos de ira, concebidos en
pecado (Ef. 2, 3), el cual trae siempre consigo la condenación; por
tanto, debemos despojamos de nuestra naturaleza, para poder entrar en
el reino de Dios. ¿Y se puede decir algo más claro que estas
palabras: “la carne y la sangre no pueden heredar el reino de
Dios” (1 Cor.15,50)? Es necesario, pues, que cuanto hay en nosotros
perezca, para ser hechos herederos de Dios; lo cual no puede tener
lugar sin ser regenerados. Finalmente es necesario qué permanezca
verdadera la Palabra del Señor, cuando dice que Él es la vida (Jn.
11,25; 14,6). Así pues, es necesario que seamos injertados en Él
para quedar libres de la servidumbre de la muerte. La otra escapatoria que proponen tampoco tiene valor. Dicen que esto lo hizo Dios una vez; y que de ahí no se sigue que lo haga con las otras criaturas. Nosotros no afirmamos tal cosa; simplemente pretendemos demostrar que ellos sin razón alguna quieren restringir la virtud y potencia de Dios con los niños; la cual, sin embargo, ya una vez la ha Él demostrado. El otro subterfugio a que se acogen no es más sólido. Aseguran
que es un modo de hablar de la Escritura decir “desde el vientre de
la madre", en vez de desde la juventud. Porque se puede ver muy
bien que el ángel, al decir estas palabras a Zacarías no quiso decir
lo que ellos pretenden, sino que el niño, antes de nacer, sería
lleno del Espíritu. Por tanto, no intentemos dar leyes -a Dios; dejémosle
que santifique a quien bien le parezca, como lo hizo con san Juan,
puesto que su mano no se ha acortado. A la objeción de que la Escritura no conoce ninguna otra
regeneración que la que tiene lugar de la semilla incorruptible por
la Palabra de Dios (1 Pe.1,23), respondemos que entienden muy mallo
que dice san Pedro; pues él se dirige únicamente a los fieles que
habían sido enseñados con la Palabra de Dios. A éstos afirmamos que
la Palabra de Dios es la sola y única semilla de la regeneración
espiritual; pero negamos que de esto se siga que los niños no puedan
ser regenerados por la virtud y potencia de Dios a nosotros oculta y
admirable, pero para Él fácil y común. Además, sería una cosa
poco segura afirmar que el Señor no pueda de ninguna manera
manifestarse a los niños. ¿Cómo, dicen, puede ser esto, si, como asegura san Pablo, “la fe es por el oir” (Rom. 10, 17), y los niños son incapaces de discernir el bien del mal? Pero ellos no consideran que san Pablo habla aquí solamente de la
manera ordinaria que usa el Señor para infundir la fe a los suyos; no
que no pueda usar otra, como ciertamente lo hace con muchos, a los
cuales, sin jamás hacerles oír la Palabra, los ha tocado
interiormente para .llamarlos a su conocimiento. Y como les parece que
esto repugna a la naturaleza de los niños, los cuales, como dice Moisés,
“no saben lo bueno ni lo malo” (Dt. 1,39), les pregunto por qué
quieren restringir la potencia de Dios, como si no supiese hacer con
los niños lo que poco después hace perfectamente con ellos. Porque
si la plenitud de la vida consiste en conocer perfectamente a Dios,
como quiera que el Señor salva a algunos que mueren aún niños, es
cierto que Dios se les ha manifestado enteramente. Y como ellos han de
tener este perfecto conocimiento en la otra vida, ¿por qué no pueden
tener mientras viven aquí un destello del mismo, principalmente
cuando no decimos que Dios les quite esta ignorancia hasta que los
saque de la prisión del cuerpo? No que yo quiera temerariamente
afirmar que los niños tengan una fe cual la que nosotros tenemos;
nuestra intención es solamente mostrar la temeridad y presunción de
los que siguiendo su loca fantasía afirman y niegan cuanto se les
