El pasado sábado
asistí en Pamplona, en la parroquia de San Nicolás a la
ordenación de un grupo de 17 diáconos pertenecientes a diócesis
de varios países, todos ellos formándose en un Seminario
Internacional llamado Bidasoa, sito en aquella hermosa ciudad.
Presidía la ceremonia el Arzobispo local, don Francisco Pérez,
que no podía ocultar su alegría por la ordenación de un grupo
tan nutrido de jóvenes, concretamente el día antes del domingo
del Buen Pastor, en el que se celebra el día de oración por
las vocaciones y también de las vocaciones nativas.
Hermosa
homilía, no leída, sino brotando del corazón de este gran
pastor que es don Francisco. Palabras llenas de entusiasmo y
amor, entre las que me impresionaron mucho las que dedicó a la
belleza de
la Iglesia.
Ni
pretendo ni podría repetir lo que dijo él, pero la idea era más
o menos un cántico de alabanza a Dios por la belleza de nuestra
madre
la Iglesia
, que se manifiesta, entre otras cosas en la autodonación de
estos 17 jóvenes a Dios, para el bien de los demás, especialmente
de los pobres y los necesitados. A su vez, don Francisco invitaba
a los ordenandos a vivir de tal modo que manifestasen a todos la
belleza de
la Iglesia.
Y todo esto
me llamó la atención porque parece que se nos había olvidado
dicho modo de hablar. Acostumbrados últimamente por desgracia a
escuchar y hablar sobre escándalos, crímenes, la suciedad en
la Iglesia
,
la Iglesia
herida por los pecados de sus miembros, etc. etc., todo ello
real y dramático, hemos oído poco sobre la belleza de
la Iglesia.
¿Será que por ocuparnos de las pocas manzanas podridas nos
hayamos olvidado de las muchas que están sanas?
Pues
sí,
la Iglesia
es bella, tremendamente hermosa, como esposa de Cristo que es,
amada por El con amor infinito. Precisamente llevado por el hastío
de las críticas hacia ella, he vuelto a leer la “Meditación
sobre
la Iglesia
” del Cardenal De Lubac, libro magnífico donde los haya. De
todo lo que se podría citar del libro (no hay palabras para
recomendar su lectura), destaco una frase que me ha llamado la
atención: “No
pensemos, como los donatistas, que hay un grupo de «perfectos»
o de santos predestinados.
La Iglesia
es, en este mundo, y continuará siendo hasta el fin, una
comunidad compleja: trigo mezclado con paja, arca que contiene
animales puros e impuros, barco repleto de malos pasajeros que
siempre parece que lo van a arrastrar al naufragio"
.
Si aceptamos
esto, nos ponemos en disposición de entender la belleza de
la Iglesia.
El
que piense en una comunidad de puros, impecables, perfectos o
algo similar, que nunca ha existido ni va a existir, ni tiene
porqué existir, vivirá perpetuamente escandalizado y nunca
entenderá nada.
Como
hay quien ha expresado todo esto mejor que yo, prefiero citarlo.
Se trata del padre Cantalamessa, el predicador de
la Casa
Pontificia
, que en un viernes santo de hace unos años trató del tema en
su prédica y dijo, entre otras cosas: “Como no logras
alcanzar la inocencia por ti mismo, se la exiges a
la Iglesia
, mientras que Dios ha decidido manifestar su gloria y su
omnipotencia precisamente a través de la tremenda debilidad e
imperfección de los hombres, incluidos los "hombres de
Iglesia", y con ella ha moldeado a su esposa, que es
maravillosa justamente porque exalta su misericordia. El Hijo de
Dios vino a este mundo y, como buen carpintero que había
llegado a ser en la escuela de José, recogió los trocitos de
madera en peor estado y más nudosos que encontró y con ellos
se construyó una barca que resiste a la mar desde hace dos mil
años.” Después cuenta que a uno de los Reformadores que
le echaba en cara el que siguiese en
la Iglesia
católica a pesar de su "corrupción", Erasmo de
Rotterdam le contestó un día: "Soporto a esta Iglesia,
con la esperanza de que se haga mejor, dado que ella se ve
obligada a soportarme a mí, con la esperanza de que yo me haga
mejor".
Si nos
ponemos en esta onda, empezamos a entender la belleza de
la Iglesia
: Aparte de ser la esposa de Cristo y su cuerpo místico, lo
cual la hace hermosa de tejas para arriba, de tejas para abajo
encontramos su atractivo en ser una madre paciente, que soporta
los defectos de sus hijos con la esperanza de que se hagan
mejores. No les repudia (casos contados, por causas gravísimas),
ni se escandaliza de ellos, sino que les da la oportunidad de la
conversión, del cambio, sin quitarle por supuesto nada a la ley
civil o penal, que tiene que hacer su función pues los
cristianos somos también ciudadanos del mundo. Madre paciente
que anima a los buenos a hacerse mejores y a los malos les
exhorta al cambio.
Pero,
aparte de todo esto, ¿Olvidaremos todo el bien que hace
la Iglesia
en el mundo? Hoy mismo hablaba con una feligresa de mi
parroquia, Pilar, cuya hermana es misionera de las de
la Madre
Teresa
, Vive en Calcuta, ve a su familia solamente cada diez años,
dirige un leprosario con 600 leprosos y, literalmente, da su
vida cada día por los demás. Otra feligresa ha tenido
hasta hace poco a su hija como misionera seglar (con la
carrera de medicina acabada) en Venezuela, cuidando de los niños
pobres. Otro tiene un grupo de amigos que van los sábados a
visitar y ayudar a enfermos de sida. Otra feligresa se dedica
por las mañanas a alfabetizar a gitanas. Y una multitud más
(incontable) de misioneros, de educadores, catequistas, los que
trabajan con ancianos, con niños, con enfermos, con adictos,
con parados, con inmigrantes, con los excluidos de la sociedad,
en el mundo de la cultura, padres de familia, consagrados,
religiosos contemplativos, y una lista que no acabaría nunca.
Si dejásemos que unos cuantos casos escandalosos nos impidiesen
ver el bien que hace
la Iglesia
cada día en el mundo entero no tendríamos perdón.
Obviamente,
todo esto no es una excusa para minimizar lo malo que
pueda haber entre los miembros de
la Iglesia
, intenta ser por el contrario un acto de justicia hacia todos
aquellos -la inmensa mayoría de los creyentes- que
probablemente de modo anónimo, sin duda gratuitamente, sin
pedir nada a cambio y sin que les den las gracias, dan su vida
cada día por amor. Por amor a Dios y a nuestra hermosa madre,
que a la vez es pueblo y familia, la Iglesia.