JUEVES VII DE PASCUA

Del Comentario de San Cirilo de Alejandría, obispo, Sobre el evangelio de San Juan

Si no me voy,el Abogado no vendrá a vosotros

GLOSA

Los santos están disponibles para el Espíritu Santo, no porque vivan desencarnados de nuestra historia, sino porque dejan penetrar ese mismo Espíritu en su corazón, sin dividir las propias posibilidades un poco al servicio de sí mismos y otro poco al servicio de Dios y del prójimo. Por haber sido forjados al fuego del amor de Cristo, constituyen la vanguardia en esa lucha sin cuartel por «servir». inmersos en el flujo de la vida ordinaria, anuncian la ciudad celeste, organizando su sistema de vida para pertenecer completamente al Espíritu. Estamos ya próximos a Pentecostés, y Cristo, habiendo ascendido al cielo, está a punto de otorgarnos «el don » que nos transformará. El Tiempo pascual llega a su fin y nosotros no podemos sentirnos extraños a la naturaleza gloriosa que Jesús ha alcanzado a la derecha del Padre; es necesario que nuestro vivir no sea ya orgullo sino amor no debilidad sino sentido de responsabilidad, no vileza sino coraje, no desconsuelo sino paz en el Espíritu Santo.

Habían sido ya cumplidos los designios de Dios sobre la tierra; pero era del todo necesario que fuéramos hechos partícipes de la naturaleza divina de aquel que es la Palabra, esto es, que nuestra vida anterior fuera transformada en otra diversa, empezando así para nosotros un nuevo modo de vida según Dios, lo cual no podía realizarse más que por la comunicación del Espíritu Santo.

Y el tiempo más indicado para que el Espíritu fuera enviado sobre nosotros era el de la partida de Cristo, nuestro Salvador.

En efecto, mientras Cristo convivió visiblemente con los suyos, éstos experimentaban según es mi opinión su protección continua; mas, cuando llegó el tiempo en que tenía que subir al Padre celestial, entonces fue necesario que siguiera presente, en medio de sus adictos, por el Espíritu, y que este Espíritu habitara en nuestros corazones, para que nosotros, teniéndolo en nuestro interior, exclamáramos confiadamente: «Padre», y nos sintiéramos con fuerza para la práctica de las virtudes y, además, poderosos e invencibles frente a las acometidas del demonio y las persecuciones de los hombres, por la posesión del Espíritu que todo lo puede.

No es difícil demostrar, con el testimonio de las Escrituras, tanto del antiguo como del nuevo Testamento, que el Espíritu transforma y comunica una vida nueva a aquellos en cuyo interior habita.

Samuel, en efecto, dice a Saúl: Te invadirá el Espíritu del Señor, te convertirás en otro hombre. Y San Pablo afirma: Y todos nosotros, reflejando como en un espejo en nuestro rostro descubierto la gloria del Señor, nos vamos transformando en su propia irnagen, hacia una gloria cada vez mayor, por la acción del Señor, que es Espíritu. Porque el Señor es Espíritu.

Vemos, pues, la transformación que obra el Espíritu en aquellos en cuyo corazón habita. Fácilmente los hace pasar del gusto de las cosas terrenas a la sola esperanza de las celestiales, y del temor y la pusilanimidad a una decidida y generosa fortaleza de alma.Vemos claramente que así sucedió en los discípulos, los cuales, una vez fortalecidos por el Espíritu, no se dejaron intimidar por sus perseguidores, sino que permanecieron tenazmente adheridos al amor de Cristo.

Es verdad, por tanto, lo que nos dice el Salvador: Os conviene que yo vuelva al cielo, pues de su partida dependía la venida del Espíritu Santo.