antoja, sin tener en cuenta la razón para hacerlo así. Pero estos argumentos más combaten contra lo que Dios ha ordenado, que contra nosotros. Porque que la circuncisión fue signo de penitencia se ve muy claramente en muchos lugares de la Escritura, principalmente en el capítulo cuarto de Jeremías. Y san Pablo la llama “sello de la justicia de la fe” (Rom.4, 11). Que pregunten, pues, a Dios, por qué hacía que se aplicara a los niños; porque es la misma razón en el Bautismo que en la circuncisión. Si la circuncisión no se les dio a los niños sin motivo, tampoco ahora se les dará el Bautismo. Si se acogen a los subterfugios que suelen, a saber: que los niños han figurado a los que verdaderamente son niños en espíritu y en regeneración, ya se les ha cerrado esta puerta. Lo que nosotros decimos es, pues, esto: que si el Señor ha querido que la circuncisión - aunque era sacramento de fe y de penitencia - fuese comunicada a los niños, no hay inconveniente alguno en que lo sea también ahora el Bautismo; a no ser que estos calumniadores quieran acusar a Dios por haberlo así ordenado. Pero la verdad, sabiduría y justicia de Dios brilla en todas sus obras para confundir la locura, mentira y maldad. Porque aunque los niños no comprendían lo que la circuncisión significaba, sin embargo no dejaban de ser circuncidados en su carne para mortificación interna de su naturaleza corrompida, para que meditasen en ello cuando la edad se lo permitiese. En resumen, esta objeción se soluciona en una palabra diciendo que son bautizados en la penitencia y en la fe futuras; de las cuales, aunque no vean cuando son bautizados apariencia alguna, sin embargo la semilla de ambas por una oculta acción del Espíritu Santo queda plantada. De esta manera se responde a todos los textos referentes al Bautismo, cuyo significado retuercen contra nosotros. Así, de que san Pablo lo llama lavamiento de la regeneración y de renovación (Tit. 3, 5) concluyen que el Bautismo solamente se debe dar al que es capaz de ser regenerado y renovado; a lo cual les replicamos que la circuncisión es señal de regeneración y renovación, luego no se debía dar sino a los que eran capaces de la regeneración que significaba; de ser verdad lo cual, la ordenación de Dios de circuncidar a los niños seria frívola e Irrazonable. Por consiguiente, todas las razones que aducen contra la circuncisión en nada dañan al Bautismo. Y no se pueden escapar diciendo que se debe dar por hecho lo que el
Señor ha ordenado, y que se debe tener por firme, bueno y santo sin
investigar más sobre ello; la cual reverencia no se debe a las cosas
que Él no ha ordenado expresamente, como él bautismo de los niños y
otras semejantes. Porque fácilmente les cogeremos con nuestra
respuesta. Di0s ha ordenado con razón que los niños fuesen
circuncidados, o no. Si Él lo ha ordenado de manera que nada se pueda
decir en contra, tampoco habrá mal alguno en bautizar a los niños. De esta manera hay que entender también lo que enseña san Pablo, que “somos sepultados juntamente con (Cristo) por el bautismo” (Rom. 6,4; Col. 2, 12). Porque al decir esto no entiende que deba preceder al Bautismo; solamente enseña cuál es la doctrina del Bautismo, la cual se puede mostrar y aprender después de recibirlo, tan bien como antes. Asimismo Moisés y los profetas muestran al pueblo de Israel lo que la circuncisión significaba, aunque habían sido circuncidados en su niñez (Dt.10, 16; Jer.4,4). Por tanto, si quieren concluir que todo cuanto se representa en el Bautismo le debe preceder, se engañan grandemente, puesto que todas estas cosas se escribieron a personas que habían sido ya bautizadas. Lo mismo quiere decir san Pablo cuando escribe a los gálatas, que cuando fueron bautizados se revistieron de Cristo (Gál. 3,27). ¿Con qué fin? Para que después viviesen en Cristo, lo cual no habían hecho. Y si bien las personas mayores no deben recibir el signo sin que entiendan primero lo que significa, la razón no es la misma para los niños pequeños, como luego diremos. Al mismo fin tiende lo que dice san Pedro, cuando afirma que el Bautismo, que se corresponde con el arca de Noé, nos ha sido dado para salvación; no el lavamiento externo de las suciedades de la carne, sino la respuesta de la buena conciencia para con Dios, que es por la fe en la resurrección de Jesucristo (1 Pe.3,21). Si la verdad del Bautismo, dicen, es el buen testimonio de la conciencia delante de Dios, cuando no se da esto en él, ¿qué será, sino una cosa vana y sin importancia? Por tanto, si los niños no pueden tener esta buena conciencia, su Bautismo no es sino vanidad. Pero se engañan siempre al querer que la verdad, que es precisamente lo que es significado, preceda sin excepción alguna al signo. Error que ya hemos refutado suficientemente. Porque la verdad de la circuncisión también consistía en el testimonio de la buena conciencia; y si esto hubiera de preceder necesariamente, Dios nunca hubiera mandado circuncidar a los niños. Pero al enseñamos el mismo Señor que ésta es la sustancia de la circuncisión, y, sin embargo,. ordenar que los niños se circuncidasen, nos demuestra claramente con ello que se les concedía respecto a eso para el futuro. Por tanto, la verdad presente que debemos considerar en el bautismo
de los niños es que es un testimonio de su salvación, que sella y
confirma el pacto que Dios ha establecido con ellos. Los demás
significados de este sacramento los comprenderán después, cuando
agradare al Señor. Las demás razones que suelen traer las trataremos brevemente. Alegan también lo que dice san Pablo, que el Señor purificó a su Iglesia en el lavamiento de agua por la Palabra (Ef.5,26). Lo cual es una prueba contra ellos; porque de lo que dice el Apóstol deducimos el argumento siguiente: si el Señor quiere que la purificación que Él opera en su Iglesia sea atestiguada y confirmada con el signo del Bautismo, y los niños pertenecen a la Iglesia, puesto que son contados en el pueblo de Dios, y pertenecen al reino de los cielos, se sigue que deben recibir el testimonio de su purificación como los demás miembros de la Iglesia. Porque san Pablo, sin exceptuar a persona alguna, comprende a toda la Iglesia en general cuando dice que Nuestro Señor la purificó con el lavamiento del agua (Ef. 5,26). Lo mismo podemos concluir de lo que alegan, que por el Bautismo
somos incorporados a Cristo (l Cor. 12, 13). Porque si los niños
pertenecen al cuerpo de Cristo, como está claro por lo que hemos
dicho, se sigue que es razonable que sean bautizados, para que no estén
separados de su cuerpo. He aquí con qué ímpetu y fuerza pelean
contra nosotros, acumulando textos de la Escritura sin entenderlos. Después quieren probar todo esto por la práctica que se siguió en tiempo de los apóstoles, en el cual ninguno era bautizado antes de hacer profesión de su fe y su penitencia. Porque san Pedro, dicen, preguntado por los que se querían convertir al Señor, qué era lo que debían hacer, les responde que se arrepientan y que se bauticen para remisión de sus pecados (Hch. 2, 37-38). Asimismo, cuando el eunuco pregunta a Felipe si debía bautizarse, le responde: “Si crees de todo corazón, bien puedes” (Hch. 8, 37). De esto concluyen que el bautismo no está mandado más que a aquellos que tienen fe y penitencia; y que el que carece .de esto no debe ser bautizado. Si esta razón vale, se ve por el primer texto alegado que solamente bastaría la penitencia, pues no se hace en él mención alguna de la fe; y, a su vez, por el segundo, que solamente bastaría la fe, pues no se exige la penitencia. Dirán que un texto y otro se completan, y hay que unirlos para poder entenderlo s bien. Del mismo modo decimos nosotros también que para dar cohesión a todo hay que unir todos los demás pasajes que pueden ayudar a resolver esta dificultad, pues el verdadero sentido de la Escritura depende muchas veces del contexto. Vemos, pues, que las personas que preguntan qué es lo que deben
hacer para salvarse son personas que están ya en el uso de la razón.
De éstos decimos que no deben ser bautizados sin que primeramente den
testimonio de su fe y penitencia en cuanto se puede tener entre
hombres. Mas los niños engendrados de padres cristianos no se han de
contar en este número. Que esto sea así, y no una invención
nuestra, se ve por los textos de la Escritura que confirman esta
diferencia. Así vemos que si alguno antiguamente se hacía miembro
del pueblo de Dios era preciso que antes de ser circuncidado fuese
instruido en la Ley de Dios y en el pacto que se confirmaba con el
sacramento de la circuncisión. Me parece que toda esta materia quedará bien clara resumiéndola
de esta manera: las personas mayores que abrazan la fe en Cristo no
deben ser aceptadas para recibir el Bautismo antes de tener fe y
penitencia, pues éstas solamente pueden abrir la puerta para entrar
en el pacto. Mas los niños que sean hijos de cristianos, a los cuales
les pertenece el pacto por herencia en virtud de la promesa; por esta
sola razón son aptos para ser admitidos al Bautismo. Y lo mismo ha de
decirse de los que confesaban sus faltas y pecados para que san Juan
los bautizase (Mt. 3,6); el cual ejemplo se debe hoy seguir; porque si
un turco o un judío viniera no debemos administrarle el Bautismo
antes de haberlo instruido y de que haya hecho tal confesión que
satisfaga a la iglesia. Aducen también las palabras de Cristo, que cita san Juan: “El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3, 5). Aquí vemos, arguyen, cómo el Señor llama, al Bautismo, regeneración. Siendo así que los niños son incapaces de la regeneración, ¿cómo pueden ser aptos para recibir el Bautismo que no puede existir sin la misma? Primeramente se engañan al pensar que este texto deba entenderse
del Bautismo, porque en él se hace mención del agua. Porque después
de exponer Jesucristo a Nicodemo la corrupción de nuestra naturaleza,
y decide que es preciso que seamos regenerados, como Nicodemo se
imaginaba un segundo nacimiento corporal, le muestra Cristo de qué
manera Dios nos regenera; a saber, en agua y en Espíritu; como si
dijese: Por el Espíritu, el cual purificando y regando las almas hace
el oficio del agua. Así que yo tomo el agua y el Espíritu
simplemente por el Espíritu, que es agua. Esta manera de hablar no es
nueva, sino que está de acuerdo con la que se encuentra en san Mateo,
donde Juan el Bautista dice: “El que viene tras mí, él os bautizará
en Espíritu Santo y fuego” (Mt. 3,11). Por tanto, como bautizar en
Espíritu Santo y fuego es dar el Espíritu Santo, el cual tiene la
naturaleza y la propiedad del fuego para regenerar a los fieles, así
también renacer por agua y por Espíritu no quiere decir otra cosa
sino recibir la virtud del Espíritu Santo, que hace en el alma lo
mismo que el agua en el cuerpo. Con esto también se convence de error a los que condenan a muerte
eterna a todos los que no son bautizados. Supongamos, conforme a su
opinión, que el Bautismo no se debe administrar sino a los adultos.
¿Qué dirían si un muchacho, instruido convenientemente en la religión,
llegase a morir antes de poder ser bautizado? Nuestro Señor dice:
“El que cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a
condenación mas ha pasado de muerte a vida” (Jn.5,24). No hay ningún
lugar en que haya condenado a quienes no han -sido bautizados. No
quiero que esto se entienda como si yo fuera de la opinión de que se
puede prescindir del Bautismo sin miedo alguno; solamente quiero
demostrar que no es de tal manera necesario que no sea excusable quien
no lo ha recibido, si tenía un impedimento legítimo. En cambio, según
la opinión de éstos, todos ellos sin excepción alguna serían
condenados, aunque tuviesen fe, con la cual poseemos a Cristo. Y además
condenan a todos los niños a los cuales no quieren conferir el
Bautismo, el cual dicen que es necesario para la salvación. Vean
ahora cómo pueden ponerse de acuerdo con lo que dice Cristo: que
“de los tales es el reino de los cielos” (Mt.19,14). Por lo demás,
aunque les concedamos todo lo que piden a este respecto ninguna otra
cosa pueden concluir de ahí, si primero no consiguen refutar la
doctrina referente a la regeneración de los niños, que hemos
expuesto con claras y sólidas razones. Mas aun perdonándoles este error, ¿qué fuerza puede tener su
argumento? Ciertamente, al que quisiera andar con tergiversaciones no
se faltaria modo de escapar de ellos. Porque, ya que tanto insisten en
el orden de las palabras, pretendiendo que como está dicho: Id y
bautizad; y: El que creyere y se bautizare; se debe concluir que
primero es predicar que bautizar, y creer que ser bautizado, ¿por qué
no podemos replicar nosotros que antes se debe administrar el Bautismo
que enseñar a guardar todo lo que se ha mandado, puesto que está
escrito: Bautizad, enseñando d guardar todo lo que os he mandado? Lo
cual también lo hemos advertIdo en la otra sentencia de Cristo de
regeneración de agua y de Espíritu, que poco antes aduje. Porque si
se entienden como a ellos les agrada, hay que concluir de ahí que el
Bautismo ha de preceder a la regeneración espiritual, pues se nombra
en primer lugar, ya que el Señor no dice que debemos ser regenerados
de Espíritu yagua, sino de agua y de Espíritu. El Señor envía a los apóstoles a instruir a los hombres, de
cualquier nación que fueren, en la doctrina de la salvación. ¿Qué
hombres? Evidentemente no entiende sino a los que son capaces de
recibir la doctrina. Luego prosigue que éstos, después de haber sido
instruidos, sean bautizados, añadiendo la promesa: Los que creyeren y
se bautizaren serán salvos. ¿Se hace mención alguna de los niños
en toda esta argumentación? ¿Qué clase de razonamiento es entonces
la “que éstos emplean?: las personas mayores deben ser instruidas y
han de creer antes de ser bautizadas; se sigue, por tanto, que el
Bautismo no conviene a los niños. Por más que se atormenten no podrán
deducir de este pasaje sino que se debe predicar el Evangelio a
quienes son capaces de oirlo, antes de bautizarlos, puesto que de
ellos se trata únicamente. Por tanto no se puede ver en tales
palabras impedimento alguno para bautizar a los niños. Cuando dice san Pablo: “Si alguno no quiere trabajar, tampoco
coma” (2 Tes. 3,10), el que de ahí quisiera concluir que los niños,
como no trabajan, no deben comer, ¿no mereceria que todo el mundo se
riera de él? ¿Por qué? Porque lo que se dice de una parte, ése lo
aplica en general a todos. Pues otro tanto hacen éstos; porqué lo
que se dice de las personas mayores lo aplican a los niños, haciendo
una regla general. En suma: no pueden deducir otra cosa sino que el Bautismo tiene su
origen en la predicación del Evangelio. Y si les parece que hay que
señalar el término de los treinta años, ¿por qué no guardan esto,
sino que bautizan a todos aquellos que les parece se encuentran
suficientemente instruidos? Incluso Servet, uno de sus maestros, que
tan pertinazmente insistía en los treinta años, había ya comenzado
a los veintiuno a ser profeta. ¡Goma si fuese admisible que un hombre
pueda jactarse de ser doctor de la Iglesia antes incluso de ser
miembro de ella! Objetan también que según esa razón habría que administrar a
los niños la Cena, lo cual nosotros, queremos excluir. iComo si la
diferencia no se estableciera expresamente en la Escritura, y con toda
claridad! Admito que antiguamente se hizo así en la Iglesia, como se
ve en algunos escritores eclesiásticos, especialmente en san Cipriano
y en san Agustín, pero esta costumbre fue abolida, y con toda razón.
Porque si consideramos la naturaleza del Bautismo, veremos que es la
primera entrada que tenemos para’ ser reconocidos como miembros de
la Iglesia y contados en el número del pueblo de Dios. Por tanto, el
Bautismo es la señal de nuestra regeneración y nacimiento,
espiritual por el cual somos hechos hijos de Dios. Por el contrario,
la Cena ha sido instituida para aquellos que, habiendo pasado ya de la
primera infancia, son capaces de un alimento más sólido. Esta
diferencia se indica bien claramente en las palabras del Señor. Para
el Bautismo no establece distinción alguna de edad; mas para la Cena
sí, al no permitir que sea comunicada más que a quienes pueden
discernir el cuerpo del Señor, que se pueden examinar y probar, y
pueden anunciar la muerte del Señor (Lc.22, 19), y entender cuánta
es su virtud. ¿Podemos desear nada más claro?: “Pruébese cada uno
a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa” (1 Cor.11,28).
Es menester, pues, que preceda el examen, lo cual no pueden hacer los
niños. Y: “El que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo
del Señor, juicio come y bebe para sí” (1 Cor.11,29). Si no pueden
participar de la Cena dignamente sino quienes se prueban y son capaces
de conocer bien la santidad del cuerpo del Señor, ¿estaría bien que
diéramos a nuestros niños veneno en lugar de pan de vida? ¿Qué
quiere decir este mandato del Señor: Haced esto en memoria de mí?”
¿Qué quiere decir lo que de aquí concluye el Apóstol: Todas las
veces que comiereis este pan, anunciaréis la muerte del Señor hasta
que venga? ¿Qué recuerdo podemos exigir de los niños respecto a lo
que nunca han entendido? ¿Cómo podrán anunciar la muerte del Señor,
cuando ni siquiera saben hablar? Ninguna de estas cosas se requiere en
el Bautismo. Por tanto la diferencia es muy grande entre estas dos señales;
diferencia que también existió en el Antiguo Testamento entre signos
semejantes y correspondientes a éstos. Porque la circuncisión, que
evidentemente corresponde a nuestro Bautismo, se aplicaba a los niños
(Gn.17, 12); pero el cordero pascual no se daba a todos
indistintamente, sino sólo a los niños capaces de preguntar por el
sentido del rito (Éx.12,26). Si esta gente tuviera un poco de
discernimiento, no dejaría de comprender una cosa tan clara y
manifiesta. Aunque me resulta enojoso hacer un catálogo de tantos desvaríos, que podrán resultar pesados al lector, sin embargo, como Servet, uno de los jefes principales de los anabaptistas, cree que ha aportado razones decisivas contra el Bautismo de los niños, será necesario refutarlas brevemente. 1º. Pretende que los signos que Cristo ha dado, siendo perfectos, requieren que aquellos a quienes se dan sean perfectos o capaces de perfección. La solución es fácil. En vana se limita la perfección del Bautismo a un solo momento, cuando se extiende y prolonga hasta la muerte. Más aún: deja ver bien a las claras su necedad al exigir perfección en el hombre el primer día que es bautizado, cuando el Bautismo nos invita a ella para todo el tiempo de nuestra vida, avanzando en ella cada día. 2º. Objeta que los sacramentos de Jesucristo son instituidos como memorial, para que cada uno recuerde que es sepultado con Cristo. Respondo que lo que él ha inventado no necesita respuesta. Por lo demás, bien claro se ve por las palabras de san Pablo, que lo que Servet quiere atribuir al Bautismo se refiere a la Cena; es decir, que cada cual se examine (1 Cor.1l,26-28); lo cual no se dice del Bautismo. De donde concluimos que las criaturas que aún no se pueden examinar a sí mismas son justamente bautizadas. 3º. A su tercer argumento: que todo el que no cree en el Hijo de Dios permanece en la muerte, y que la ira de Dios está sobre él (Jn. 3,36); Y que por esta causa los niños, los cuales no pueden creer, están sumergidos en la condenación, respondo que Cristo no habla aquí de la culpa general que afecta a todos los hijos de Adán, sino que solamente amenaza a los que menosprecian el Evangelio; los cuales con su soberbia y obstinación menosprecian la gracia que por el Evangelio se les ofrece y presenta. Ahora bien, esto no tiene nada que ver con los niños. Además le opongo una razón contraria: que todo lo que Cristo bendice está libre de la maldición de Adán y de la ira de Dio!¡; ahora bien, sabemos que bendijo a los niños; luego se sigue que están libres de la muerte. Cita además falsamente lo que no se lee en ningún pasaje de la Escritura: Todo el que es nacido del Espíritu oye la voz del Espíritu. Mas, aun admitiendo que se halle escrito, no podrá concluir de aquí sino que los fieles son inducidos a seguir a Dios, según el Espíritu obra en ellos. Ahora bien, es un grave defecto aplicar a todos en general lo que se dice de algunos en particular. 4°. Su cuarta objeción es que como es antes lo que es animal o sensual (1 Cor.15,46), hay que esperar un tiempo conveniente para el Bautismo, que es espiritual. Admito que todos los descendientes de Adán, siendo engendrados según la carne, tienen consigo su condenación desde el seno de su madre; sin embargo, niego que esto impida a Dios poner remedio cuando bien le pareciere. Porque Servet nunca podrá demostrar que haya un término señalado en que la renovación espiritual deba comenzar. San Pablo declara que aunque los hijos de los fieles se encuentren por su naturaleza en la misma perdición que los demás, sin embargo son santificados por gracia sobrenatural (1 Cor.7, 14). 5°. Trae después una alegoría. David, al subir a la fortaleza de
Sión, no llevó consigo ciegos ni cojos, sino soldados esforzados (2
Sam. 5, 8). Mas, ¿qué respondería Servet si le opusiese la parábola
en que Dios convida al banquete celestial a los ciegos y a los cojos (Lc.14,21)?
Le pregunto también si los cojos y mancos habían servido primero a
Dios en la guerra. De lo cual se sigue que eran miembros de la
Iglesia. Pero es superfluo insistir más tiempo en esto, puesto que no
es más que una falsedad que él ha inventado. 6°. Dice luego que las cosas espirituales se han de acomodar a las espirituales (1 Cor. 2, 13); y que no siendo los niños espirituales no son aptos para recibir el Bautismo. Pero en primer lugar se ve claramente que retuerce perversamente el texto de san Pablo. Allí se trata de la doctrina; como los corintios se deleitaban sobremanera con sutilezas e ingeniosidades, san Pablo reprende su negligencia por tener aún necesidad de aprender los primeros rudimentos de la religión cristiana. ¿Quién se atreverá a concluir de aquí que los niños no deben ser bautizados; a los cuales, si bien engendrados según la carne, Dios los consagra y dedica a sí mismo por una gratuita adopción? 7°. En cuanto a la objeción de que si son hombres nuevos, como nosotros decimos, deben ser alimentados con un sustento espiritual, es fácil la respuesta. Los niños son admitidos en el redil de Cristo por el Bautismo, y esta marca de su adopción basta hasta que crezcan y puedan mantenerse con un alimento sólido; y por tanto, que hay que esperar al tiempo del examen que Dios exige para la Cena. 8°. Objeta luego. que Cristo convida _a todos a su Cena. Pero está
bien claro que Cristo admite solamente a aquellos que están ya
preparados para celebrar la memoria de su muerte. De donde se sigue
que los niños, a quienes ha tenido a bien recibir en sus brazos, no
dejan de pertenecer a la Iglesia, aunque permanezcan en un grado
inferior hasta que lleguen a la edad de la discreción. 9°. Objeta también que un buen mayordomo distribuye a su familia el sustento a su tiempo y sazón. De muy buen grado lo admito. Pero, ¿con qué autoridad y derecho determina un momento propio en el Bautismo, para probar que en los niños no se da el momento oportuno de recibirlo? 10°. Aduce también el mandato de Cristo a sus apóstoles de que se den prisa para la siega, pues ya los campos blanquean (Jn. 4, 35). Con esto Cristo no quiso decir otra cosa sino que, viendo los apóstoles el fruto de su trabajo, se preparasen a enseñar con alegría. ¿Quién concluirá de ahí que no hay otro tiempo conveniente y adecuado para el Bautismo que el de la siega? 11°. Su onceno argumento es que en la Iglesia primitiva todos los cristianos se llamaban discípulos (Hch. 11, 26), Y por esto los niños no pueden entrar en el número de los mismos. Pero ya hemos visto cuán neciamente argumenta elevando a ley general lo que se dice en particular. San Lucas Ilama discípulos a aquellos que habían sido instruidos y hacían profesión de cristianos, igual que en tiempo de la Ley, los judíos se llamaban discípulos de Moisés; pero ninguno concluirá de aquí que los niños eran extraños, cuando Dios había declarado que eran sus familiares, y como tales los ha considerado. 12°. Dice también que todos los cristianos son hermanos, y que si no damos la Cena a los niños, no los tenemos por tales. Pero yo vuelvo a mi principio: que no son herederos del reino de los cielos sino quienes son miembros de Cristo, y que el honrar y abrazar Cristo a los niños fue una verdadera señal de su adopción, mediante la cual los ha unido a los mayores. El que durante algún tiempo no sean admitidos a la Cena, no impide que sean verdaderamente miembros de la Iglesia. Porque el ladrón que se convirtió en la cruz no dejó de ser hermano de todos los fieles por no haber recibido nunca ]a Cena. 13°. Añade luego que ninguno es hermano nuestro sino por el Espíritu de adopción, que solamente se da por la fe (Rom. 10, 17). Respondo que no hace más que cantar siempre la misma canción, aplicando sin propósito a los niños lo que solamente está dicho de los mayores. Enseña allí san Pablo que Dios comúnmente llama a sus elegidos a la fe suscitando buenos doctores, por cuyo ministerio y diligencia les tiende la mano. Mas, ¿quién se atreverá a imponerle a Dios ley rara que no incorpore a los niños a Jesucristo por otro camino secreto? 14°. La objeción de que Cornelio fue bautizado después de haber recibido el Espíritu Santo es tan desatinada como querer convertir en regla general un caso particular. Lo cual se ve por el eunuco y los samaritanos (Hch. 8,17.38; 10,44), con los cuales Dios observó un orden diverso, queriendo que fuesen bautizados antes de recibir el Espíritu. 15°. La razón décimoquinta es bien necia. Afirma que por la regeneración nosotros somos hechos dioses; y que son dioses aquellos a quienes se ha anunciado la Palabra de Dios (Jn.10, 35), lo cual no es propio de los- niños. El atribuir la divinidad a los fieles es uno de sus desvaríos del que no quiero tratar ahora. Pero obra descaradamente al traer por los cabellos el texto del salmo, torciéndolo en otro sentido muy diferente. Cristo dice que los reyes y los magistrados son llamados dioses por el profeta, porque Dios los ha constituido en su estado y dignidad. Este sutil doctor, lo que se dice de modo especial del cargo de gobernar lo aplica a la doctrina del Evangelio, para arrojar a los niños del seno de la Iglesia. 16°. Arguye también que los niños no deben ser tenidos por
hombres nuevos, pues no son engendrados por la Palabra. Pero vuelvo a
repetir lo que tantas veces ,he dicho : que la doctrina del Evangelio
es la semilla 17°. Vuelve luego a las alegorías: que los animales bajo la Ley no fueron ofrecidos de recién nacidos (Éx.12, 5). Si es lícito traer así figuras a nuestro talante, podría replicarle que todos los primogénitos eran consagrados a Dios apenas salían del vientre de sus madres (Éx. 13,2). De donde se sigue que para santificar a los niños no debemos esperar a que lleguen a ser adultos, sino que deben ser dedicados y ofrecidos desde su nacimiento. 18°. Porfía también diciendo que ninguno puede llegar a Cristo si no ha sido preparado .por el Bautista. Como si el oficio de san Juan no hubiera sido temporal. Pero aun dado esto, afirmo que tal preparación no tuvo lugar en los niños que Cristo abrazó y bendijo. Por tanto no hagamos caso de ella, ni de su falso principio. 19°. Finalmente cita en-defensa suya a Mercurio Trismegisto y las Sibilas, según los cuales las abluciones sagradas no convienen sino a personas de edad. He aquí en qué estima y reverencia tiene el Bautismo de Cristo, que quiere regulado conforme a los ritos profanos de los paganos, de tal manera que sea administrado como lo prescribe Trismegisto, discípulo de Platón. Pero la autoridad de Dios debe ser para nosotros de mayor estima; y a El le ha placido dedicar a sí mismo los niños, santificándolos con una señal solemne, cuya virtud aún no entienden. y no creemos lícito tomar de las explicaciones de los gentiles cosa alguna que mude o altere en nuestro Bautismo la inviolable y eterna Ley de Dios, que Él ordenó en la circuncisión. 20°. Como conclusión argumenta de esta manera: si es lícito
bautizar a los niños que carecen de entendimiento, también será válido
el Bautismo que dan los niños cuando juegan. Me parece que he demostrado con suficiente evidencia cuán débiles
son las razones con que Servet ha querido ayudar a sus compañeros los
anabaptistas. Lo que hemos dicho creo que bastará para demostrar cuán sin causa
y sin razón alguna turba esta gente, la Iglesia del Señor al
promover disputas y cuestiones sobre el Bautismo de los niños. Por
eso estará bien considerar qué es lo que Satanás pretende con esta
astucia. Y lo que él pretende es evidentemente quitamos aquel
singular fruto de confianza y de gozo espiritual que el Señor nos ha
querido dar con su promesa, y oscurecer igualmente la gloria de su
nombre. Porque, ¡cuán grato es alas fieles asegurarse, no sólo con
la Palabra, sino también con sus propios ojos, de. que han alcanzado
tanta gracia y favor ante el Padre de las misericordias, que no
solamente tiene cuidado de ellos, sino incluso, por amor a ellos, de
toda su posteridad! Escrito por José Miguel Arráiz |